120 km en Patagonia Run 2015

Patagonia Run 2015

La carrera: Entre el viernes 10 y el sábado 11 de abril se corrió la sexta edición de Patagonia Run, una carrera muy profesional que va ganando adeptos cada año. Aunque el nombre alude a la palabra “correr” en inglés, se trata de trail running, que tiene más relación con subir y bajar montañas, en gran medida caminando.

La modalidad de separar las distancias en 10, 21, 42, 70, 100 y 120 km hizo que cualquiera que tuviese intenciones de probarse en la montaña, sin importar su nivel, pudiera hacerlo, y eso permitió reunir a más de 2600 corredores de todo el planeta. La novedad de este año fue el debut de los 120 km, que se corrieron entre las 21:30 del viernes y 22:30 del sábado, una prueba que, cuando se anunció en la charla técnica de Patagonia Run 2014, pensé que solo un loco podía querer hacer. Un año después, me encontraba entre esos locos, dispuesto a intentar esta dura prueba.

Siempre destaqué que la organización de Patagonia Run, a cargo de TMX y NQN eventos, era muy buena. Cabría aclarar que en San Martín de los Andes prácticamente se corre una carrera como esta cada fin de semana, seguramente por el atractivo de los paisajes, pero el atractivo particular de esta competencia es saber qué cosas no me van a fallar como corredor. La montaña te muele a palos, y uno se levanta para seguir avanzando y después recibe otra paliza más. Y otra y otra. Es importante, estando agotado, saber que los puestos están donde deberían, que habrá agua y comida, que gente capacitada va a velar por uno, y que no lo van a considerar un número más. Llegar a un puesto de asistencia y que alguien sea tan rápido como para buscarte en una planilla por tu número de corredor y empezar a llamarte por tu nombre de pila habla de una actitud diferente hacia el atleta. No me hacen sentir un cliente, y el aliento es constante.

El terreno para cualquiera de las distancias es muy variado, con poquísimo asfalto, muchos caminos de tierra, senderos y trepadas, algunas muy pronunciadas. El clima es un factor que hace que una carrera pueda cambiar completamente. Mientras que en años anteriores los corredores soportamos viento, temperaturas de menos de 10 grados bajo cero, barro y piedras con una patinosa capa de hielo, este año la ausencia de lluvias cambió muchísimo el panorama. Por ejemplo, el ascenso al Cerro Colorado, que en esta edición solo estaba en el circuito de 100 y 120 km, no fue tan extremo como otras veces. Al haber muy poco viento, la sensación térmica no bajó. Si bien hubo tramos a la madrugada con muchísimo frío y se sintió la helada de las primeras horas de sol (con el pasto escarchado), con un abrigo adecuado se hizo muy tolerable. La bajada de este cerro, que siempre es muy peligroso por el hielo sobre las rocas, fue muy estable y permitió resolverlo con mayor rapidez. Por otro lado, otro ascenso complicado, el del Cerro Quilanlahue (presente en las distancias de 70, 100 y 120 km), fue especialmente más agotador, por la gruesa capa de tierra que hacía más arduo cada paso.

Estos factores, que en algunos puntos favorecieron y en otros complicaron, hace que la planificación de la carrera nunca pueda ser precisa. Quizá quienes estén más experimentados en montaña puedan hacer una previsión, pero las ultramaratones tratan en muchos casos de improvisar y resolver en el momento. Por ejemplo, después de casi dos horas de ascenso al Quilanlahue, por culpa de no haber previsto tener la suficiente hidratación encima, estábamos agotados y muy desanimados. Una pera mordida al costado del camino, llena de tierra, se convirtió en el manjar más exquisito que me permitió reponer energía y alcanzar la cumbre. Hoy, sentado en mi silla frente a mi computadora, en mi cómodo hogar, podría parecer un espanto, pero en ese instante de carrera se convirtió en mi supervivencia.

Aunque la intención con Jorge, mi improvisado compañero durante casi toda la carrera, fue alcanzar la meta de día, conforme pasaban las horas se ajustó a “nos conformamos con llegar”. Es increíble cómo nos apoyamos mutuamente para terminar la Patagonia Run en 24 horas y media. Al principio yo lo alentaba y le presté uno de mis bastones, ya que él lo había dejado en las bolsas de corredor que entregaban en un puesto pasando la mitad de la carrera. Después me caí anímicamente y él me alentaba. Estuve considerando seriamente abandonar. Sabiendo que el ascenso al Quilanlahue iba a ser muy duro (ya llevábamos más de 90 km de carrera en 17:30 horas), quise optar por tomar un atajo de 3 km que me descalificaría de la carrera pero me permitiría completar el circuito. Jorge me convenció de que no valía la pena y con algo de vergüenza lo seguí. Su entereza y determinación, más la pera que levanté del piso, me permitieron vencer al áspero cerro. Y cuando los horarios de corte nos amenazaban con dejarnos afuera, de nuevo me tocó a mí alentarlo a apretar el paso y dejar de lado los dolores en todo el cuerpo, así como el agotamiento físico y mental. Cuando faltaban pocos kilómetros para llegar a la meta y ya sabíamos que nada nos iba a impedir ese logro, nos dimos cuenta que sin la presencia del otro, ninguno de los dos hubiese completado los 124,4 km de la distancia oficial.

