Adentro de la mente de un ultramaratonista

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Sé que muchos no pueden concebir estar corriendo muchas horas. Lo primero que me preguntaron mis amigos cuando les conté que corría grandes distancias fue en qué pensaba mientras lo hacía. Muchos asumen que los fondos son aburridos, pero creo que ante un desafío muy grande, pasan muchísimas cosas por la cabeza. Así que, para quienes no han vivido la experiencia de llevar el cuerpo al límite, estas son las instancias por las que pasa mi cabeza en una ultramaratón:

  1. Ansiedad: Al principio es la urgencia de que llegue la carrera. Repasar las cosas que voy a necesitar, planificar, imaginarme corriendo. Es una instancia previa a la corrida, pero por la que hay que atravesar. Imagino mis tiempos (jamás la pego), qué me puede llegar a pasar. Cuento los días.
  2. Negación: Suele aparecer la semana antes y dura hasta la largada. Es el momento en el que pienso que no voy a lograrlo, que no estoy preparado como otros años. Ahí es cuando un dolor en la rodilla, un tirón en el gemelo, o cualquier molestia es un indicio de un inminente fracaso. A pesar del entrenamiento y la preparación, es la etapa en la que dudo completamente de mí y empiezo a decirle a mis amigos y compañeros de running que se preparen para lo peor (por suerte, tampoco la pego en estos presagios).
  3. Euforia: La largada. Indescriptible. Una descarga de adrenalina. Es la instancia en la que pienso: “No me siento tan mal como creía”. Contrario a los sentimientos negativos que podía tener anteriormente, con solo hacer el primer kilómetro me digo: “No va a ser tan difícil… Es hacer esto cien veces más y listo”.
  4. Paz: Es la etapa donde todo se acomoda, en la que encuentro la velocidad crucero. Si venía rápido, me voy relajando hasta tener una marcha constante. Si podía apurarme, ya lo hice. Es un momento de pensar poco, de intentar llegar a los primeros puestos, apegarme a la estrategia de agua y comida. No hay señales de cansancio todavía. Voy quemando etapas y pienso que ya hice “un tercio de carrera”, o que me falta hacer esto “ocho veces más”. Es segmentar la distancia total en partes más manejables para el cerebro.
  5. Agonía: Si escucharon hablar del muro de la maratón, en las ultramaratones pueden aparecer varios muros, uno atrás del otro. Acá aparecen los dolores, y aunque intento no desanimarme, empiezo a padecer el correr. Es verdad que no siempre pasa, pero ante distancias cada vez más largas, el correr la meta hace inevitable que el agotamiento pase a primer plano. Es la instancia de cantar adentro de mi cabeza, de rezar, de tirar al diablo la estrategia que hace 13 kilómetros no estoy siguiendo de todos modos. Es cuando ensayo en mi cabeza la reseña de la carrera en este blog, y explico por qué me quedé afuera. Es una suerte de “abrir el paraguas” en el terreno literario. Una sola vez terminé escribiendo todos esos sentimientos de renuncia que sentía, mientras que todas las otras veces me terminé reponiendo. Es cuando esa canción que canto adentro de mi cabeza empieza a fastidiarme, y prometo nunca más volver a correr esta carrera.
  6. Renacer: Después de estar en esa velocidad crucero horas y horas, o de padecer el trote, algo se renueva por dentro. Puede estar acompañado por la salida del sol, o la mágica desaparición de esa molestia que empezaba a preocuparme. Es haber cruzado finalmente los muros. Ya la carrera pasa a ser algo posible de finalizar. En mi cabeza empiezo a adivinar el horario de mi llegada, y es en la instancia donde generalmente la pego. Me apego a lo que venía funcionando, y pasan por mi cabeza pensamientos de mucha humildad. “Al final era humano”, puedo llegar a pensar. Es también la etapa de alentar en voz alta a los que veo alicaídos, de saludar con actitud positiva en los puestos.
  7. Aceptación: Es la anteúltima etapa, en la que se empieza a oler la meta. Ya sé cómo voy a llegar, en qué estado. Muchas veces me ha pasado de estar acompañado por alguien en este tramo, quizás un amigo o alguien que conocí ahí. Eso me permitió en el pasado empezar a analizar la carrera, lo que me gustó, lo que fue un desafío. Contemplo mis errores y mis aciertos. Es cuando me doy cuenta de que no voy a cumplir la promesa de no volver a correr esta carrera.
  8. Gloria: La llegada a la meta. Empieza uno o unos pocos kilómetros antes de llegar. Es cuando ya “no queda nada”. Las piernas corren a un ritmo que antes no hubiesen podido sostener. Es un momento de mucha alegría, y quizás el tramo donde menos se piensa. Todo lo que el cerebro puede contemplar en ese momento es esa línea caprichosa que alguien determinó que sea la llegada. Es un momento de triunfo muy grande, donde por unos minutos no hay cansancio, no hay dolor. Incluso hay sonrisas para la foto. En ese instante, es el momento más lindo de toda la carrera.

Después de la llegada podríamos decir que solo queda una cosa por hacer: empezar a escribir en mi cabeza la verdadera reseña para el blog. O sea, la que no es derrotista y explica por qué me fue “mal”. Si estoy activo en esto de escribir, ahí surgen frases que terminan textuales en Semana 52. Pero también hay muchas “genialidades”, que al momento de sentarme frente a la computadora olvido por completo, y recuerdo dos días después. Ya no me lamento por estas cosas como antes.

Quizás no sea esto un racconto textual y exacto de todo lo que me pasa en una ultramaratón, pero es una generalidad. Las canciones que me repito incensantemente en mi cabeza varían en cada carrera. Suele ser solo el estribillo, repetido hasta el hartazgo, pero es un recurso para pensar poco, concentrarse en mantener el ritmo, y aguantar. Es una manera también de no darle lugar a las inseguridades, porque las ultramaratones, como bien dijo Dean Karnazes, no 15% entrenamiento, 15% alimentación y 70% cabeza.

Publicado el 28 septiembre, 2016 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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