Patagonia Run 2016: Donde se midieron los valientes

Patagonia_Run_2016

La Carrera: Quienes siguen este blog saben que hace varios años que participo de Patagonia Run. Empecé en 2012 cuando era su segunda edición y estrenaban la distancia de 100 km. Fue una de las experiencias más agotadoras de mi vida, ya que por primera vez me enfrentaba a la montaña, y aprendía que un trail no necesariamente es correr.

Cuando supe que iban a estrenar la distancia de 120 km en 2015 dije que solo un demente podía querer participar de una prueba así. Finalmente terminé siendo uno de esos dementes. Entre el viernes 8 y el sábado 9 de abril se largó la edición de este año, donde la prueba más larga pasó a ser de 130 km (salida a las 19:30), y las otras distancias que se corrieron fueron 100 km (23:00), 70 km (6:00), 42 km (8:30), 21 km (10:15) y 10 km (11:15).

Quizás alguno recurra a la calculadora y asuma que correr 70 km es más fácil que 130, pero no se engañen: la montaña es dura y si el clima no acompaña o no se tiene una buena estrategia, la paliza que podemos recibir puede ser muy importante.

En la charla técnica (quizás una de las más dinámicas y divertidas de todas las ediciones en las que participé) se aclaró uno de los fuertes de Patagonia Run: el terreno variado. Excepto mar y desierto, tenemos todo: montaña, pampas, mallines, arroyos, tierra, rocas y hasta asfalto.

Como decía antes, el clima puede torcer enormemente el desempeño de la carrera. Cuando partimos los de 130 km a las 19:30, en la Plaza Central de San Martín de los Andes, todavía había sol y el frío de la medianoche estaba lejos. En el ascenso al Cerro Colorado, a 1785 metros sobre el nivel del mar, vino acompañado de vientos helados y una densa neblina que impedía ver las marcas del camino. Ni siquiera podía verse la cumbre para usar de referencia. Al final del segundo día hubo lluvias débiles e intermitentes, pero que forzaban a uno a querer llegar a la meta de una vez por todas.

En mi caso fue una de las carreras más especiales de mi vida. Salí decidido a hacer un buen tiempo, ya que el año pasado acompañé a un amigo y no estaba del todo seguro cuál hubiese sido mi tiempo (si mayor o menor) de haber corrido solo. En esta edición tenía a tres amigos corriendo cada uno una distancia diferente: Lucas con 42 km, Franco con 70 km y Fernando con 100 km. Aunque me crucé con el último en el Puesto de Asistencia Corfone, nuestros recorridos tenían una diferencia muy ligera que de un momento a otro nos puso a 4 km de distancia entre nosotros.

En el puesto de hidratación Corfone (a 7 km de donde me crucé con Fernando) me encontré con una corredora de 100 km pidiendo explicaciones, con los puestos y sus horarios de corte impresos en una hoja. La vi desorientada y temerosa de la noche, así que le ofrecí acompañarla hasta el puesto Colorado, que viene una vez que se cruza el helado cerro del mismo nombre. Los 130 km de Patagonia Run son varias carreras en una sola. La primera va desde la meta hasta cruzar el Colorado. La segunda es soportar la noche hasta que salga el sol y comience a calentar. La tercera es cruzar el Cerro Quilanlahue (de 1650 metros sobre el nivel del mar) y llegar hasta el puesto del otro lado, que descansa en su base, antes del horario de corte de las 18:30. La cuarta es hacer los últimos 27 km hasta la meta, con todo el cansancio encima, y llegar antes de las 22:45.

Esta corredora neuquina, llamada Marianela, recibió mi perorata de consejos, motivación y hasta mi gorro windstopper, que le regalé cuando finalmente llegamos a las 5:30 de la mañana al Puesto de Asistencia Colorado 1. Mi idea era acompañarla a subir el cerro y bajarlo juntos, pero entre que me quedé abrigándome y le pedí que siga para no enfriarse y las nubes bajas que tapaban toda la visión, recién pude alcanzarla a la mitad del descenso. Mucho coraje, y me alegró mucho ver en la clasificación general que llegó a la meta.

