Archivos Mensuales: junio 2014

Semana 38: Día 264: Mi rutina de gimnasio

Encontré un placer inmenso en empezar el día entrenando en el gimnasio. Pude ir descubriendo lo que me gusta, lo que no, mis mañas, y me armé una rutina que no solo implica los ejercicios.

Me gusta ir temprano, aunque eso requiere que no me acueste muy tarde. Suelo poner el despertador a las seis, aunque lo ajusto dependiendo de la hora en que me haya acostado. La siguiente hora la paso tomando mi vaso de agua, mi desayuno (cereales con pasas, banana en rodajas y leche de soja), preparando mi colación post gimnasio, la toalla y la ropa de recambio.

Los elementos más importante que descubrí para hacer la rutina de gimnasio más placentera son los guantes, para no destrozarme las manos y una toallita para secar la máquina después de usarla. Casi nadie hace esto, aunque se supone obligatorio. A mí me gusta no dejar rastro de mi paso.

Si cumplo mi itinerario, llegaría al gimnasio, luego de una caminata de quince cuadras, a las siete de la mañana. Pero han sido pocas las veces en que lo logré. El promedio histórico ha sido a las ocho, lo cual sigue estando bien para mí.

Después de dejar las cosas en el vestuario, me voy a ejercitar. Primero una entrada en calor de diez minutos en la cinta, seguido de ejercicios de elongación. Ahí empiezo el circuito con ejercicios de piernas, dorsales, espalda, abdominales, hombros y bíceps, alternando con días de pecho y tríceps. Como estoy medio chueco y busco enderezarme, siempre trabajo dorsales y abdominales (mínimo 240 por día).

La idea del circuito es trabajar una serie y no repetirla hasta terminar el resto de los ejercicios. Eso me da tiempo a recuperarme, y me permite trabajar con más peso que si hiciera las tres series seguidas.

En total estoy terminando en una hora y media. Alguna vez leí que al cuerpo no le hacía diferencia si se pasaba ese umbral. Pero a esa altura estoy pensando en lo mejor de la mañana, que es el sándwich de tofu y mi botellita de agua que me esperan en mi mochila. También me hidrato entre circuitos, con agua del gimnasio.

Como muchas cosas que me gustan, empecé prejuzgándolas. Antes me reía de quienes iban a entrenar en musculosa y se miraban en el espejo, y hoy hago exactamente lo mismo. Me gusta verme haciendo el ejercicio, controlar mi posición y ver cómo trabaja el músculo. Pero sé que es una suerte de ilusión óptica. Hacer bíceps, por ejemplo, llena a los músculos de sangre, y se ven más hinchados de lo que en realidad son. La ilusión dura una media hora.

Después de volver al vestuario y comer mi colación, llega el momento de una ducha caliente, cambiarme y salir a la calle a enfrentar el día. Si cumplí mi itinerario, estaré en casa cerca de las nueve y cuarto. No me gusta volver muy cerca de las once, porque se me junta con mi colación de media mañana.

Estoy haciendo esto tres o cuatro veces por semana, y noto muchos cambios. Todos son lentos y se aprecian con el tiempo. Básicamente tienen que ver con fortalecimiento (levantar más peso), recuperación (ya no queda doliendo al día siguiente) y marcación (el músculo crece y la grasa retrocede).

Hay días en que me cuesta salir, en los que una hora y media de ejercicios parece mucho. Pero nunca me arrepentí de entrenar, así que intento no pensarlo mucho y salir. El tiempo me demostró que esos pequeños esfuerzos diarios están rindiendo sus frutos.

Semana 38: Día 263: Ajustando el objetivo II

¿Se acuerdan de lo que hablaba ayer? ¿Cómo pasamos de ver la mejor manera de hacer un fondo de 150 km el sábado (mismo día que juega la selección) a tres días con 50, 70 y 50 km consecutivos? Bueno, eso no va a pasar.

Ayer a la noche entrené con los Puma Runners. No hice un fondo demasiado largo, 5,6 km, pero trabajamos muchísimo fuerza de piernas con ejercicios de musculación. Y en esas progresiones, Germán (mi Maestro Yoda) me vio trotando “raro”. Cenamos juntos y charlamos de cuáles eran las mejores opciones para el fin de semana, hasta que llegamos a la conclusión de volver a subir el listón con los tres días que me iban a sumar 170 km.

