Semana 43: Día 296: Un fondo de 120 km

El viernes a las 23:30 tenía todo listo: mochila con pinole y fainá, la remera térmica puesta, calzas por el frío, reloj con GPS para medir el recorrido y el Twitter listo para ir armando la crónica en vivo de un fondo de 120 km. La idea era no solo hacer una gran distancia de cara a la Espartatlón, que arranca en menos de 70 días, sino correr sin dormir. Es que cuando esté en Grecia voy a tener que pasar toda la noche despierto, y todavía seguir muchas horas más. El horario es desde el viernes 26 a las 7 hasta el sábado 27 hasta las 19 hs. Si quería practicar cómo era correr sin descansar, esta era la última oportunidad.

Ya en la calle me encontré con el primer problema, demasiado recurrente últimamente: el reloj no arrancaba. Esto me está fastidiando y realmente podría haber corrido libremente, sin estar mirando todo el tiempo a qué ritmo voy… ¿pero cómo iba a saber qué distancia estaba haciendo? Volví al departamento e intenté arreglarlo. El botón de “Start” se había quedado metido para adentro, pero era demasiado grande para un alicate. Probé con un cuchillo, pero no había forma. Agarré una pinza, paso previo al martillo, y se resbalaba. En un momento, sorpresivamente, arrancó. Yo solo quería sacarlo para afuera, que largara adentro del departamento era algo que no me esperaba. Bajé rajando y empecé a correr oficialmente faltando unos quince minutos para la medianoche.

El reloj estaba en una modalidad nueva que desarrollé especialmente desde la aplicación de Movescount. En lugar de buscar señal de GPS cada 10 segundos, le puse que lo haga cada 60. Esto alarga mucho la batería, que me ha sabido durar 14 horas. Si salía todo bien, me podía servir para medir la Espartatlón, o carreras de aventura de varios días como La Misión.

Ya en los primeros metros sentí las piernas muy cansadas y doloridas. En la semana habíamos estado entrenando burpees y estocadas, y justo al empezar ese fondo bestial me empezaban a pasar factura. Era raro correr a esa hora, porque me había acostumbrado a la noche de madrugada donde hay poco tráfico y solo algunos ebrios en las calles. Acá todavía estaban las calles atestadas de colectivos, y en lugar de ver a jóvenes volviendo del boliche, los veía entrando.

El metatarso, mi gran miedo, no me molestó demasiado. Mi segundo gran miedo, esas ampollas con sangre que me están saliendo, fue contrarrestado con cinta de tela en forma de “U” debajo de cada dedo de ambos pies (la idea es no cortarles la circulación). No me llevé analgésicos, y si me dolía el metatarso tampoco me iba a poder untar Voltarem porque la planta del pie estaba encintada.

El frío se soportaba con la térmica. El peso de la mochila estaba optimizado al máximo, ya que mi grupo de apoyo tenía lo que iba a necesitar a partir del kilómetro 50. Yo solo tenía que llegar a ellos. Me costó darme cuenta lo lento que estaba corriendo. En un principio no le presté atención, solo me dediqué a avanzar, cubriendo los pequeños objetivos intermedios: el bebedero en el km 8, cruzar el puente y tomar el primer pinole en el km 10, el bebedero en el km 15, segundo pinole en el km 20, y así. Iba concentrado, con Aspen Classic en los auriculares.

Cuando hice 12 kilómetros, pensé “estoy en el 10%”. También se me ocurrió que era el 5% de la Espartatlón. Aunque no lo parezca, bajar las distancias a porcentajes y fracciones me ayuda a visualizarme en la llegada. Cada tanto, actualizaba el Twitter. Me estaba tomando el fondo con calma y no me importaba perder algunos minutos mientras me hidrataba o comía algo.

Avancé sin complicaciones, sin dolores de metatarso, hasta que llegué al monumento a los remeros, en el Tigre. Ahí mi reloj marcaba 32 kilómetros. ¿Cómo podía ser, si siempre me daba 33 kilómetros? Evidentemente la nueva modalidad del reloj ahorraba batería pero a la vez perdía mucha precisión. Las opciones eran dos: corría hasta que el GPS indicara 120 km o calculaba la distancia de más y me detenía antes. Quería la foto del reloj con el 120, así que decidí darle para adelante.

