Archivos Mensuales: septiembre 2016

¿Se puede correr con lluvia?

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Sí.

Placer culposo: Zapatillas nuevas

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¿Hay un momento de mayor alegría para un corredor que comprar zapatillas nuevas? Nos acompañan desde que empezamos a entrenar hasta que vamos a retirar nuestra medalla en las carreras. Salen de su caja prístinas, oliendo a nuevo (recomiendo tomar una nota mental para cuando estén llenas de barro y con aroma nauseabundo).

Después de buscarlas en varias oportunidades conseguí las PUMA Speed Ignite 1000, que por algún motivo desaparecieron de los locales y solo se puden conseguir en los outlets de esta empresa. Evidentemente no son lo que el público general busca, y por eso me resultó difícil encontrarlas.

Estas zapatillas suponen ser las herederas de las Faas 1000, que a muchos puede no decirles nada pero con ellas corrí el Spartathlon. Fueron 36 horas seguidas sin cambiarme de calzado (aunque llevé un par suplente, por las dudas), y respondieron muy bien durante los 246 km. El número mil responde al nivel de amortiguación, siendo 300 las de pista y 600 las ideales para una media maratón. Estas en particular me dieron muy buenos resultados en fondos muy largos y para paliar el rebote del asfalto.

Supongo que siempre tuve una fascinación por las zapatillas. Todavía recuerdo esas Adidas de mi papá, que tenían unos tornillos azules y rojos en los talones, cuyo ajuste suponía un tipo diferente de performance. Después vinieron las Torsion, que tenían un plástico longitudinal en la suela. Yo estaba convencido de que me hacían correr mejor, y todos sabemos que con esa confianza alcanza para que suceda.

Nunca tuve mucha simpatía por la marca Nike, los pocos modelos que tuve se rompieron muy rápido. También tuve zapatillas Asics, las cuales me hice traer de afuera a un precio ínfimo comparado con la ridiculez que se cobraban en Argentina. Rara vez me decepcionaron.

Nunca me encargué por disimular mi fanatismo por PUMA, y la aparición de las Faas (muy livianas pero con mucha amortiguación) fueron un antes y un después para mí. Empecé a diferenciar las zapatillas ideales para calle de las de aventura. Lamentablemente hay muy poco de esta marca para trail, y cuando sale un modelo (como las Nightfox, o las TR) intento hacerme con un par, pensando en mis carreras en las sierras o en la Patagonia.

Las zapatillas no son baratas. Y si lo son, conviene dudar de que sean lo que estamos necesitando. Los corredores no podemos escatimar en calzado. Comprar algo porque es barato es un criterio que desaconsejo. Si tenés la suerte de correr kilómetros y kilómetros por pasto, supongo que me podría flexibilizar, pero ante la dureza de las veredas y el asfalto, todo lo que inviertas en zapatillas es menos lesiones y dolor de la cintura para abajo.

Estoy pensando un modo de cerrar este post sin que parezca que es publicidad encubierta. Lo cierto es que la única vez en mi vida que tuve un sponsoreo de PUMA fue en el Spartathlon, donde me vistieron por completo y me dieron aquellos dos pares de Faas 1000 que tanto quise. Por supuesto que sigo eternamente agradecido por ese aporte a la aventura de mi vida, pero todavía mantengo mis valores intactos (traducción: soy pobre y mis valores se venden por dos o tres pares de zapatillas al año).

Lo cierto es que recomiendo el entrenamiento como vehículo para mejorar la vida porque es exactamente lo que hago. También intento difundir la alimentación vegana, con todas sus ventajas, porque es como yo me alimento. Y vivo recomendando la marca PUMA porque es la que uso, y sus calzados me acompañaron en casi todas las grandes carreras que de mi vida.

Barbie para ellas, He-Man para nosotros

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Seguramente han visto ese meme que anda dando vueltas por internet. Ahí se ve una foto de la muñeca Barbie contando cómo su extrema delgadez y su figura desproporcionada ha creado un estándar de belleza al que las niñas son sometidas y obligadas a imitar. Y después está He-Man.

Tengo un gran amor por este personaje, ligado a mi infancia y a los mejores muñecos que jamás se hicieron. Tal fue así que luego de haber perdido toda mi colección, me dediqué a volver a compararla por eBay. Cuando quise financiar mi viaje al Spartathlon en 2014 me deshice de todos mis muñecos y cómics, pero la colección de He-Man se mantuvo fuera del alcance del comiccidio. A los pocos meses, cuando decidí dejar de ser coleccionista de cosas materiales, ya convertido en spartathleta, vendí algunos y regalé otros.

Pero este meme que compara a Barbie con He-Man siempre me resultó fascinante. Quienes lo compartieron, ¿se pusieron a pensar por qué es así? ¿Cómo no tenemos millones de niños con vigorexia pero sí incontables niñas con anorexia?

Por un lado, supongo que es más sencilla la delgadez extrema que la hipertrofia a nivel Mr. Olympia. Una cosa requiere dejar de hacer algo, la otra es hacer mucho. Pero también hay algo que me llama la atención, y es que tomando en cuenta un mismo elemento (un juguete que representa una figura humana idealizada) impacta en formas completamente distintas a niños y niñas. Mientras que ellas tienen modelos que persiguen y que sienten que son inalcanzables, nosotros creemos que ya estamos “ahí”. Los hombres también nos preocupamos por nuestro físico y nos angustia si no estamos delgados, pero he visto un desfile interminables de amigos y conocidos con sobrepeso decir que están “fantásicos”. Mientras las mujeres creen que la felicidad depende de “bajar 4 kilos”, los hombres juegan a la pelota, comen asado y se dan palmaditas en la panza con orgullo.