Hoy estaba camino al Club de Corredores, para inscribir al grupo en la Adventure Race de El Palmar. Mientras caminaba, el metatarso izquierdo me dolía, algo que solo me pasaba cuando corría. No deja de preocuparme, pero mientras esté dentro de un umbral que me permita correr, no me desespero. Ya habíamos hablado en la cena de la posibilidad de tomar analgésicos (algo que estaba intentando evitar), porque es mejor experimentar ahora que en la carrera, para la que faltan exactamente 100 días. Y venía pensando en ese dolor y en si iba a desaparecer en algún momento de estos tres meses, cuando sonó mi teléfono. Germán.

Cuando lo atendí me planteó su preocupación por el acortamiento que notó. Es una consecuencia lógica de correr tantos fondos, pero estoy intentando compensar con elongación todos los días. Siento que tengo mayor flexibilidad, aunque quizá no sea la suficiente. Lo que me propuso era bajar el plan del fin de semana y concentrarnos en solo un fondo de 70 km el sábado.

Puede sonar raro que diga “solo un fondo de 70 km”, como si fuese algo livianito. No es joda, aunque apenas sea el 28% de la Espartatlón. Igual para mí suma mucho y sigue siendo un desafío. Mantenemos el plan de hacer un fondo mucho más largo para después de El Palmar, que corremos a fin de mes.

El objetivo es correr toda la noche, experimentar pasar todas esas horas en la oscuridad. Algo de eso viví (o “padecí”) en Patagonia Run, pero me sigue pareciendo un desafío y quiero hacerlo. De por sí el fondo de 70 km lo voy a arrancar a las 4 de la mañana, para que a las 9, cuando comienzan a entrenar los chicos de Puma Runners, me queden 20 km por delante y los pueda compartir con ellos.

Hoy mi única traba es el metatarso. No sé si fue tan buena idea cambiar de plantillas, pero el hecho de haberme sacado la talonera no resolvió nada en lo inmediato, así que no veo más opción que bancármela. Me tranquiliza que mi problema no sea la fatiga muscular o el agotamiento físico. Creo que podría estar corriendo por siempre. El dolor del metatarso al menos me obliga a ir con calma, razonar, y concentrar cualquier molestia o dolor en ese punto único, y no en el resto del cuerpo. Algo es algo.

Semana 38: Día 262: Ajustando el objetivo

Resulta que el sábado próximo queríamos hacer un fondo de 150, quizá el más largo antes de la Espartatlón. Según mis cálculos más conservadores, debería hacerlo en 16 o 17 horas. Lo que no tuvimos en cuenta es que a la una del mediodía juega la selección nacional. Entonces… ¿qué hacer?
Que juegue Argentina, en esta instancia, no me preocupa. Puedo entrenar sin angustia. El gran problema es que no puedo hacerlo solo. Necesito asistencia. Por experiencia sé que puedo correr 50 km solo, arreglándome con lo que entre en la mochila. Pero con eso solo cubro un tercio.
Pensé en salir antes, pero para cerrar a las doce del mediodía tendría que salir a las ocho de la noche del viernes. Si salgo el sábado después del partido, tipo tres de la tarde, terminaría a las siete de la mañana del domingo. ¿Puedo disponer de asistencia en la madrugada? Tengo muchas dudas, todas girando en torno al horario “menos peor”.
Al final decidimos tirarlo unas semanas atrás, así que la idea actual es correr 50 km este viernes, 70 el sábado y 50 el domingo. Tres semanas más tarde, hacemos los 150 km de una (y digo esto sin saber en este instante qué pasa con el mundial, si ya va a haber terminado).
Tengo autonomía para hacer 50 km, y hasta 70 me animo, sobre todo si corro por el Hipódromo de San Isidro que tiene bebederos. Calculo que iría desde casa hasta Tigre, para volver a Acassuso y terminar ahí. Veré qué pasa y cuánto me molesta el metatarso…

Semana 38: Día 261: Un fondo mundialista

Ya venía tentándome con la idea de correr mientras Argentina estuviese jugando el mundial. Ver si las calles quedaban desiertas como yo me imaginaba, y aprovecharlas para entrenar en un original acto de rebeldía.

La idea de salir a hacer un fondo fue de mi amigo Jorge, incluso propuso salir a las 5 de la tarde, con el partido empezando dos horas después. Era obvio que no íbamos a terminar antes del silbatazo inicial, pero bueno, ¿qué nos podíamos perder? Si estuviésemos en octavos de final ya nos estaríamos comiendo las uñas. Pero ahora estábamos relajados, con Bosnia iba a ser un trámite… ¿no?

Salimos puntual desde Libertador y Callao. Seguimos por Figueroa Alcorta, poniéndonos al día de las carreras, las recuperaciones, las rutinas en el gimnasio. George es de charlar mucho mientras corremos, lo que a mí me hace todo el entrenamiento mucho más ameno.

