Cómo escribir un blog

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Siempre di consejos sobre cómo entrenar, qué comer y cuáles son los métodos para no perder la motivación… pero creo que jamás dije nada sobre escribir, que es algo que me sale naturalmente (no sé si bien o mal, pero sale).

Empiezo por una anécdota. En la primaria era muy mal alumno. Podría ahondar en miles y miles de párrafos (y por “miles” quiero decir uno o dos) sobre el porqué. Mi mamá fue maestra, mi papá era muy buen alumno, tuve maestras particulares… pero igual me costaba concentrarme. No tuve una infancia con recuerdos felices en la escuela, pero paradójicamente me iba bien en Lengua y literatura. Odié leer “Rosaura a las diez”, pero  aprendí a escribir correctamente. Recuerdo a la maestra trayendo una letra en sus manos, como si estuviese sosteniendo un animalito frágil, apoyándola en el pizarrón y, con bastante destreza, escribiendo a escondidas una letra con tiza. Así nos iban enseñando a escribir. Recuerdo también llenar hojas y hojas con la “s” manuscrita (era como una olita). Pero así y todo era pésimo alumno.

Un día, en séptimo grado, se me ocurrió escribir un periódico en broma, con cosas que pasaban en el aula, y apuntándole a Lorena, que había sido mi primera novia y a quien en séptimo grado había decidido atormentar. Escribí cosas horribles, lo imprimí en la computadora de casa y se lo entregué en el recreo. Eso me valió una suspensión de varios días y un cambio de colegio al año siguiente. Pero la directora estaba convencida de que yo había recibido ayuda de mis hermanos mayores. Si yo realmente había escrito eso –se ufanaba— me tenía que poner un 10 en Lengua y un 10 en computación. ¿Quién se llevó a fin de año un diploma honorífico en Lengua y otro en Computación? Sí, yo. Además de un cuaderno de comunicaciones lleno de malas notas y apercibimientos.

En la secundaria me fue un poco mejor, empecé a escribir cuentos en los últimos años, y cuando egresé estudié periodismo. Solo un año y medio, hasta abandonar. Pero ahí aprendí las últimas herramientas para escribir, como no repetir palabras, o armar mejor las frases.

Antes de tener un blog, empecé teniendo un Fotolog. O sea, me abrí una cuenta unos días antes de que esa red social entrara en el ostracismo del ICQ y del MSN. Pero tuve mis entradas (todavía existen, en algún rincón de internet) y fue un prototipo de blog, que empecé en agosto del año 2010.

Se me ocurrió que era una idea genial actualizar todos los días, y es un capricho que no invito a nadie a hacer. Pero para escribir un blog, hace falta lo mismo que para entrenar: práctica y compromiso. Veo muy difícil que alguien que no lee se dedique a escribir. Pero puede pasar.

Quien quiera escribir un blog y formar una base de lectores, mínimo tiene que escribir correctamente. No me quiero detener en si está “bueno” lo que hace, sino en armar bien las frases (un renglón = un dato, un párrafo = un concepto). La ortografía es esencial, en parte porque ya los blogs subrayan solos las palabras mal escritas, y además porque tenemos una responsabilidad cultural. Nos estamos convirtiendo en generadores de textos, los culpables de que los lectores aprendan a escribir bien o mal. Si queremos ser Alessandro Baricco y romper los esquemas de la narrativa, perfecto. Pero tengamos en cuenta que no es lo mismo experimentar escribiendo dos páginas sin ningún punto que reemplazar la letra Q por una K. Es manejar las reglas para después romperlas. Aplica a casi todo en la vida.

Entonces, para escribir correctamente hay que practicar. Pedir a un amigo que nos critique. Hacer un curso de narrativa (los hay vía mail y muy buenos). Actualizar un blog frecuentemente también nos va a hacer la tarea más sencilla. Leer nos va a aportar herramientas, sin ninguna duda. Y tener compromiso. Yo lo tuve y lo perdí. He actualizado este blog desde el teléfono, lo cual ha sido un dolor de cabeza. También desde una computadora viejísima, muerto de frío y al punto del desmayo, después de correr mis primeros 100 km en montaña. He escrito una entrada y por la mitad me he quedado dormido, para despertar y encontrar que había escrito 857 líneas de “eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee”. Cuando hice el Camino del Inca, escribí 5 entradas, una atrás de la otra, y se las envié a un amigo para que actualice cada día por mí (no sabía que se puede programar para que se publique cuando uno quiera). He escrito en mi iPad, sin conexión a internet, para después poder subirlo cuando llegara a casa. Un día abandoné ese compromiso, y hoy estoy intentando recuperarlo, pero sin desesperarme como en casi todos estos ejemplos.

Y quizás el consejo más importante que tengo es nunca releer lo que uno escribe o está escribiendo. Quizás hacerlo en un año, pero siempre existe la tentación de corregir, corregir y corregir. Y eso está bien para un libro, pero cuando queremos hacer algo con cierta frecuencia, podemos caer en el error de creer que está todo mal escrito, que a nadie le va a interesar leerlo, y de a poco nos hundiremos en la frustración seguida de muerte. Lo mejor es aprender a escribir bien y después soltar. Que un lector nos informe que escribimos mal una palabra o tuvimos un error de tipeo. Pasa y se puede corregir. Pero para escribir con mucha frecuencia hace falta flexibilizarnos, no ser nuestros peores críticos, y por sobre todas las cosas, hacerlo por placer.

Porque como dijo Dolina, “Mejor que escribir es haber escrito”. Y mejor que correr es haber corrido, parafraseando esa frase genial. Porque lo que cuenta es terminar las cosas. Después se ve.

Publicado el 8 septiembre, 2016 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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