Archivos Mensuales: junio 2016

Maratona do Rio 2016: 42 km de agonía y sol

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La carrera: La Maratona de Río de Janeiro es, como su nombre sugiere, una carrera de 42 km en esta gran ciudad brasileña. El recorrido no es circular, en el sentido de que largada y meta están en el mismo sitio, sino que uno debe trasladarse hasta la Praça do Pontal do Tim Maia, en Recreio Dos Bandeirantes, y desde ahí correr la distancia casi exclusivamente por la costa hasta Flamengo, donde se encuentra la llegada.

Esta maratón es una de las más convocantes de Sudamérica, y aunque está absolutamente dominada por los locales, uno puede cruzarse con corredores de todo el mundo. Por supuesto, los favoritos siempre son los keniatas, y ellos fueron los que dominaron los podios de esta edición.

La gran diferencia entre esta Maratona y la de años anteriores fue la fecha. Con los Juegos Olímpicos que se van a disputar en junio, mes histórico de esta prueba, la organización decidió adelantar el día de la largada al 29 de abril. Para mí no es cualquier fecha, ya que se trata del cumpleaños de mi papá. No lo tuve presente cuando me inscribí a fines de diciembre del año pasado, pero sí estuvo en mi cabeza cuando crucé la meta.

Voy a describir algunos detalles técnicos y descriptivos de la carrera antes de hablar de mi experiencia personal. La organización es muy buena, sobre todo considerando que manejan una cantidad de corredores impresionante (declararon 29 mil corredores para la edición 2016). El mismo día tienen lugar tres competencias: maratón, media maratón y la Family Run, de 6 km. La acreditación comienza un miércoles y el domingo por la mañana es largada, lo que da cuatro días para buscar el kit y la remera. El contenido es un poco pobre, pero se trata de una carrera bastante accesible, y la bolsa que contiene los elementos de la carrera es muy resistente, por lo que dan ganas de conservarla.

Como parte del servicio de la Maratona, se puede contratar el micro que traslada a los corredores desde la meta, en Aterro do Flamengo. La largada es, al igual que el 97% del recorrido, junto a la playa. La hidratación es excelente, ya que los brasileños entregan vasitos con tapa para el agua, el cual se puede pinchar con el dedo y beber sin tragar aire ni atragantarse. El Gatorade viene en sachets, los cuales uno puede abrir en una esquina con los dientes y no frenar para tomar. Esto ahorra preciosos segundos y permite hidratarse mientras se sigue corriendo.

No hay, prácticamente, sombra durante el recorrido. Digamos que es una excepción no estar al sol. Aunque estamos a pocas semanas del invierno, la temperatura durante la carrera osciló entre los 24 y los 27 grados. No estuvo nublado, a pesar del pronóstico del tiempo, y aunque era una temperatura agradable, los argentinos venimos del frío, y el choque de correr con calor fue fuerte.

Correr por la costa, atravesando muchas playas, le da un color particular a la carrera, ya que mucha gente acompaña el recorrido, aplaudiendo y alentando. La Maratona de Rio es una experiencia muy particular que vale la pena vivir al menos una vez en nuestra vida como corredores.

Ahora, mi experiencia personal. Desde hace mucho tiempo abandoné mi deseo de hacer marca y obsesionarme con mejorar mis récords personales. Tomé la decisión de dar un paso al costado y dedicarme a acompañar a las nuevas generaciones de corredores. Así, las carreras dejaron de ser pruebas de superación personal para darle el protagonismo a otros, y convertirme en testigo de aventuras ajenas. Esto me permitía relajarme y sentir que todo lo que yo viví era algo que podía servirle a un debutante, o alguien a quien yo apreciaba que tenía miedo de enfrentarse a una distancia o un tipo de carrera nueva.

Tuve muchas dudas de si acompañar a alguien o no en esta edición. Ya había corrido la Maratona do Rio en 2013, con un tiempo de 3:26 hs, y recordaba que había sido muy dura por el calor. Este año tenía ganas de esforzarme, porque tengo pocas oportunidades de hacer velocidad en una carrera (me estoy concentrando mucho a la modalidad de aventura y poco a la de calle). Pensé podía volver a esforzarme y ver dónde estaba parado. Aunque entreno regularmente, no me venía preparando específicamente para hacer tiempo, y se me presentó un olvidado miedo de coquetear con mis límites. Me empezó a ganar el deseo de volver a enfrentarme a lo desconocido, a lo que asusta. No podía dejar pasar la oportunidad.

Muchos de mis amigos de PUMA Running Team participaban de esta carrera, y absolutamente todos tenían la misma estrategia: hacerla tranquilos. Eso era lo contrario a lo que había decidido hacer yo. En el fondo seguía con ganas de ser testigo de la historia de otro, así que hasta último momento no le confirmé a nadie que iba a correr solo.

Arrancamos a las 7:30 del domingo, muy puntual. Tardé dos minutos en cruzar el arco de largada, y creo que he estábamos bastante adelante. Corrí los primeros dos kilómetros con Fran, con quien compartimos la aventura de la Patagonia Run a principios de abril (demoledores 40 km juntos en montaña). Si mi vida como corredor fuese una profesión a la que debería conseguirle un reemplazante cuando me retire, Fran sería mi primera opción. Pero todavía está haciendo sus primeras experiencias en carreras, y una molestia en una pierna le impedía dar su 100%. Mi deseo era poder completar los 42 km en menos de 3:30 hs, por ese capricho de que los maratonistas profesionales se definen por estar por debajo de ese tiempo, y Fran insistió en que no iba a poder correr a menos de 5:00 minutos el kilómetro. Lo intentamos, pero al final me convenció de seguir solo, y lo solté.

Para mí es muy importante despegarme del pelotón inicial. Sé que va en contra de lo que muchos recomiendan, pero a mí me gusta empezar al 110%. Hasta que empezamos a correr por la ruta junto a la playa, donde hay más espacio, todo es buscar un hueco o correr a la velocidad del que tenemos adelante. Dos atletas fornidos, uno en cuero, de piel oscura (lo que los hace más tolerables al implacable sol), mantenían un muy buen ritmo. Yo recordaba que mi mejor maratón la había hecho a 4:20 minutos el kilómetro de promedio, así que me pegué a ellos para ayudarme a mantener el ritmo. La Maratona no tiene liebres o pacers, por lo que hay que inventárselos.

Me costaba mucho seguir a estos dos morochos. En mi cabeza, el mejor pronóstico era seguirlos hasta el km 21 y soltarlos. Si podía hacer esos 4:15 o 4:20 el kilómetro, la segunda mitad iba a poder bajar la velocidad hasta 5:00 y llegar a la meta por debajo de las 3:30 horas. Estaba haciendo un esfuerzo grande, y era lo que me asustaba: no disfrutar de la carrera.

No era fácil seguirlos. Se alejaban y cuando los tenía a 50 metros, aumentaba mi velocidad para no perderlos. En los puestos de hidratación perdían su impulso y yo les ganaba unos metros. Así estuve los primeros diez kilómetros, pensando en qué otro corredor usar de liebre cuando los perdiera. Pero entonces ocurrió algo que no anticipé. Empezaron a quedarse atrás. Quizá pasaron de 4:15 a 4:20, pero lo cierto es que los alcancé, y mi orgullo me obligó a dejarlos atrás. Imaginé que, más adelante, cuando bajara mi velocidad, les tocaría a ellos pasarme.

Miraba constantemente mi reloj. Sin un pacer para robarle el ritmo, solo podía depender de mí mismo. Entonces un corredor de remera roja me pasó. Decidí no perderlo de vista y lo empecé a seguir. A veces me ponía a lado, otras le sacaba unos metros de ventaja, pero en casi todo momento yo quedaba por detrás. En remera, abajo, tenía una leyenda que decía “No one left behind” (“nadie queda atrás”, en el sentido de que no se abandona a nadie). Me pareció que me lo decía a mí y me motivó a no soltarlo.

Pasa algo curioso en las carreras y es que llega un momento en que dos corredores dejan de saber quién es el que marca el ritmo. Este atleta debió notarlo y me empezó a hablar. No domino el portugués más que para comprar mi leche de soja en el supermercado, así que empezamos a comunicarnos en inglés. Su nombre era Gustavo y esta era su segunda Maratona en Río. Le dije mi estrategia de mantener esa velocidad hasta el kilómetro 21 y después soltarlo, pero me dijo que seguramente íbamos a seguir juntos hasta la meta. Esa confianza en mí me motivó.

Una sola vez en mi vida mantuve ese esfuerzo de correr rápido tanta distancia. Todavía no me sentía preparado para repetir la proeza, porque lo que hicimos en el pasado suele terminar condimentado con un romanticismo que no tenía. Entonces, en mi cabeza aquella vez estaba mejor entrenado, mejor alimentado y más descansado. A las dudas de si iba a poder tener un desempeño similar, le sumé uno nuevo: “¿Por qué no?”.

Cruzamos los 21 km y tuve que ponerme una nueva meta. Iba a seguir a Gustavo hasta el km 30, que coincide con el mentado muro, pero además con la subida a un morro que, aunque no es pronunciada, es larga y come piernas. Ya al subida a una autopista hizo que bajáramos el ritmo un poco hasta que dejó de tener pendiente.

El gran problema de estar sufriendo una carrera es que cuesta disfrutar del paisaje. Río tiene un marco alucinante, que sé que en otro contexto hubiese disfrutado más. Pero mi decisión fue esa, dejarlo todo, así que pido disculpas si no detengo en descripciones de las olas rompiendo debajo de la autopista, el mar infinito, la arena blanca… Todo eso está, pero en mi agonía pasaban a un plano muy lejano.

Pasamos el kilómetro 30, y todo el tiempo coqueteaba con la idea de bajar la velocidad o caminar. Son malas jugadas de la cabeza por las que todos pasamos. Aprendí a no escucharlas, pero siempre están de fondo, molestando. Tengo la suerte de haber corrido lesionado, con dolores espantosos, así que sé que todavía queda mucho resto más allá del agotamiento y de una cabeza que de pone en contra. Sospechaba, eso sí, que si frenaba o bajaba la velocidad, me iba a ser imposible volver a ese ritmo de 4:20 el kilómetro.

Iba contando los kilómetros que faltaban. De vez en cuando, tiraba un parcial de “ya vamos 2/3 de carrera”. Creo que es más sano declarar lo que ya corrimos que en lo que falta, pero lo cierto es que en mi cabeza solo podía hacer cuentas para calcular cuánto faltaba para cruzar la meta.

En todos los puestos bebí. En los de agua tomaba un vaso para mojarme y otro para hidratarme. Empecé a mojarme los gemelos, que se agarrotaban y pedían clemencia. Gustavo empezó a quedarse y faltando unos 7 km dijo “estoy cansado”. Me puse en modalidad de Coach y empecé a intentar motivarlo. Le dije que él podía hacerlo, que confiara. Le cité a Henry Ford. Le dije que se relajara, que ya llegábamos por debajo de las 3 horas y media. Le recomendé mojarse las piernas además de beber. Menos subirlo a caballito, hice todo lo que estuvo a mi alcance.

Conforme quemábamos kilómetros, nos metíamos en las playas más concurridas, como la de Copacabana, donde se agolpaba la gente que nos alentaba. Faltando 3 km, Gustavo frenó en seco. Le grité que no, y noté su esfuerzo para volver a trotar. Mis piernas estaban agarrotadas y empecé a sentir tirones en mis aductores, pero escondí todos mis dolores para sostener anímicamente a mi compañero brasileño. Me rogó que lo dejara, juró que no podía más, y le dije que podía hacer lo que quisiera, menos frenar o caminar. Bajamos nuestro ritmo a 5:30 minutos por kilómetro. Igual se sentía la agonía.

Entonces empezaron a aparecer sus compañeros de Running Team. Primero le dieron una Coca Cola, que bebió feliz como si fuera un elixir fortalecedor. Después una cerveza. Nos prometimos hacer un sprint en el último kilómetro, pero negociamos que sea en los últimos 196 metros. Igualmente parecía que no tenía fuerzas. Le grité que diésemos todo, y eso hicimos. Cruzamos la meta con la mano en alto, y mi reloj marcó 3:16 horas, mi segundo mejor tiempo de maratón de mi vida, el mejor para esta carrera brasileña, y un récord histórico para Gustavo.

Finalmente cumplí mis deseos, hasta los más optimistas. Pude estar debajo de las 3:30 hs, darlo todo y ser testigo de la historia de alguien que necesitó mi ayuda. Por eso, esta edición de la Maratón de Río está dentro de mis carreras favoritas de toda mi vida.

Lo bueno: Sin dudas, el punto fuerte es la hidratación. Aunque el calor hace muy factible que sintamos sed, los puestos están muy bien ubicados, y prácticamente no necesité otra cosa para llegar a la meta.

Que el recorrido sea lineal en lugar de que largada y meta sea en el mismo punto también lo siento como un punto a favor. Por un lado, nos obliga a seguir avanzando para terminar y no cortar camino si abandonamos. Por el otro, permite ir casi todo el tiempo bordeando las playas, escuchando solo los pasos de los corredores y la rompiente del mar.

Lo malo: Por alguna extraña razón, la organización decidió poner un solo puesto de frutas en el kilómetro 35. Entiendo que esto unifica con el kilómetro 14 de la media maratón, pero creo que muchos hubiésemos agradecido comer algo mucho antes.

Lo otro que ya le critiqué en la edición de 2013 es que casi no haya bandas en vivo durante el recorrido, como es habitual en la Maratón de Buenos Aires. Con la oferta cultural que tiene Brasil uno esperaría una Samba, un cantante en vivo con su guitarra… Pero creo que vi una sola banda en vivo y un disc jockey en un túnel pasando música clásica.

El veredicto: La Maratona do Rio es una carrera excelentemente bien organizada, muy dura por el clima, ideal para quienes buscan desafiarse en calle.

Puntaje:
Kit del corredor: 7/10
Organización: 9/10
Hidratación: 10/10
Terreno: 9/10
Puntaje final: 8,75

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