Archivos Mensuales: noviembre 2015

Tiempos de cambio

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Por si las noticias no llegan a la región donde estás viviendo, en Argentina hubo elecciones presidenciales. Primero en octubre, donde no se alcanzaron los votos necesarios para aclamar al nuevo presidente, por lo que el domingo pasado tuvimos un ballotage en donde se eligió entre dos candidatos, uno por el oficialismo, otro referente de la oposición. En la primera votación no participé, no por estar en contra del sistema ni por no tener una postura clara, sino porque tenía tanto pero tanto trabajo que ir desde San Isidro hasta el Microcentro me representaba un lujo que no me quise tomar.

Este post no pretende hablar del triunfo de la oposición, aunque el título indique eso. Solía gustarme ir a votar desde la provincia de Buenos Aires hasta la Capital, porque me daba una excusa para ir o volver corriendo (alguna vez hice ida y vuelta). Sí me preocupa mucho el destino del país, pero elegí expresarme lo menos posible sobre política por miedo a perder amigos que no estuvieran de acuerdo conmigo.

Ahora sí, quisiera detenerme en ese punto. ¿Cómo es posible que por trabajo no tenga tiempo de ir a votar un domingo de octubre? Evidentemente algo estaba haciendo mal, porque no era un proyecto personal que requería de algo de mi tiempo libre, sino el mismo trabajo rentado de siempre. Quisiera usar esa situación para ilustrar que mi vida, definitivamente, necesitaba de un cambio. Uno más personal que el que pueda aplicar un traspaso de gobierno.

Trabajo como diseñador gráfico desde 2002. Tuve un período de crisis por 2008/2009 donde trabajé como porteador en el puerto, con un modesto sueldo y la posibilidad de un extra por las propinas, pero más allá de eso, nunca trabajé de otra cosa. Ser editor de cómics fue un poco un desprendimiento del diseño gráfico, y si bien hice tareas de coordinación, nunca pude escaparme del InDesign, del Photoshop ni del Illustrator.

Hace poco dije basta. El diseño me dio de comer por 13 años, pero necesito un cambio, urgente. Sé que este blog se vería más nutrido de entradas si pudiese replantearme mi situación laboral. De hecho, no sería el único aspecto de mi vida que se vería afectado.

En los últimos meses empecé algunos proyectos relacionados con el deporte. Redes sociales, entrenamiento de grupos o personalizado. Y es un área que podría explotar más si pudiese dedicarme de lleno a eso. Tomé la decisión de olvidarme del diseño gráfico a partir del 31 de diciembre y apostar a mi nuevo proyecto de vida. Es algo inevitable y necesario.

“Vive de lo que te gusta y no trabajarás un día de tu vida”, dice el dicho. Y yo necesito dejar de trabajar (pero seguir pagando mi alquiler, vistiéndome y comiendo). Quisiera tener novedades sobre esto antes de fin de año, para que mi transición del diseño al deporte sea menos traumática para mi economía. Veremos qué pasa, pero estoy ansioso por averiguarlo…

Mi reconciliación con París

Mi reconciliación con París

“Esa foto es del subte de París. Tenía sueño, y odié París. No entiendo por qué, Le Fabuleux destin d’Amélie Poulain es la mejor película de la historia y en este momento estoy enamorado de Yelle y de April March. Pero París me pareció hostil, como mi llave francesa. Extraño mi nariz como era antes”.

Escribí estas palabras en mi Fotolog (¿se acuerdan del Fotolog?), en abril de 2008. Había conocido a Europa por primera vez y en un hecho que no guarda relación, me golpeé la nariz con la misma herramienta con la que ajustaba el volante de mi bicicleta. París me pareció fría hacia el que no hablara francés. Hizo muchísimo frío (recuerdo el viento helado ingresando en mi canal auditivo mientras esperaba para subir a la Torre Eiffel) y el hecho de saber inglés no ayudaba a iniciar ninguna conversación con los locales. Otro dato que presuntamente no guarda relación es que en esta época estaba empezando a querer correr por mi cuenta.

Pero volví a París un año después. Estaba en pareja y ameritaba ir a una ciudad supuestamente romántica. En esta oportunidad las cosas fueron mejores. Hizo frío, no tanto, y tuve la deferencia de aprender a decir algo parecido a “Parlez-vous anglais?”. Si me respondían “Yes, a little”, ya seguía en inglés. Disfruté un poco más mi segunda visita. La tercera fue de panzada de baguettes, con especial deleite por las que tenían semillas de sésamo. Jamás probé un pan más rico que el de París. Ya corría con mucha frecuencia, así que hice un fondo desde la puerta de mi hotel, en un barrio alejado de París, hacia el centro, casi llegando a los Champs-Élysées.