La sociedad presiona a todos, pero a las mujeres mucho más, y no es por la creación de estos “símbolos”, sino por cómo los leemos. Todos podríamos negar por igual que estamos sanos, también podríamos obsesionarnos con el físico de He-Man y los Amos del Universo, pero solo algunos sufrimos esa enorme presión… y no parece algo justo.

Camino a los 145 km de Patagonia Run

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Hay algo que los corredores decimos siempre en una carrera, y es “¿Para qué @#%& me metí acá?”. Otra cosa que solemos hacer, cuando sufrimos mucho durante un desafío, es prometer que nunca vamos a volver.

En 2012 corrí en la categoría de 100 km de Patagonia Run, y mientras lo hacía debo haber maldecido el momento en que decidí inscribirme una vez por cada kilómetro. También prometí que nunca, nunca, nunca iba a volver a correr una ultramaratón de montaña (o al menos ESA ultramaratón de montaña). Ya rompí esa promesa cuatro veces, y tengo en la mira la quinta vez que voy a faltar a mi palabra.

No me decido cuál es mi carrera favorita del calendario, si la Maratón de Buenos Aires o Patagonia Run. Si hiciéramos un gráfico basado en tipo de terreno y dificultad, casi que estarían en extremos opuestos. Los 42K no son fáciles, no voy a subestimar esa distancia, pero solo la sufrí la primera vez que la corrí, y después pude darme el lujo de buscar mejorar mis tiempos. Es netamente urbana, y para los que amamos la Ciudad de Buenos Aires sirve de excusa para recorrerla.

Patagonia Run, hasta ahora, me ha sido imposible de medir mentalmente. No puedo calcular cuánto tiempo voy a hacer, qué me va a pasar, y a veces me es imposible levantar la vista y disfrutar del imponente paisaje. Aunque en 2012 prometí nunca más volver y lo hice cada año desde entonces, tuve otras ediciones donde decidí que eso no era lo mío y que no quería volver a sufrir. Específicamente 2014 (100 km), 2015 (120 km) y 2016 (130 km). 2013 no me quejé porque corrí la categoría de 63 km, y llegué bastante entero.

Desde 2014 solo corro las máximas distancias, y como podemos sospechar, cada año la van subiendo. En 2017 va a ser de 145 km, y es evidente que van a llegar a 160 km, o sea 100 millas, en 2018. Todavía recuerdo la charla técnica de 2014, cuando anunciaron al final con bombos y platillos que la edición siguiente iba a ser de 120 km, y pensé “Estos están locos”. Pero debo admitir que comparto algo de esa locura.

Entonces, estamos a 7 meses de correr la mayor ultramaratón de montaña de mi vida. Nunca la pasé bien, por lo que tengo que hacer acopio de toda mi experiencia e intentar paliar esos malos momentos. Frenar en los puestos para cambiarme de ropa, seguir comiendo lo necesario para mantener la energía (este punto ya logré controlarlo), armar una nueva estrategia (de la cual no tengo referencia porque nunca hice esa distancia en montaña), y ver cómo financio el viaje y la estadía.

Me siento en la obligación de participar, además porque le prometí a mi amigo Fernando, que lo iba a acompañar. Él debutó en 100 km este año, y realmente nunca corrí una prueba semejante en equipo. Hoy tomamos la decisión, y quedan 210 días, o 30 semanas, hasta el día de la largada. Ahí vamos.

Cómo escribir un blog

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Siempre di consejos sobre cómo entrenar, qué comer y cuáles son los métodos para no perder la motivación… pero creo que jamás dije nada sobre escribir, que es algo que me sale naturalmente (no sé si bien o mal, pero sale).

Empiezo por una anécdota. En la primaria era muy mal alumno. Podría ahondar en miles y miles de párrafos (y por “miles” quiero decir uno o dos) sobre el porqué. Mi mamá fue maestra, mi papá era muy buen alumno, tuve maestras particulares… pero igual me costaba concentrarme. No tuve una infancia con recuerdos felices en la escuela, pero paradójicamente me iba bien en Lengua y literatura. Odié leer “Rosaura a las diez”, pero  aprendí a escribir correctamente. Recuerdo a la maestra trayendo una letra en sus manos, como si estuviese sosteniendo un animalito frágil, apoyándola en el pizarrón y, con bastante destreza, escribiendo a escondidas una letra con tiza. Así nos iban enseñando a escribir. Recuerdo también llenar hojas y hojas con la “s” manuscrita (era como una olita). Pero así y todo era pésimo alumno.

Un día, en séptimo grado, se me ocurrió escribir un periódico en broma, con cosas que pasaban en el aula, y apuntándole a Lorena, que había sido mi primera novia y a quien en séptimo grado había decidido atormentar. Escribí cosas horribles, lo imprimí en la computadora de casa y se lo entregué en el recreo. Eso me valió una suspensión de varios días y un cambio de colegio al año siguiente. Pero la directora estaba convencida de que yo había recibido ayuda de mis hermanos mayores. Si yo realmente había escrito eso –se ufanaba— me tenía que poner un 10 en Lengua y un 10 en computación. ¿Quién se llevó a fin de año un diploma honorífico en Lengua y otro en Computación? Sí, yo. Además de un cuaderno de comunicaciones lleno de malas notas y apercibimientos.

En la secundaria me fue un poco mejor, empecé a escribir cuentos en los últimos años, y cuando egresé estudié periodismo. Solo un año y medio, hasta abandonar. Pero ahí aprendí las últimas herramientas para escribir, como no repetir palabras, o armar mejor las frases.

