Archivos Mensuales: mayo 2016

Creo que no estoy envejeciendo

Creo que no estoy envejeciendo

Ocurre algo extraño con mi cuerpo. Está en constante cambio. Veo fotos mías de hace 10 años y casi no me reconozco.

Están ahí mis características: la forma de mis ojos, la curva de mi sonrisa, el lunar entre mis cejas, pero no me veo de la edad que tengo. O, mejor dicho, en mis fotos de hace una década me veo más viejo que ahora.

Mi físico cambió, y es lógico en una persona que corre entre tres y cuatro veces a la semana. Se estilizó la cintura, mi cuello se volvió más estrecho y mis cachetes redujeron su superficie. Nada que no le pase a cualquiera que entrene mucho y tenga un mínimo de consciencia de lo que come.

Lo que me sorprende es mi pelo. No le encuentro explicación. Sí, tengo muchas entradas y cada vez me crece menos, pero siendo hijo, nieto, bisnieto y hermano mellizo de pelados, asumí que mi destino inexorable era tener el cuero cabelludo a la vista de todos.
Cuando tenía 21 años decidí no cortarme más el pelo. Creció hasta que podía cerrar mi mano haciendo un puño y algo asomaba del otro lado. De a poco los cabellos largos de adelante empezaron a acomodarse atrás de las orejas y empecé a usar colita. Bañarme se volvió cada vez más imperioso porque se me engrasaba con mucha facilidad.

Un día, en la ducha, empecé a tapar la bañera. Veía cómo caían pelos largos, directamente con la raíz. Mi almohada iba recolectando, cabello por cabello, toda mi larga melena.
A principios del año 2000 atravesé muchos cambios. Primero, me había hecho vegetariano desde hacía pocos meses. Segundo, me fracturé el tobillo (dos hechos que no guardaban relación entre sí). Tercero, decidí cortarme el pelo.

No sé por qué lo hice, lo extrañé horrores más tarde. Jamás volví a dejármelo largo. Si me pongo a revisar el cajón de las fotos seguro encuentro una donde esto con mi corte nuevo y muletas.

Nunca fui un vegetariano flaco, eso vino después, cuando empecé a correr. La fractura de tobillo tuvo algo que ver porque empecé a trotar como parte de mi rehabilitación. Fueron mis primeras experiencias corriendo solo, sin que sea una obligación de la clase de Educación Física. En los años siguientes, cada vez que tenía vergüenza de mi lamentable estado físico, salía a correr algunos minutos.

Pero lo que quiero que visualicen no es a ese neo-vegetariano trotando, superando sus marcas y alcanzando 5 km… 7 km… 10 km… No, no. Su cabello. Miren su cabello. La frente comienza a agrandarse y todos, sin excepción, comienzan a hacérselo notar. Una triste imagen, pero inevitable en una enorme mayoría de los hombres.

Ahora bien, lo curioso de toda esta cuestión es que un día sentí que había llegado al camino sin retorno, y empecé a raparme (la mejor solución para el cuero cabelludo graso es no tener pelo). De ahí pasé a afeitarme la cabeza. No lo hacía muy seguido porque me cortaba casi siempre. Mi mamá, que no está para sutilezas, me preguntó por qué los jóvenes buscábamos siempre el look de enfermo terminal.

Empecé a correr con mayor frecuencia y me inicié en las carreras. En las sierras. En los médanos. La Maratón de la Ciudad de Buenos Aires. Y afeitarme el día antes se convirtió en un ritual. Me hacía verme más prolijo en las fotos.

Si me dejaba crecer el pelo un mes, mi mamá me iba a pedir que por favor no me lo cortara, que me quedaba mejor. Era la señal para ir al espejo, verme y preguntarme por qué me estaba dejando estar así (no pasaba más de un día sin raparme a cero).

Hasta que un día, una de esas chicas inalcanzables me dijo que había visto fotos mías y que era más lindo con pelo. Un par de meses antes de correr el Spartathlon decidí no volver a raparme. Lo dejé crecer, junto con mi barba (ah, cierto, también me dijo que me dejara crecer la barba).

Volví de Grecia barbudo y con un pelo que seguía creciendo. No tenía idea de qué iba a pasar. Pero a pesar de que las entradas siguen ahí, todavía quedaba mucho pelo cubriendo mi cabeza. Como si fuera poco, a mis espaldas comenzó a crecer el rumor de que me había hecho un implante.

