Semana 51:Día 357: Ciao, Ortona

He llegado a Ortona, en la provincia de Chieti, de donde son originarios los Casanova. O sea que el camino a Esparta me ha traído primero a conocer mis raíces, 
Fue mi idea entrar a Europa a través de Roma, porque no hay viajes directos desde Buenos Aires hasta Atenas, así que podíamos comprar un billete hasta Italia y después un vuelo low cost hasta Grecia. No lo hice pensando en que podíamos conocer a mis parientes lejanos y a la tierra de dónde es oriundo mi apellido. Pero mi papá sí la tiene clara, y observó que Ortona es relativamente cerca de Roma.
Así fue que la aventura europea iba a empezar en este pueblo donde Antonio Casanova vivió hasta sus 25 años y, sin saber leer ni escribir, se casó con su novia e inmediatamente se mudó a la Argentina en los últimos años del siglo XIX. Se estableció en el barrio de San Martín y tuvo 12 hijos, uno de los cuales era Domingo Casanova, mi abuelo. Antonio perdió todo contacto con su familia en Ortona porque a) no sabía escribir y b) no existía Facebook. Es por eso que aquí, en Italia, no tenían ni la más mínima idea de qué había sido su destino, ni que los Casanova habían abierto unas cuantas franquicias en Buenos Aires.
En pleno siglo XX, retomamos el contacto con nuestra rama europea. Mi hermano decidió mandar cartas a todos los Casanova que aparecían listados en Ortona con la historia de nuestra familia, fotos, etc. No tomábamos conciencia de que en este pueblo todos los que llevan nuestro apellido son parientes y que se conocen entre sí. Ellos se paraban por la calle y se preguntaban “¿Te llegó la carta de esos estafadores de Argentina?”. Pero los parecidos físicos eran innegables, así que Rocco, sobrino nieto de Antonio, y su esposa Anna María, respondieron y comenzó el contacto. Yo los conocí en 2006, y recuerdo que Rocco me dijo que no importaba cuándo viajara a Italia, donde sea que estuviese, que le avisara y no iba a tener que pagar por hospedaje.
Esa promesa la mantuvo ocho años después. En los días previos a nuestro viaje, mis padres se contactaron y arreglaron para que nos hospedaran y nos vinieran a buscar a la terminal de Pescara, donde nos iba a dejar el autobús desde el aeropuerto.
Yo les venía pidiendo a mis padres que les avisaran que soy vegano, más que nada porque es un fastidio el tema de la comida (soy un fastidio) y no quería que eso fuera un problema. Pero pasaban los días y no tenía confirmación de que estaba todo arreglado. “¿Hablaste con los Casanova de mi veganismo?”. “Todavía no”, me respondían. Así, varias veces.
En un momento me enojé. Mi mamá me había llamado para que me quedara tranquilo, que Rocco había confirmado que nos venía a buscar y que nos hospedaban. “¿Pero no estaba arreglado eso?”, pregunté. Después agregué: “¿les dijeron que soy vegano?”. La respuesta fue que no querían molestar, después de todo lo que hacían por nosotros. Me vi comiendo mal en el avión y nada en Ortona (llegábamos a la medianoche, imposible improvisar algo).
Como soy insistente, les pedí por favor que les avisaran. Teníamos que considerar que iba a ser una descortesía llegar a la noche, que nos esperen con comida, y yo rechazarla para irme a un rincón a comer un pan solo. En migraciones, en Ezeiza, me enteré de que no estaban al tanto y me volví a enojar con mis padres. La promesa fue que los iban a llamar desde el aeropuerto de Roma.
Catorce horas después llegábamos, hablaron por teléfono y no le dijeron nada a Rocco. Quise tirarme por la ventana del autobús. La excusa fue que no se entendían bien (ellos hablan en italiano, nosotros respondemos en español), y que era muy difícil explicarle a un señor de más de 70 años lo que era el veganismo. Cuando Rocco nos levantó en la terminal le pudimos explicar que yo no comía carne, ni leche, ni fromaggio, ni ovo, y él respondió “¡Ah, es vegano!”. Me quería morir.
Dejando de lado los quesos y embutidos, la dieta mediterránea tiene muchos vegetales. Además la pasta que se consume acá no es al huevo, así que opciones para mi hay muchas. Desde que llegué no dejan de alimentarme, y entendieron enseguida qué cosas como y qué no. Me traje un preparado para hacer milanesas de soja, algo que acá no se consigue, y estoy comiendo eso. Pero las comidas son abundantes. Hoy, por ejemplo, comí fideos de entrada y milanesas de soja y ensalada de segundo plato. Y sandía de postre. Pensé que iba a estallar.
También pude pasear por Ortona y ver toda la historia que tiene. Estuvo ocupada por los nazis hasta fines de 1943, cuando la liberaron los canadienses, verdaderos olvidados de las películas bélicas. La casa en donde nos alojan es una construcción pre medieval (por suerte, restaurada a lo largo de los siglos), y en las calles del pueblo se conjuga lo histórico con lo moderno.
Es muy fuerte estar en el pueblo donde surgió mi apellido, y creo que no caía en el hecho de que este viaje me llevó a conocerlo por primera vez. Es otra de las tantas cosas que me esta regalando esta aventura, camino a la Espartatlón.

Publicado el 19 septiembre, 2014 en Espartatlón III semana 51, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, Ortona, Spartathlon, viaje. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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