Antes de tener un blog, empecé teniendo un Fotolog. O sea, me abrí una cuenta unos días antes de que esa red social entrara en el ostracismo del ICQ y del MSN. Pero tuve mis entradas (todavía existen, en algún rincón de internet) y fue un prototipo de blog, que empecé en agosto del año 2010.

Se me ocurrió que era una idea genial actualizar todos los días, y es un capricho que no invito a nadie a hacer. Pero para escribir un blog, hace falta lo mismo que para entrenar: práctica y compromiso. Veo muy difícil que alguien que no lee se dedique a escribir. Pero puede pasar.

Quien quiera escribir un blog y formar una base de lectores, mínimo tiene que escribir correctamente. No me quiero detener en si está “bueno” lo que hace, sino en armar bien las frases (un renglón = un dato, un párrafo = un concepto). La ortografía es esencial, en parte porque ya los blogs subrayan solos las palabras mal escritas, y además porque tenemos una responsabilidad cultural. Nos estamos convirtiendo en generadores de textos, los culpables de que los lectores aprendan a escribir bien o mal. Si queremos ser Alessandro Baricco y romper los esquemas de la narrativa, perfecto. Pero tengamos en cuenta que no es lo mismo experimentar escribiendo dos páginas sin ningún punto que reemplazar la letra Q por una K. Es manejar las reglas para después romperlas. Aplica a casi todo en la vida.

Entonces, para escribir correctamente hay que practicar. Pedir a un amigo que nos critique. Hacer un curso de narrativa (los hay vía mail y muy buenos). Actualizar un blog frecuentemente también nos va a hacer la tarea más sencilla. Leer nos va a aportar herramientas, sin ninguna duda. Y tener compromiso. Yo lo tuve y lo perdí. He actualizado este blog desde el teléfono, lo cual ha sido un dolor de cabeza. También desde una computadora viejísima, muerto de frío y al punto del desmayo, después de correr mis primeros 100 km en montaña. He escrito una entrada y por la mitad me he quedado dormido, para despertar y encontrar que había escrito 857 líneas de “eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee”. Cuando hice el Camino del Inca, escribí 5 entradas, una atrás de la otra, y se las envié a un amigo para que actualice cada día por mí (no sabía que se puede programar para que se publique cuando uno quiera). He escrito en mi iPad, sin conexión a internet, para después poder subirlo cuando llegara a casa. Un día abandoné ese compromiso, y hoy estoy intentando recuperarlo, pero sin desesperarme como en casi todos estos ejemplos.

Y quizás el consejo más importante que tengo es nunca releer lo que uno escribe o está escribiendo. Quizás hacerlo en un año, pero siempre existe la tentación de corregir, corregir y corregir. Y eso está bien para un libro, pero cuando queremos hacer algo con cierta frecuencia, podemos caer en el error de creer que está todo mal escrito, que a nadie le va a interesar leerlo, y de a poco nos hundiremos en la frustración seguida de muerte. Lo mejor es aprender a escribir bien y después soltar. Que un lector nos informe que escribimos mal una palabra o tuvimos un error de tipeo. Pasa y se puede corregir. Pero para escribir con mucha frecuencia hace falta flexibilizarnos, no ser nuestros peores críticos, y por sobre todas las cosas, hacerlo por placer.

Porque como dijo Dolina, “Mejor que escribir es haber escrito”. Y mejor que correr es haber corrido, parafraseando esa frase genial. Porque lo que cuenta es terminar las cosas. Después se ve.

Cómo hacer seitán (o carne vegetal)

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“¿De dónde sacás tus proteínas?”. Eso, junto con “¿No extrañás un buen asado?” son las preguntas que un vegano escuchará hasta el día de su muerte. Lo cierto es que abundan las fuentes de proteínas vegetales, pero nuestra cultura nos impide ver más allá de la carne.

Entre las muchas opciones que existen, un día descubrí el seitán, que es un alimento rico y fácil de hacer (pero que requiere mucho tiempo de cocción). Anoche, mientras cocinaba, se me ocurrió que podía ser una buena entrada para el blog.

Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que el seitán, aunque tiene una textura similar al de la carne, es puro gluten de trigo, así que no es apto para celíacos. Probablemente comerse un bife de seitán los haría volar por los aires.

Entonces, el gluten es el ingrediente principal, pero no debemos confundirlo con harina aglutinada, que es otra cosa. Seguramente encuentren en internet algunas recetas para hacerlo a partir de la harina, con un proceso para separar el gluten. Por suerte se vende en muchas dietéticas ya separado. En mi caso, que vivo en Buenos Aires, solo tengo que ir al Barrio Chino para comprar una bolsa de medio kilo. El otro ingrediente obligatorio es el agua. Lo que resta es lo que se nos ocurra para darle sabor.

Aquí les presento la receta de los Bifes de Seitán a la Semana 52.

Ingredientes:
250 gr de gluten puro
1 taza de agua
150 ml de salsa de soja
50 gr de harina integral
3 cucharadas soperas de levadura de cerveza

Preparación:
1. Mezclar el gluten con la harina y la levadura de cerveza. El gluten tiene una consistencia muy fina. Alcanza con que lo miren fijo para que salte y empiece a acumularse en nuestra remera y pantalones.
2. Poner a hervir una olla con agua, calculando que los bifes de seitán tienen que quedar totalmente sumergidos.
3. Verter la salsa de soja en una taza y completar con agua. Echar a la preparación.
4. Mezclar. Inmediatamente el gluten empieza a absorber el agua (más que inmediatamente debería decir “instantáneamente”). Al principio la mezcla queda un poco pegajosa, así que hay que ensuciarse las manos hasta lograr una masa homogénea. Podemos echarle un poquito más de agua si vemos que no absorbió todos los ingredientes secos, con cuidado de no pasarnos. No tiene que quedar muy líquido (si después de amasar un rato la masa queda mojada al tacto, nos pasamos de agua y tendremos que seguir agregando gluten y/o harina).
5. Armar bifes o filetes. La masa va a estar elástica y algo dura. Podemos cortar con un cuchillo con serrucho y seguir dándole forma. Si estiramos vamos a notar, sin frustración, cómo el seitán comienza a contraerse a su forma original.
6. Echar los bifes en la olla con agua y dejar hervir por 40 minutos.
7. Colar y cocinar al horno o a la plancha hasta que se pongan dorados. Se pueden congelar y cocinarlos después de sacarlos del freezer.