El siguiente análisis se va a basar en lo que experimentamos en la máxima distancia de esta edición, aunque es lógico suponer que se aplica a todas las categorías.

Lo bueno: Sin lugar a dudas, el máximo atractivo de Patagonia Run es su paisaje. San Martín de los Andes tiene lugares bellísimos que uno disfruta mucho más allá del agotamiento de la carrera. Lagos, montañas, una vegetación que vira entre los verdes y los marrones. A veces la escena se completa con el avistaje de aves, vacas, o el agradable sonido de un arroyo.

El otro punto a favor, que ya desarrollamos en la introducción, es la organización. Desde la inscripción hasta la llegada, pasando por la acreditación y el desarrollo de la carrera, todo es un reloj. Se nota que han ido haciendo ajustes a través de los años, y probablemente se sigan haciendo. La incorporación de bolsas de corredor para que uno pueda cambiarse de ropa o dejar comida y equipo extra fue un gran avance en su momento. Los cambios en los horarios de corte también, permitiendo que más gente pudiera llegar a la meta sin quedarse a mitad de camino (y todavía con energía para seguir). Los voluntarios en los puestos también lo hacen sentir a uno como que lo están cuidando, incluso los militares que hacen de banderilleros en el recorrido velan por nuestra seguridad.

Lo malo: Hay pocas cosas que hacen que esta carrera no alcance la puntuación perfecta, pero huelga decir que en lo personal me parece la más cercana a lograrlo. La hidratación es muy buena, y como ellos mismos aclaran, no alcanza para todo el recorrido y uno debe hacerse responsable de cargar bebida entre los puestos. Sin embargo, en el caso del agua que dan tiene bajo contenido de sodio, lo cual puede traer problemas para un ultramaratonista como es el caso de la hiponatremia. Podrían justificarse con que además siempre hay bebidas isotónicas. Yo no soy partidario del consumo de azúcar y siempre intento consumir cosas lo más sanas y naturales posibles. Sin embargo, empecé a notar que no me alcanzaba esa agua, que a pesar de estar tomando constantemente empezaba a hacer pis de un color oscuro, así que dejé de lado mis convicciones nutricionales y empecé a tomar Powerade. Si había comido una pera del suelo para subsistir, un poco de Jarabe de maíz de alta fructosa no podía ser más sacrificado. Los puestos no son aptos para vegetarianos, mucho menos para veganos. Estaría bueno que además de empanadas de jamón y queso hubiese pan, o fainá, o alguna opción para quienes no consumen proteína animal. De momento, con la incorporación de la bolsa de corredor, me pude arreglar en cada intento.

El kit de corredor, en esta edición, fue un poco pobre. La información que viene con la bolsa es excelente. La incorporación del chip descartable, que en otras carreras demostró ser un fracaso cuando se despegaba, aquí funcionó perfecto. La remera oficial tenía un diseño interesante y no estaba mal. Pero es inevitable comparar con otros años, cuando en el kit se incluía un obsequio como un pañuelo tipo buff, o guantes primera piel. Tiene que ver con la donación de los auspiciantes, por supuesto, pero para quienes venimos casi todos los años, nos quedamos esperando un poquito más.

El veredicto: Posiblemente para un atleta el terminar una carrera o no inclinaría la balanza hacia lo positivo o lo negativo. Patagonia Run, sobre todo en las distancias mayores, es una prueba durísima para el cuerpo, que hace que uno no pueda evitar el “¿Qué estoy haciendo acá?”. Cruzar la meta hace que todos los dolores, los agujeros en las zapatillas, las espinas clavadas en las manos y el estómago revuelto valgan la pena. El orgullo de enfrentar a la naturaleza y salir victorioso es indescriptible. Mencionamos cosas para mejorar porque Patagonia Run siempre tuvo un nivel alto y hasta ahora siguió mejorando. No dudo en que va a continuar creciendo. Y si se mantiene en este nivel, sin agua con sodio ni comida para veganos, va a seguir siendo la mejor ultramaratón de Sudamérica, que además tendrá poco para envidiarle a las del resto del mundo.

Puntaje:
Organización: 9/10
Kit de corredor: 7/10
Terreno: 10/10
Hidratación: 9/10
Nivel de dificultad: Solo para temerarios. Pero existe una gran variedad de distancias que se ajusta al desarrollo deportivo de cada uno.

Puntaje final: 8,75

Publicado el 12 abril, 2015 en Carrera y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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