La cuarta y última yo ya era un ultramaratonista. Fue en 2013, y al igual que la vez anterior, corrí desde el departamento que alquilaba, cerca del Sena, para recorrer todo el centro parisino. Llegué a la Torre Eiffel, pasando por el Arco del Triunfo y el Museo Louvre. Salí todavía de noche, muy temprano, y fui viendo cómo amanecía sobre la ciudad. Fue mágico verla despertar. Fueron 21 km que disfruté muchísimo, a pesar del frío.

Podríamos decir que mi relación con París fue de despreciarla hasta amarla, ¿y acaso eso no es el verdadero amor? Cuando uno deja de idealizar y acepta las virtudes y defectos. Tengo recuerdos hermosos y muchas ganas de volver. Los argentinos (en particular los porteños), también nos creemos un poco parisinos. Ayuda que Buenos Aires sea una ciudad con tantos cafés y librerías. La arquitectura a veces engaña, y es fácil estar en la Ciudad Autónoma sintiéndose en París, y viceversa. No lo digo por decir, me ha pasado.

Escribo esto con los múltiples atentados que sufrió la ciudad francesa todavía frescos. Soy de seguir tendencias, y en mi perfil de Facebook puse esa selfie que me saqué cuando hice mi último fondo en París, con la Torre Eiffel de fondo. Saqué varias, con el temporizador. Quería mi foto corriendo con esa ciudad de fondo. Después de un par de intentos, salió la toma perfecta. Algunos pueden creer que el resultado es falso y quizá tengan razón. Yo veo esa escena y me transporto automáticamente al aire frío, la ciudad despertándose, el olor del pan recién horneado, mis pies corriendo sobre los Champs-Élysées… todo vuelve, así que me alegro muchísimo de conservar esa imagen. También le puse el filtro con los colores de la bandera francesa, como señal de que estoy conmovido.

A muchos les molestan estas cosas. Creen que uno es un hipócrita por no conmoverse por todas las víctimas de la guerra de medio oriente. Suelen ser los mismos (aunque no se aplica en todos los casos) que publican fotos de niños muertos en brazos de sus padres, aviones norteamericanos/ingleses/franceses/etc bombardeando ciudades y matando civiles. Y me ofende un poco. Porque sí, me asquea cualquier clase de guerra, la que involucre a cualquier ser humano. Me hice vegetariano porque me daban pena los animales y hasta me daba culpa matar un mosquito, les aseguro que también me da pena el homo sapiens, y su tremenda incapacidad para respetar la vida ajena. Quizá me escandaliza ver las escenas de París ensangrentada porque estuve ahí, y tengo recuerdos hermosos. No estuve en Beirut, ni en Siria, pero no por eso me da igual que se maten inocentes. Supongo que tiene que ver con aquello que vimos cuando estudiaba periodismo. La noticia no es “El perro que mordió a un hombre”, sino cuando es el hombre el que muerde al perro. No es habitual ver atentados terroristas en una ciudad como París, y eso es fuerte. ¿Da igual que en el Líbano pase frecuentemente? No, por supuesto que no. Pero creer que uno expresa algo por una cosa no quiere decir que le reste importancia a otra. Uno se escandaliza más cuando le roban el celular que cuando la víctima es el vecino, simplemente por una cuestión de cercanía.

Lo más descorazonador es pensar… ¿cómo se podría evitar que sigan muriendo inocentes, en nombre de la religión, la política y la economía? Y es deprimente que la única respuesta que se esté poniendo en práctica sea endurecer las guerras. ¿Es la respuesta más rápida y efectiva, seguir fabricando mártires y que los que no tienen nada que perder tengan todavía menos que perder? ¿Por qué vale más poner una bala en la cabeza de una persona que ponerle un plato de comida en su mesa? Una vez más, los únicos que salen favorecidos con las guerras son los que hacen dinero con ellas. Todos los demás, en menor medida los que estamos lejos del conflicto y en mayor medida los que la sufren físicamente, tenemos que lidiar con el costado más absurdo del ser humano.

En las zapatillas de mi entrenador

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Tengo una relación particular con mi coach. En un principio, yo era un alumno más, de esos que arrancan desde el fondo y se mueren cuando dan la primera vuelta al lago (2 km). Son muy pocas las cosas en las que destaqué en la vida, y correr no era una de ellas.

Pero yo ya sabía que se podía progresar en esto, que mi cuerpo podía cambiar, y decidí dedicar un año a entrenar todos los días (al menos en su momento creía que tenía que ser siete días a la semana), reflejando todo el proceso en un blog. Se lo conté tímidamente a mi entrenador, Germán, y él me sorprendió con su oferta de ayudarme y absolutamente gratis. Eso, por supuesto, cambiaba mi posición en el running team. Iba a entrenar, que me gustaba (aunque era muy inconstante) y encima tenía la atención del coach, olvidándome de la cuota por 52 semanas.