Íbamos tranquilos, pero a un ritmo interesante. Yo estaba experimentando con mis plantillas, a las que les saqué el realce que tengo para el tobillo derecho, y ver si eso hacía que no me doliese el metatarso izquierdo. Parecía tan fácil… pero no lo fue. Lo que sentí fue exactamente lo mismo que las últimas semanas: dolor intenso, que a veces se hace más agudo, otras desaparece. Pero siempre está ahí, latente. No hubo cambios, o a esta altura me va a costar sentirlos.

De a poco la ciudad se fue vaciando. En la calle, autos y motos se apresuraban. Los empleados de seguridad del predio que está en la costanera, pero del lado de Capital, nos vinieron a avisar que cerraban (OBVIAMENTE se iban a ver el partido), y en el regreso por Libertador el tráfico empezaba a desaparecer.

No pretendíamos hacer un fondo de más de 21 km, además yo no llevaba mucha agua, y de comida solo dos rodajas de mi pan casero (o sea, amasado con mis propias manos). Por eso suponía que íbamos a terminar antes de que empezara el partido. Pero no, se hicieron las 7 de la tarde, y al toque el suelo vibró y los edificios se sacudieron con un “¡GOOOOOOLLLL!” gritado como si estuviésemos jugando contra Inglaterra. ¿Será que la cábala a partir de ahora es que salga a correr durante cada partido?

En lugar de ir a casa, en Pueyrredón doblé para acompañar a George a su casa y acercarme a lo de mi hermano. Me decepcionó que todavía hubiese autos y gente en las veredas, aunque muy poca. Un joven en un claro estado de ebriedad me tocó el hombro cuando lo pasé y me dijo “Eh, tranquilo, no corras, relajate que está el partido”, y lo siguió repitiendo mientras yo me alejaba. “¡No quiero ser un vago como vos!”, le respondí (cuando estuve a una distancia segura). Lo que saco de conclusión es que la gente en la calle eran un 80% mujeres, 2% vagabundos, 17% turistas y 1% colgados que estaban viendo a la selección en televisores de restaurantes, kioscos y escaparates.

Se me ocurrió la brillante idea de pasar por un restaurante vegetariano a comprar mi cena y no complicar a mi hermano. Me abría un poco, pero resolvía la noche. Llegué a la puerta a las 19:20… y abrían 19:30. Así que lo dejé para el entretiempo. Mi fondo lo cerré en los 27,5 km, con 2:30 hs ininterrumpidas, un gol en la calle (que me enteré que había sido en contra), el golazo de Messi y el descuento de Bosnia para hacernos sufrir. Mientras veía el partido elongaba, como para no perder la costumbre.

Fue un lindo experimento, pero hoy me enteré de que el sábado que viene es el partido contra Irán, justo cuando yo estaba planeando correr 150 km. Prefiero mi entrenamiento a esta instancia del Mundial, el problema es que si no tengo gente que me asista, no voy a tener autonomía para correr esa distancia. Quizá si engancho a uno de esos extranjeros que andaban paseando por una ciudad casi vacía…

Semana 38: Día 260: Al mal tiempo… correr

Debería hacer un seguimiento al post catártico que escribí ayer. Sé que preocupó a más de uno, que me escribió y agradezco muchísimo el apoyo. No resolví absolutamente nada en las últimas 24 horas, pero sin dudas me ayudó escribirlo.

Lo que sí me doy cuenta es de que cualquier pensamiento negativo o sensación de vacío se resuelve corriendo. Incluso en las condiciones más adversas.

Hoy me levanté a las 5 de la mañana, algo que la mayoría odiaría. Afuera hacía frío, el pronóstico indicaba una mínima de 1 grado que sospecho no habíamos alcanzado. Me vestí, desayuné, preparé las cosas en la mochila, y ni a palos tenía lo que suelo tener para fondos largos. No había pinole ni fainá, solo agua, pasas de uva y ganas. A las 6:15, después de ir al baño varias veces (para reducir las ganas de buscar un arbolito por la calle), salí, puse el GPS y arranqué.

Como siempre, me abrigué por demás. Guardé los pañuelos que tenía en el cuello y la cabeza, pero me dejé los guantes puestos, por las dudas. Como cualquier madrugada de estos meses fríos, era una noche cerrada. El pie no me dolía, así que apreté. Corrí entre la gente que volvía a dormir y los que encaraban un compromiso temprano. En el kilómetro 8, mi primera posta, tomé agua del bebedero. El metatarso todavía no dolía, lo cual me pareció una buena señal. Seguí hasta la cancha de River, sin saber si encaraba Libertador o si cruzaba el puente para salir al otro lado. En el momento decidí ir al puente.

