Correr en la playa

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El viento soplaba fuerte, con un silbido ensordecedor. Mis lentes estaban empañados, pero no me los quería quitar para evitar que la arena entrara en mis ojos. No tenía suficiente agua, algunas pasas de uva, y un largo camino hasta llegar a casa. ¿Cómo me había metido en esa situación?

Estoy en Villa Gesell, donde pasé año nuevo con familia y amigos. El tiempo no acompañó, pero para un corredor cualquier clima y escenario son merecedores de salir a trotar. El 31 salí por la tarde, tomando todos los recaudos posibles: lentes para el sol, pañuelo tubular para secar la transpiración, reloj con GPS, protector solar en hombros, nuca y sobre mi tatuaje (rutina que deberé repetir de por vida), botella con medio litro de agua, un puñado de pasas de uva y mi celular, más para sacar fotos que para pedir auxilio, ya que no tengo cobertura en este partido de la costa.

No tuve muchos sobresaltos. Hice 10 km, y aprendí que al km 1,5 está el muelle. Esquivé, eso sí, a muchos veraneantes, devolví algunas pelotas que se iban al mar, y pegaba un salto cada vez que las olas intentaban mojarme las zapatillas. Nunca corro descalzo, en parte porque podría cortarme con cualquier cosa, en parte porque no estoy acostumbrado y eso genera muchas molestias en los tendones y el arco del pie. Cada 2 km cambiaba la botella de mano para no tensionarme. Pegué la vuelta y terminé corriendo 20 km.

El primer día del año también salí a entrenar, esta vez en el sentido contrario para ver qué había del otro lado. Necesité alejarme varios kilómetros para llegar a playas vacías, solo habitadas por camionetas 4×4, cuatriciclos y pescadores. Hice 6 km rectos hasta pegar la vuelta. No me gustó mucho este recorrido, porque la playa estaba demasiado inclinada y eso lo hacía molesto para correr. Finalicé en 12 km.

Hoy, 2 de enero, salí confiado, sabiendo que era mi última corrida por la playa antes de volver a casa. Si el trayecto hacia la izquierda no estuvo bueno, mejor tomar hacia la derecha, el camino que tenía el muelle al kilómetro y medio. Repetí mis recaudos de equipamiento y salí.

Había llovido minutos antes, lo que hacía que las playas estuviesen un poco más vacías. El viento lo tenía a favor, por lo que me sentía ligero. Ni sentía en las piernas los 32 km que había sumado los dos días previos. De vez en cuando el sol asomaba por las nubes. Decidí hacer 12 km de ida antes de volver y completar 24 km. No estaba cansado, el clima mantenía mi temperatura baja por lo que no transpiraba, y siempre es agradable correr por playas poco transitadas y el romper de las olas de fondo.

Lo que parecía un entrenamiento de rutina, algo sin complicaciones, cambió en un instante. Fue cuando llegué al km 12 y me di vuelta.

Ese viento a favor ahora estaba en contra. No medí su fuerza cuando comencé a correr. ¿Vieron a las gaviotas planear en la costa, casi detenidas en el lugar? Eso era exactamente lo que me estaba pasando.

Soy terco, y decidí que eso no iba a detenerme. Había llegado hasta allí en 1:02 hs, y nada me obligaba a tardar lo mismo para regresar. Pero el esfuerzo que estaba haciendo era más de lo que tenía planeado. Se sentía como correr cuesta arriba todo el tiempo.

Intentaba mirar poco mi reloj, porque sabía que lo que viera me iba a desilusionar. Generalmente hago cálculos mentales. ¿A qué velocidad estoy corriendo? ¿Cuánto llevaré recorrido? Acá era casi imposible calcular. Si me parecía que había hecho 2 km, comprobaba que en verdad había recorrido 750 metros.

El viento me ensordecía. Era muy molesto. Intenté cubrirme las orejas con el pañuelo, pero no hizo ninguna diferencia. Decidí habituarme e ignorarlo. Tenía otras cosas por las que preocuparme.

Empecé a calcular qué iba a hacer con el agua. No transpirar tanto me daba margen, pero no podía especular con estar tanto tiempo con solo medio litro encima. Generalmente tomo uno o dos vasos antes de salir, para estar mejor hidratado.

Empecé a ponerme metas. Cuando el reloj marque tal distancia, voy a tomar un sorbo de agua. Sentía que tenía que llegar al muelle, y de ahí hacer el kilómetro y faltante. Pero en el horizonte ni siquiera se asomaba.

Los gemelos me dolían y se me dificultaba respirar. Pareciera que iba a ser todo lo contrario, que con tanto viento me iba a sobrar el oxígeno, pero tenía que dar bocanadas exageradas para inspirar todo lo que necesitaba.

Me puse a pensar en situaciones alternativas. ¿Y si buscaba atravesar los médanos y buscar una calle paralela por la que correr? ¿Habría menos viento? ¿Me perdería? Ni siquiera estaba seguro de que las calles de la costa tuvieran 10 km de distancia. ¿Y si le pedía ayuda a un guardavidas? Quizá me podrían llevar hasta mi playa. Me pareció que yo me había metido en ese desafío y tenía que salir de la única forma que conocía: hacia adelante.

Llegué a creer que no había diferencia entre trotar y caminar, pero igual quise seguir corriendo. Iba racionando mi agua y mis pasas. Los gemelos me empezaban a quemar. Solo veía a temerarios con sus tablas de kite o de windsurf disfrutando de este clima. Las familias se protegían con las sombrillas apoyadas directamente en el suelo, si no es que juntaban sus cosas y se iban.

Aunque fueron eternos, de a poco los kilómetros iban pasando. Me ayudó ir redactando esta reseña en mi cabeza. Siempre hago eso cuando me encuentro en una carrera que no estoy disfrutando. Pienso en lo que voy a escribir y las cosas que voy a decir. Por supuesto que una vez que salgo de esa situación, nunca recuerdo lo que pensaba. Sí se me cruzó por la cabeza el Spartathlon, y cómo mi terquedad me sacó de la situación de correr desgarrado. Como dije, hacia adelante.

Eso hice, recompensándome con un sorbo de agua cada tantos kilómetros. Ver el muelle fue una bendición. Cuando faltaba un kilómetro empecé a acelerar. Sentía tensión en el cuello y quería llegar. Tenía la fantasía de que si seguía mucho tiempo más, me iba a desmayar.

Apreté los últimos metros. Mientras la ida fue de 1:02 hs, la vuelta fueron 15 minutos más. Puede parecer poca diferencia, pero mi esfuerzo en la segunda mitad fue mucho mayor. De 5 minutos el kilómetro terminé volviendo a 6:30. En llano. Ni siquiera hago mis trotes regenerativos a ese ritmo.

Paré mi reloj en el km 24, exacto. Caminé a la casa, fatigado, y me tomé toda el agua que pude. Elegí un chopp de cerveza que llené de hielo, porque era el vaso con mayor capacidad.

Cuando volví pensé en qué cosas tenía que mejorar. No puedo cargar más agua en la mano, pero quizá debería hacer fondos de más de 20 km con mochila hidratadora. También llevar dinero y la tarjeta SUBE, por si necesito volver por medios alternativos. Lo más importante, no subestimar el clima. Probar antes de salir cómo influye la resistencia al viento, y ajustar la distancia en base a eso.

Pero, si todo falla, me quedo con que la cabeza me abandonó pero el espíritu no. La experiencia previa me demostró que podía sobreponerme a situaciones complejas. Que aunque no esté habituado a correr en la arena, a veces es cuestión de improvisar para salir adelante.

Publicado el 3 enero, 2016 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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