Archivos Mensuales: julio 2014

Semana 43: Día 296: Un fondo de 120 km

El viernes a las 23:30 tenía todo listo: mochila con pinole y fainá, la remera térmica puesta, calzas por el frío, reloj con GPS para medir el recorrido y el Twitter listo para ir armando la crónica en vivo de un fondo de 120 km. La idea era no solo hacer una gran distancia de cara a la Espartatlón, que arranca en menos de 70 días, sino correr sin dormir. Es que cuando esté en Grecia voy a tener que pasar toda la noche despierto, y todavía seguir muchas horas más. El horario es desde el viernes 26 a las 7 hasta el sábado 27 hasta las 19 hs. Si quería practicar cómo era correr sin descansar, esta era la última oportunidad.

Ya en la calle me encontré con el primer problema, demasiado recurrente últimamente: el reloj no arrancaba. Esto me está fastidiando y realmente podría haber corrido libremente, sin estar mirando todo el tiempo a qué ritmo voy… ¿pero cómo iba a saber qué distancia estaba haciendo? Volví al departamento e intenté arreglarlo. El botón de “Start” se había quedado metido para adentro, pero era demasiado grande para un alicate. Probé con un cuchillo, pero no había forma. Agarré una pinza, paso previo al martillo, y se resbalaba. En un momento, sorpresivamente, arrancó. Yo solo quería sacarlo para afuera, que largara adentro del departamento era algo que no me esperaba. Bajé rajando y empecé a correr oficialmente faltando unos quince minutos para la medianoche.

El reloj estaba en una modalidad nueva que desarrollé especialmente desde la aplicación de Movescount. En lugar de buscar señal de GPS cada 10 segundos, le puse que lo haga cada 60. Esto alarga mucho la batería, que me ha sabido durar 14 horas. Si salía todo bien, me podía servir para medir la Espartatlón, o carreras de aventura de varios días como La Misión.

Ya en los primeros metros sentí las piernas muy cansadas y doloridas. En la semana habíamos estado entrenando burpees y estocadas, y justo al empezar ese fondo bestial me empezaban a pasar factura. Era raro correr a esa hora, porque me había acostumbrado a la noche de madrugada donde hay poco tráfico y solo algunos ebrios en las calles. Acá todavía estaban las calles atestadas de colectivos, y en lugar de ver a jóvenes volviendo del boliche, los veía entrando.

El metatarso, mi gran miedo, no me molestó demasiado. Mi segundo gran miedo, esas ampollas con sangre que me están saliendo, fue contrarrestado con cinta de tela en forma de “U” debajo de cada dedo de ambos pies (la idea es no cortarles la circulación). No me llevé analgésicos, y si me dolía el metatarso tampoco me iba a poder untar Voltarem porque la planta del pie estaba encintada.

El frío se soportaba con la térmica. El peso de la mochila estaba optimizado al máximo, ya que mi grupo de apoyo tenía lo que iba a necesitar a partir del kilómetro 50. Yo solo tenía que llegar a ellos. Me costó darme cuenta lo lento que estaba corriendo. En un principio no le presté atención, solo me dediqué a avanzar, cubriendo los pequeños objetivos intermedios: el bebedero en el km 8, cruzar el puente y tomar el primer pinole en el km 10, el bebedero en el km 15, segundo pinole en el km 20, y así. Iba concentrado, con Aspen Classic en los auriculares.

Cuando hice 12 kilómetros, pensé “estoy en el 10%”. También se me ocurrió que era el 5% de la Espartatlón. Aunque no lo parezca, bajar las distancias a porcentajes y fracciones me ayuda a visualizarme en la llegada. Cada tanto, actualizaba el Twitter. Me estaba tomando el fondo con calma y no me importaba perder algunos minutos mientras me hidrataba o comía algo.

Avancé sin complicaciones, sin dolores de metatarso, hasta que llegué al monumento a los remeros, en el Tigre. Ahí mi reloj marcaba 32 kilómetros. ¿Cómo podía ser, si siempre me daba 33 kilómetros? Evidentemente la nueva modalidad del reloj ahorraba batería pero a la vez perdía mucha precisión. Las opciones eran dos: corría hasta que el GPS indicara 120 km o calculaba la distancia de más y me detenía antes. Quería la foto del reloj con el 120, así que decidí darle para adelante.

El cansancio que sentía es difícil de describir. No puedo ubicar un dolor en alguna parte del cuerpo, o falta de aire. Estaba comiendo más que de costumbre, y tomaba mucha agua. Pero mi ritmo era mucho más lento del que debería ser con ese mismo esfuerzo. Me estaba costando y ni siquiera estaba en la mitad. No importaba, porque sabía que terminaba aunque fuera caminando. Eran las 3:30 de la mañana y sabía que la matemática no estaba de mi lado. El equipo de asistencia me esperaba en la base donde entrenamos los Puma Runners, al costado del Hipódromo de San Isidro, a las 4. Les mandé un mensaje para avisarles que estaba llegando más cerca de las 4:30. Marce y Nico, cada uno por su lado, me respondió que igual iban a estar a la hora señalada. Es curioso contar con personas tan comprometidas, tan responsables, tan inteligentes, y que me hayan esperado cada uno en su auto, sin saber de la presencia del otro (estaban a 100 metros entre sí). Ambos son uruguayos, quizá tenga algo que ver.