El gluten cae muy pesado si se come crudo. Por más que le tiente esa espantosa idea, no recomiendo probarlos hasta después de esos 40 minutos de hervor. Ese es el paso más complicado, porque es bastante tiempo y uno puede distraerse mirando la tele y quemar toda la preparación (recomendación basada en experiencias personales).

El rendimiento es de unos 12 bifes, dependiendo del tamaño que uno quiera darle. Por supuesto que después del hervor se hinchan bastante. Hay quienes cortan los bifes después de hervir toda la masa completa. Yo descubrí que es más práctico y agradable a la vista hervirlo ya segmentado. Además se cocina mejor, porque siempre está el riesgo de que al querer cocinar un masacote, quede menos cocido en el centro.

Los bifes de seitán son realmente deliciosos y no caen pesados. La soja le da color, además de un sabor especial (que no se parece al de la carne, por fortuna). Es también el que le aporta la sal, así que este ingrediente debería ser reemplazado para personas con hipertensión. Se lo he dado a carnívoros acérrimos y me han reconocido que es muy rico.

Es un buen alimento para deportistas (no celíacos), porque cada 100 gramos aporta 75 de proteínas, 370 calorías, nada de colesterol y solo 1,9 gramos de grasas. Tiene muchas vitaminas y nutrientes (reforzado por la levadura de cerveza), es fácil de digerir, y más allá de ese largo hervor, es muy sencillo de preparar.

En mi caso suelo prepararlo los domingos y lo voy comiendo en la semana. El ritual es prender el horno, meter un bife de seitán y cocinarlo lo que tarde en cortar la ensalada. Después me cuentan.

¿Cómo corro mis primeros 42 km?

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Cuando hablamos de una “maratón” muchos creen que es un sinónimo de “carrera con mucha gente”, pero en verdad es la distancia de aquel mito donde un emisario ateniense fue desde el campo de batalla, en la ciudad de Maratón, hasta la ciudad de Atenas, donde murió después de entregar un importantísimo mensaje.

Aquella distancia, que tuve el honor de hacer por mi cuenta en 2011, son cerca de 40 kilómetros. Desde que se rescataron los Juegos Olímpicos en la época moderna, una de las pruebas fue esta carrera, cuya distancia fue variando hasta que se estableció en 42 kilómetros con 195 metros. ¿Por qué no es una distancia redonda? En los Juegos Olímpicos de Londres la Reina Alejandra exigió que la maratón finalizara bajo su palco, por lo que se corrió la meta hasta complacerla, y a alguien le pareció muy divertido porque desde entonces quedó como la distancia oficial de esta prueba.

Escribo estas líneas cuando se acaba de correr la media maratón de Buenos Aires, donde miles y miles de personas corrieron los 21 km con 97,5 metros, recibieron su medalla, elongaron, se hidrataron, y empezaron a hacerse esa espantosa pregunta: “¿Y ahora, qué hago?”. Una de las respuestas que podrían haber encontrado es que llegó la hora de empezar a pensar en la maratón.

Correr 42 km 195 metros de un día para el otro es imposible, y quien lo logre a pura fuerza de voluntad, lo pagará muy caro en los días posteriores. Es un esfuerzo muy grande, donde se pueden quemar en promedio 3000 calorías. Para terminarla hay que tener un buen estado de salud, pero sobre todo una buena estrategia. Si bien aquel mensajero del mito murió después de correr esta distancia, en verdad el cuerpo humano puede lograrlo sin que le cueste la vida.

Entonces, si pudimos correr 21 kilómetros, sea cual sea el tiempo, posiblemente estemos más cerca de los 42 de lo que creemos. Aquí van algunos consejos que fui recolectando con los años:

