Semana 46: Día 316: Coleccionando momentos

Yo fui un niño en diciembre de 1989. Estaba cumpliendo 12 años, y en el cine estrenaban Batman, de Tim Burton, una versión oscura y adulta que me arrastraría inevitablemente a leer y coleccionar cómics. Las historietas me atraían, pero nunca me había planteado coleccionarlas. Recuerdo cuando mi abuela me compró mi primer ejemplar (Batman y los Outsiders #2) y cómo esa revista que salía cada 21 días fue el principio de una colección que ganó más y más terreno.

Compré todo lo que podía, yéndome a comer a la casa de la abuela de Hernán, mi mejor amigo y compañero de banco. La plata que me daba mi papá para el almuerzo la gastaba yendo al centro a comprar historietas, en una época donde había paridad entre el peso y el dólar. Compraba en inglés y también las ediciones españolas de Zinco, editorial que desembarcaba en nuestro país con precios de saldo. A veces me obsesionaba con completar alguna serie y me iba a alguna comiquería a realizar búsquedas de tesoros. Una vez conseguí en el Parque Rivadavia unos muñecos de los Superamigos por 5 pesos (incluso en aquel entonces era muy poco dinero para un invaluable objeto del pasado).

Fui coleccionista durante 10 años. Me especialicé en Superman, no me pregunten por qué porque siempre me gustó más Batman. Adquirí algunos muñecos, que para ser más sofisticado le llamaré “action figures”. Cada semana tenía alguna novedad, y me devoraba cada página, cada cuadrito. Me convertí en un acumulador, hasta que en el año 2000 empezó a sentirse la crisis, corté con mis subscripciones y de un día para el otro, dejé de coleccionar.

Mis miles de revistas quedaron en bolsas o cajas en la casa de mis padres. Cuando me dediqué al diseño gráfico me terminé volcando hacia la edición de historietas. Al principio editaba autores locales, hasta que a fines de 2010 empecé a trabajar editando Marvel para el emprendimiento de un amigo. Si bien de lo que más sabía era de DC Comics, no me costó adaptarme a la “competencia”. De vez en cuando compraba algún que otro libro, como para llenar la biblioteca más que para leer, y por supuesto que conforme editábamos material de Marvel, cada publicación era guardada.

Uno creería que este romance entre las historietas y yo duraría toda la vida, pero lo cierto es que dejé de considerarme coleccionista en el año 2000. Todo lo que vino después fue un poco inercia… parte del perfil de acumulador. Cierto día empecé a correr. Fue de a poco, cada vez con más compromiso y entusiasmo. Y estos dos eventos, haber sido coleccionista y ser corredor, pareciera que no están relacionados en lo absoluto, pero todo tomó relevancia hace una semana.

Cuando empecé a progresar y a fijarme metas más altas, terminé inscribiéndome en la Espartatlón, la carrera a pie más dura del mundo. Hacer deporte, cambiar mis hábitos… eso se volvió una pasión más real que coleccionar objetos. Se me ocurrió que podía conseguir un sponsor, y resultó ser más difícil de lo que creía. Si bien a muchos les parecía muy interesante el proyecto, era difícil verle la veta comercial. Llegué a pensar en juntar fondos a través del crowdfunding, pero estos emprendimientos requieren que uno otorgue algo a cambio de las donaciones. ¿Qué podía ofrecer yo? ¿Si donás $500 salgo a correr con vos? No le encontré la vuelta, y solo pude atinar a pedirle plata a familiares y amigos que quisieran colaborar.

Pero claro, estaba bastante lejos de poder cumplir mi primer objetivo, que era viajar con un equipo de asistencia. No tengo idea cómo se me ocurrió poner algunos objetos a la venta. Ya había hablado con un amigo que se dedica a la compra/venta por ciertas cosas puntuales que sabía eran valiosas pero que no me interesaban demasiado. Le empecé a dar vueltas al tema y publiqué un par de cosas en Mercadolibre. Descubrí que la repercusión estaba en Facebook, así que armé una carpeta pública a la que le empecé a meter fotos de libros y muñecos a precios bajísimos. La respuesta fue inmediata. Oleadas de coleccionistas empezaron a realizar lo que llamé el “comiccidio”. Muchos se conmovían con mi historia de estar rematando mi colección para correr en Grecia. Otros venían a llevarse lo que habían comprado con mucha cara de culpa. Alguno hasta me pidió perdón.

¿Cómo explicarles que un momento en Grecia vale más que cualquier cosa material? No debo haber vendido ni un cuarto de mi colección y ya cubrí el costo de un pasaje y estoy camino a cubrir el segundo (ayudó que Aerolíneas Argentinas, si bien no quiso ser sponsor, me ofreció un enorme descuento en el precio final).

Para mí esto se convirtió en el mejor secreto guardado. Jamás me hubiese imaginado que esa colección que estaba estancada y que solo cunplía requisitos estéticos me iba a servir de financiamiento. Además me encanta cómo suena la historia: “Corredor vende su colección de cómics para financiarse una carrera en Grecia”.

Nada de lo que abandonó las estanterías de la biblioteca es irremplazable. Ni siquiera le puse valor “de mercado” a las cosas, simplemente establecí precios muy económicos para que se vaya todo rápido. Y funcionó. Descubrí que mi colección era un comodity. Esos muñecos de los Superamigos que pagué los cinco por $25 hace una década, hoy se lo llevaron por más de 50 veces ese valor. ¿Hay otra actividad que tenga tanto rédito a lo largo de los años? Porque encima me han dicho que lo vendí barato…

Me hubiese gustado que me represente una marca, pero ahora me doy cuenta que prefiero las cosas tal y como se dieron. Objetos casi olvidados de mi pasado terminan de darle forma a este sueño. Voy a tener la carrera que quise, junto a la gente que quiero asistiéndome. No podría haberlo planificado mejor.

Publicado el 9 agosto, 2014 en Espartatlón III semana 46, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, metas, objetos, running, viaje. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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