Semana 52: Día 359: Xiérete, Atenas

He arribado a la capital helénica, último destino antes de la Espartatlón. Me espera un fondo de 20 km, el encuentro con mi equipo y la largada en la Acrópolis el próximo viernes.

La partida de Ortona no fue fácil. No tuvimos complicaciones, simplemente no pensé que me iba a conectar así con mi familia y con su pueblo, y de ir con desconfianza pasé a abandonar la casa de mis tíos segundos con ganas de haber pasado más tiempo ahí. Este fue otro regalo que me dio esta aventura, conocer gente maravillosa que me sorprendió con su simpleza, su generosidad y su sentido del humor.

Nos levantamos temprano, desayunamos y Anna María nos preparó una vianda para el viaje. Cuando llegamos a la ciudad de Pescara, donde íbamos a tomar el micro hacia el aeropuerto de Fiumicino, el servicio que habíamos elegido estaba completo. Quedaba otro que arribaba a destino a las 12 del mediodía, según el chofer, y nuestro avión salía 12:35. Imposible llegar. Después se disculpó y dijo que íbamos a estar en Fiumicino a las 11:15, pero nuestra desconfianza se había instalado. Fuimos y vinimos por diferentes micros, rogando que nos dejaran subir, calculando con cuál llegábamos mejor. Rocco era nuestro irreemplazable intérprete de italiano, y sabía cómo imponerse y discutir por nosotros. Finalmente tomamos el de las 11:15 porque no quedó mejor opción.

En el camino aproveché para escuchar unos podcasts que me baje al iPad. Lo puse en ese bolsillo que hay en el asiento delantero del micro, y esa fue la última vez que lo vi. Por supuesto que llegamos a nuestro vuelo con tiempo de sobra, nos dejaron despachar mi equipaje sin cargo (lo cual fue un alivio, pero no terminé de comprobar si entraba en la cabina como yo esperaba), y aunque tuvo un breve retraso, llegamos a Atenas bastante bien. Incluso estuve recorriendo la revista de la aerolínea, haciendo cuentas a ver si me convenía comprarle a mi tableta el teclado bluetooth o el parlante imantado que permite pararlo. Todo esto sin saber que mi iPad seguía en el micro de la empresa Prontobus, y que ahí se quedaría para siempre.

Cuando busqué el aparato para escuchar otro podcast, en pleno vuelo, me di cuenta que nunca lo había guardado. Fue un baldazo de agua fría. Me sentí un tonto, y mis padres intentaron consolarme con la promesa de ayudarme a comprar otro (como todo padre que consiente a sus hijos). No tenía nada de valor ahí, solo lo estaba usando para actualizar Semana 52 y ver el Facebook, además de entretenerme con los podcasts en los viajes largos y para irme a dormir.

Igualmente me di cuenta que no tenía sentido lamentarme por algo reemplazable. Sí, soy un idiota, pero agradezco no haber perdido cosas más importantes como mi pasaporte, el poco dinero que me permitieron cambiar, o mi reloj con GPS. Ya habrá tiempo para comprar un chiche nuevo, tengo cosas más importantes en las que preocuparme.

Lo primero que nos recibió en Atenas fue un calor sofocante. Nada que ver con Roma ni Ortona ni Pescara. Incluso ahora que escribo esto y es de noche, el ambiente está caldeado y solo pienso en una ducha fría. El dato pintoresco fue el personaje que nos tocó de taxista, Antonios. Era muy parlanchín, nos dijo que ni se nos ocurra ir a Mykonos o Santorini porque Grecia tiene “300 islas, 50 son mejores que esas dos”, y me dijo que yo era vegano porque era soltero y no tenía una esposa que me diga “comé esto”. En la conversación, en inglés, salió que yo iba a correr la Espartatlón. Antonios se dio vuelta en un semáforo, sacó su celular y me mostró su fondo de pantalla. “¿Sabes quién es él?”, me dijo. era Giannis Kouros, el eterno campeón de la Espartatlón en sus primeras cuatro ediciones, una verdadera leyenda entre los griegos y entre los ultramaratonistas de todo el mundo. En la foto estaba el magnánimo corredor junto con Antonios y su pequeño hijo.

El taxista era maratonista aficionado, había recibido montones de consejos de Kouros y me los trasladó a mí. Algunos los incorporé, otros los olvidé al instante por impracticables. Me prometió salir a correr mañana conmigo el fondo de 20 km que me toca (o parte de él). No sé si cumplirá su promesa, pero ya la anécdota de que nuestro parlanchín taxista fuera corredor y amigo de Kouros fue más que suficiente.

Lamentablemente en domingo no hay supermercados abiertos en Atenas, ni siquiera las cadenas grandes. Con mi papá recorrimos grandes distancias bajo un implacable sol… ¡que se estaba ocultando! Finalmente dimos con una tienda mediana donde compramos lo que había y lo que entendimos de las etiquetas. Pude haber comprado jamón ahumado creyendo que eran cereales de maíz. Mañana en el desayuno lo confirmaré.

Publicado el 21 septiembre, 2014 en Atenas, Espartatlón III semana 52, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, viaje. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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