Pasaban los kilómetros y el pie no dolía. Pasé por debajo de la General Paz, el Carrefour de provincia y llegué a la costanera de Vicente López. Le saqué una foto al amanecer, un cielo que se iba iluminando de a poco. A medida que se iluminaba el día, la temperatura se desplomaba. Me tuve que poner el pañuelo para proteger las orejas. Con cada exhalación salía un vapor cada vez más blanco.

Por el kilómetro 15 me empezó a doler el metatarso. No en cada pisada, pero una irregularidad, o apoyar en una superficie blanda, me hacía ver las estrellas. La meta era en la Shell, donde tenía una reunión con Nico y Germán, nuestro entrenador. Era a las 8, y para no llegar tarde, en lugar de desviarme por el costado del Tren de la Costa, corté camino por Libertador. Debe ser una cuestión mental, porque a menos de diez cuadras, casi llegando, el dolor era terrible. Difícil creer que sea una casualidad. Pero aguanté, no bajé el ritmo, y llegué, pasado apenas un par de minutos.

La reunión, en la que hablamos del desarrollo de un sitio web, transcurrió en un lugar donde tenían calefacción… afortunadamente. Frenar me enfrió. No me cambié, y la térmica mojada empezó a bajarme mi propia temperatura interna. Me abrigué, y para las 9 estábamos en la base donde nos juntamos a entrenar con los Puma Runners. Pero el frío que tenía en ese momento era terrible. Llevaba 21,5 kilómetros corridos en 1 hora con 45 minutos.

Después llegó el ansiado entrenamiento con los chicos, con pasadas, muchísimas abdominales, muchísimos burpees, y fondo de regreso, por lo que terminé corriendo 34,4 km en toda la mañana. Mi humor era inmejorable. No me sentía cansado, ni tampoco que mi vida estaba fuera de eje. Opté por no pensar en trabajo por el resto del día, y lo cumplí. Ahora estoy en casa, con sueño y a punto de irme a dormir. Me ayuda planificar mi próximo fondo (mañana, domingo, unos 20 km) y planificar el megaentrenamiento del sábado que viene. Quizá corra una distancia superior a 100 km, en un mismo día. Y lo pongo en condicional, porque me cuesta pensar en hacer 150 km de corrido. ¿Cómo será? ¿A qué hora tendría que arrancar? ¿Cómo sería la estrategia? Digo que me cuesta porque no lo tengo definido, pero no me asusta, en absoluto. Al contrario, definirlo me va a ayudar a pasar esta semana. Tengo un nuevo objetivo. Corrí mucho y voy a correr mucho más. ¿Qué otra cosa podría pedir?

Semana 37: Día 259: Crisis

Esta historia la conté varias veces, pero todavía la estoy escribiendo, y ahora se viene un capítulo grosso. En julio de 2010 alcancé un punto de quiebre, y decidí que mi vida diera un vuelco. Estaba cansado de estar disconforme con mi cuerpo, y sospechaba que entrenar con compromiso, diariamente, siendo estricto con las comidas, iba a provocar un cambio profundo en mí. Se me ocurrió hacerlo durante un año, porque era una meta lejana pero a la vez alcanzable. El punto de partida fue el 1º de agosto, y desde entonces no he parado. He seguido progresando, exigiéndome cada vez más, y estoy a punto de participar en la carrera más importante de mi vida.

Pero de nuevo me siento en un punto de quiebre. Al igual que hace cuatro años, casi exactamente si no fuera por un mes de diferencia, siento que mi vida necesita dar un vuelco. La diferencia es que ahora no sé cómo. Faltan 103 días para la Spartathlon, y ya sé que llegue o no llegue va a ser una de las experiencias más trascendentes de mi vida. Eso no está en juego. Con lo que entré en crisis es con todo lo demás. Mi trabajo, mi vida. Desde la ropa hasta el orden del departamento. Mis relaciones con las personas (con las mujeres, en particular). Tengo toda la motivación puesta en entrenar, y nada en el resto.

Este blog, que alimenté constantemente todos estos años, a veces se me hace duro. Es un compromiso al que no me gusta faltar, pero cada vez me siento más forzado a cumplir. Hay días en que no tengo nada en la cabeza para escribir. Quizás era esquivarle a este post, a intentar procesar qué me pasa internamente. Por suerte Matías, mi jefe y uno de mis mejores amigos, no lee este blog, porque se enteraría de lo mucho que me cuesta trabajar. Tengo tiempo, pero termino levantándome a las 4 de la mañana para adelantar cosas que tendría que haber resuelto el día anterior. O dedicándole fines de semana.

