Semana 41: Día 285: No me gusta el fútbol

¿Cómo podría gustarme un deporte que me provocó una lesión que no me dejó correr por semanas?

Nunca me entendí con el fútbol. Mi papá nunca me llevó a la cancha ni me afilió a ningún club. No tenía habilidad para correr, patear ni marcar, así que después del “pan y queso” yo era el último al que elegían.

Cuando me cambié de colegio al empezar el secundario tuve una oportunidad de empezar de nuevo. Se armaban los primeros partidos y yo me sumé, como si fuese lo más normal del mundo. Me puse los cortos, mis zapatillas de gimnasia y fui a una cancha con pasto sintético. Marcando a uno, sin querer lo mandé al piso y esa alfombra verde le lijó una rodilla, dejándosela en carne viva. Después hubo penales y metí un gol, el primero de mi vida (no vendrían muchos más después). El arquero no salía de su asombro. “La pateó de puntín, ¿vieron?”. Supongo que quiso decir que yo era un burro, pero en ese momento no entendía si era algo bueno o malo.

Pasados mis 20 empecé a jugar con mis amigos partidos de trasnoche, a veces en una cancha, a veces en la calle. Lo disfrutaba mucho porque compartía ese momento con gente a la que quería mucho, y a ellos no les importaba lo malo que era y que no hiciera goles. Una vez hicimos partido al lado de la 9 de julio, contra unos empleados del servicio de recolección de residuos. Clavaron sus palas en la tierra para hacer los arcos, y jugamos mientras se hacía de día. Esas anécdotas sí las disfrutaba, pero no me acuerdo para nada cuál fue el resultado.

Una de esas madrugadas, girando sobre mi pie mientras marcaba a uno de mis amigos (éramos tres contra tres), me fracturé el tobillo. La rehabilitación, después de 60 días de yeso, consistió en kinesiología, después natación, luego bicicleta y finalmente correr.

Empecé a entrenar en el mismo grupo en el que estoy ahora, pero los miércoles faltaba para jugar a la pelota con los chicos. No hacía goles, solo marcaba. Subía al área contraria porque así me marcaban y despejaba un poco el arco, pero nunca me la pasaban, y cuando tocaba la pelota era para tirarla al demonio. Mis amigos de vez en cuando me la pasaban, por piedad (o lástima) y yo lo odiaba. De hecho, cuando creía que se venía un pase, miraba para otro lado, evitando el contacto visual.

La última vez que jugué a la pelota, en 2010, un choque me provocó una lesión llamada osteocondritis, que es la separación del hueso de los músculos, y duele como una fractura. Fue en una costilla, y no podía toser ni reirme porque veía las estrellas.

Esa es mi historia con el fútbol, nunca tuve equipo (decía cualquiera cuando me preguntaban) y me daba igual jugar a la pelota o a las cartas, mientras compartiera un momento con mis amigos.

Pero claro… una vez cada cuatro años me enloquezco con la selección. Me encuentro viendo partidos de selecciones que no conozco (como Portugal o Uruguay), y como no tengo tele en casa, ayer salí corriendo a ver en la calle la paliza que sufrió Brasil.

Sé que muchos detestan a los paracaidistas como yo, que se convierten a la religión del fútbol cada cuatro años. Pero así es, la pasión se me despierta cuando mi país me representa en el Mundial. Viví de chico el triunfo del 86, sufrí con acariciar la gloria en el 90 y estoy esperando que hoy la selección se clasifique para una nueva final del mundo. Y si no se nos da… al menos disfruté mucho del viaje.

Publicado el 9 julio, 2014 en Brasil 2014, Espartatlón III semana 41, fútbol, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, selección nacional. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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