Archivos Mensuales: octubre 2014

3899,24 km en un año

Ha llegado el final de Semana 52. No solo logré todos los objetivos que me había propuesto al comenzar, sino que fui superándolos y encontrando nuevos. Este es mi modo de darle un cierre a este proyecto, lo que no significa que no esté comenzando uno nuevo.

En estas 52 semanas corrí 3900 kilómetros. ¿Es mucho? ¿Poco? Saquen sus propias conclusiones. El primer año en que hice esto, 2011-2012, fueron 2272,09 km. El período 2012-2013 fueron 2598,59 km. En esta última temporada de Semana 52 sumé 1300 km a todo el año. Pero comparado con los entrenamientos que hicieron otros espartatletas, cualquiera podría considerar que me quedé corto. Si lo que valen son los resultados, llegué a la meta y eso es lo único que para mí cuenta.

Durante Septiembre, mes en que corrí el Spartathlon, sumé 415,33 km (por supuesto, más de la mitad fue esta ultramaratón). Al terminarla dije que no volvería a correrla. Hoy escribo esto 4 semanas después, y ya no estoy tan seguro. No siento que tenga una cuenta pendiente, pero hay algo que se abre paso desde el fondo de mi cabeza, una pregunta que dice… “¿Y si intentamos hacerla sin lesionarnos?”. Además dicen que las chances de finalizar el Spartathlon disminuyen cuando uno busca un segundo triunfo. La confianza de haber llegado suele jugar en contra. Pero bueno, estoy tranquilo, sin ansiedad. Esta carrera me dejó hecho una seda.

Me pareció importante escribir esta entrada para darle un broche final a Semana 52. Me emociona releer el primer post y recordar que mi meta máxima en julio de 2010 era llegar a correr 80 km. Me parecía una salvajada. En el Spartathlon llegué a esta distancia y empecé a sentir dolor. Entonces apreté los dientes y corrí 160 km más. En aquel entonces, mientras empezaba entusiasmado y con una actitud positiva desconocida en mí, jamás se me hubiese pasado por la cabeza correr esa distancia. Tampoco hubiese creído que me iba a volver vegano, y mucho menos que iba a aceptar la promesa de no afeitarme durante dos meses después de terminar este sueño (ya voy un mes y no la soporto, por más que me quieren convencer de que me queda bien).

¿Cómo sigue mi vida? Como saben mis más allegados (y adelanté bastante en la entrada en que hacía mi reseña de la carrera), sufrí un desgarro con inflamación que me dejó usando muletas durante casi tres semanas. No pisar con el pie derecho hizo que, al momento de empezar a caminar, me doliera tanto la planta del pie como la lesión, por la falta de costumbre. La recuperación fue lenta pero constante. Al principio lo único que me calmaba era mantener el pie elevado (y los analgésicos, que en Buenos Aires me suspendieron). Ir al baño, o sea poner el pie hacia abajo, era una tortura, porque la sangre bajaba al tibial y al tobillo y el dolor era espantoso. Así que me aguanté bastante esos días.

Caminar, las primeras dos semanas, estaba fuera de discusión. Todo era muletas, de acá para allá. Pero me las arreglé, hice caso, me puse hielo, y de a poco empecé a recuperar la movilidad del pie. Los dedos dejaron de estar adormecidos, y ya no me dolía al tacto. Empecé a levantarme, a pisar, a doblar a la altura del tobillo, y la hinchazón fue bajando. Ayer, sábado, exactamente 4 semanas después de haber terminado la carrera más gloriosa de mi vida, pude correr por primera vez. Fueron 5 minutos. Me sentí poco ágil, con una sensación de acortamiento en el tibial. Pero ahí estaba trotando, después de gritar de dolor por intentar pararme, luego de haber hecho los últimos puestos de asistencia llorando. Fue una sensación maravillosa.

De a poco estoy volviendo, sin que se me pasen todavía por la cabeza compromisos que quiero hacer ya. Me imagino que correré la San Silvestre, porque es una linda tradición. Seguramente haga la Demolition Race de Pinamar, en Diciembre, porque vamos a ir todos los Puma Runners. Pero qué haré en 2015 es un misterio para mí, y me gusta así.

Mi prioridad, desde que regresé de Atenas, fue recuperarme, y estoy a 7 sesiones de kinesiología de lograrlo. En el centro donde me estoy atendiendo me sugirieron empezar a correr de a poco, y los traumatólogos que me atienden se sorprendieron de lo rápido que desapareció la hinchazón y cómo está regresando mi movilidad. Insisto, todo esto es un pequeño precio por haber cumplido el sueño de mi vida, uno que empezó hace tres años.

Alguno hará una observación interesante. Hoy no tengo un sueño de vida. Y para tranquilidad de todos, digo que está bien. Tampoco lo tenía antes de empezar a correr. Creo que mucha gente no lo tiene, o lo que es peor, lo tiene y no hace nada para conseguirlo. Yo aprendí que no importa lo imposible que parezca ese sueño, está en uno salir a buscarlo. Si lo logramos o no podría no ser lo más importante, porque lo que vale es lo que uno incorpora en el camino a conseguirlo. Me animo a decir que salí muy cambiado de todo esto. Estoy relajado, tomándome las cosas con mucha calma, y sobre todo muy feliz conmigo mismo.

Ya llegará, eventualmente, un nuevo sueño. Lamentablemente no habrá blog donde comentarlo, porque de momento Semana 52 es parte de un sueño cumplido, y siento que debería dejarlo atrás y ver qué otras cosas puedo hacer. Voy a seguir teniendo mi twitter, @Semana52.

Nunca imaginé escribir como algo que pudiera despertar emociones en otras personas. Siempre lo tomé como una forma de comprometerme, de estar obligado a mantener la constancia porque iba a tener la mirada de alguien puesta sobre mí. Es algo que todavía me asombra, y es una de las tantas cosas que descubrí haciendo esto. Si inspiré a alguien, fue sin querer, y por eso estoy muy agradecido. Ojalá mi Spartathlon, y estos cuatro años de blog, sean la prueba de que todos somos capaces de lograr lo que soñamos.

Spartathlon 2014: Cómo la viví

La ambulancia llegó al departamento de la calle Agion Asomaton con sus luces celestes intermitentes. No creímos que vinieran a verme a mí. Llevaba varias horas intentando comunicarme con mi aseguradora de viaje para que viniera a examinarme un médico, pero nunca habían confirmado horario de visita (y mucho menos, que sería un espectáculo semejante). Mi papá decidió bajar, armado de su inglés súper básico, y preguntar.

Era de noche, a pocas cuadras estaba la Acrópolis, una maravilla del hombre que solo pude ver de cerca el viernes 26 de septiembre, día que largamos el Spartathlon. Pero esta visita médica es mucho posterior, del 2 de octubre, mientras yo tenía la pierna derecha con un dolor tan fuerte que me hizo llorar varias veces.

La ambulancia sí venía a verme a mí, para mi sorpresa, y la aseguradora me llamó por teléfono después de que se fue para “avisarme” que estaban en camino. El médico cortó con su tijera las vendas que separaban al mundo de la piel de mi pierna. No esperaba ver la hinchazón todavía ahí, ni el color rojo todavía presente. El doctor me preguntó cómo me había hecho eso, y le expliqué que corriendo una ultramaratón de Atenas a Esparta. El dolor y la hinchazón habían comenzado en el km 80, y decidido a terminarla, no quise parar y me aguanté.

Esperaba la pregunta que escuché varias veces en estos días: “¿En qué kilómetro abandonaste?”. Los que me veían sufriendo, con muletas, sin poder pisar, estaban convencidos de que me había visto forzado a renunciar. Pero no me conocían. Tenía el diploma, las medallas y una historia imborrable en mi cabeza que demostraban que yo había sido uno de los tantos que habían conquistado los 246 km del Spartathlon, quizá la proeza a pie más grandiosa del mundo.

El doctor me preguntó cuándo volvía a mi país. “Mañana viajo a Roma y pasado a Buenos Aires”. El médico miró a su enfermero, luego a mis angustiados padres, y dijo: “Usted así no puede volar. Esto no es un golpe ni una lesión. Esto es inflamación del tejido blando. Si vuela, la diferencia de presión podría provocarle un ataque vascular o un aneurisma”. Todo esto en inglés con un marcado acento griego.

Yo solo necesitaba que viniese para que llenarn un formulario de la aerolínea, que me habilitara para pedir asistencia especial (por ejemplo, que me pasaran a business para mantener la pierna levantada, lo único que me calmaba el dolor). Esto de que mi vida estuviese en riesgo era nuevo para mí. “Necesito radiografías y quizás una resonancia magnética”. Intentó darnos un turno para las 9 de la mañana, pero el vuelo de mis padres salía a las 10. Por eso nos metimos en un taxi con mi papá y salimos disparados a la clínica.

Seis días antes, el Spartathlon empezaba a despertar. Llegamos con el equipo a la Acrópolis, todavía de noche, todos entusiasmo y optimismo. A llegar había diez personas. Esto es importante, porque por algún motivo siempre llegamos tarde a las careras, demasiado sobre la hora para mi gusto. Pero como estábamos alojados en Atenas, llegamos caminando y casi todo el resto de los corredores vino en un gigante contingente de varios micros, ya que todos se alojaban en Glyfada, un barrio muy cercano.

Ya los pronósticos lo adelantaban, pero comenzó a llover con intensidad y nos refugiamos debajo de un árbol. De a poco se empezaba a llenar el predio, y así me encontré con los otros nueve corredores de Argentina. Había, por supuesto, gente de todo el mundo. Los japoneses tenían un cupo máximo de 70 atletas, por lo que en 350 participantes destacaban mucho. Nos cubrimos con unas bolsas de residuo que improvisamos como camisetas. Fue una imagen muy triste, que no combinaba con las hermosas Faas 1000 que Puma me había regalado para esta carrera.

Esa llovizna y un cielo nublado auguraban una carrera más sencilla que otros años. No tuve tiempo de pensar, de ponerme nervioso… Había entrenado, había dejado en los dropbags toda la comida que se me ocurría que iba a necesitar, y los chicos, junto a mis padres, me iban a asistir y a filmar. Estaba todo en marcha. Pero pasó tan rápido que seis días después no sé si soñé lo que pasó o si las expectativas hicieron que la carrera fuera muy fugaz para mí.

Salí solo, porque aunque había argentinos, no conocía a nadie. No sabía qué ritmo mantener, solo tenía mi reloj por el que no me quería guiar. Había puesto el GPS en modalidad ahorro de batería pero porque quería grabar el recorrido. En este estado el ritmo que se informa tampoco es exacto, y la única opción que tenía era aprender sobre la marcha.

Los primeros kilómetros, casi el primer tercio de carrera, los hice con Martin Córdoba, un espartatleta que tenía una llegada a la meta de tres intentos, y venía este año a confirmar que podría “defender” el título. En algún lado estaba Dean Karnazes, Piotr Qurylo (el polaco que llegó caminando a Atenas, empujando un carrito y durmiendo en el camino), y muchas otras leyendas del running, algunos campeones de esta misma carrera.

Correr con Martín me ayudó a despejar muchas dudas. Aprendí, por ejemplo, que otros años la largada era mucho más calurosa. El clima iba a jugar a nuestro favor. Los puestos no estaban separados en más de 5 km, algunos mucho menos, pero en un principio los horarios de corte eran muy ajustados. Casi obligaban a mantener un ritmo de 7 minutos el kilómetro como máximo. Parece muy holgado, pero cuando uno frena para comer, a ir al baño,  hacerse unos masajes o charlar con su equipo en los puestos autorizados, ese tiempo muerto sale de lo que uno le gane a ese implacable reloj.

Cualquiera podría creer que el paisaje de la ciudad no es muy lindo para una ultramaratón, pero estar en ese lugar, donde se hizo tanta historia, es mágico. Los corredores contagian, la gente aplaudiendo y alentando, los autos tocando bocina… Magia pura. Hay que ponerse en sintonía.

Disfruté mucho todo ese primer tercio. Comía, tomaba, me sentía invencible. Cuando hicimos 24 km dije mi típico chiste: “Vamos, que es solo diez veces esto que acabamos de correr”. Los puestos se acumulaban, los kilómetros también, y todo era charlar, reír, soñar. El objetivo era llegar al km 80, donde estaba la primera estación de asistencia importante. El resto eran mesas con comida y bebida.

Estuve todo el año perfeccionando la receta de pinole, la bebida energizante que beben los tarahumara y que se popularizó con el libro “Nacidos para correr”. Consiste en harina de maíz y agua, más algún agregado como por ejemplo quinoa o chía. Yo lo perfeccioné (a mi gusto) con una pizca de sal, limón y pasas de uva trituradas. Llegar a esa fórmula obedecía a una decisión mía de no consumir azúcar ni jarabe de maíz, verdaderos venenos que abundan en las carreras. Fue mi base en fondos de 100 km e iba a ser la vedette de mi plan nutricional en el Spartathlon. Hice 9 litros, una barbaridad. Lo dejé afuera toda la noche, las pasas de uva fermentaron y le quedó un espantoso sabor a vino de mala calidad. Así que en los puestos no me esperaba el pinole que tanto me había acompañado en casa. Pero las ultramaratones no son solo planificación, en la gran mayoría de las horas que toma completarlas hay que improvisar y resolver imprevistos. Podemos adelantarnos todo lo posible, pero las cosas casi nunca salen como esperamos, y la diferencia entre llegar a la meta y abandonar es poder reaccionar.

La primera vez que mi equipo me podía asistir y que podía hablarme sin riesgo de descalificación era en Nemea, km 42. Realmente tenía ganas de ver a mi mamá y darle un beso, porque en la Acrópolis no había visto a mis padres y eso me preocupaba un poco. En ese punto llovía torrencialmente, pero como no hacía frío me resultaba divertido. Las risas terminaron cuando no vi a la camioneta ni a nadie de mi equipo en Nemea. Dudé unos instantes. ¿Los esperaba? ¿Seguía? ¿Les habría pasado algo?

Decidí correr y aguantarme la angustia. Imaginé muchos escenarios, como que se hayan perdido en el camino (lo más probable), o que hubiesen tenido un accidente (lo menos probable). La mente siempre se queda con el peor escenario posible. Fue horroroso.

El sol asomó en el km 45 y a partir de ahí empezó a picar fuerte. Las vacaciones habían terminado. Ahora empezaba el típico Spartathlon. Adelante mío escuché unas bocinas y al levantar la mirada me volvió el alma al cuerpo: era mi equipo completo. Estaban todos bien. Los insulté por haberme hecho preocupar, y por ese beso que le quería dar a mi mamá y que no sabía hasta cuándo lo iba a tener que aguantar. Pero decidieron frenar en el siguiente puesto de hidratación, y contra todas las reglas, me crucé de vereda y le estampé un beso a mi mamma en el cachete. ¿Me retaron? Sí, mi entrenador. Pero para mí era necesario.

Por suerte llegamos a Corinto, km 80, y en el puesto especial permitían que uno reciba asistencia del equipo. Esto fue una noticia excelente para mí, porque en lugar de en nueve instancias, ahora podía interactuar con ellos en quince. Y los extrañaba. Me mojaron las piernas, comí, me tiré a que me hagan masajes. Dos chicas me frotaban las piernas y no pude evitar decirles que estaban cumpliendo una de mis fantasías. Por suerte compartieron la humorada.

En este punto me dolía un poco el tibial derecho. Nada para alarmarse, pero yo ya había decidido que no existía situación que me sacara de esta carrera. La iba a terminar como sea. Me cambié las medias y largué solo.

Era inevitable pasar y que después te pasaran los mismos corredores, una y otra vez. Ganabas posiciones y después las perdías. De algún modo esa cotidianidad te daba cierta seguridad. Por eso me encontré con Martín Córdoba y otros argentinos varias veces.

En el km 101 nuevamente había un puesto donde me podían asistir, y otra vez mi equipo no estaba. Ahora no me quedaba otra que esperar porque ellos tenían mi abrigo y la linterna. Probablemente me iba a agarrar la noche minutos más tarde y ya tenía que salir preparado. Por suerte aparecieron a los quince minutos. Les pasó lo mismo que en Nemea: se habían perdido. No es muy difícil perderse en una ciudad europea que no habla tu idioma ni tampoco escribe sus carteles con tus mismos caracteres.

Salí con mi rompeviento Puma y mi linterna frontal en el bolsillo. Todavía se veía bien, y pude disfrutar de cruzar un puente, uno de los tantos paisajes que disfruté en esta carrera. Ese recorrido podía ser mágico por el simple hecho de su historia, pero correr al lado del mar, junto a un acantilado que baja a las aguas turquesas… es algo que solo se podría apreciar estando ahí.

Tenía 101 km adentro, me quedaba hacer esa distancia nuevamente, más un maratón, y estaba en la meta. Parecía tan fácil que casi se sentía hacer trampa. Pero la parte sencilla se había terminado. Me di cuenta de que me estaba costando mucho comer. Había decidido rotar mis fuentes de hidratos de carbono, y con algunas cosas de los puestos tenía bastante variedad, pero en un punto empecé a repetirme y hartarme. Esto es un peligro muy grande en una ultramaratón que se paga muy caro. No pude obligarme a seguir con el mismo nivel de ingesta, pero me forzaba a masticar algo en cada uno de los puestos, aunque fuese mínimo. “Comer sin hambre, beber sin sed”. Ese lema me salvó.

Pasado el kilómetro 120 ocurrió algo maravilloso: estaba pasando la distancia máxima que había corrido sin parar en toda mi vida. Esa carrera ya era un rompe récords para mí. Si entrábamos a una ciudad, las luces de la calle nos iluminaban, pero en el camino todo se volvía oscuro y no se veía más allá de tu propia luz.

Llegué al segundo tercio de la carrera, algo difícil de dimensionar. Hacer más de 150 km, casi sin parar… Ni siquiera yo me lo imaginé el día en que decidí empezar a correr. Las subidas se me hacían muy complicadas por mi dolor de tibial. Frenaba para comer, a veces para charlar un minuto con el equipo, y luego arrancar era doloroso. Cada vez más. Yo le tenía miedo a “la montaña”, un ascenso de 1200 metros que te consagra por el solo hecho de cruzarla. Aquí la organización pone una marca honoraria, que permite a quien la cruce volver a inscribirse en el Spartathlon sin tener que acreditar otra ultramaratón ni marcas de tiempo.

Pero mi gran “miedo” a esa montaña no me dejó prever lo que la precedía. Los dos puestos anteriores estaban en una subida en zigzag  que parecía interminable. En ese punto estaba fresco pero agradable. El dolor del tibial y el miedo de cansarme por demás me llevaron a caminar. No sabía cuánto duraba esa subida, y solo se veían algunas lucecitas estáticas a lo lejos. Mientras caminaba, en esa situación de comodidad, empecé a ver cosas y a escuchar voces. Estaba soñando despierto.

Me pegué un cachetazo de cada lado. No, demasiado suave. Otra vez, más fuerte. Seguí caminando y noté que estaba caminando en forma errática, tambaleándome. Tuve miedo de caer por el acantilado, así que me pegué al lado de la montaña. Pero ahí estaba del lado de los autos, y tenía bastante miedo de zigzaguear y terminar atropellado. Las opciones eran esas, caer al vacío o ser arrollado. En ese momento sentí un gran desamparo. En la noche, sin referencias de corredores atrás ni adelante, sin saber dónde me encontraba ni cuánto faltaba, me sentí más solo que nunca. Fue el momento más duro del Spartathlon para mí. Solo tenía una alternativa: seguir avanzando.

Contrario a mí, un carro con pedales aprovechaba la bajada y venía a toda velocidad. Sus pasajeros gritaban, eufóricos. En el asiento de adelante, pedaleando y manejando el volante, estaba yo. Germán a mi derecha. Leandro y Nico atrás. Fueron dos segundos, y me bastó uno para darme cuenta de que no era real. Cuando uno tiene miedo de dormirse porque puede a) caer por un acantilado, o b) morir atropellado, tener visiones como esa no ayudan en absoluto.

No pude correr en ningún momento, solo en los últimos metros antes de llegar al puesto. Pensaba que ahí habría masajes y me decepcionó mucho ver que no era así. Un voluntario, al que Nico apodó indiscretamente “Leslie Nielsen”, escuchó mis lamentos, me sentó en una silla y me empezó a masajear los hombros. Me repuso y me hizo olvidar todo lo que había sufrido. Me cambié para tener ropa seca y más abrigo, y salí. No pierdan la noción de que en toda la carrera estaba luchando contra dos monstruos: el dolor en el tibial y la inapetencia.

Ahora sí, venía la montaña tan temida. Pasarla era un triunfo intermedio. Germán me acompañó los primeros metros para darme aliento. El suelo era de piedras sueltas. Aunque estaba todo muy bien señalizado, había cierto riesgo. El cansancio y la confusión hacia que algunos pasaran por encima de las cintas de peligro, siguiendo un camino imaginario hacia la nada misma. Germán intentó asegurarse de que estuviera tranquilo y motivado. Me dio el mejor consejo de todos: “Pensá en tus pasos como tambores. Toc, toc, toc, toc”. Me dejó ir porque ya se empezaba a ver ada vez menos y tenía que volver a oscuras, solo, y a mí todavía me quedaba mucho ascenso.

Recordé a Scott Jurek y su consejo de aplicar el bushido. La mente en blanco. No pensar. Solo visualizar ese tambor. Toc, toc, toc, toc. Maravillosamente, funcionaba. Fue duro, sí. Me caí una vez, patiné en las piedras sueltas otras tantas, pero avancé a un ritmo constante y llegué a la cima. Me acompañó Leo Bugge, quien iba por su cuarto intento de terminar el Spartathlon, y terminaría llegando primero de todo el contingente argentino.

En la cima había un puesto donde me pedí un té caliente y me lo dieron apenas tibio. No me quise entretener mucho, por lo que salí junto a Leo. La bajada ea mucho más fría que la subida, por el viento, y más peligrosa, por las malditas piedras sueltas. Algunos corredores nos pasaban corriendo y en las curvas cerradas se veían obligados a frenar y repensar la estrategia. Fue una bajada larga y un tanto tediosa, pero como todo la conquistamos con paciencia y constancia.

Como estas zona eran bastante impenetrables, el auto que me acompañaba recién me iba a cruzar dos o tres puestos más adelante. Esa incertidumbre de no saber cuándo los vería me mataba. En cada puesto donde me encontraba a los chicos o mis padres, el solo hecho de verlos me devolvía la energía al cuerpo.

Llegué a un puesto, todavía de noche, donde pedí masajes en mis piernas. Fe jugado, porque no tenía tanto margen de tiempo a mi favor. Me masajeó una de las chicas que me había atendido en el puesto del km 80. Le pedí casamiento, me dijo que no sabía. Le dije que “eso no es un no, es un quizás”. Salí caminando, dolorido, cansado.

Mi objetivo era volver a ver el sol. De a poco se fue asomando, hasta que pude apagar mi linterna frontal. Saliendo de un puesto, masticaba una galleta de arroz. Quise beber de mi caramañola para ablandar un poco la comida y que bajara más fácil, pero cuando eché la cabeza para atrás vino una arcada. Inmediatamente escupí lo que tenía en la boca. Me doblé y quedé unos segundos mirando al piso, esperando un vómito que no llegó. Me lloraban los ojos y llegué a sentir el estómago revuelto, pero todo quedó ahí. Una vez más, comer (y sin hambre) se volvía un desafío inmenso.

Estaba tan dolorido que empecé a aplicar cambios de ritmo: corría doscientos pasos, caminaba cien. Con eso mantenía una constancia y hacía más rápido que solo caminar. Pero resultó no ser suficiente. Llegué a un puesto con unos diez minutos de margen. Tomé, llené mi caramañola, comí algo y salí con solo tres minutos a mi favor. Germán fue duro conmigo: “Mirá que tienen uno o dos minutos de tolerancia. Si te pasás, te sacan”. Tenía como 190 km encima. Había llegado la hora de volver a correr.

Mi tibial estaba rojo y parecía que tenía un chichón. Dolía, sí, pero más cuando frenaba. Decidí correr sin detenerme. Mente en blanco. Bushido. Toc, toc, toc, toc.

No sé de dónde salió esa fuerza. Nunca se me había cruzado la posibilidad de no llegar a la meta, pero quedar afuera por no cumplir los horarios de corte empezaba a ser muy plausible. Hacía más de un día que estaba corriendo, tenía dolor en el tibial, dificultades para tomar y comer todo lo que había planificado, y sin embargo podía avanzar sin detenerme. Al primer puesto desde que retomé la marcha le gané cinco minutos. Al siguiente mi margen se había ampliado al doble. De a poco iba eliminando el fantasma de la descalificación.

A pesar de mi determinación y de intentar mantener un buen margen, las subidas las tenía que hacer caminando. Me sentía muy bien de energía, pero igual necesitaba tomarme esas cuestas con calma. Este segundo día tenía más sol que el anterior, y el calor se sentía cuando el cielo no estaba dominado pos las nubes.

Pero mi gran problema era que las caminatas me daban sueño. Cada tanto me daba una bofetada de cada lado e intentaba mantener un camino recto. Si miraba a mis pies, a las piedritas y ramitas que iba dejando atrás, ese movimiento empezaba a transformarse en otra cosa. Una máquina tragamonedas. Carteles de publicidad. El paisaje a través de la ventana de un tren. Sueños despierto. Sentía que si cerraba los ojos, mi carrera se terminaba ahí mismo.

Frenar en los puestos era imperativo. Para obligarme a comer y tomar. Para intercambiar dos palabras con alguien y no sufrir tanto el desamparo. Yo era consciente de que cada vez me volvía más lento. En cada puesto la historia se repetía: intentar comer algo, tomar un vasito de agua, llenar la caramañola y preguntar cuánto faltaba para el siguiente puesto y cuántos minutos tenía para hacerlo.

Las cuestas se volvieron mi gran frustración. Estaba harto de subir, y el dolor del tibial derecho crecía más y más. De a poco la distancia a Esparta se iba achicando, pero esta etapa fue sin dudas la más exigente. Mis padres y el equipo me daban aliento y me motivaban para que corriese, pero era muy difícil salir de cada puesto trotando. Caminaba intentando acostumbrarme al dolor y así poder volver a correr.

Además del dolor, seguía luchando contra la inapetencia. Faltando menos de 20 km, mi entrenador le pidió a todos que dejaran de insistirme con que comiese. Ya tenía toda la energía que iba a necesitar. Eso me quitó un pequeño peso de encima, algo menos por lo que preocuparme. Me restaba solo seguir corriendo y bebiendo.

Lo estaba haciendo. Lo sabía, nunca había dudado de mí. El margen de los horarios de corte me permitía tomarme las cosas con calma. En uno de los últimos puestos volví a quejarme del dolor. Prácticamente me mandaron a la calle a los empujones y me instaron a que corra. Intenté trotar, pero no pude. Caminaba y cuando creía que el dolor se volvía tolerable, intentaba un trote, pero ya mi cuerpo no respondía. Me largué a llorar, desconsolado. Cuando pasaba un auto en el sentido contrario, me tapa a la cara con mi pañuelo. Otros corredores lograban pasarme, y también intentaba ocultarles mis lágrimas.

Ver la cercanía de los puestos me ayudaba a correr aunque fuera los últimos metros. Era muy frustrante, porque tenía la energía para trotar, no me sentía fatigado ni dolorido por el esfuerzo. Era solo ese maldito tibial que dolía más y más desde el km 80.

Ya arrimándonos a Esparta se veía cada vez más gente, que aplaudía y alentaba. El sol calentaba desde arriba, prometiendo que todo iba a estar bien. Llegué al anteúltimo puesto, el que precedía a la meta. Quedaban 2,4 km hasta la meta y mucho margen para hacerlo. Mis padres nos tomaron una foto al equipo junto al cartel que indicaba las distancias. Me saqué el abrigo y el gorro, porque ya pensaba en la meta y quería que la cámara capturara sin problemas que era yo el que estaba completando esta gigantesca ultramaratón. Me dieron la bandera de Argentina y me la puse de capa.

Germán y Leandro me acompañaron, uno de cada lado, mientras mis papás y Nico iban en el auto a la meta. Me dijeron de correr, pero no podía. Me largué a llorar nuevamente, una mezcla absurda de frustración por mi lesión y felicidad por estar terminando esa carrera. Mientras caminábamos, la gente en los balcones se asomaba y aplaudía al grito de “¡Bravo! ¡Bravo!”. Yo saludaba a todos, mientras las lágrimas me empapaban la cara.

Mi sensación en ese momento, aunque parezca paradójica, es que todo había pasado demasiado rápido. A pesar del dolor, había disfrutado enormemente de todo. Estaba cumpliendo ese sueño monstruoso, que me asustaba y a la vez me entusiasmaba. Me sentía orgulloso de estar terminando aunque fuese caminando, porque había sufrido muchísimo para llegar hasta ahí.

Algunos espartanos reconocían la bandera y me gritaban “¡Argentina! ¡Messi!”. ¿Sabían ellos que este era mi sueño, que me había preparado años para lograrlo, y que había sacrificado muchísimo por lograrlo?

A medida que nos acercábamos a la llegada, la gente se amontonaba más y más. Los “¡Bravo!” se hacían constantes, junto con los aplausos. Doblamos una esquina y a lo lejos se veían las banderas de varios países, que además eran el marco de la estatua del rey Leónidas. Decidí correr. Tenía que llegar hasta ahí corriendo.

Desaté la bandera y la levanté con ambas manos. Germán y Lean empezaron a correr conmigo. Nico apareció con la cámara a inmortalizar el momento. Mi papá nos sacaba fotos, y capturó una hermosa instantánea de los cuatro corriendo lado a lado, con la bandera de Argentina flameando sobre mi cabeza.

Llegué a las 35:43:44 horas. Era un tumulto de gente, estábamos llegando todos juntos, así que tuve que hacer fila, pero finalmente tuve mi momento besando los pies de la estatua de Leónidas. Estaba fría y tenía gusto a monedas. Me pusieron una corona de laureles, me dieron un medallón dorado y muy pesado y una remera amarilla de finisher. Una de las vírgenes que esperan en la llegada me dio el dichoso cuenco con agua del río Éufrates. Sabía fresca y deliciosa. Me abracé con mi mamá y después con mi papá, y compartimos el llanto juntos. A ambos les dije que lo habíamos logrado. Ese triunfo les pertenecía. También me fundí en un abrazo con Ger, Nico y Lean. Ellos me habían ayudado a llegar hasta ahí.

Me sentía en la gloria. Ni siquiera recordaba todo el dolor que venían sintiendo. Un niño me regaló un dibujo, y mientras le agradecía en griego, alguien me tomó fuertemente del brazo. Me llevó a la carpa médica donde me revisaron y me tomaron sangre. No era obligatorio, pero pedí que me pesaran. Había perdido cuatro kilos, todo deshidratación, y quizás algo de pérdida de masa muscular.

La sensación de euforia y adrenalina no duró mucho. Me sorprendía ver a tantos corredores en camilla, algunos con suero, mientras yo estaba fantástico. Me puse a charlar con la mujer de Martín Córdoba, a quien le pisé los talones toda la carrera, y de pronto me mareé. Una doctora me dijo que me sentara y tomase agua. Al principio eso me hizo sentir mejor, pero de nuevo me mareé. Me llevaron a una camilla donde me pusieron suero. Entonces vinieron los escalofríos. No podía parar de temblar. Como su fuera poco, el tibial empezó a dolerme mucho, y los cuádriceps ardían en llamas.

Me masajearon mientras estaba cubierto por una gruesa manta. El dolor era tan fuerte que lloraba mientras todo mi cuerpo temblaba. Me costó recuperarme como para que me puedan subir a una silla de ruedas y meterme en un auto.

Luego de una noche de sueño, todo mejoró… excepto el tibial. Caminar se había vuelto algo imposible. El dolor era inmenso. Decidí quedarme una noche extra en Esparta, no tenía ganas de viajar. Todo el domingo estuve con dolor, manteniendo la pierna elevada. Cuando no pude más, pedí que me llevaran al hospital. Allí me hicieron placas y me recetaron antibióticos y un analgésico antiinflamatorio. El diagnóstico era una tendinitis con inflamación.

La historia del tibial no terminó ahí. De hecho, estoy terminando esta crónica días después del Spartathlon y todavía tengo un dolor infernal. En Atenas, el lunes, fue cuando peor me sentí. No podía caminar pero quería ir a la cena donde entregaban los diplomas y la medalla de finisher. No conseguimos muletas, así que fui saltando en un pie. Nos tocó una mesa al fondo del salón porque llegamos tarde. La pasé realmente muy mal. Creo que eso se notó cuando subí al escenario, ayudado por Germán. Mi pierna vendada y mi falta de movilidad me ganaron dos o tres aplausos extra, más un “¡bravo!”.

Volvimos al departamento en taxi, e hice casi todo el camino con lágrimas de dolor. Pedí un médico a domicilio para que completara un formulario de la aerolínea, a ver si tenían una atención especial conmigo. El doctor me dijo que probablemente iba a tener que quedarme unos días más en Grecia, porque volar podía poner mi vida en riesgo.

Fuimos a una clínica privada, donde me hicieron otra placa. El especialista que me atendió consideró que tenía un absceso. Me autorizó a volar, pero bajo la promesa de que no iba a ir desde el aeropuerto a mi casa, sino directamente a un hospital. Si fuera por él, me internaba y me abría a ver qué tenía.

Por fortuna el vuelo de regreso fue tranquilo. La jefa de azafatas se apiadó de mí y me trajo un cajón de aluminio para mantener el pie elevado las doce horas del viaje. Ya en Buenos Aires fui a la guardia, me cortaron la hinchazón del tibial, y por suerte encontraron que era solo una hematoma, sin infección. Me hicieron una ecografía que confirmó un pequeño desgarro sin rotura de fibra.

Una segunda consulta reveló que el tendón que pasa sobre el tibial derecho no responde como debería. No puedo girar el pie hacia arriba. No me hace caso, y cuando logro moverlo, duele increíblemente. Yo sentía una gran mejoría, pero cuando me sacaron los analgésicos me di cuenta de que eso era lo que me estaba ayudando. Ahora estoy con dolor, fastidioso. Extraño algo tan sencillo como caminar.

Pero… No quiero que piensen que estoy mal. Soy el hombre más feliz del mundo. O sea… ¡Terminé el Spartathlon! Era mi sueño, y a pesar de TODO, pude estar ahí y conquistarlo. Yo siempre digo que lo bueno nunca es gratis en la vida, y este es un precio bajo para mí. Seguro estaré retirado un tiempo de las carreras, y me espera una rehabilitación de quién sabe cuánto tiempo, pero no me preocupa. Valió la pena. Esta carrera me ha cambiado, y siento que esto es solo el principio.

Después de tanto esfuerzo, quizá me merezca este descanso. Mi cuerpo me llevó más allá de mis límites. Es momento de escucharlo, de hacerle caso y de ayudarlo a que se recupere. Quién sabe a dónde me llevará la próxima vez…

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