Las fuerzas están en entrenar. Estoy yendo una hora y media al gimnasio, esta semana cuatro veces. Me voy a dormir pensando en eso y el despertador me levanta de un salto para desayunar y salir. No tengo música porque se me rompieron los auriculares, y eso, extrañamente, me hace estar más metido en el entrenamiento. En mi cabeza cuento las repeticiones, pienso qué sigue en la serie, y todo ese rato, desde que salgo de casa, me ejercito, me como el sándwich de tofu, me ducho y vuelvo, es lo mejor del día. Durará dos horas y media.

Cuando entreno fondos largos, de cinco horas, a los que le tengo que sumar la preparación previa y la elongación posterior, también son movilizadoras para mí. Pero a diferencia de otros años, al día siguiente quiero más. No quiero que se termine. ¿Me habré vuelto adicto a las endorfinas? Mi entrenador dice que es normal, tan cerca de la carrera y haciendo un volumen tan alto. No es vigorexia, porque estoy conforme con mi cuerpo. Sí, podría mejorarlo muchísimo, pero he estado tan mal que todo lo que logré me alcanza. Firmaría para quedar así por el resto de mi vida. Sin embargo… hay algo que me está faltando.

Murakami hablaba de la tristeza del corredor, cómo lo afectó después de terminar una ultramaratón de más de 100 kilómetros. No pudo correr durante meses, y le costó mucho volver. No pudo precisar exactamente qué era, más allá de un vacío difícil de llenar. Me siento parecido, pero no al punto de no querer hacer deporte. En mi caso es al revés… quiero hacer más. Como contaba, me paso hora y media en el gimnasio, así empieza mi día. Y llegan las 7 de la tarde y estoy en mi casa pensando en si podría volver o no. Como si tuviese mucha energía que necesito quemar. Nunca hice musculación dos veces el mismo día, más allá de cuando voy al gimnasio temprano y a la noche entreno con los Puma Runners.

Sospecho que esta crisis va a derivar en algo. ¿En qué? Me encantaría saberlo. No puedo entrenar más, no creo que el cuerpo lo soportase. Es más mental. ¿Me convierto en un obsesivo compulsivo y empiezo a ordenar la casa? ¿Descubro un deporte mejor que el running? ¿Renuncio a mi trabajo y me voy a recorrer el mundo como Kwan Chang Kein (niños, googleen)? ¿Será solo una necesidad de desarrollar una tolerancia a la ansiedad? No lo sé. Por ahora, lo único que se me ocurre, es ejercitar. Mañana voy a ir corriendo al entrenamiento, lo que me va a dar unos 20 km extra a lo que sea que nos toque.

Lo que me preocupa es que mis esfuerzos están concentrados en el Spartathlon. Sé que voy a llegar, ni siquiera lo dudo, por más que planifico dividir la carrera en etapas y sacarme la presión de si tengo que abandonar. El problema es qué va a pasar después. Tener ese objetivo es como jugar un mundial. ¿Y luego? ¿Quiero averiguar lo que sigue? Como verán, tengo más dudas que certezas…

Semana 37: Día 258: El mundial sin tele

Hoy empezó el Mundial de Fútbol 2014, por si no se habían enterado. Es todo un evento porque sucede cada cuatro años, entonces se acumula toda la tensión y la bronca de no haber salido campeón la temporada anterior… y bueno, pareciera que esto se convierte en lo más trascendente del año.

Dicen que la apertura fue malísima y que el árbitro japonés jugaba para Brasil. Incomprobable si uno no tiene televisión. Vivo en un monoambiente, la tele que tenía la había regalado hacía muchos años, y con mi ex habíamos comprado un Phillips de 42 pulgadas. Hermoso. Cuando nos separamos, aunque habíamos comprado el aparato a medias, me dio la mitad del costo de la tele y me dijo algo muy cierto: “total no te la vas a poder llevar”. Aquella fue la última vez que tuve una tele, ya hace como un año y dos meses.

No la extrañé, con el tema de la internet y de que de por sí tengo una vida muy ocupada, me queda poco tiempo para ver televisión. Y ni hablar de tener cable. Me siento medio un bicho raro, pero ya era vegano, así que estoy acostumbrado a no cuajar.