Llegué, feliz de ver a otro ser humano después de casi 5 horas corriendo. El reloj indicaba que había hecho 47 kilómetros… pero, ¿cómo creerle? Quizás eran 49, si el desfasaje era proporcional. Marce y Nico tenían en sus baúles comida extra (fruta principalmente, pan casero, pretzels), ropa de recambio, y unos aminoácidos que decidí probar para contrarrestar la pérdida de masa muscular ante semejante esfuerzo. Fue un acto de fe, porque no podría decir si funcionó o no… Además, contar con un auto me permitía dejar la mochila de una buena vez.

La Provincia de Buenos Aires tiene un clima un poco más fresco que la Capital Federal, pero el Hipódromo de San Isidro es todavía más gélido. Me puse una remera de manga corta encima de la térmica por miedo a enfriarme el pecho. Me abrigué el cuello y salí con algunos pretzels en el bolsillo. El frío era duro, y yo no paraba de quejarme todo el tiempo de lo cansado que estaba… ¡y me faltaban 70 kilómetros! Pero conscientemente nunca quise decir “No doy más”, porque sabía que esa es una de las mayores mentiras que nos solemos decir. Hay un componente alimenticio en nuestro rendimiento, y además estaba comprobando la diferencia enorme que hace descansar antes de un gran esfuerzo, pero sin lugar a dudas el factor más importante para conquistar un desafío es la cabeza. Y yo la quería de mi lado.

Fueron las cuatro horas más difíciles a las que me enfrenté en mucho tiempo. Los chicos iban a un ritmo que yo sentía imposible de mantener (aunque ellos deben estar convencidos de que solo me estaban acompañando a mi zancada). Había sido tan lento hasta llegar ahí que decidí no quejarme, no decir nada, y mantenerlo. En cada vuelta tomaba agua y en cada vuelta hacía pis. No tengo idea de por qué tenía esa necesidad de estar todo el tiempo hidratándome. Quizá la falta de sueño haya influido. El punto positivo fue que le dábamos vueltas al Hipódromo y estábamos absolutamente solos. Nadie en su sano juicio se iba a poner a correr en esas condiciones. En cada vuelta íbamos a los autos, buscábamos algo de comer o tomar, y volvíamos a salir.

Ahora supongo que mi bajón fue anímico. En ese momento, nada parecía levantarme. Decidí aflojar un poco con el pinole, esa fórmula que siempre me funcionó me empezaba a fastidiar. Seguí los consejos de Romina, mi nutricionista, y empecé a rotar las fuentes de carbohidratos. Pasé a la manzana roja pelada, cortada en gajos, y fue la cosa más exquisita del mundo. También comí un pan integral que hizo Nico, pero solo sentía que la energía que entraba servía para mantener, no para subir. Iba a ser un fondo duro…

Empezó a amanecer. A las 7 se veía en el fondo un poquito de claridad. Media hora después ya tenía que empezar a cubrirme si quería hacer pis en cualquier árbol. De a poco iban apareciendo corredores. Yo me seguía quejando. Esas primeras horas de sol son las más frías de la mañana. Pero con la luz empezaron a aparecer los Puma Runners, que nos interceptaron a mitad de la vuelta al Hipódromo. Primero uno, después otro.

Llegamos a la base, donde ya estaba Germán, nuestro entrenador, y varios chicos. El sol ya calentaba y el frío quedaba atrás. Ocurrió el milagro: me sentí bien. Quizá toda esa luz era lo que necesitaba para levantarme. O que haya desaparecido el frío invernal. O ver más amigos. O la suma de todo. Lo cierto es que me empezaron a preguntar cómo me sentía, y no hizo falta que mintiese. Estaba bárbaro.

Me gustaría decir que a partir de ahí todo se me hizo más fácil, y que pasé de un ritmo de 6:30 el kilómetro a 4:45, pero la verdad es que creo que físicamente rendí igual. Tuve otra actitud y empecé a disfrutarlo un poco más. Algo no menos importante: pude seguir, mientras que durante la noche sospechaba que lo iba a lograr pero no tenía idea de cómo lo iba a hacer.

Ante todo, me tomé las cosas con calma. El primer equipo, los uruguayos madrugadores, se fueron a su casa. La compañía fue rotando, alguno me escoltó una vuelta, otro se animó a meter 30 kilómetros… lo cierto es que no estuve solo en ningún momento. Ya sea corriendo o en la base, había gente apoyándome. En un momento me senté a tomar agua y comer pan, y me hicieron masajes en la espalda. Me dolían terriblemente porque estaba fusilado, pero también me relajaron mucho.

Cometí el error de concentrarme en todo lo que faltaba. Es algo que a veces ayuda, y otras te carcome el cerebro. Los últimos 40 kilómetros eran 8 vueltas al Hipódromo. Se me hacía eterno, un chicle. Esos 5 kilómetros me tomaban unos 35 minutos. El fin se veía lejano.

Mis actualizaciones de Twitter se fueron espaciando porque mi celular se quedaba sin batería (es bueno saber que yo tengo más energía que la tecnología que nos rodea). Los chicos de Puma Runners estaban ahí, sentados en una mesa, charlando. Su entrenamiento “oficial” ya había terminado, pero me estaban esperando a mí. El Gato decidió acompañarme hasta que terminara, así que se comprometió a correr mis últimos 30 kilómetros a mi lado. Estaba la sospecha de que el GPS de mi reloj compensaba las diferencias de medición, porque por momentos decía que mi velocidad era de 7 minutos el kilómetro, y a veces decía que era de 5 (algo demasiado lejano a la realidad). El Gato se convirtió en una gran compañía, a quien se le sumó esporádicamente algunos otros amigos. Sabía qué decir para mantenerme motivado, me aconsejaba para no quemarme, y cuando alguien me quería dar charla y yo no tenía fuerzas para hablar, respondía por mí. Casi me muero cuando una compañera me preguntó “¿Por qué se llama Semana 52?”. Por suerte, el Gato hizo la crónica de este blog y me ahorró el descomunal esfuerzo de responder más allá de monosílabas.