Germán apostó por mí, porque nada le garantizaba que yo iba a durar, y ese modesto plan cambió mi vida por completo. No quiero hacerme el falso modesto, me siento orgulloso de haber visto que esto también impactó en quienes me rodean, tanto amigos que empezaron a correr inspirados en mi blog, mis compañeros de entrenamiento que veían con sus propios ojos cómo cambiaba mi cuerpo, y también en Germán, que terminó siendo mi asistente cuando todo este cambio de hábito bloguístico nos llevó a correr los 246 km del Spartathlon, hoy inmortalizado en un tatuaje en mi brazo izquierdo.

Siempre fui de los que preguntaban e intentaba absorber absolutamente todo. Aprendí mucho de los corredores más experimentados, y gracias al blog me dediqué a googlear cosas que no sabía. Mis propios errores fueron duras lecciones que me educaron mucho en esta actividad, pero sin dudas quien más me hizo crecer en estos años fue Germán.

Tengo poca memoria para algunas cosas y mucha para otras. Lo que aprendí del running y la preparación física se quedó en el centro de mi cerebro. Recuerdo prácticamente todo lo que fue abriéndose paso en mi cabeza durante los últimos 5 años. Mi relación con Germán se transformó de ser su alumno a ser su amigo, y hoy su socio en proyectos relacionados con entrenamiento y motivación. El espaldarazo más importante que me dio él fue soltarme y salir a averiguar qué tenía que hacer. Si me hubiese dado directivas, siempre lo hubiese necesitado para resolver cualquier cosa.

Germán ha faltado poco y nada a los entrenamientos. Rara vez se cancela, solo si hay alguna situación que ponga en riesgo nuestra integridad física, como una sudestada o una imprevista lluvia de meteoritos. Cuando estuvo de vacaciones en Brasil, a principios de este año, nos repartimos funciones de coordinación con otro compañero, el Gato, y él se llevaba a los más experimentados para torturarlos un poco y yo hacía lo propio con las chicas y los más nuevos, que necesitaban mano de hierro pero guante de seda. Fue una experiencia muy linda porque reafirmó la confianza que Germán tenía en mí junto con la oportunidad de aplicar todo lo que había aprendido.

En rarísimas ocasiones, el coach demuestra que es humano. Hace unos meses me informó que estaba enfermo y sin dormir, así que aparecí en el entrenamiento con directivas de qué hacer ese día. La situación se repitió el viernes y sábado último, así que de nuevo tomé la responsabilidad de coordinar lo que el running team iba a hacer. Pero no fue exactamente igual…

En otras ocasiones, Germán me decía qué hacer. Cuántos kilómetros, qué grupos musculares trabajar… alguna directiva. Esta vez estaba con pocas fuerzas y mareado. “Que sea entretenido” y “No más de 5 km” fueron las únicas órdenes del viernes. “No se zarpen” fue la escueta sugerencia que recibí media hora antes de largar el sábado.

El viernes llegué al entrenamiento solo sabiendo que iban a hacer una entrada al calor al semáforo, que son unos 400 metros. Mientras iban, pensaba en qué podíamos hacer. Algo que aprendí de Germán es que se puede tener una idea general de qué actividades realizar, pero todo es dinámico, y a veces factores imprevistos como el clima o la dispersión de los chicos obliga a improvisar. Así que recurrí a mi memoria, a entrenamientos pasados, y propuse ejercicios para trabajar el tren superior y no cansar las piernas, porque el sábado solemos hacer fondos o trabajar tren inferior, y hasta ese momento creía que Germán se iba a recuperar.

El inicio del fin de semana no tenía más indicación que no zarparnos. Gracias a que mi tocayo Martín nos daba una mano con un vehículo, pudimos ir hacia el río, en Martínez, y trabajar cuestas y escaleras. Todo fue improvisado en el momento, y como no corría con ellos no sabía si estaba siendo demasiado duro o muy benévolo. Me guiaba por su transpiración, su respiración agitada, todos los signos que podía leer. Propuse actividad diferenciada para quienes se sentían exigidos o estaban con algún dolor, y cerramos a los 90 minutos de actividad, porque me pareció algo prudente para un día con tanto calor.

Hoy, domingo, me desperté con la ansiedad de alguien que se la pasa corriendo y no puede entrenar dos días seguidos por ponerse en las zapatillas de su entrenador. Por eso salí de casa temprano y me fui para repetir el mismo entrenamiento que armamos el día anterior. Me di cuenta que no fue fácil, y que esa hora y media de actividad fue más que suficiente. Me sentí feliz de terminar todas esas cuestas y progresiones.

Fue muy especial hacer de coach, quizás uno de mis sueños vocacionales actuales, junto a empresario multimillonario. Se aprende mucho poniéndose en el rol del otro, y se valora mucho más esos esfuerzos. Entrenar no es para cualquiera (yo no podría inventar tres entrenamientos sin empezar a repetirme), pero supongo que tener la entera confianza de tu entrenador tampoco lo es.

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