El tema, obvio, se complicó ahora que empezó Brasil 2014. No me interesa el fútbol, sinceramente. Pero el Mundial sí, porque en el fondo soy un argentino orgulloso que redescubre su patriotismo ante un evento deportivo internacional. Y en verdad solo me interesaban los partidos de la selección nacional, o en su defecto los de cuartos de final para arriba… y hasta ahí. Pero con los Puma Runners improvisamos un prode de último momento, y arriesgué un 3 a 1 a favor de los organizadores.

En las oficinas que están en el edificio de enfrente (exactamente en el mismo piso) hay un televisor LED instalado, bastante grande como para que vea perfecto los primeros planos, pero horriblemente mal las tomas desde arriba del campo de juego. Encima tenían una persiana americana medio baja. Puse un canal en streaming para poder seguir las jugadas desde mi computadora, pero los turistas brasileros que se hospedan por el microcentro me gritaban los goles 18 segundos antes de que Neymar me pateara al arco.

Por fortuna la pegué con mi pronóstico, y la cosa recién empieza. Puedo subsistir desfasado temporalmente del resto del planeta, el tema es que esto que tolero, cuando juegue Argentina, me va a desquiciar. Ya vi un partido en el mundial anterior, en la televisión digital de mis padres, pero tiene un delay de unos segundos, y el vecino gritaba gol antes de que la televisión local lo mostrara. Podría ir a verlo a lo de mi papá nuevamente, sobre todo porque es el día del padre, pero él y mi mamá están en Tucumán en estos momentos y no vuelven hasta el 19. Podría ir a verlo a la pantalla gigante que instaló el Gobierno de la Ciudad en Plaza San Martín, que la tengo muy cerquita, pero la sola noción de ir solo a ver un partido en la calle me deprime espantosamente. Lo mismo irme solo a un bar o quedarme en la vidriera del Falabella.

La opción que más me tienta es la de aprovechar que las calles van a estar completamente vacías y salir a correr. Son 90 minutos más alargues y entretiempos. Me va a alcanzar para meter unos 20 km. Podría escucharlo por la radio… o sacrificarme y enterarme después, cuando esté de vuelta. Así se calman ansiedades, se aprovecha para correr sin autos ni peatones estorbando… es eso o comprarme la tele. Creo que prefiero entrenar.

Semana 37: Día 257: Dolor de gimnasio

Aunque haya perdido el monitor cardíaco, quiero dejar en claro que estoy yendo al gimnasio con cierta regularidad. Desde que el traumatólogo me lo recomendó para acomodar la postura y mejorar la zancada, intenté ir todos los días. Hice este esfuerzo porque no siempre puedo, y eso me asegura un mínimo de tres veces de gimnasio a la semana. Algunas veces pude ir cuatro, y en contadas excepciones cinco.

La banda que funcionaba como monitor cardíaco era la prueba de que estaba haciendo trabajo de musculación, la cantidad de minutos por sesión y el esfuerzo. También venía bien para las sesiones de entrenamiento aeróbico,  pero tampoco me resultaba imprescindible. En el Movescount iba tirando cada una de las veces que ejercitaba, y me gustaba ver qué proporción de gimnasio había respecto a las veces que corría. Pero un día, en el vestuario, lo perdí, y aprendí que lo que se pierde allí, no se recupera jamás (se suma a mis guantes sin dedos y a mi billetera con todos mis documentos y tarjetas).

A pesar de que ustedes deben confiar en mi palabra, estoy yendo y me estoy fortaleciendo. Pero parte del proceso es acostumbrarse al dolor, algo que los que entrenamos lo llevamos con cierto orgullo. No hablo de una molestia insoportable que te impide moverte al día siguiente, sino unos pequeños dolorcitos que se sienten en determinados movimientos y nos hacen pensar “Ah, sí, eso es de cuando hice pecho en el banco plano”.

Al entrenamiento que venía haciendo, el kinesiólogo le sumó una variante: el circuito. Yo antes hacía distintas series de un mismo ejercicio (generalmente tres, con 10 o 15 repeticiones en cada uno), descansaba un par de minutos y pasaba al siguiente. Ahora es una serie e inmediatamente pasar al siguiente músculo, intentando alternar piernas con tren superior. Eso elimina, al menos para mí, los pequeños períodos de descanso, pero además me permite usar más peso, porque luego tengo más tiempo para descansar. Así que ahora estoy levantando más kilos con las piernas, llegando a un par de repeticiones antes del fallo. Además me pidió subir la cantidad de abdominales que estaba haciendo, poniéndome un mínimo de 200 por día (yo estoy metiendo 210, como para estar en una zona segura).