No conquisté a esa chica inalcanzable con mi nuevo look de pelo y barba, pero me amigué conmigo mismo. Me agrada lo que veo en el espejo, que podría ser tema de mil sesiones de terapia. Así y todo, también me pasa que cuando me cruzo en Tinder con una chica que  tiene 38 años como yo, la veo físicamente más vieja.

Puede que no vuelva a tener pelo largo, sin embargo no pasé el camino sin retorno como creía una década atrás.

Una pesadilla recurrente

Una pesadilla recurrente

Estoy corriendo una carrera. Físicamente me siento excepcional. Ni un dolor, no hay ni siquiera ampollas. Tengo aire y mucho resto.

Pero falta mucho para la meta.

Es una carrera de aventura. Llevo calzas. Estoy muy preparado.

Entonces entro en la ciudad. Y me pierdo.

El reloj avanza. Doy vueltas, pido indicaciones. No veo más marcas, ni cintas, ni vallas. No sé a dónde ir, solo sé que cada vez hay menos tiempo.

No puedo recordar a qué hora empecé. Intento hacer memoria, pero no me viene a la mente. Sé que generalmente largamos a las 8 de la mañana, pero ya son las 9 y media de la noche. ¿Hasta qué hora me van a esperar?

A veces estoy corriendo el Spartathlon. Otras los 42 km de la Maratón. Siempre hay escaleras, edificios intrincados y gente que sigue con su vida. Meto mi carrera en medio de ellos. Me doy cuenta de que estoy perdido, de que no era por ahí, pero no sé volver sobre mis pasos.

Alguna vez pedí ayuda, y aunque encontré gente preocupada por mí, nadie se apuró. Todos se tomaron su tiempo mientras el reloj avanzaba implacable. Anoche volvía a la largada, donde estaban guardando las vallas y las banderas. Me decían que era el último, y quería salir rápido para empezar a pasarlos y ganar posiciones. Un policía se ofreció a llevarme hasta donde me había perdido. Miramos un mapa, pero no podía indicarle dónde había tomado ese giro equivocado. Fuimos a la casa del oficial a buscar su patrullero. Caminamos a paso tranquilo, mientras la desesperación por el cronómetro me estrujaba el corazón.

En estos sueños estoy entre la desesperación de estar afuera de mi ámbito y la impotencia de que me ignoren. Es demasiado pretender soñar con el recorrido completo, saliendo de la largada y llegando a la meta. El único consuelo que encuentro es que en medio de esa desesperación interna que vivo, me pongo a desear que todo esto sea un sueño. Y se cumple en el alivio del despertar.

La soledad del corredor de ultramaratones

La soledad del corredor de ultramaratones

Los lectores asiduos de este blog notarán que desde el regreso de Semana 52 le he dedicado poco tiempo a realizar entradas nuevas. Esto tiene una explicación y es que me estoy dedicando a cosas nuevas, pero relacionadas con el deporte y la motivación, que es mi norte en esta etapa de mi vida. Una de esas cosas es haber empezado un libro sobre running. No a leerlo, sino a escribirlo. Comenzó como una crónica detallada de mis 130 km en Patagonia Run y, si bien ese es el “esqueleto”, está evolucionando en algo muy personal, que describe qué pasa adentro de la cabeza de un corredor llevado al límite. Disfruté mucho leyendo “Correr, comer, vivir”, de Scott Jurek, y “Correr o morir”, de Killian Jornet, y dudo que ellos hayan sido los escritores (más bien juntaron sus anécdotas y un escritor calificado le dio un orden y una gramática decente. “De que hablo cuando hablo de correr”, de Haruki Murakami, seguro fue escrito por el autor.

Sí, he pensado en aprovechar mis largas ausencias en este blog e ir subiendo capítulos de a uno, pero como no estoy seguro de que sean versiones finales, y cada tanto se me ocurre intercalar algo en el medio, estoy indeciso. Por ahora puedo prometer crónicas de carreras, porque es material que después me va a servir para la página www.germandegregori.com, otro de los proyectos en los que estoy inmerso.

Pero bueno, dejando todo este preámbulo lleno de excusas de lado, lo cierto es que este último mes podría haber sido muy jugoso para este blog. Podría haber contado un proceso que estoy haciendo en el que me doy cuenta de que tengo una cierta tristeza adentro mío… Fue duro darme cuenta de esto, pero todo cobra sentido. Primero fue la comida, ese placer inmediato que desaparece cuando el plato está vacío o llegamos al fondo del paquete de galletitas. Comer porquerías no fue el camino a la felicidad perdurable. Después fueron las mujeres, en ese vano intento por creer que estar en pareja me iba a hacer feliz. Descubrí que estar de novio no es igual a estar acompañado, y que uno se puede sentir en soledad incluso viviendo con alguien. Luego llegó el turno a las carreras, en especial las ultramaratones. Esa felicidad que me daba cruzar la meta después de un esfuerzo descomunal… de nuevo se convirtió en algo efímero.