Y así, avanzando lentamente, pasé la barrera de los 100 km, algo desconocido para mí. Sin dolor de metatarso ni ampollas reventadas. “Con cada paro hacés historia”, me dijo el Gato. Las últimas vueltas las arrancaba caminando. Frenar para comer y tomar algo hacía que arrancar fuese muy duro. Por eso me tomaba unos metros para empezar a trotar.

Cuando faltaban 8 kilómetros para terminar, Germán propuso algo que hemos hecho durante otros fondos largos: Correr 4 kilómetros en un sentido y volver sobre mis pasos. Así podía hacer esa distancia y ya terminar de una buena vez. Hasta ese momento cada vuelta eran 5 kilómetros. Pensar en hacer 8 parecía una proeza enorme… pero, ¿en qué estaba pensando? ¿Cómo podía, después de correr 112 kilómetros, preocuparme por hacer 8 sin parar? Si hubiese tenido fuerzas y flexibilidad, me hubiese dado una patada en el culo. Arrancamos lentamente el Gato, Paco y yo. Corrí en musculosa, como para hacer un contraste del excelente clima que hacía. Como estaba en las tres cifras de kilometraje, el reloj ya no me indicaba decimales, así que estaba todo el tiempo mirando a ver cuándo se cumplían esos 4 kilómetros para pegar la vuelta.

Finalmente, en el kilómetro 116, frenamos y me comí una banana. Quedaba lo último. Media vuelta, y volver sobre nuestros pasos. Se notaba que empezábamos a correr más rápido. De a poco íbamos pasando por esos puntos del Hipódromo que venía viendo desde hacía 9 horas y que ya no iba a volver a ver por un tiempo. Avanzamos con entusiasmo, empecé a abrir las piernas y a levantar el brazo en señal de victoria… pero el maldito GPS se había clavado en 119 km. “¡CAMBIÁ!”, pensaba. Se suponía que teníamos que terminar frente a la base donde estaba el resto de los chicos, pero nos pasamos 100 metros hasta que, finalmente, apareció ese gran número 120.

Grité “¡ESPARTAAA!”, me abracé con el Gato y Paco y me sentí inmensamente feliz. Tanto que fanfarroneé y esos 100 metros que nos pasamos de donde estaba Germán con el resto de los chicos los hice trotando. Cinco minutos después de comer y tomar algo me di cuenta de algo que me llenó de esperanzas: me sentía como para seguir corriendo. Seguramente este fondo lo parí por no haber dormido, y empezar con tantas horas de noche no ayudó. Cuando caiga el sol en Grecia va a ser igualmente duro, pero sé que puedo pasarlo. Sé que va a ser cuestión de esperar a que amanezca y siga. Entiendo que hay corredores más fuertes que pueden hacer los 246 km de un tirón, pero yo sé que 5 minutos me hacen una diferencia. Si algo comprobé con el fondo de ayer es que necesitás a la cabeza de tu lado. Sé que puedo lograrlo.

Ayer fue un día lleno de héroes para mí. Desde quienes me dieron aliento apenas arranqué hasta los que se quedaron hasta las 14:30 para verme terminar, pasando por el equipo que apareció a asistirme a la madrugada, los que corrieron media vuelta o más a mi lado, y el gran motivador y compañero que resultó el Gato. En un lugar especial lo pongo a Paco, que a pesar de vivir en Núñez me llevó en auto hasta la esquina de mi casa, en el Microcentro. A pocas cuadras de llegar me empecé a quedar dormido, y cuando me bajé caminé a paso de hormiga los 20 metros hasta la puerta de mi edificio. Un niño de cinco años armado con una cuchara me podría haber superado físicamente y robado todas mis posesiones.

El dolor de piernas que sentía era tremendo. Quizá si seguía corriendo no lo hubiese notado hasta después. Frenar tiene esas cosas, uno ya no puede dejar de ignorar el dolor. En casa tomé agua, me comí un paquete de galletitas Cachafaz (bueno, me las merecía) y me acosté a ver una película. A las 19 la paré porque me quedaba dormido y me desperté a las 6:30 de la mañana. Por eso no hice la crónica de este fondo ayer, ni cené, ni terminé de ver “Grand Hotel Budapest”, maravillosa película de Wes Anderson que recomiendo enormemente (pude terminarla esta mañana).

Ayer hice una distancia casi igual a la mitad de la Espartatlón. Revisando el trayecto que grabó mi reloj Suunto en la compu, me di cuenta de que realmente compensó las diferencias porque en alguna vuelta indica que atravesé el alambrado del Hipódromo y corrí de una punta a la otra por el medio de la pista. Aunque el terreno griego va a ser diferente, con más lomas, toda esta experiencia me hace sentir que con una buena estrategia y mucha confianza, soy capaz de terminar la Espartatlón en Septiembre.

Semana 42: Día 294: Cita con la nutricionista

Estas han sido semanas complicadas. Mucho trabajo atrasado, por lo que ya van dos semanas que no voy al gimnasio. Estoy haciendo una terapia alternativa para acomodar los pajaritos y porque necesitaba un cambio a nivel interno (algo de eso hablé en este mismo blog). Para mí esta es una etapa de transición, donde la única constante es el running. A esa cita no he faltado, y sigue siendo mi ancla.

La hora de la verdad, en la que corroborar si vengo bien, es mi cita con mi nutricionista. Desde el 31 de agosto de 2010 me vengo controlando con ella, y ha sido quien me ayudó a convertirme en un maratonista vegetariano y en un ultramaratonista vegano. Si le habré dado desafíos, como cuando decidí no consumir más azúcar ni jarabe de maíz de alta fructosa, y a regañadientes me tuvo que buscar alternativas. Podría decir que mi progreso tiene tres aristas: la física, la mental y la nutricional. De todas me tengo que hacer cargo yo, pero por suerte tengo la guía de gente como Germán, mi entrenador, y en cada caso la clave para lograr cambios perdurables es el mismo: los hábitos.

En mi primera cita, mi peso era de 76,9 kg, mi masa adiposa era 25,1 kg y mi masa muscular 31,2 kg, con el resto dividiéndose entre huesos, piel y mi masa residual (órganos y comida en el estómago). De esto se desprendía un dato interesante: mi cuerpo era 32,6% grasa. A menos que quisiera convertirme en nadador de aguas heladas, no me era de mucha ayuda.

La medición de hoy fue la número 23. Ya al principio tuve cambios importantes, con el único problema de que perdía músculo cada vez. Me tomó casi un año subir algo mi masa muscular. Alcancé mi pico histórico en abril pasado, y hoy, tres meses más tarde, volví a mejorar mis niveles. Ahora, después de cuatro años, volví a estar por encima de los 70 kg de peso total, pero por suerte eso no significó que subí de grasa. Mi masa adiposa es de 14,1 kg (20% de mi peso total) y mi masa muscular es de 34,6 kg, lo que significa 800 gramos por mes desde la última medición.

¿A qué le podría atribuir haber progresado y no haberme estancado? Al entrenamiento. A pesar de no haber ido al gimnasio las últimas dos semanas, estuve haciendo un mínimo de tres veces por semana, además de la rutina en los Puma Runners. Estoy corriendo mucho, y eso influye en seguir bajando grasa, y estoy prestándole atención a lo que como… y haciendo caso.

Comparando mi primera medición con la de hoy, bajé exactamente 11 kg de grasa y subí 3,4 kg de músculo. Aquella vez no sabía lo que era correr una maratón, el veganismo me parecía una locura, y participar de la Espartatlón ni siquiera era una opción a considerar. Mi sueño en aquellos días era llegar a correr 80 km. En dos horas voy a salir para correr 120, y no en una carrera, sino como parte de mi entrenamiento.

Si llegue o no, realmente no me preocupa. Siento que mi experiencia y estrategia me van a jugar a mi favor. Creo que solo una situación muy extrema me va a dejar afuera. He aprendido a atravesar el dolor y a confiar en mí mismo.

Ahora me resta entrenar, seguir probando cosas para aplicar en la Espartatlón (para la que faltan 70 días, nada más) y una última cita con la nutricionista, unos días antes de viajar a Europa. Este es mi mejor momento a nivel físico, pero quizá lo pueda mejorar todavía un poquito más…

Semana 42: Día 292: Un año en el microcentro

Me acabo de dar cuenta de que cumplí un año desde que me mudé a este departamento. Aprendí a quererlo, y me di cuenta que si lo tengo ordenado o desordenado responde a mi estado de ánimo. ¿Ordenarlo me pone de mejor humor, o si estoy anímicamente bien lo tengo cuidado? No lo sé.

Lo primero que me llamó la atención de esta zona eran los arreglos que estaban haciendo en las calles y veredas, convirtiendo algunas en semi-peatonales. Era realmente complicado caminar. 52 semanas después, San Martín está casi totalmente transitable, pero el desorden (perdón, las obras) sigue para el lado de Maipú y más allá.

Lo segundo con lo que me encontré fue no saber dónde estaban las verdulerías o las dietéticas. Me costó ir descubriéndolas, viendo dónde me asesinaban con los precios y en qué locales podía encontrar lo que un vegano ultramaratonista necesita para seguir avanzando. Ahora ya sé para qué lado encarar cuando tengo que abastecerme, y a dónde ir para pagar de más (en el caso de estar apurado). Igual, como vegano, sigo prefiriendo hacer compras en el Barrio Chino, aunque no me queda cerca.

Lo tercero que descubrí de esta zona es lo alborotada que es de 9 a 19 horas, el bullicio que hay en la zona de los bares por la noche, y cómo los sábados y domingos quedan todos los locales cerrados y casi ningún alma por las calles. Detesto caminar por Florida porque me quemaron la cabeza con el “Cambio, cambio, change money, troco reales”. Prefiero caminar de más y evitar a los ochenta “arbolitos” que hay por cuadra. Pero el ritmo de vida acá me sigue pareciendo raro, incluso un año después. ¿Cómo puede ser que la pizzería de la esquina cierre a las 18:30? Les debe ir muy bien.

Es lindo mirar atrás y ver la etapa oscura y triste que dejé atrás. No sé si encontré mi centro en este monoambiente, pero hice una movida por mí mismo y siento que me salió bien. Estoy mejor que hace un año y un mes, y mi proceso de tener mi propio espacio y recuperar mi vida comenzó luego de mi Maratón de Río de Janeiro, cuando volví a Buenos Aires y me esperaba este modesto departamento.

Semana 42: Día 291: Recetas ultramaratonistas: El pinole

Hubo un gran cambio en mi alimentación de carrera cuando descubrí el pinole. Al principio me costaba mucho imaginarme cómo hacerlo, así que indagué en internet y me leí montones de recetas para terminar en una gran frustración.

El pinole es básicamente maíz tostado y triturado, que al mezclarse con agua forma una bebida energizante, muy característica entre los tarahumaras, el pueblo mexicano de ultracorredores. Entre todas las experiencias que encontré en la web estaban quienes no lo recomendaban por su sabor y textura (el maíz no se disuelve realmente) y hasta los que sentían que beberlo no les hacía ninguna diferencia. Yo lo probé en fondos largos (o sea, de 70 o 100 km) y mi veredicto es que sí, funciona.

El primer problema con el que me encontré fue el de la preparación. Me compré una minipimmer para triturar el maíz, después de tostarlo en una sartén, y a la primera destrocé el aparato. La preparación quedó bastante bien, pero era muy trabajoso hacerlo. Creo que fue mi nutricionista quien me dijo que pruebe con polenta. Para mí era algo completamente diferente. En algunas recetas hasta recomendaban no pulverizar el maíz al punto de la harina. Pero ante la necesidad hice caso, compré polenta, me salteé el paso del triturado y directamente la tosté. El resultado fue espectacular. Ya no tenía que romper ninguna minipimmer, el paquete de harina de maíz es todo lo que necesitaba.

Fui probando distintas alternativas para la preparación (semillas de chía, por ejemplo) hasta que di con una receta que a mí me funciona muy bien. Es cierto que la polenta tostada no se diluye en el agua, pero es simplemente ir en contra de lo que estamos acostumbrados. ¿Por qué tiene que estar diluido? El objetivo es que nos dé energía de asimilación lenta para un fondo largo, y eso se cumple a la prefección. Decidí agregarle pasas de uva trituradas (con lo que me quedó de la minipimmer), así además de energía de asimilación lenta, tenía también de asimilación rápida. De esa manera llegué a una bebida isotónica, que me levanta al instante y me da “polenta” para el resto de la carrera.

Yo tomo 250 cc de pinole cada 10 kilómetros. Supongo que la cantidad varía en cada uno, pero es lo que me ha venido funcionando en estos meses.

Ingredientes para 1 litro
Harina de maíz (o polenta) a gusto
Un puñado de pasas de uva
1 g de sal marina
Jugo de limón a gusto
1 litro (aproximado) de agua mineral o filtrada

Preparación
Tostar la harina de maíz en una sartén, sacudiéndola constantemente, hasta que cambie de color. En lo posible que quede una capa fina sobre la sartén para controlar mejor que no se queme. Dejar enfriar.
Previamente poner en remojo las pasas de uva, para ablandarlas. Triturarlas hasta que quede una mezcla homogénea.
En un recipiente (yo uso las botellas de vidrio vacías de Gatorade) echar la harina de maíz tostada. La cantidad es a gusto, yo suelo poner dos dedos (la capacidad de la botella es de 450 cc). Agregar la sal (para esa botella sería la mitad) y el jugo de limón.
Verter las pasas de uva trituradas y completar con agua.

Para hacer mucho pinole suelo tostar en dos tandas, para tener mejor control de que no se queme. Las botellas de Gatorade se las voy pidiendo a mis amigos. El vidrio es más higiénico que el plástico, aunque pese más en la mochila. Obviamente hay que sacudir bien antes de tomar, o la harina de maíz va a quedar toda en el fondo. Me hubiese gustado ser más preciso con las medidas, pero está todo armado a ojo, según el diámetro de mi sartén, la capacidad de las botellas y la inspiración del momento.

¿Es rico el pinole? No es desagradable. Tiene un dejo a tutucas. Lo raro puede ser la consistencia arenosa de la bebida, pero sin lugar a dudas lo que cuenta es la energía que aporta. He corrido 70 km casi exclusivamente con esto y anduve fenómeno. Solo complementé con agua y fainá o pretzels si necesitaba algo sólido para comer.

Semana 42: Día 290: Veganismo + Deporte

 Copio esta noticia que me pareció muy emocionante, y una prueba mucho más extrema que la mía de que el secreto del cambio están en los hábitos.

En 2012 Robert Foster pesaba 148 kg y, por más que llevaba toda una vida jugando el papel de “gordo feliz”, se enojaba por no ser más flaco y no poder desempeñarse físicamente. Su mujer, Jessica, pesaba 130 kg y se sentía miserable por ser ignorada, especialmente luego de que un miembro de su familia dijo que “ya no era alguien a quien mirar”.

Una noche en marzo de 2012 decidieron hacer un cambio. Jessica empezó a tomar clases de zumba y a usar la bicicleta fija. Por su parte, Robert decidió jugar al tenis y dejar de comer un segundo plato durante las comidas. En verano, agregaron actividades que no se sintieran como ejercicio, como caminatas y natación recreativa. Ambos quedaron entusiasmados y buscaron otras cosas para hacer.
Ambos corrieron una carrera de 5 km en diciembre. Robert se vio obligado a caminar buena parte del trayecto, pero se inspiró en la actitud de la gente. “El ambiente, los choques de manos y el sentimiento de logro se me volvieron adictivos”, dijo. Continuó participando en carreras y en 2014, pesando 72 kg menos, completó su primer maratón.