Ahora, en este instante, siento un pequeño (y orgulloso) dolor en los pectorales, quizá los músculos que menos estoy trabajando. Es que por las cuestiones posturales y de mecánica de correr, en lo que más me estoy concentrando es en las piernas, la espalda y las abdominales. Necesito fortalecer ciertos músculos que corriendo no trabajo tanto, ganar más elasticidad y agilidad (por eso también estiro mucho), y mejorar la postura de la espalda, porque tengo una lordosis en la base de la columna (para eso están las abdominales) y un arqueo en la parte superior (para eso los ejercicios de remo, para los dorsales, intentando juntar las escápulas, además del trabajo de espalda).

Supongo que cuando llega un momento en que levantar peso ya no duele, es hora de intentar subir 5 kilos con las pesas. Por ahora vengo bien, me siento más fuerte, y empezar el día así me llena de energía, contrario a lo que uno podría asumir. Y este dolor no es el que corresponde a hacer mal un ejercicio o el de lastimarse. Es un indicador de que estás haciendo algo por tu cuerpo, y te incentiva a seguir esforzándote.

Semana 37: Día 256: Recuperar la libertad

¿Sabés lo bueno de tener un blog que se actualiza todos los días? Podés mirar atrás y ver qué estabas haciendo, por ejemplo, un año atrás.

Exactamente el 10 de junio de 2013 yo corría la media maratón de Mizuno, un evento con una organización que dejaba bastante que desear (rarísimo, siendo que TMX hace unas carreras impresionantes). Los chips se entregaban una hora antes de la largada, el recorrido no era muy agradable (parte en Vicente López, parte en lo más feo y gris de Capital, unas vueltas en rulo muy molestas) y yo venía de una de las etapas más horribles de mi vida.

Quizá no lo sabía en ese momento, pero mi relación con mi ex, con quien convivía, me había dejado muy golpeado y deprimido. Esa amargura me alejó de mis amigos y me hizo posponer muchas cosas que en el fondo me hacían bien. Cortar con la convivencia significó una serie de sacudones muy fuertes, porque pasé de alquilar (a medias) un hermosísimo y luminoso departamento en Colegiales, con un perro y un gato, a no tener residencia fija. Consideré volver a Banfield, dormí en el futón cama de mi hermano Lucas, y aterricé en lo de mi prima Vero, alternando una cama con un colchón en el piso, dependiendo de si la habitación extra que tenía estaba alquilada para extranjeros o no. Fueron unos meses convulsionados en los que maravillosamente todo terminaría saliendo bien, pero pusieron mi vida patas para arriba.

Y creo que yo necesitaba todo eso. Me hacía falta el caos de la libertad, algo que había perdido. No es que mi ex me la hubiese quitado, sino que yo la entregué como si nada. Me inscribí en esta media maratón a último momento, porque hacía rato que no participaba por mis medios de carreras. Todo era planeado con mi ex, si no, no iba. Así que inscribirme fue como un acto de liberación, poder volver a ser impulsivo y dejar de pensar todo en función de otra persona. La corrí relajado, acompañando a mi amigo Lean, sin preocuparme por el reloj, ni por hacer marca. No fui a mi ritmo, es cierto, pero no necesitaba eso. Quería compartir mi “regreso” con amigos.

No creo que mantenga este blog más allá de la Espartatlón de este año. Si bien estas reseñas terminaron siendo diapositivas de mi vida en estos últimos cuatro años, siento que son parte de un proceso que tiene que terminar. Ahora mi vida pasa por entrenar duro y reportarlo. No deja de ser un desafío, lo cual en el fondo divierte, pero aunque sea útil llevar este registro, también necesito relajarme. Es otro de los pequeños precios de la libertad. Todo cambia, y lo mejor es que a veces es para mejor. Ese es el destino de mi vida: mejorar. Ya vi que lo estuve haciendo desde que empecé con este proyecto, y tenga o no tenga un blog diario, eso es algo que lo voy a mantener por muchos años más.

Semana 37: Día 255: Correr me hace feliz

No sé si alguna vez puse el “running” y la felicidad en la misma frase. Pero no tengo dudas de que correr me hace muy feliz. El que entrene podrá entender un poco este concepto, el que no posiblemente crea que no solo son dos cosas que no se relacionan, sino que además están en veredas opuestas.

De chicos, en el colegio, nos enseñan que correr es un castigo. Si no hacemos caso en la clase de Educación Física nos mandan a dar 10 vueltas. Ya nos programan que hacer deporte es un tedio (excepto para el grupo de cinco atletas innatos con los que el profesor tiene un trato especial, que solo sirve para frustrar a todo el resto). Así lo entendía yo y lo sostuve por años.