Lo otro que hizo muy especial esta edición fue el segundo compañero que tuve. Cuando dejé a Marianela en el Colorado 1 decidí aumentar el ritmo y ver si en una de esas lograba alcanzar a Fernando. Logré pasar la noche, a fuerza de haber llevado el abrigo correcto y haber hecho una buena estrategia de hidratación y alimentación. Cuando finalmente llegué a la base del Quilanlahue, representado por el Puesto Coihue (km 98) no me encontré con Fernando, sino con Franco, con quien nos fundimos en un fuerte abrazo. Jamás nos habíamos propuesto encontrarnos, con la gran diferencia horaria de nuestras salidas, pero estábamos ahí y decidimos subir el Quilanlahue juntos.

Este cerro, lisa y llanamente, nos devoró, nos masticó, y nos escupió. Quedamos absolutamente agotados después de un ascenso de una hora y media. Como el otro lado del cerro estaba cerrado por mal clima, teníamos que volver por el mismo camino, con el peligro que implicaba tener en un mismo sendero a corredores subiendo y bajando (en un bochornoso juego de “la gallina” para ver quién se corría primero). Bajamos lo más rápido que pudimos y en cada puesto al que llegábamos no podíamos evitar descansar unos minutos.

Yo decidí no cambiarme de ropa porque me mantenía caliente, pero quizá fue un error por el tema de las medias. Mis pies estuvieron mojados todo el tiempo, y en los últimos kilómetros sentía que corría sobre hojas de Gilette. Franco estaba especialmente abatido, así que intenté guardarme todos mis dolores para que se apoyara en mí. No nos lo dijimos, pero ambos llegamos a pensar que no íbamos a llegar, porque los horarios de corte de los puestos cada vez se acercaban más a nosotros. Los trotes eran cada vez más escasos y las caminatas más largas.

Pero de algún modo lo hicimos. Llegamos al puesto Bayos 2 a las 19:45, una hora antes de que cierre, y nos quedaban 9 km y 3 horas para llegar a la meta. Quisimos, soñamos con correr, pero no pudimos. La planta de mis pies me estaba matando, al igual que la espalda. Franco nunca había corrido más que 42 km de calle, así que estaba experimentando dolores y un cansancio completamente nuevo. La noche nos cayó encima, de nuevo encender las linternas frontales y rogar que la meta llegue pronto.

Fue un camino agónico. Todo dolía, subir, bajar, estar de pie, estar sentado. No había opción más que seguir avanzando, como se pudiese. Después de serpenteantes caminos de tierra que no dejaban de subir, llegamos a la ciudad, y a partir de ahí el último kilómetro a la meta. En voz baja rezaba, para inventar fuerzas que me hicieran soportar el dolor. El desamparo acerca a los hombres a Dios, y en ese momento alternaba Padres Nuestros con Aves Marías. Si no me daba créditos espirituales para superar la prueba, al menos me mantenía la cabeza distraída del dolor de cada paso lastimoso que daba.

Con ayuda de los organizadores pude bajar unas rocas y llegar finalmente al nivel de la calle, junto al imponente Lago Lacar. Mientras caminábamos por el asfalto, arrastrando nuestros bastones, ya decidíamos cómo iba a ser nuestra llegada. Fran me adelantó que iba a llorar y lo hizo. Yo crucé la meta pegando un grito de guerra y me abracé con mi compañero mientras largaba sus esperadas lágrimas. Lucas, fresquísimo después de sus 42 km, nos esperaba en la meta para sacarnos fotos, y Daniela, su novia, nos filmaba y alentaba. Fernando estaba en ese momento en la cama, donde terminaríamos todos y donde ansiamos estar casi todos los que nos animamos a la Patagonia Run.

Mis pies eran una visión espantosa. Estaban arrugados como cuando uno se moja la piel por mucho tiempo, pero en este caso los surcos eran muy profundos. Mirarlo fijo ya me hacía doler. La Doctora Daniela me recomendó ponerlos en agua tibia y sal. Le hice caso sin tenerle mucha fe. Después de unos minutos me sentía un poco mejor (no podía pisar igual), pero a la mañana estaba como nuevo. Ni rastro de esos pies monstruosos de la noche anterior.

No sé cuál hubiese sido mi tiempo si hubiese corrido solo, pero sé que no hubiese sido lo mismo que acompañar a dos personas, una desconocida y un amigo, y ser protagonista de parte de la aventura de otro. Después de esta experiencia, difícilmente quiera volver a correr solo.

Lo bueno: La organización de Patagonia Run sigue siendo excelente. Si bien tengo algunos reparos, que mencionaré en la siguiente sección, el punto fuerte de la carrera, dejando de lado el terreno, es la buena predisposición de los voluntarios. Incluso me crucé con Mariano Álvarez, director de la carrera, en el Quilanlahue 2, y pude ofrecerle en vivo mis impresiones y sugerencias, que fueron recibidas con mucha cordialidad.

Los puestos más grandes tienen comida en abundancia, y a diferencia del año pasado, donde el agua escaseó, en esta edición se notó el esfuerzo porque todos los puestos estuviesen bien abastecidos.

El tema de haber modificado el descenso del Quilanlahue habla de un deseo de proteger al corredor, aunque no sé si se resolvió de la mejor manera. Pero destaco la intención. Y agradezco mucho a quien me tomó de un brazo y me ayudó, faltando un kilómetro y medio para la meta, a bajar unas rocas que descansado las saltaría en puntas de pie, con los ojos cerrados, pero que en mi estado deplorable eran un peligro. Fui cuidado y valorado por alguien que no estaba directamente obligado a hacerlo.

Lo malo: Poco, realmente. Escarbando en los fastidios que hay en todas las carreras podríamos ubicar a los banderilleros, que son extremadamente serviciales, pero que cuando uno les pregunta cuánto falta para el siguiente puesto, no saben decir “no sé”, y aventuran “una hora” o “cuatro kilómetros”, cuando finalmente terminan siendo dos horas o 7 kilómetros. Intuyo que es un deseo por ayudar, o incluso son mentiras “blancas” para que uno no se desmoralice, pero cuando ves que no te dijeron la verdad, el impacto puede ser muy fuerte.

En el kit del corredor de 100 y 130 km venían unas tibialeras que algunos recibieron y yo no por haberme acreditado en la noche del jueves. De hecho recién estuvieron para el sábado. Es difícil entender cómo si hay un número concreto de corredores a los que les prometieron este accesorio, no pudieron cumplirlo. En la cadena, alguien falló. No uso tibialera por lo que no me molestó, pero entiendo si alguien tuvo un disgusto por esto.

La subida y la bajada del Quilanlahue, que se hizo en un mismo sendero donde a duras penas cabía una persona, fue un peligro. Los que bajaban zambullían como si estuviesen solos. Un corredor me chocó y casi me lanza por un precipicio, si él mismo no me hubiese atajado al último milisegundo. Al llegar a la cima pude ver el pésimo clima (frío, lluvioso) y entendí que cruzar por el otro lado era un riesgo mayor, pero aunque esta improvisación funcionó (incluso creo que terminó siendo un descenso más duro que el original), hubiese estado bueno que tuvieran un plan de contingencia pensado para estas situaciones. No quiero ser el que justifique por ellos por qué no lo hicieron, pero seguramente era imposible marcar un segundo camino con la carrera en marcha. Pero esta es la perla negra que no le da un 10 a la organización este año.

El veredicto: Patagonia Run sigue siendo la mejor carrera del calendario. La encontré más dura que el Spartathlon (con sus enormes diferencias) y sigue siendo uno de los desafíos más grandes a los que un corredor amateur puede someterse. Ideal para cualquier persona que disfrute de los desafíos, sin importar su nivel atlético ya que cuenta con un margen muy amplio de distancias.

Puntaje:
Kit del corredor: 8/10
Organización: 9/10
Hidratación: 10/10
Terreno: 10/10
Puntaje final: 9,25

Publicado el 12 abril, 2016 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Me diste gangs de correrla…. Felicitaciones, una vez mas, por tan tremenda hazaña

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