En cuanto a la comida, utilizaron una aplicación para contar calorías y comieron mucha verdura y sólo comida natural. “Nuestra filosofía con la comida fue agregar cosas buenas. Así, cada vez deseábamos menos basura”, explicó Robert. Eventualmente adoptaron una dieta vegana.

Ahora, ambos pesan tan solo 75 kg, por lo que perdieron 127 kg entre los dos. “Me amo. Me gusta lo que veo en el espejo. Sé que aún queda trabajo por hacer, pero soy una persona completamente distinta de la que era antes”, dijo Jessica.

Semana 42: Día 289: Héroes

Gracias por dejarlo todo. Triunfar no es ganar, sino que es dar lo mejor de uno. No tengo absolutamente nada que reprocharles.

A pensar en la revancha, dentro de 4 años.

Semana 42: Día 288: Un fondo de 70 km

Dormí pésimo. Me acosté unos minutos antes de las 22 y la alarma estaba puesta a las 3 de la mañana. Pero daba vueltas en la cama, preguntándome si me había quedado dormido, si había escuchado el reloj… tenía tos, dolor de garganta. En un momento no aguanté más, me levanté y miré a ver qué hora era: 2:59. Arriba.

Desayuné, me vestí, guardé las cosas en la mochila (fainá, pinole, algo de abrigo para después) y salí. Faltaban 10 minutos para las 4 de la mañana. Creo que nunca salí tan temprano. Los boliches todavía estaban a pleno, pocos autos en la calle y un clima ventoso. Harían unos 12 grados. No quería arriesgar nada, así que tenía puesta una remera térmica, un rompeviento y un pañuelo en el cuello.

Desde que me hice plantillas nuevas y le puse un realce al talón del pie derecho, vengo lidiando con un dolor en el metatarso izquierdo que no termina de irse. Como ya se lo saqué, esa molestia va cediendo, pero igual sigue ahí. Mi consuelo es que antes no podía hacer 7 km sin que aparezca, y estaba todo el fondo aguantando, intentando acostumbrarme. Puro huevo.

Seguí mi plan de ir hasta Tigre. Pasé por mis puntos intermedios, donde tomo agua en bebederos (kilómetro 8 y 15), además de ir tomando mi pinole. Cuando sentí algo de hambre, comí un poco de fainá, como hice al pie de una canilla (un bebedero no oficial) en el kilómetro 25. Como salí tan temprano, nunca amanecía. La vez pasada que corrí 70 km y llegué al monumento a los remeros el sol estaba saliendo. Ahora seguía la noche cerrada y todavía no estaba en la mitad.

Decidí seguir por la costa hasta donde se pudiese correr, llegar a la mitad de mi fondo y pegar la vuelta. No sé si fue una buena idea porque me metí por zonas muy oscuras en las que no se veía un alma. En todo mi trayecto hay mucha iluminación y algo de tráfico, como para no sentirse tan desamparado. Pero en ese momento, como buen porteño, me dio un poco de miedo estar en ese barrio bonaerense. Pueden ver mi recorrido en este link.

Emprendí la vuelta cuando llegué a los 35 km, justo después de tomar un poco de agua de mi botella. Me alegró regresar a zonas más iluminadas. Mis zapatillas V2 TR no son muy buenas en ciertas veredas húmedas. Si hay canto rodado o alguna superficie un poco patinosa, me siento a punto de caerme. Es algo que con las Nightfox no me pasaba, y tiene que ver con que esta suela es más dura. En asfalto voy fantástico, pero correr patinando es horrible. Fui tensionado, apretando los pies para no caerme.

Como siempre, cada 10 km tomaba pinole. No pude evitar sacar algunas fotos al amanecer en el Tigre. Los paisajes son un espectáculo que disfruto mucho, algo indivisible de los fondos largos. Llegué donde hacen base los Puma Runners, unos minutos antes de las 9 de la mañana, con 50 km encima. Era fantástico, porque solo me quedaban cuatro vueltas al Hipódromo para cerrar. Hice la primera solo mientras el resto iba llegando. Se me hizo especialmente larga, no sé por qué, pero al menos pude dejar la mochila y correr sin peso extra.

Para mi segunda vuelta el resto del grupo ya estaba entrenando progresiones y burpees, así que tampoco pude engancharlos para que me acompañen. Salí nuevamente solo. Acá pasó algo extraño, el reloj se detuvo (quizá lo había parado yo sin querer), así que me comió más de 1 km. Decidí forzarme a seguir hasta que marcara 70 km. Eso que midió de menos se lo sumaría cuando bajara la información a internet.

Ya en la tercera tuve escolta, y venía fantástico. Comparado con mi fondo anterior , donde el dolor estaba presente constantemente, me sentí espectacularmente bien. Pero claro, llegó la última vuelta. Ahí la compañía era mucho más numerosa. Todo el tiempo había sentido una ligera molestia en el metatarso, y en algún punto me pareció que el pie se agarrotaba y que estaba a punto de acalambrarme. Lo cotrarresté corriendo relajado, no intentando forzar nada. Y funcionó. Pero cuando iba 66 km el dolor pasó de una intensidad de 3 a 8. Apreté los dientes y seguí. Los chicos me hablaban y yo no respondía. Estaba muy concentrado. Me preguntaron si me dolía y asentí. La tensión que sentí en ese momento, el estrés, fue bastante importante. Me llevaba el deseo de terminar. Sabía que al instante en el que parara (aunque fuera un minuto), el dolor desaparecería. Fueron 4 kilómetros muy largos, muy tensionantes, pero faltando 400 metros aumenté la velocidad y terminé con todo lo que tenía.

Fueron 7 horas con 5 minutos para esos 71,80 km (aunque mi reloj marcó 6:56 y 70,17 km). Físicamente terminé muy bien, solo que se me hizo una ampolla con sangre en el dedo chiquito del pie izquierdo, y me corté con una uña del derecho. Un cortecito muy chiquito, y parecía un efecto especial de una película clase B. Obviamente que el metatarso no me dolió más desde el instante en que dejé de correr. Me toco, me aprieto, y no siento absolutamente nada. Al menos ese dolor que tenía que tragarme a partir del kilómetro 7 ahora me castigó en el 66. A ese ritmo, quizá desaparezca para la Espartatlón. Y si no… será cuestión de aguatarme. Es hacer esto mismo pero 2 veces y media más. Quizá peque de optimista, pero me parece que es algo que voy a poder hacer…

Semana 41: Día 287: Recetas ultramaratonistas: Fainá

Una de las cosas que más satisfacción me dio fue descubrir que podía prescindir del azúcar y de muchos alimentos refinados y químicos para poder correr grandes distancias. Al principio, como cualquier corredor que se inicia, fui a lo seguro, a lo que consumía todo el mundo. Obviamente bebidas isotónicas y geles. Era imposible pensar en una carrera sin eso. Pero bueno, ese era el preconcepto que tenía. Ya descubrí que no es tan así.

Abrir la cabeza y cuestionar lo establecido no es fácil. A mí me costó mucho. Pero siendo vegetariano estaba un poco acostumbrado a ir a contramano del mundo. Por eso el paso al veganismo fue más fácil de lo que esperaba. Nunca imaginé que iba a terminar en una cruzada en contra de las harinas refinadas, el azúcar blanca, los químicos en los alimentos procesados y el nefasto jarabe de maíz de alta fructosa. Creemos, porque así nos educaron, que cualquier cosa de la góndola del supermercado nutre, y no queremos volvernos paranoicos y pensar que lo que las empresas quieren es producir mucho a bajo costo, dejando el tema de la nutrición en último plano.

Es imposible hacer una ultra y no estar correctamente hidratado y alimentado. Lo sé por experiencia personal. Los geles y las bebidas isotónicas SÍ sirven… pero, ¿son la única opción?

Cuando decidí dejar el azúcar descubrí que está presente en casi todos los alimentos que se pueden comprar en un supermercado. Hasta en las latas de garbanzos (porque, justamente, son un conservante barato). Es por eso que pasé a la variante de comprar las legumbres secas y dejarlas en remojo toda la noche. Es más trabajoso, pero al menos soy un poco más consciente de lo que estoy comiendo. No quiero hilar fino y ponerme a hablar de los pesticidas, los alimentos transgénicos y todas las cosas que no podemos ver. No todos tenemos acceso a granjas orgánicas. Hay mucho que se puede hacer por la salud, y por supuesto que soy consciente de que me queda mucho por hacer.

Cuando decidí dejar los geles, la alternativa a la que llegué con mi nutricionista para obtener hidratos de carbono de asimilación lenta fue la fainá. Este alimento, muy típico de Argentina, es nada menos que harina de garbanzo. Al principio compraba un preparado muy fácil de cocinar, pero que en los ingredientes tenía montones de químicos y conservantes. Sentí que estaba a mitad de camino. Hasta que compré directamente harina de garbanzo en el Barrio Chino (un kilo por el mismo precio que los 200 gramos del preparado). Le hice algunas variantes y llegué a esta receta, pensada para un fondista.

FAINÁ PARA CARRERA
Ingredientes:
200 gr de harina de garbanzos
una pizca de sal
pimienta (a gusto)
semillas de chía trituradas (a gusto)
600 cc de agua

Preparación:
Echar en un bowl la harina de garbanzos, la sal, la pimienta y las semillas. Se puede probar cualquier otra semilla, estas en particular me gustan (tiñen un poco la preparación de marrón), y al estar trituradas se mezclan mejor.
Echar el agua y revolver hasta que no queden grumos.
Aceitar una fuente para horno con fritolim mientras dejamos descansar la preparación unos minutos en el bowl.
Volver a batir, ya que seguramente quedó mucho sedimento por debajo.
Colocar en horno fuerte hasta que la parte de arriba se dore. Bajar y cocinar unos 20 minutos más.

Los tiempos de cocción varían. Yo uso un horno eléctrico, pero en algunas recetas de internet recomiendan precalentar el horno. A veces, después de que se terminó de cocinar, noto que la fainá queda muy blanda, casi como un flan. Es cuestión de dejarla reposar y toma consistencia.

Para los fondos la corto en cuadrados y lo meto en una bolsita, para poder guardarlo en algún bolsillo de la mochila hidratadora. Si te estás preguntando si los garbanzos y las semillas pueden dar gases, te respondo que sí, seguramente. El tema de la fibra y cualquier alimento que provoque una revolución en tu estómago es algo a lo que yo le escapaba. Lo importante era correr y que nada lo entorpeciera. Pero llegó un día en el que pasé a las ultramaratones, y prácticamente cualquier cosa puede molestarte, hasta una correa que cuelga de la mochila y te golpea a cada paso el hombro. Esas cosas, si te distraen, pueden enloquecerte.