Quizá la genética sí haya jugado un papel importante en que esto cambiara para mí. Mi papá y su hermano corrían en su juventud, cuando tener un par de Adidas era símbolo de buena clase social o de tener la suerte de que alguien te las trajera del extranjero. Entrenar más de una vez por semana era para atletas campeones, y las ultramaratones eran absolutamente impensadas. Pero quizá había algo en los genes Casanova que hizo que cuando realmente quise empezar a correr (no todos esos años en los que me obligaban) me diera cuenta de que era algo bastante natural.

Me tomó varios años superar muchas barreras mentales (que yo creía físicas) y encontrar la felicidad que encuentro hoy. Quizá le tendría que sumar esos 12 años de análisis, en los que me reconcilié (un poco) conmigo mismo y aprendí a valorar las cosas que me hacían bien, sin culpas. No recuerdo qué día dije “esto es lo mío”, como tampoco recuerdo cuándo decidí que me gustaba el cine ni la manzana verde. Un día, de pronto, correr me hacía bien. Empecé a darme cuenta de que podía salir a trotar si estaba bajoneado, enojado, frustrado, ansioso, estresado. Nunca, pero nunca, me arrepentí de salir a la calle y hacer un poco de actividad física.

Cuando Germán me dijo que lo que seguía en nuestro entrenamiento era correr 50 km viernes, sábado y domingo, encontré un desafío, algo que me intriga mucho, pero no sabía si lo iba a disfrutar. Me estoy acostumbrando a las plantillas nuevas y al realce en el talón derecho, lo que me hace doler bastante el metatarso izquierdo. Disfruto mucho del running, pero no del dolor. Lamentablemente, en las ultramaratones casi que van de la mano.

Así que hice todos mis rituales previos a hacer una distancia tan larga y lo hice. Como comenté en sus respectivos posts, sufrí, tuve segundos de duda, y logré superar cada obstáculo. A mí me cuesta, en este momento, sentado y en patas, pensar en cómo hice para pasar esas 5 horas que me tomó cada fondo. Si fuerzo un poco la memoria me encuentro en ese instante, en la noche, con una Buenos Aires que se iba despertando de a poco, buscando superar distintas etapas que me ponía en la cabeza. Primero era llegar al bebedero en el kilómetro 8. Después doblar en el Carrefour hasta la costanera de Vicente López, donde había más bebederos y baños químicos. Lo que seguía era llegar hasta las vías del Tren de la Costa, y por último el kilómetro 25, donde pegaba la vuelta y hacía el camino inverso. Esto no tenía que ver con las pausas que me imponía para hidratarme y comer, que yo consideraría algo más “funcional”. Estas pequeñas metas me daban aliento y un poco de paz mental. Cada objetivo superado me ponía un poco más cerca de llegar.

Y mientras avanzaba iba acomodando los patitos en mi cabeza, pensando en Grecia, en mi vida, en las cosas que quiero lograr a corto y a largo plazo. Y era un momento muy personal y profundo, tanto que en un momento terminé sacándome los audífonos porque la música (y las publicidades) me impedían pensar con claridad. Lo mejor fue cuando directamente se me rompieron en el tercer fondo y solo me quedó el ruido del viento, interrumpido por algún auto ocasional.

Releo lo que describo y pareciera que correr un fondo así es una experiencia melancólica, pero si bien no me voy matando de la risa con cada zancada, lo disfruto enormemente. Tomar consciencia de lo que se está haciendo, de lo que se avanzó, es maravilloso. Y no es una experiencia solitaria, como parece a simple vista. El domingo me encontré con una multitud de corredores, algo que me pasó otras veces. Y creo que es una metáfora (un poco forzada) de la vida. Porque uno nunca termina de saber qué va a surgir. Así como a Tom Hanks la marea le trajo una vela en “Náufrago”, a mí me trajo un mar de atletas que me impulsaron a seguir, a olvidar mi cansancio y mis dolores, y encontrar fuerzas que no pensaba que tenía. En ese constante rozar los límites para dar más de lo que uno se imaginaba y salir victorioso… ¿cómo no encontrar la felicidad?

Si correr fuese un sufrimiento para mí, no podría padecer 5 horas. Soy una persona ansiosa, a veces no soporto hacer la cola en el supermercado. En el colegio, cuando me obligaban a correr 20 vueltas a la manzana, nunca me hubiese imaginado que de grande iba a entrenar horas y horas, y que lo iba a disfrutar tanto. Pero es real, y será por eso que después de sumar 150 km en tres días seguidos, todavía quiero más.

A %d blogueros les gusta esto: