Creo que no estoy envejeciendo

Creo que no estoy envejeciendo

Ocurre algo extraño con mi cuerpo. Está en constante cambio. Veo fotos mías de hace 10 años y casi no me reconozco.

Están ahí mis características: la forma de mis ojos, la curva de mi sonrisa, el lunar entre mis cejas, pero no me veo de la edad que tengo. O, mejor dicho, en mis fotos de hace una década me veo más viejo que ahora.

Mi físico cambió, y es lógico en una persona que corre entre tres y cuatro veces a la semana. Se estilizó la cintura, mi cuello se volvió más estrecho y mis cachetes redujeron su superficie. Nada que no le pase a cualquiera que entrene mucho y tenga un mínimo de consciencia de lo que come.

Lo que me sorprende es mi pelo. No le encuentro explicación. Sí, tengo muchas entradas y cada vez me crece menos, pero siendo hijo, nieto, bisnieto y hermano mellizo de pelados, asumí que mi destino inexorable era tener el cuero cabelludo a la vista de todos.
Cuando tenía 21 años decidí no cortarme más el pelo. Creció hasta que podía cerrar mi mano haciendo un puño y algo asomaba del otro lado. De a poco los cabellos largos de adelante empezaron a acomodarse atrás de las orejas y empecé a usar colita. Bañarme se volvió cada vez más imperioso porque se me engrasaba con mucha facilidad.

Un día, en la ducha, empecé a tapar la bañera. Veía cómo caían pelos largos, directamente con la raíz. Mi almohada iba recolectando, cabello por cabello, toda mi larga melena.
A principios del año 2000 atravesé muchos cambios. Primero, me había hecho vegetariano desde hacía pocos meses. Segundo, me fracturé el tobillo (dos hechos que no guardaban relación entre sí). Tercero, decidí cortarme el pelo.

No sé por qué lo hice, lo extrañé horrores más tarde. Jamás volví a dejármelo largo. Si me pongo a revisar el cajón de las fotos seguro encuentro una donde esto con mi corte nuevo y muletas.

Nunca fui un vegetariano flaco, eso vino después, cuando empecé a correr. La fractura de tobillo tuvo algo que ver porque empecé a trotar como parte de mi rehabilitación. Fueron mis primeras experiencias corriendo solo, sin que sea una obligación de la clase de Educación Física. En los años siguientes, cada vez que tenía vergüenza de mi lamentable estado físico, salía a correr algunos minutos.

Pero lo que quiero que visualicen no es a ese neo-vegetariano trotando, superando sus marcas y alcanzando 5 km… 7 km… 10 km… No, no. Su cabello. Miren su cabello. La frente comienza a agrandarse y todos, sin excepción, comienzan a hacérselo notar. Una triste imagen, pero inevitable en una enorme mayoría de los hombres.

Ahora bien, lo curioso de toda esta cuestión es que un día sentí que había llegado al camino sin retorno, y empecé a raparme (la mejor solución para el cuero cabelludo graso es no tener pelo). De ahí pasé a afeitarme la cabeza. No lo hacía muy seguido porque me cortaba casi siempre. Mi mamá, que no está para sutilezas, me preguntó por qué los jóvenes buscábamos siempre el look de enfermo terminal.

Empecé a correr con mayor frecuencia y me inicié en las carreras. En las sierras. En los médanos. La Maratón de la Ciudad de Buenos Aires. Y afeitarme el día antes se convirtió en un ritual. Me hacía verme más prolijo en las fotos.

Si me dejaba crecer el pelo un mes, mi mamá me iba a pedir que por favor no me lo cortara, que me quedaba mejor. Era la señal para ir al espejo, verme y preguntarme por qué me estaba dejando estar así (no pasaba más de un día sin raparme a cero).

Hasta que un día, una de esas chicas inalcanzables me dijo que había visto fotos mías y que era más lindo con pelo. Un par de meses antes de correr el Spartathlon decidí no volver a raparme. Lo dejé crecer, junto con mi barba (ah, cierto, también me dijo que me dejara crecer la barba).

Volví de Grecia barbudo y con un pelo que seguía creciendo. No tenía idea de qué iba a pasar. Pero a pesar de que las entradas siguen ahí, todavía quedaba mucho pelo cubriendo mi cabeza. Como si fuera poco, a mis espaldas comenzó a crecer el rumor de que me había hecho un implante.

No conquisté a esa chica inalcanzable con mi nuevo look de pelo y barba, pero me amigué conmigo mismo. Me agrada lo que veo en el espejo, que podría ser tema de mil sesiones de terapia. Así y todo, también me pasa que cuando me cruzo en Tinder con una chica que  tiene 38 años como yo, la veo físicamente más vieja.

Puede que no vuelva a tener pelo largo, sin embargo no pasé el camino sin retorno como creía una década atrás.

Publicado el 3 mayo, 2016 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Nunca se envejece. Es el tiempo que va pasando a nuestro lado. Siempre, en cualquier punto, tendrás toda la vida por delante. Solo hace falta levantar la vista,dejar de mirarse el ombligo y soñar un poco. Abrazo campeón. Juanca.

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