  1. Confiar en uno mismo. Dean Karnazes dijo alguna vez que correr era 15% alimentación, 15% entrenamiento y 70% cabeza. Probablemente se refería a las ultramaratones (las distancias que superan los 42 km), pero tranquilamente aplica para cualquier carrera. Si creemos que no vamos a lograrlo, vamos a tener razón. Así que si creemos que vamos a lograrlo, también tendremos razón.
  2. Entrenar. Nadie llega de un día para el otro. Si completaste los 21 km y, como en el caso de la próxima Maratón de Buenos Aires te queda un mes de entrenamiento, hay que aprovecharlo. Nunca hay que correr la distancia de la carrera para la que nos estamos preparando. En el caso de los 42 km, si logramos hacer un fondo de 30, tenemos la maratón en el bolsillo. No tiene sentido buscar hacer velocidad, lo que necesitamos es ganar resistencia. La potencia de piernas va a ayudar (cuestas, fondos largos). También la fuerza abdominal, que nos va a ayudar a levantar las piernas.
  3. Comer en forma adecuada. Siempre nos tenemos que alimentar bien, estemos preparando una carrera o no. Pero hay algo que deberíamos hacer la semana previa a la maratón y es empezar a disminuir la ingesta de fibra. Esto tiene que ver con que nos conviene evitar molestias estomacales durante la maratón. Nuestro cuerpo acumula hasta 2 mil calorías, sin contar las reservas de grasa y músculo. Tenemos que llegar a tope consumiendo hidratos (lo necesario). Los tres días previos a la largada eliminar por completo la fibra, hidratarnos más que de costumbre, y hacernos un buen desayuno la mañana de la carrera. No hace falta experimentar ese día. Basta con comer lo que siempre nos funcionó.
  4. Armar una buena estrategia. Ya sabemos que vamos a quemar 3 mil calorías, y que el cuerpo acumula hasta 2 mil. Eso quiere decir que vamos a tener que reponer energía durante la maratón, ya sea con frutas, geles, bebidas isotónicas, y todo lo que nos aporte hidratos, tanto de asimilación lenta como rápida. No experimentemos el día de la carrera con esto, aprovechemos el mes que tenemos para ver qué nos funciona, qué nos cae mejor y en qué momento podríamos llegar a necesitarlo. Por ejemplo, en la época en que consumía geles (lo reemplacé por fruta), tomaba tres: uno cada 8 km.
  5. Asegurarnos de que tenemos calzado idóneo. Las zapatillas para correr 42 km tienen que tener una buena amortiguación y no generarnos ampollas. Los 21 km pueden ser un buen parámetro, pero me ha pasado que el roce de una maratón me hizo una ampolla recién al kilómetro 30. Hoy puede ser un buen momento de estrenar zapatillas y amoldarlas a nuestro pie durante estos 30 días.
  6. Detenernos lo menos posible. Si armamos una buena estrategia (ítem 4), vamos a frenar poco o nada. Algunos corren con mochila para tener siempre hidratación encima (no lo recomiendo porque es peso extra y por lo tengo mayor energía que tendremos que gastar). Yo prefiero una botella en la mano. Existen incluso unas agarraderas para no tener que estar apretándola todo el tiempo y relajar el puño. El problema no es frenar, sino volver a arrancar. Ahí se notan los signos de dolor y cansancio.
  7. ¿Hay Gatorade en vaso? Entonces sí, frenar. Tuve la suerte de participar en la Maratona de Rio de Janeiro, donde el Gatorade viene en sachet, que uno muerde y va tomando sin volcarse ni tragar aire. En la de Buenos Aires, la bebida isotónica viene en vaso, y es prácticamente imposible correr y tomar sin volcarse. Tampoco es cómodo dar un trago grande y que entre aire. Si parte de nuestra estrategia es aprovechar los puestos de Gatorade o Powerade, es mejor caminar bebiendo, o frenar a un costado y seguir.
  8. Ponernos metas razonables. Hay muchos corredores que si caminan lo consideran un fracaso. Si es tu primera maratón, yo te permito caminar. Lo que cuenta no es hacer los mejores 42 km de tu vida, está bien que tu primer intento sea el peor. Cuando tengas experiencia, vas a saber qué mejorar y cómo hacerlo. Entonces no quieras que tu primera maratón sea en 3 horas. Tu meta debería ser llegar y disfrutar de esa experiencia.
  9. Hidratarse en cada puesto. Los corredores con experiencia pueden darse el lujo de coquetear con la deshidratación. Usted, mi estimado debutante, lo tiene prohibido. Los calambres pueden ser los primeros signos de que estamos deshidratados. Tampoco tenemos que empezar a tomar agua cuando tengamos sed. Hay que anticiparse a eso y beber en cada puesto. Si, como suelo hacer yo, llevan una botella en la mano, la pueden ir llenando en el camino, para siempre tener agua a disposición.
  10. No asustarse por los dolores. Es probable que se te reviente una ampolla en el camino, que te quemen las piernas, que te duelan los hombros y que los pies imploren clemencia. Pero el dolor se puede ignorar. Son cosas que podemos resolver cuando lleguemos a la meta. Nuestro cerebro siempre va a intentar cuidar del cuerpo, y si recibe señales nerviosas de padecimiento, va a activar nuestro instinto de supervivencia e intentará convencernos de que tenemos que parar. No es cierto que hay que hacerlo. Podemos distinguir entre el dolor físico y cuando nuestra vida está en juego. Una ampolla o los cuádriceps no nos va a provocar un infarto. La cabeza frena siempre 100 veces antes que el cuerpo.
  11. Seguir a la liebre. Puede que, aunque tengamos un reloj con GPS, no sepamos qué ritmo mantener. Una opción siempre es seguir al pacer, también conocido como liebre, que es un corredor contratado por la organización para que corra a un ritmo determinado. Suele tener un banderín que dice a cuántos minutos el kilómetro está corriendo, y a su alrededor se forma un batallón que no lo pierden nunca de vista. No es importante sumarse, pero es bueno saber que esa opción existe. También podemos ver a un corredor que tenga un ritmo parecido al nuestro y seguirlo para ayudarnos a mantener esa velocidad. Esto se llama “sentarse”, y es algo que, tomándoselo con calma y siendo razonables, podemos probar en nuestra primera maratón.

Podría agregar que hay que disfrutar mucho de la maratón, y de la camaradería que se genera. Quizá te encuentres con la grata sorpresa de cómo te incentiva el aliento de la gente, y qué increíble es el impulso energético que aparece al ver el arco de llegada. Pero el consejo extra que voy a dar, totalmente gratis, es que prestes atención a cada detalle de ese día y que lo vivas con alegría y entusiasmo. Uno jamás olvida todo lo que se vivió en su primera maratón.

Resumen de lo anteriormente publicado

Aurora del Palmar

Mi nombre es Martín Casanova y no me gustaba correr. Era feliz en McDonald’s, me recompensaba cualquier cosa con comida y me había convencido de que no servía para nada. Un día cambié radicalmente mi alimentación, empecé a entrenar con compromiso, y cambié mi mente y mi cuerpo. Corrí carreras que jamás me había planteado hacer, y culminé cuatro años de blog y entrenamiento corriendo los 246 km del Spartathlon, la durísima prueba que debe hacerse en menos de 36 horas, uniendo Atenas con Esparta.

Hasta ahí mi historia, en seis líneas. El tema es que cuando uno cumple un sueño muy importante, la vida sigue.

En mi etapa post-Spartathlon, el blog quedó relegado a un plano muy secundario. Extrañé escribir, pero empecé a dedicarme más a trabajar con Germán, mi entrenador. No para prepararme físicamente, sino intentando hacer crecer nuestro running team y aprovechando el conocimiento que logramos en redes sociales para ofrecer servicios de asesoramiento comercial en Facebook. Además empecé a entrenar a mis primeros alumnos, donde puedo volcar lo que aprendí en 8 años de entrenamiento. La tarea de aprender, huelga aclarar, nunca termina.

Hoy estamos haciendo algo muy importante con Germán. En Facebook estamos realizando transmisiones en vivo, como si fuese un programa de televisión pero que se transmite solo en esa red social. Es una mezcla de aplicar el conocimiento y aprender. Los resultados son increíbles, y pareciera ser el comienzo de algo muy trascendente en nuestras vidas. Sigo participando en carreras, aunque intento acompañar y motivar in situ, más que romper marcas. Debería confesar que le tenía miedo al día en que intentara ser más veloz y no lo pudiese lograr. Acompañando esa presión se fue, y estoy disfrutando más de las carreras, a un nivel que antes no hacía. Por ejemplo, levantar la vista y mirar el paisaje, sea de la ciudad o la montaña.

Y con la llegada de Septiembre decidí retomar el blog. No tengo un objetivo fijo, pero en principio decidí hacer un camino inverso al que había hecho originalmente. Cuando empecé Semana 52 era para llevar un registro de los cambios que iba logrando, y en el proceso obligarme a no abandonar. Eso me llevó a escribir todos los días. Y cuando digo TODOS, me refiero a TODOS. Hoy quiero escribir, y ver cómo me reconecta eso con mi cuerpo. Quizá pueda prometerme que durante 52 semanas voy a hacer las mismas cosas que recomiendo.

Así que, mientras busco hacia dónde dirigir mi escritura, intentaré seguir aprendiendo, seguir enseñando, y seguir mejorando mi cuerpo, mientras mi soltería me lo permita.

Una media maratón desbordada

21 km Ciudad de Buenos Aires

¿Es LA maratón o EL maratón? Yo elijo la primera opción. Necesitamos más palabras femeninas asociadas con la superación…

La Carrera: Dicen que fueron más de 22 mil corredores. Otros que llegaron a los 25 mil. Lo cierto es que los 21 km de la Ciudad de Buenos Aires se superan año a año en cantidad de participantes, pero los esfuerzos por mantenerla bajo control no parecieran crecer proporcionalmente.

No vamos a meternos en la polémica que se desató hace unos días porque esta carrera no otorga premios en efectivo a los que hacen podio o los atletas nacionales. Estamos tan lejos de vernos beneficiados por una premiación que nuestros objetivos son más humildes. Nos alcanza con vencer una vieja marca, llegar cerca de un amigo o no pasarnos de un tiempo decidido arbitrariamente. La Media Maratón es de por sí una carrera maravillosa, con un recorrido tan turístico que es una pena perdérsela.

Llegamos temprano para encontrar lugar para estacionar. Unos trapitos nos pidieron $50 por cuidar el coche (por supuesto que cuando empezó la carrera, ya se habían ido), y preferimos pagar en lugar de pelearnos. Así funciona el chantaje de los trapitos, uno termina pagando por miedo a que le hagan algo. Era de noche, hacía mucho frío, pero además queríamos conseguir un buen lugar para instalar nuestras banderas del PUMA Running Team.

Mi plan era correr con mi amigo vegano Yoel. Es muy rápido (en breve me va a costar seguirlo) y nuestra afinidad nutricional (aunque yo coma miel) nos acercó mucho. En el pasado intentamos correr juntos una carrera, pero el destino nos lo impidió, y solo pudimos compartir entrenamientos. En algún punto, es mi pollo (de soja). Hablamos en varias oportunidades de cuánto tiempo íbamos a hacer, y yo me puse una vara muy alta: llegar cerca de la hora y media. A pesar de que hacían temperaturas por debajo de los 10 grados, corrí con la musculosa de Jamaica que vistió Usain Bolt en los Juegos Olímpicos de Río 2016 (bueno, no la de él, sino una igual). Ese era un motivo de alegría doble para mí: carrera más una prenda que la deseé desde el momento en que la vi exhibida (y no a la venta) en las tiendas de PUMA.

La entrada al corral de la largada fue, por decirlo suavemente, caótica. A pesar de que en la acreditación entregaban pulseras de colores de acuerdo al tiempo estimado de carrera, no había nadie impidiendo que todos se mezclaran e intentaran ubicarse lo más adelante posible. Vimos forcejeos, mucha gente saltando las vallas (con todos los riesgos que eso implica), y hasta personal de seguridad poniéndose violentos con los corredores. El gran punto flojo de la organización, que si aumenta la cantidad de participantes, tiene que hacer ajustes muy grandes a la salida.

Después de que el cronómetro se puso en cero, tardamos más de 2 minutos en cruzar el arco de largada. Era caminar pasitos cortitos, intentando no tropezarte ni que te pisaran los talones de las zapatillas. Apenas vi un claro me lo llevé a Yoel, intentando ganar posiciones. Nos plantamos en un ritmo de 4:10 el kilómetro, algo que me resultaba cómodo y que nos permitía pasar corredores todo el tiempo.