Murakami lo describía como al tristeza del corredor (runner’s blues). Después de correr 130 km en montaña, una de las experiencias más agotadoras de toda mi vida, me encontré con la horrorosa pregunta de “¿Y ahora qué?”. Descubrí que no puedo ir de ultramaratón en ultramaratón, intentando llenar un vacío. Peter Milligan decía que ni siquiera el océano podía llenar un balde agujereado.

Hoy salí a correr 50 km, porque ayer, en el entrenamiento, me di cuenta que ese objetivo mío de ir corriendo hasta Pinamar lo prometí para dentro de 4 meses. Pasa el tiempo y no estoy haciendo nada puntual para prepararme. Así que le dije a Germán que quería que me empezara a preparar, lo termine haciendo o no. Me dijo que con lo que estábamos haciendo en PUMA Running Team alcanzaba, que solo necesitaba agregar un fondo a la semana. Me dijo que corra 50 km, y menos de 24 horas después estaba despertándome, en una fría madrugada.

Me costó salir de la cama. Eran las 5 de la mañana. Hacía frío y el día anterior había corrido 24 km. Lo único que me entusiasmaba era probar en el entrenamiento un experimento culinario, unos rectángulos de harina de maíz con un poco de harina integral, salsa de soja, una pizca de sal y levadura de cerveza. Los bauticé “milanesas de maíz” porque parecen milanesas de soja, un poco menos duras, y con gusto a polenta. Me puse un par en cada bolsillo y me abrigué, mientras pensaba en que no quería salir. Llegué hasta el umbral de la puerta, con las llaves en la mano, y me detuve un momento. Me estaba mirando los pies, pensando en que solo tres personas sabían que yo iba a correr 50 km (cuatro conmigo). Nadie tenía por qué saber que me había quedado en casa. Podía prender la estufa, sentarme a adelantar trabajo, poner alguna serie en Netflix de fondo. Me puse a pensar, ¿qué es lo que realmente quiero hacer? Correr 5 horas sin parar no fue ninguna de las opciones que pasaron por mi cabeza. No me pregunten cómo, pero salí igual.

Originalmente iba a correr hasta la Reserva Ecológica, en Capital, y volver. Se me ocurrió que mejor iba a ser quedarme corriendo por el Hipódromo de San Isidro, porque ahí tenía bebederos y no iba a tener que preocuparme por la hidratación. Después me di cuenta que en realidad este razonamiento había sido una trampa de mi cerebro: muchas veces, por la cercanía a mi casa, pensé en desviarme, abandonar, y volver a mi cálido hogar. No lo hice.

Salí a las 6 de la mañana, lo que significa que me tomó una hora vestirme, desayunar y juntar fuerzas para salir. Estaba muy bien abrigado, así que no padecí el frío. Las veredas estaban absolutamente desiertas, así que corrí a mis anchas. Solo tuve que esquivar a algunos jóvenes que salían de bailar, todavía eufóricos.

Decidí recorrer todo el Hipódromo en forma de “S” y volver sobre mis pasos. Eso me daba unos 12,5 km, así que repetir el circuito ocho veces (cuatro idas y vueltas) me iba a ayudar a cerrar en 50. Terminando el primer cuarto de la distancia prometida, empecé a sentir un dolor en la rodilla derecha. “Sigo derecho hasta casa y cierro por hoy”, pensé. No me hice caso. Comí mi primera milanesa de maíz, tomé agua y salí.

A medida que amanecía se empezaban a ver celestes mezclados con naranjas en el cielo. A esa altura fue el pico de frío, pero estaba entrado en calor. Tuve que hacer una parada en el baño de la YPF (no entraremos en detalles). Venía mirando el reloj. Si terminaba, quería hacerlo en menos de 5 horas.

Pensé mucho en conformarme con lo que había hecho hasta ese momento. Cuando estaba cerca de la mitad de mi objetivo, entendí que con los 24 km del día anterior ya me podía dar por satisfecho. Conforme pasaban los kilómetros, reducía la velocidad. Los pies me dolían, las lumbares también. Urgente cambiar de zapatillas.

Me distraía con las canciones que sonaban en mi cabeza. Cuando se me pegaba algo insoportable, pensaba en “I Want It All”, de Queen, que es la mejor canción de rock de la historia y me sirvió cuando se me pegó “Bailando en la sociedad rural”, de Alfredo Casero, en mis 130 km de principios de abril (en aquella oportunidad, le cambié la letra a “Corriendo en la Patagonia Run”, que repetí en mi cerebro ad nauseum).

Con el sol y un ligero aumento de la temperatura, empezaron a aparecer otros corredores. Mi paso se hacía tedioso y, si me concentraba, podía acelerar un poco y lograr que mi reloj marcara un ritmo más rápido que 6 minutos el kilómetro. De nuevo sentí ganas de ir al baño y pensé en venir a casa, donde iba a estar en un entorno amigable y más cómodo que la YPF. De nuevo, trampas de mi cerebro.

Pasé los 30 km y dije “qué bueno no sentir el muro”. Al km 32 me arrastraba. Pero no me detuve más que para tomar agua. Incluso comía mis milanesas de maíz caminando o iniciando un trote. Para no aburrirme cambié el plan y empecé a darle vueltas al Hipódromo, cada una de poco más de 5 km. Cada vez se aparecía más gente, incluso familias con niños aprendiendo a andar en bicicleta, quienes ocupaban todo el ancho del camino. Un fastidio para los corredores.

Pasé los 42 km y recién un kilómetro después me di cuenta de que acababa de pasar la barrera que define una ultramaratón. Increíble pensar que 24 horas atrás ni siquiera sabía que iba a estar haciendo eso.

Los últimos 6 km fueron eternos. Pero aceleré, porque sabía que así iba a terminar más rápido. Pasé de 6:05 minutos el kilómetro a 5:30. Me dolía la espalda, la nuca, y los pies. Caminando en la tierra me clavé una rama que atravesó el costado de mi zapatilla, cual iceberg contra el Titanic.

Y pensé mucho por qué no quería correr. Si es algo que en los últimos años fue sinónimo de felicidad. Saqué algunas conclusiones, mientras corría. Al igual que con la comida, funcionamos en sistema. No existe un alimento milagroso que nos va a hacer bajar de peso o nos va a dar todos los nutrientes que necesitamos. Siempre hay que hacer combinaciones y no apegarnos a una sola cosa. Lo mismo, sospecho, pasa con la felicidad. No puede haber una sola cosa que nos haga bien, tiene que haber varias, todas empujando para el mismo lado. Por eso, estando triste o insatisfecho con mi vida, es obvio que correr no va a ser suficiente. Necesito más cosas que me hagan bien.

Estoy muy contento de haber hecho este fondo. No quería hacerlo porque no quería pensar. Me espantaba la idea de estar a solas con mi cerebro durante tanto tiempo. Completé los 50 km en 4:56:01, así que alcancé mi meta caprichosa de estar por debajo de las 5 horas. La rodilla no me molestó más que aquella vez, las ganas de volver a ir al baño a sentarme un rato desaparecieron, y ningún dolor fue lo suficientemente grande como para hacerme parar. Me costó imaginarme terminando esos 50 km, así que tuve que salir a comprobar que podía hacerlo. Pude pensar en qué cosas iba a hacer apenas terminara y que me hicieran bien a mi ánimo. Planifiqué una ducha caliente y unos cereales con leche de soja y banana. Después me di cuenta de que por hoy quería cambiar de fruta y le puse manzana cortada en cubos. Pensé en escribir esta reseña, y todas esas pequeñas cosas me entusiasmaban. Las hice y sentí mucha satisfacción.

Ahora estoy terminando esta entrada con mi gato sentado en mi regazo. No estoy del todo seguro de qué enseñanza queda cuando la cabeza dice que no a algo y uno lo hace de todos modos, pero sospecho que en el fondo de la semana próxima voy a tardar menos en esa batalla antes de salir a la calle. Algo que me abrumaba me terminó resultando más rápido de lo que me imaginé. Quizás por eso de que mejor que correr es haber corrido.

Así que, de a poco, volverán las sesiones de fondos donde tendré que abrazar esa soledad de la madrugada (mejor que el amontonamiento de padres y abuelos enseñando a niños a andar en bicicleta), en la que buscaré una canción que me guste para repetirla hasta el hartazgo, y en la que probaré nuevas recetas. Pensaba que la próxima milanesa de maíz podía ser dulce, con ralladura de limón y un poco de miel. Suena asqueroso, es verdad, pero hoy me di cuenta que hay que seguir el instinto cuando algo te entusiasma. Eso puede hacer que el resto de las cosas empiecen a acomodarse.

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