El cansancio que sentía es difícil de describir. No puedo ubicar un dolor en alguna parte del cuerpo, o falta de aire. Estaba comiendo más que de costumbre, y tomaba mucha agua. Pero mi ritmo era mucho más lento del que debería ser con ese mismo esfuerzo. Me estaba costando y ni siquiera estaba en la mitad. No importaba, porque sabía que terminaba aunque fuera caminando. Eran las 3:30 de la mañana y sabía que la matemática no estaba de mi lado. El equipo de asistencia me esperaba en la base donde entrenamos los Puma Runners, al costado del Hipódromo de San Isidro, a las 4. Les mandé un mensaje para avisarles que estaba llegando más cerca de las 4:30. Marce y Nico, cada uno por su lado, me respondió que igual iban a estar a la hora señalada. Es curioso contar con personas tan comprometidas, tan responsables, tan inteligentes, y que me hayan esperado cada uno en su auto, sin saber de la presencia del otro (estaban a 100 metros entre sí). Ambos son uruguayos, quizá tenga algo que ver.

Llegué, feliz de ver a otro ser humano después de casi 5 horas corriendo. El reloj indicaba que había hecho 47 kilómetros… pero, ¿cómo creerle? Quizás eran 49, si el desfasaje era proporcional. Marce y Nico tenían en sus baúles comida extra (fruta principalmente, pan casero, pretzels), ropa de recambio, y unos aminoácidos que decidí probar para contrarrestar la pérdida de masa muscular ante semejante esfuerzo. Fue un acto de fe, porque no podría decir si funcionó o no… Además, contar con un auto me permitía dejar la mochila de una buena vez.

La Provincia de Buenos Aires tiene un clima un poco más fresco que la Capital Federal, pero el Hipódromo de San Isidro es todavía más gélido. Me puse una remera de manga corta encima de la térmica por miedo a enfriarme el pecho. Me abrigué el cuello y salí con algunos pretzels en el bolsillo. El frío era duro, y yo no paraba de quejarme todo el tiempo de lo cansado que estaba… ¡y me faltaban 70 kilómetros! Pero conscientemente nunca quise decir “No doy más”, porque sabía que esa es una de las mayores mentiras que nos solemos decir. Hay un componente alimenticio en nuestro rendimiento, y además estaba comprobando la diferencia enorme que hace descansar antes de un gran esfuerzo, pero sin lugar a dudas el factor más importante para conquistar un desafío es la cabeza. Y yo la quería de mi lado.

Fueron las cuatro horas más difíciles a las que me enfrenté en mucho tiempo. Los chicos iban a un ritmo que yo sentía imposible de mantener (aunque ellos deben estar convencidos de que solo me estaban acompañando a mi zancada). Había sido tan lento hasta llegar ahí que decidí no quejarme, no decir nada, y mantenerlo. En cada vuelta tomaba agua y en cada vuelta hacía pis. No tengo idea de por qué tenía esa necesidad de estar todo el tiempo hidratándome. Quizá la falta de sueño haya influido. El punto positivo fue que le dábamos vueltas al Hipódromo y estábamos absolutamente solos. Nadie en su sano juicio se iba a poner a correr en esas condiciones. En cada vuelta íbamos a los autos, buscábamos algo de comer o tomar, y volvíamos a salir.

Ahora supongo que mi bajón fue anímico. En ese momento, nada parecía levantarme. Decidí aflojar un poco con el pinole, esa fórmula que siempre me funcionó me empezaba a fastidiar. Seguí los consejos de Romina, mi nutricionista, y empecé a rotar las fuentes de carbohidratos. Pasé a la manzana roja pelada, cortada en gajos, y fue la cosa más exquisita del mundo. También comí un pan integral que hizo Nico, pero solo sentía que la energía que entraba servía para mantener, no para subir. Iba a ser un fondo duro…

Empezó a amanecer. A las 7 se veía en el fondo un poquito de claridad. Media hora después ya tenía que empezar a cubrirme si quería hacer pis en cualquier árbol. De a poco iban apareciendo corredores. Yo me seguía quejando. Esas primeras horas de sol son las más frías de la mañana. Pero con la luz empezaron a aparecer los Puma Runners, que nos interceptaron a mitad de la vuelta al Hipódromo. Primero uno, después otro.

Llegamos a la base, donde ya estaba Germán, nuestro entrenador, y varios chicos. El sol ya calentaba y el frío quedaba atrás. Ocurrió el milagro: me sentí bien. Quizá toda esa luz era lo que necesitaba para levantarme. O que haya desaparecido el frío invernal. O ver más amigos. O la suma de todo. Lo cierto es que me empezaron a preguntar cómo me sentía, y no hizo falta que mintiese. Estaba bárbaro.

Me gustaría decir que a partir de ahí todo se me hizo más fácil, y que pasé de un ritmo de 6:30 el kilómetro a 4:45, pero la verdad es que creo que físicamente rendí igual. Tuve otra actitud y empecé a disfrutarlo un poco más. Algo no menos importante: pude seguir, mientras que durante la noche sospechaba que lo iba a lograr pero no tenía idea de cómo lo iba a hacer.

Ante todo, me tomé las cosas con calma. El primer equipo, los uruguayos madrugadores, se fueron a su casa. La compañía fue rotando, alguno me escoltó una vuelta, otro se animó a meter 30 kilómetros… lo cierto es que no estuve solo en ningún momento. Ya sea corriendo o en la base, había gente apoyándome. En un momento me senté a tomar agua y comer pan, y me hicieron masajes en la espalda. Me dolían terriblemente porque estaba fusilado, pero también me relajaron mucho.

Cometí el error de concentrarme en todo lo que faltaba. Es algo que a veces ayuda, y otras te carcome el cerebro. Los últimos 40 kilómetros eran 8 vueltas al Hipódromo. Se me hacía eterno, un chicle. Esos 5 kilómetros me tomaban unos 35 minutos. El fin se veía lejano.

Mis actualizaciones de Twitter se fueron espaciando porque mi celular se quedaba sin batería (es bueno saber que yo tengo más energía que la tecnología que nos rodea). Los chicos de Puma Runners estaban ahí, sentados en una mesa, charlando. Su entrenamiento “oficial” ya había terminado, pero me estaban esperando a mí. El Gato decidió acompañarme hasta que terminara, así que se comprometió a correr mis últimos 30 kilómetros a mi lado. Estaba la sospecha de que el GPS de mi reloj compensaba las diferencias de medición, porque por momentos decía que mi velocidad era de 7 minutos el kilómetro, y a veces decía que era de 5 (algo demasiado lejano a la realidad). El Gato se convirtió en una gran compañía, a quien se le sumó esporádicamente algunos otros amigos. Sabía qué decir para mantenerme motivado, me aconsejaba para no quemarme, y cuando alguien me quería dar charla y yo no tenía fuerzas para hablar, respondía por mí. Casi me muero cuando una compañera me preguntó “¿Por qué se llama Semana 52?”. Por suerte, el Gato hizo la crónica de este blog y me ahorró el descomunal esfuerzo de responder más allá de monosílabas.

Y así, avanzando lentamente, pasé la barrera de los 100 km, algo desconocido para mí. Sin dolor de metatarso ni ampollas reventadas. “Con cada paro hacés historia”, me dijo el Gato. Las últimas vueltas las arrancaba caminando. Frenar para comer y tomar algo hacía que arrancar fuese muy duro. Por eso me tomaba unos metros para empezar a trotar.

Cuando faltaban 8 kilómetros para terminar, Germán propuso algo que hemos hecho durante otros fondos largos: Correr 4 kilómetros en un sentido y volver sobre mis pasos. Así podía hacer esa distancia y ya terminar de una buena vez. Hasta ese momento cada vuelta eran 5 kilómetros. Pensar en hacer 8 parecía una proeza enorme… pero, ¿en qué estaba pensando? ¿Cómo podía, después de correr 112 kilómetros, preocuparme por hacer 8 sin parar? Si hubiese tenido fuerzas y flexibilidad, me hubiese dado una patada en el culo. Arrancamos lentamente el Gato, Paco y yo. Corrí en musculosa, como para hacer un contraste del excelente clima que hacía. Como estaba en las tres cifras de kilometraje, el reloj ya no me indicaba decimales, así que estaba todo el tiempo mirando a ver cuándo se cumplían esos 4 kilómetros para pegar la vuelta.

Finalmente, en el kilómetro 116, frenamos y me comí una banana. Quedaba lo último. Media vuelta, y volver sobre nuestros pasos. Se notaba que empezábamos a correr más rápido. De a poco íbamos pasando por esos puntos del Hipódromo que venía viendo desde hacía 9 horas y que ya no iba a volver a ver por un tiempo. Avanzamos con entusiasmo, empecé a abrir las piernas y a levantar el brazo en señal de victoria… pero el maldito GPS se había clavado en 119 km. “¡CAMBIÁ!”, pensaba. Se suponía que teníamos que terminar frente a la base donde estaba el resto de los chicos, pero nos pasamos 100 metros hasta que, finalmente, apareció ese gran número 120.

