Por qué me ven más flaco

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Para quien está haciendo un esfuerzo consciente por lograrlo, pocas palabras son más dulces al oído que “Che, ¡estás más flaco!”. Pero si sos vegano y corrés ultramaratones, generalmente no es una felicitación, sino una señal de preocupación. “¿Estás comiendo bien?” suele ser la frase que le sigue.

Quizá te estés preguntando para qué quiere adelgazar alguien que entrena un mínimo de 4 veces a la semana, que retomó el gimnasio y que no consume ningún producto animal (y que intentó dejar el azúcar, y lo habría logrado si el AdeS estuviese endulzado con alguna variante más sana). Aunque no lo parezca, tengo 38 años, y cada día que pasa no rejuvenezco. Una buena genética y mis hábitos colaboran en que mantenga a raya a los radicales libres y goce de una decente salud celular. Pero cuidarse a los 30 no es lo mismo que hacerlo a los 40, y eso lo tengo muy en claro.

El estar entrenando para el Espartatlón me dio una gran excusa para romper mis reglas nutricionales y consumir hidratos de carbono como si fuese más necesario que el oxígeno. Pan irrestricto (propio o el de panadería), cous cous en todas las comidas (solo alternado por el arroz integral), pastas, galletas caseras, pizza, galletitas Cachafaz (mi talón de Aquiles) y un largo etécera. Las verduras estaban presentes, pero a veces pegaban el faltazo a la mesa. Así desarrollé una barriga y unos flotadores que me valieron alguna cargada entre mis congéneres corredores y que tapaban mis músculos en el abdomen. Alguna vez me encontré metiendo panza para una foto, mientras pensaba si eso contaba como estar haciendo abdominales.

El tema es que, sin darme cuenta, había creado una nueva zona de confort. No quería salir de ahí, aunque con cada paquete de Cachafaz pensaba “estas son las últimas que compro en toda mi vida”. Equilibrar mi alimentación (o sea, relegar hidratos para que avancen los vegetales) era algo que, aunque lo negaba en ese entonces, no quería hacer. Básicamente comía más calorías de las que estaba consumiendo (aunque quemara un montón).

Quizás inspirado por el cambio de año, decidí que era momento de que un vegano se amigara con los vegetales. Empecé por comer más ensaladas, por reducir las milanesas de soja a una sola (en lugar de dos por comida), a no llenar el bowl hasta el tope de avena y a que la porción de cous cous fuese un tercio del plato y no tres cuartos (o el 100%, como alguna vez hice). El gran paso lo di cuando decidí no comer hidratos en el almuerzo y la cena de los días en los que no entrenaba (más allá de lo que pudieran aportar los vegetales, el tofu y las semillas). Ese fue el punto de inflexión.

Al principio no fue fácil. Podía completar el entrenamiento, pero terminaba agotado. Soy de los que quiere terminar todo primero y correr el máximo de kilómetros que dice el entrenador. Porque sentir que mis compañeros me pisan los talones es mi modo de motivarme a hacer ese esfuerzo extra que te hace progresar. Y estar al frente del pelotón me estaba costando. Igual resistí, y no caí en la tentación de aumentar mis raciones de hidratos. A las dos semanas, esa sensación de cansancio había desaparecido. Al mes la panza estaba retrocediendo y las abdominales empezaban a aflorar sin trabar. Al mes y medio el cinturón ya no me ajustaba.

Ahí comenzaron las preocupaciones de que estoy más flaco y que se me nota en la cara. Pero la sensación de cansancio quedó muy atrás, y ya entré en ese ritmo de saciar el hambre con frutas y verduras. Sigo consumiendo hidratos todos los días: más allá de reducir un poco la ración de avena, sigue siendo mi desayuno y mi merienda. Los días de entrenamiento me permito una milanesa de soja en cada comida, o garbanzos, y algún ocasional cous cous. Lo que descubrí es que puedo darme permitidos cada tanto, como ir a comer afuera los fines de semana y comer harinas.

Ahora, la pregunta que alguno se estará haciendo es… ¿para qué? ¿Me importa lo que piensen los demás? Un poco sí, pero más me importa lo que piense yo. Y sinceramente sentía que no tenía una meta clara. Tengo carreras por delante, y mi desafío fantasma de correr hasta Pinamar (por el cual todavía no hice mucho). Pero me reconforta verme bien. Hoy miro el espejo y me siento satisfecho. Eso me da una cierta paz interna.

Ahora viene una segunda etapa, que es aumentar mi masa muscular. Estoy abocado a eso, consumiendo un extra de proteína los días de gimnasio. Ya comprobé algo que, de algún modo, ya sabía: el hábito define qué tan rápido llegan los resultados.

Y hablando de resultados, todos estos cambios coinciden con un apto médico que me estoy haciendo, así que los estudios cardíacos y sanguíneos deberían traerle tranquilidad (o no) a quienes les parece que verme más flaco que el año pasado es un signo de preocupación.

Publicado el 6 marzo, 2016 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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