Mi experiencia me indicó que a todo nos acostumbramos. Incluso a la fibra. Por eso me puse como objetivo acostumbrarme a comer y correr. Empecé a hacer mis fondos inmediatamente después de un suculento desayuno, y a llevarme cualquier tipo de comida en mis fondos y carreras. Es increíble cómo el cuerpo cambia con los hábitos. La capacidad está en uno mismo. Con esta sencilla receta yo dejé por completo las bebidas isotónicas. Ahora con agua mineral o filtrada y estos cuadraditos de fainá ya tengo lo que necesito para entrenar para mis ultramaratones. Pero por supuesto que no es lo único que consumo. Dejaré mi receta del pinole para otra ocasión…

Semana 41: Día 286: Próximos desafíos

En tres semanas voy a correr la Adventure Race Pinamar, un clásico al que asisto desde 2008. Son 27 km de arena, y quienes la corren aprenden a extrañarla todo el año luego de odiarla todo un día.

Pero la voy a hacer muy tranquilo. A ocho semanas de la Espartatlón no vale la pena romperse. Los verdaderos desafíos serán antes.

El próximo sábado (o sea, pasado mañana) voy a correr 70 km, arrancando tipo 4 de la mañana. Es la entrada al plato fuerte para el fin de semana siguiente, donde voy a correr 120 km. La idea es empezar a las 23:30 y correr sin dormir, para que el cuerpo y la mente experimenten a lo que me voy a enfrentar en Grecia. Aunque sea para no conocerlo allá. Me entusiasma porque es algo desconocido, extremo.

El recorrido en ambos casos va a ser muy similar: fondo hasta el monumento al remero, en Tigre, vuelta hasta Acassuso y cerrar dando las vueltas que haga falta en el Hipódromo. La gran diferencia, además de la distancia, estará en que el fondo de 120 km lo empiezo en el cumpleaños de un amigo. Tengo una excusa que creo válida para retirarme antes de la medianoche…

Semana 41: Día 285: No me gusta el fútbol

¿Cómo podría gustarme un deporte que me provocó una lesión que no me dejó correr por semanas?

Nunca me entendí con el fútbol. Mi papá nunca me llevó a la cancha ni me afilió a ningún club. No tenía habilidad para correr, patear ni marcar, así que después del “pan y queso” yo era el último al que elegían.

Cuando me cambié de colegio al empezar el secundario tuve una oportunidad de empezar de nuevo. Se armaban los primeros partidos y yo me sumé, como si fuese lo más normal del mundo. Me puse los cortos, mis zapatillas de gimnasia y fui a una cancha con pasto sintético. Marcando a uno, sin querer lo mandé al piso y esa alfombra verde le lijó una rodilla, dejándosela en carne viva. Después hubo penales y metí un gol, el primero de mi vida (no vendrían muchos más después). El arquero no salía de su asombro. “La pateó de puntín, ¿vieron?”. Supongo que quiso decir que yo era un burro, pero en ese momento no entendía si era algo bueno o malo.

Pasados mis 20 empecé a jugar con mis amigos partidos de trasnoche, a veces en una cancha, a veces en la calle. Lo disfrutaba mucho porque compartía ese momento con gente a la que quería mucho, y a ellos no les importaba lo malo que era y que no hiciera goles. Una vez hicimos partido al lado de la 9 de julio, contra unos empleados del servicio de recolección de residuos. Clavaron sus palas en la tierra para hacer los arcos, y jugamos mientras se hacía de día. Esas anécdotas sí las disfrutaba, pero no me acuerdo para nada cuál fue el resultado.

Una de esas madrugadas, girando sobre mi pie mientras marcaba a uno de mis amigos (éramos tres contra tres), me fracturé el tobillo. La rehabilitación, después de 60 días de yeso, consistió en kinesiología, después natación, luego bicicleta y finalmente correr.

Empecé a entrenar en el mismo grupo en el que estoy ahora, pero los miércoles faltaba para jugar a la pelota con los chicos. No hacía goles, solo marcaba. Subía al área contraria porque así me marcaban y despejaba un poco el arco, pero nunca me la pasaban, y cuando tocaba la pelota era para tirarla al demonio. Mis amigos de vez en cuando me la pasaban, por piedad (o lástima) y yo lo odiaba. De hecho, cuando creía que se venía un pase, miraba para otro lado, evitando el contacto visual.

La última vez que jugué a la pelota, en 2010, un choque me provocó una lesión llamada osteocondritis, que es la separación del hueso de los músculos, y duele como una fractura. Fue en una costilla, y no podía toser ni reirme porque veía las estrellas.

Esa es mi historia con el fútbol, nunca tuve equipo (decía cualquiera cuando me preguntaban) y me daba igual jugar a la pelota o a las cartas, mientras compartiera un momento con mis amigos.

Pero claro… una vez cada cuatro años me enloquezco con la selección. Me encuentro viendo partidos de selecciones que no conozco (como Portugal o Uruguay), y como no tengo tele en casa, ayer salí corriendo a ver en la calle la paliza que sufrió Brasil.

Sé que muchos detestan a los paracaidistas como yo, que se convierten a la religión del fútbol cada cuatro años. Pero así es, la pasión se me despierta cuando mi país me representa en el Mundial. Viví de chico el triunfo del 86, sufrí con acariciar la gloria en el 90 y estoy esperando que hoy la selección se clasifique para una nueva final del mundo. Y si no se nos da… al menos disfruté mucho del viaje.

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