Grité “¡ESPARTAAA!”, me abracé con el Gato y Paco y me sentí inmensamente feliz. Tanto que fanfarroneé y esos 100 metros que nos pasamos de donde estaba Germán con el resto de los chicos los hice trotando. Cinco minutos después de comer y tomar algo me di cuenta de algo que me llenó de esperanzas: me sentía como para seguir corriendo. Seguramente este fondo lo parí por no haber dormido, y empezar con tantas horas de noche no ayudó. Cuando caiga el sol en Grecia va a ser igualmente duro, pero sé que puedo pasarlo. Sé que va a ser cuestión de esperar a que amanezca y siga. Entiendo que hay corredores más fuertes que pueden hacer los 246 km de un tirón, pero yo sé que 5 minutos me hacen una diferencia. Si algo comprobé con el fondo de ayer es que necesitás a la cabeza de tu lado. Sé que puedo lograrlo.

Ayer fue un día lleno de héroes para mí. Desde quienes me dieron aliento apenas arranqué hasta los que se quedaron hasta las 14:30 para verme terminar, pasando por el equipo que apareció a asistirme a la madrugada, los que corrieron media vuelta o más a mi lado, y el gran motivador y compañero que resultó el Gato. En un lugar especial lo pongo a Paco, que a pesar de vivir en Núñez me llevó en auto hasta la esquina de mi casa, en el Microcentro. A pocas cuadras de llegar me empecé a quedar dormido, y cuando me bajé caminé a paso de hormiga los 20 metros hasta la puerta de mi edificio. Un niño de cinco años armado con una cuchara me podría haber superado físicamente y robado todas mis posesiones.

El dolor de piernas que sentía era tremendo. Quizá si seguía corriendo no lo hubiese notado hasta después. Frenar tiene esas cosas, uno ya no puede dejar de ignorar el dolor. En casa tomé agua, me comí un paquete de galletitas Cachafaz (bueno, me las merecía) y me acosté a ver una película. A las 19 la paré porque me quedaba dormido y me desperté a las 6:30 de la mañana. Por eso no hice la crónica de este fondo ayer, ni cené, ni terminé de ver “Grand Hotel Budapest”, maravillosa película de Wes Anderson que recomiendo enormemente (pude terminarla esta mañana).

Ayer hice una distancia casi igual a la mitad de la Espartatlón. Revisando el trayecto que grabó mi reloj Suunto en la compu, me di cuenta de que realmente compensó las diferencias porque en alguna vuelta indica que atravesé el alambrado del Hipódromo y corrí de una punta a la otra por el medio de la pista. Aunque el terreno griego va a ser diferente, con más lomas, toda esta experiencia me hace sentir que con una buena estrategia y mucha confianza, soy capaz de terminar la Espartatlón en Septiembre.

Publicado el 20 julio, 2014 en Entrenamiento, Espartatlón III semana 43, fondo, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, running, Spartathlon. Añade a favoritos el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Rodrigo Arietti

    Martín, leo tu crónica y me vienen dos temas fundamentales a la cabeza. Lo increíblemente duro que se hace correr de noche, esa sensación de que la energía se pierde rápidamente y que no podemos recuperar. Seguramente por nuestra condición de animales diurnos, la falta de luz solar por horas y horas indudablemente no juegan a nuestro favor. Es fija que vas a sentir sueño así hayas dormido una siesta de varias horas el día anterior. Y el segundo tema es mas que importante, correr con alguien hace todo un poco mas facil, creo que es porque nos ayuda a distraer la cabeza y a no estar todo el tiempo pensando en cuanto falta. Si bien es muuuuy complicado que en Grecia puedas encontrar un corredor con el que puedas mantener el mismo ritmo durante todo el recorrido, ir al lado de otro te va a ayudar muchísimo a hacerlo mas llevadero. Cada vez estoy mas convencido de que este deporte es psicológico, el estado físico solo te ayuda a hacerlo mas fácil.

  2. Totalmente, estimado. He visto en muchas crónicas de la Espartatlón que se arman grupos de dos o más corredores, aunque sean esporádicos y no hablen la misma lengua. El fondismo es una actividad muy solitaria, aunque siempre tengas atrás un grupo de entrenamiento, familia o amigos que te estén apoyando. Supongo que inevitablemente me voy a juntar con alguno de los argentinos para que entre todos nos hagamos la experiencia más llevadera…

  3. “Ayer fue un día lleno de héroes para mí”. Para nosotros, el principal sos vos. Sigo día a día el blog, casi desde el principio. Y muchas, muchas veces antes de entrar en google primero pongo Semana 52 y busco el tema que me interesa (después voy al médico llena de conocimientos!, jaja). No tengo dudas la Espartatlón será un éxito en tu vida…y todos nos sentiremos orgullosos.

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