La hidratación de la carrera es muy buena, y con los dos puestos de comida que hay no creo que haga falta comer geles, sobre todo si vamos a estar por debajo de las 2 horas de carrera, pero eso es lo que me funciona a mí, y entiendo a los que creen que necesitan dosis extra de azúcar para correr. Los paisajes, aunque sean urbanos, son un gran atractivo para mí. Núñez, Belgrano, Palermo, el Obelisco, Plaza de Mayo, la subida a la autopista… todos lugares emblemáticos, donde es imposible correr si no es en este tipo de carreras.

Reconozco que Yoel pidió bajar el ritmo en varias ocasiones. Yo intenté animarlo a darlo todo. Él venía de estar parado un mes por una lesión, algo que lo golpeó anímicamente. Pero estaba recuperado y dando lo mejor de sí. Le dije que si se sentía cómodo corriendo, no se estaba esforzando lo suficiente. Tres veces me pidió que siga solo, y me rehusé a abandonarlo. Me fijé que comiera, y aunque venía siempre un metro atrás mío, constantemente miraba hacia atrás para asegurarme de que no lo perdía de vista.

Pasaban los kilómetros y yo hablaba, intentando animarlo. Le prometí, después de la subida a la autopista, no seguir mirando el tiempo en mi reloj. A partir de ahí, hacíamos lo que se podía, sin la presión del ritmo ni de la hora. Alternábamos ritmos lentos con explosiones de velocidad.

Faltando 1 kilómetro, Yoel dijo basta. Le insistí que mantuviera el ritmo. Se frenó en seco. “No me siento bien”, dijo, y empezó a tambalearse. Pasé su brazo por sobre mis hombros y empecé a caminar. Él iba zigzagueando, con los ojos cerrados. “No sé qué me pasa”.

Intenté mantener la calma, sacarle toda la presión que le había puesto encima los 90 minutos anteriores. Empezó a lamentarse que no podía, como dudando de si el running era para él. Le dije que era su primera media maratón, que habíamos hecho mi estrategia y no la suya (quería hacer la primera mitad más lento para apretar al final). Me aventuré con que quizás era algo de la alimentación (tiene bastante menos grasa que yo, y por ahí necesita comer más durante la carrera). Caminamos así unos 500 metros, con el aliento de los corredores que nos pasaban.

Entonces, como si nada hubiese pasado, Yoel empezó a correr. Y muy rápido. Cruzamos el arco después de una hora con cuarenta y un minutos. Bastante bien para el susto que me pegué y de él estuvo sin correr un mes. Pero no se quedó conforme. Cree, después de haber hecho ese sprint final, que tenía energía, y que fue la cabeza la que le jugó una mala pasada (el cerebro puede afectar nuestro cuerpo de maneras que no imaginamos). Mi consuelo fue que 1:41 sigue siendo un tiempo impresionante para una primera media maratón, y que ahora cuenta con la experiencia necesaria para mejorar. Además, llegamos en el “Top 5000”, que se identifica con otro color de medalla, un logro no menor.

Y hablando de la entrega de medallas, que se hacía a cambio del chip que cronometra nuestra carrera, fue también bastante desorganizada. Éramos muchos corredores, los pasillos para pasar muy angostos, y nuevamente desbordamos a los organizadores. Otro punto a rever.

A pesar de la disconformidad de Yoel, me vi reflejado en él, por tantas carreras donde no me fue como yo quería, por tantas veces que mi cabeza dijo basta cuando mi cuerpo podía seguir, por haber sufrido la frustración y creer que esto no era “lo mío”. Pero a diferencia de él, corrí muchas más veces, durante más años, y aprendí que siempre hay revancha, que la primera carrera es un piso sobre el cual edificar, y que la experiencia empieza a jugar a favor. Es cuestión de no bajar los brazos… o de seguir moviendo los pies.

Lo bueno: Aunque voy a criticar a la organización más abajo, debo reconocer que hay cosas que sí funcionan. La hidratación es excelente, y con el agua con sodio que la mayoría de los corredores realmente necesitamos. Estuvo muy bien que haya dos puestos de frutas, y con cantidades abundantes.

El terreno por el cual corremos es la frutilla del postre. Aunque mucha gente prefiere las carreras de aventura y cree que una media maratón en calle se va a volver algo aburrido, hay que aprender a mirar el paisaje urbano y lo bella que es la Ciudad de Buenos Aires.

Ah, y corrí con la musculosa de Bolt, algo que pensé que nunca iba a pasar (y tampoco me morí de frío, como temí en un momento).

Lo malo: La desorganización de la largada y la entrega de medallas. Además, el kit de la carrera es extremadamente pobre. Compensa con que la remera oficial es de muy buena calidad, pero en competencias mucho más pequeñas uno se malacostumbra a al menos un presente de los auspiciantes, y en la bolsa del kit de corredor solo hay una importante colección de publicidades en papel.

El veredicto: La Media Maratón de Buenos Aires sigue siendo una cita obligada en el calendario. Va a ser difícil que alguna vez el saldo dé negativo. Ya quiero que sea la próxima edición en septiembre de 2017, donde –supuestamente– el recorrido va a cambiar. Y donde Yoel podrá aplicar todo lo que aprendió en esta edición.

Puntaje:
Kit del corredor: 6/10
Organización: 7/10
Hidratación: 10/10
Terreno: 9/10
Puntaje final: 8

Qué hacer el día previo a la carrera

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Mañana se corre la media maratón de la Ciudad de Buenos Aires, una carrera realmente hermosa, muy turística, y de la que participé en varias oportunidades. Este año, como estuve haciendo los últimos años, me toca acompañar a un debutante, lo que me emociona más que dedicarme a ir a hacer tiempo.

