Semana 50: Día 344: Un fondo bajo el diluvio

Se acerca la Espartatlón. Faltan poquísimos días y el entrenamiento entra en su etapa final. Poco me imaginaba que en el fondo de esta mañana me iba a enfrentar a un verdadero diluvio.

Dicen que la suerte no existe. Coincido en gran parte con este precepto: uno elige su propio destino. Pero no me quiero meter en el karma ni en si Dios juega a los dados con el universo. Hay una sola faceta en la vida diaria del corredor en donde influyen agentes externos que podríamos definir como suerte, y se trata del clima. El pronóstico del tiempo nos adelanta con bastante certeza lo que va a pasar en las próximas horas, pero uno igual se la juega sin tener el porvenir definido.

Yo ya sabía que iba a llover durante el viernes y el sábado, pero no tenía forma de saber a qué hora ni por cuánto tiempo. Cuando ayer fuimos a la acreditación de la media maratón parecía que se iba a caer el cielo, pero cuando salí de mi departamento casi que sale el sol, y no cayó una gota en todo el camino.

Estos últimos días del invierno del hemisferio sur no han sido muy fríos. Tuvimos alguna semana complicada, pero nada que ver a los 16 grados que hacía hoy. Me desperté a las 5 de la mañana para prepararme el desayuno y salir a entrenar. Me tocaba hacer un fondo antes de entrenar con los Puma Runners, y la distancia que separa mi casa de la base son unos 22 kilómetros, que puedo hacer en 1:45 hr, a veces en 2:00. Me pareció que podía hacer un poco más, así que calculé como para meter 30 kilómetros, y que después el entrenador decidiera.

No sentía frío, así que solo me puse unas calzas cortas, un pantalón, medias zapatillas (con las plantillas nuevas) y una remera. Era todo con lo que iba a salir, más algo de comida en los bolsillos. Pero empecé a dudar de si me iba a arreglar, después de todo quería llevarme un sándwich de tofu para después, más algo de ropa de recambio… así que después de dudar un poco, me calcé la mochila y ahí sí, salí.

No por mucho tiempo. Afuera empezaba a lloviznar. Apenitas. Subí nuevamente a mi departamento y me puse un rompevientos que es un poco impermeable. Dudé en llevarlo porque su impermeabilidad hace que también sea caluroso. Terminé saliendo poquitos minutos pasados de las 6 de la mañana. Aguanté el rompevientos unos 900 metros hasta que me lo saqué y lo guardé en la mochila. Cinco minutos después empezaba a llover. Y la lluvia se convirtió en aguacero. Y después en diluvio. Y después en baldazos de agua. Era como correr abajo de la ducha.

Por suerte (acá es donde entra este factor ajeno a nuestra influencia) no hacía calor, así que toda esa agua no me preocupaba. Fue inevitable volver unos años atrás, cuando ni siquiera me imaginaba que me iba a convertir en un corredor, y ver por la ventana del tren cómo un hombre entrenaba, solo, dando vueltas al Velódromo de Escalada bajo una lluvia torrencial. Hoy me convertí en ese hombre, el que enfrentaba a las fuerzas de la naturaleza en pos de entrenar. Dos automovilistas, en momentos diferentes, me tocaron bocina. Uno levantó su puño, en señal de apoyo. Me sentí, por un instante, un buen ejemplo.

Hice mi camino de siempre. Cuando corrí por debajo de la autopista, sentí un alivio especial porque salí por unos segundos de esa ducha incesante. Comí mi pan con semillas, mis pasas de uva, y en los bebederos tomaba agua, aunque casi que podía levantar la vista, abrir la boca y dejar que toda esa lluvia me hidratara.

En muchas partes tuve que hundir mis pies en el agua. Si no veía el suelo, bajaba la velocidad y caminaba dando zancadas largas. Por el bajo de Olivos, junto al tren de la costa, el camino estaba todo inundado. Sentí que juntaba información valiosa para darle al entrenador. Era obvio que no nos iba a convenir venir para ese lado.

Cuando finalmente uní Retiro con San Isidro llevaba esos 22 kilómetros que me imaginaba. Le di dos vueltas al Hipódromo y me detuve finalmente con esos 30 kilómetros que buscaba. Eran las 8:45 de la mañana, temprano todavía, ya que los Puma Runners se juntan a las 9. Aproveché esos minutos extra para elongar y comer otro poco de pan integral.

Ahí fue cuando miré el celular y vi que desde las 7:30 se había suspendido el entrenamiento (porque, claro, diluviaba). No hubiese tenido forma de verlo a tiempo, el mensaje cayó mientras yo llevaba como 15 kilómetros. Además, de haberlo visto, no hubiese hecho ese fondo, que me dejó bastante conforme. Así que vi el lado positivo de las cosas (otro fondo adentro), me abrigué y me fui a tomar el tren a casa. Toda mi ropa de recambio estaba empapada, pero al menos era manga larga (y no hacía frío).

Las seis cuadras que separan la terminal de tren de Retiro y mi departamento se me hicieron largas. Fue el único momento en que sentí frío, y temblaba como una hoja. Pero al llegar a casa y sacarme toda la ropa mojada pude sentir el placer de ponerme unas medias secas, además del orgullo de haber enfrentado yo a las fuerzas de la naturaleza… y no haberme arrepentido.

Publicado el 6 septiembre, 2014 en correr, Entrenamiento, fondo, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, lluvia, running. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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