En esta etapa donde intento volcar mi experiencia en ayudar a otros, estoy además haciendo el esfuerzo de volver al blog y, si puedo, ayudar también a la distancia. Así que esta es la oportunidad perfecta para hablar de qué vamos a hacer en este día previo a los 21 km, y qué podrías hacer vos, querido lector, antes de una competencia.

Lo primero que vamos a hacer al levantarnos es contemplar nuestra vida. Intentaremos contener las lágrimas al pensar en todo lo que hemos hecho mal, los entrenamientos que nos salteamos y ese kilo de pan que comimos ayer porque necesitábamos “comer carbohidratos”. Repasaremos, uno por uno, todos nuestros dolores, e intentaremos adivinar cuál de ellos nos afectará más el día de la carrera. Pensaremos también en ese fondo que íbamos a hacer y que fuimos dilatando, y evaluaremos si conviene hacerlo hoy o simplemente descansar (elegiremos la segunda opción).

Después de levantarnos y comer un sándwich de lechuga y tomate (porque el pan son carbohidratos), nos acordaremos de que no queríamos comer fibra. Lloraremos. Hacia la tarde organizaremos mentalmente la ropa que vamos a usar en la carrera, teniendo siempre presente que seguro nos vamos a olvidar de algo.

Por la tarde hablaremos con amigos o buscaremos información en internet sobre el índice de lesionados, deshidratados, fracturados y abducidos por aliens que tiene la carrera que haremos al día siguiente. Para la cena comeremos pastas (solas) y nos iremos a dormir temprano. Nos quedaremos en vela, sin poder pegar un ojo, por miedo a que no nos despierte la alarma del reloj (chequearemos la batería y el volumen no menos de 7 veces).

O… existe otra posibilidad. A veces tenemos la suerte de contar con experiencias de amigos, o de la propia, y buscaremos usar todo eso a nuestro favor.

El día previo a una media maratón intentaremos comer más hidratos que de costumbre y nada de fibra (verduras de hoja, cáscara de frutas, panes integrales, semillas, etc). Más que nada para evitar problemas gástricos (gases) en la carrera, porque puede ser muy doloroso. Y si cree que la solución es largarlos porque “es preferible perder un amigo que una tripa”, déjeme contarle que a veces esa maldita flatulencia se queda encerrada en nuestro estómago y se niega a salir. Es algo sencillo de evitar (pero tendremos que extenderlo a dos o tres días previos para las carreras de mayor distancia).

También es importante la hidratación. Si no nos hidratamos nunca y nos acordamos el día previo, solo vamos a lograr tener ganas de hacer pis toda la carrera. Pero si ya es tarde, habrá que pagar ese precio. Es preferible perder minutos en un baño químico o en un arbolito (la suerte que tenemos los varones) que sufrir calambres o una descompensación por la deshidratación.

Yo no soy el mejor ejemplo porque dejo todo para el final, pero conviene revisar la ropa y que tengamos todo lo decidido previamente para el día de la carrera. Por ejemplo, que nuestros pantalones favoritos estén ya limpios. La remera probablemente sea la de la carrera, que está a estrenar, pero si son como yo que prefieren correr con SU propia remera, también habría que chequear que esté en el cajón, planchada y doblada. Algo que funciona siempre es hacer una lista de lo que vamos a necesitar, e ir marcando o borrando lo que ya tenemos apartado.

Este es un día para no cansar las piernas. Es mejor evitar estar mucho tiempo de pie, o hacer largas caminatas. Es verdad que los dolores de esfuerzos grandes como entrenamientos duros o carreras aparecen dos días después, pero esto no nos evita empezar la competencia cansados. Es mejor quedarse quietitos (recomiendo ver una película en casa, como por ejemplo “About Time”, de Richard Curtis).

¿Cómo vamos a ir hasta la largada? Muchas carreras se hacen en horarios muy temprano para no entorpecer el tráfico de la ciudad. Pero también suelen hacerse en domingo, día en que el transporte público empieza más tarde. Si vamos a ir en tren, tenemos que asegurarnos de que ese servicio va a estar funcionando. Igual para los colectivos. Por lo menos deberíamos salir con tiempo, incluso si vamos en coche. A veces se pierde demasiado tiempo buscando dónde estacionar (planifiquemos hacerlo entre 5 y 10 cuadras del punto de encuentro, porque hay mucha gente que madruga horas antes que nosotros, con el simple propósito de estacionar al lado del arco de largada).

Las comidas del día tienen que ser hidratos. Las pastas nunca fallan. La cena puede tener de postre queso y dulce de batata (y si usted es vegano como yo, solo dulce). Pueden no ser los alimentos más sanos del mundo, pero hablamos de que al día siguiente vamos a correr una media maratón (o más), así que esa última cena la vamos a quemar en la carrera.

Hay que dormir, por supuesto, pero sin desesperarse contando las horas. Lo que el cuerpo pida. Si son afortunados como yo que se pueden levantar como un resorte y que no usan alarma (salvo que se levanten antes de las 6 de la mañana), ustedes mismos van a regular cuánto necesitan. Pero generalmente las carreras son muy tempranas y los nervios abundan, así que no estará de más poner una alarma con la función “Snooze” (por si se quieren quedar 5 minutos más), teniendo la astucia de poner una segunda alarma, en otro dispositivo, media hora después de la otra. Es un resguardo para evitar accidentes.

El desayuno previo a la carrera tiene que ser algo que hagamos siempre. No es momento de experimentar. No debería ser algo pesado, pero sí con hidratos. Después hacer una última revisión del equipo (chequear la lista), y salir con tiempo a disfrutar de un día de superación y esfuerzo físico.

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