Semana 39: Día 268: Lo que aprendí corriendo con dolor

No me puedo olvidar de la anécdota de Scott Jurek, quien unos días antes de correr su segunda Spartathlon, le dio una patada a un mueble estando descalzo y se rompió el dedo chiquito del pie. Como no está de acuerdo con enmascarar el dolor ni con los corredores que toman ibuprofeno de a puñados, no le quedó otra que aguantarse. Se entablilló, se untó remedios caseros, pero a la larga tuvo que correr los 256 km con un dedito quebrado. Y, por supuesto, ganó.

Siempre pienso en eso cuando yo siento un dolor. Probablemente el correr ultramaratones signifique, inevitablemente, que partes de tu cuerpo te duelan y que tengas que seguir. No queda otra. Habiéndome fracturado tres veces (las clavículas y la tibia, por suerte en ocasiones distintas) siento que he conocido un amplio espectro de dolores. También he sufrido cálculos en el riñón (mi paso previo a abandonar las gaseosas y, más tarde, volverme vegetariano), me he golpeado con picaportes, marcos, patas de camas y recientemente le di con todo al borde de la puerta de un auto. Pero empezar a correr fondos largos me abrió la puerta a un universo de dolor que desconocía.

Recuerdo la primera carrera en la que una lesión en la rodilla me impedía seguir. Ahí aprendí a sobreponerme a la frustración y avanzar. Al principio caminando y después trotando cuando descubrí EL paso que aliviaba el esfuerzo sobre la lesión. Esta jugada es la más peligrosa del running, porque generalmente la compensación hace que duela en la pierna contraria. Y esto es un poco lo que me está pasando ahora. El realce en la plantilla del pie derecho, para compensar mi asimetría, me genera un dolor muy agudo en el metatarso izquierdo. A casi un mes, sigue firme como el primer día. Hasta ahora lo resolví como Scott Jurek: sin enmascararlo, aguantándolo y recordándome: “No todo dolor es significativo”.

En mi fondo anterior, de 27,5 km, un poco harto de esa molestia, le saqué el realce a la plantilla. No hubo ningún cambio. En los 70 km de ayer, me unté Voltaren y tomé Keterolac sublingual, mandando a Scott Jurek a la puta madre que lo parió. Hubo un período de calma, pero el dolor volvió, más fuerte que nunca. También sufrí una importante ampolla, de esas que tienen sangre adentro. No era la primera vez que corría con dolor, pero me doy cuenta ahora que aprendí mucho de estas experiencias.

Nada te educa en humildad como enfrentarte a tus propias limitaciones. Nada te fortalece tanto como vencer a la adversidad. Es imposible que estas cosas no te cambien. Ser consciente del dolor y seguir adelante hace que, a la larga, uno pase un umbral. No sé por qué, pero eso que duele en un momento cede, y todo lo que queda es la zancada. ¿Por qué pasa? ¿Hay algo en la irrigación sanguínea, como aventuraba ayer mi amigo Nico? ¿Entumecimiento de las terminales nerviosas? ¿Un cambio a nivel psíquico? Hoy no lo sé, pero lo que sí sé es que no hubiese soportado 7 horas continuas de dolor. Ni siquiera cinco o tres. Cuando los dolores aparecían eran fuertes, intensos, pero cada tanto se iban. Esto me obligaba a disfrutar y ser consciente de esos períodos de “bienestar”, en los que el acto de correr una ultradistancia se convertía en algo absolutamente placentero.

Otra cosa que me enseñó el soportar el dolor es que la mente se detiene en tonterías. ¿Estás cansado? ¿Bajaste el ritmo? ¿Te duelen los cuádriceps? ¿La mochila te pesa? ¿El buzo te da calor? Correr con el metatarso en llamas hace que todo eso pase a un segundo plano. Ya ni me daba cuenta de las secuelas de estar corriendo distancias de ultramaratón. En todo lo que pensaba era en mi zancada y qué podía hacer para mitigar el dolor. Decidí no recurrir más a analgésicos. Si el bienestar que me daban duraba un par de horas, de poco me van a servir. No pienso destrozarme los riñones o el hígado por tomar medicamentos. Lo que ayer descubrí que me servía era frenar. Ni caminar ni bajar el ritmo: detenerme. Aproveché cada instante en que tenía que tomar agua o pinole para ese descanso de unos segundos. Contrario a detenerse por miedo o falta de confianza, para mí eran pequeños objetivos y pequeñas recompensas. ¿No aguantaba más y necesitaba frenar? Okey, cuando llegara al kilómetro 55. Así fui tirando hasta el final.

Estoy convencido de que correr sin dolor es preferible a estar sufriendo. Lo que no te mata te fortalece, de acuerdo, pero a mí también me gusta disfrutar del running. Ayer tuve que ponerle mucha garra y sobreponerme a una frustración inmensa. Haberlo logrado le dio al entrenamiento un sabor a triunfo inexplicable, pero ahora mi objetivo es volver a correr sin molestias. Por eso voy a abandonar la talonera y darme un par de semanas más, a ver si el metatarso deja de molestar. Quizá esto eche por tierra mi plan de pasar a un calzado más liviano (pero con menos estabilidad). Es algo que tengo que sopesar.

Con la Espartatlón a tres meses, no tengo tanto tiempo para adaptarme a una nueva forma de correr. Es un riesgo que tengo que asumir: zapatillas pesadas para no perder estabilidad, o calzado liviano para gastar menos energía (a riesgo de torcerme más fácilmente los tobillos). Siendo que mi objetivo está en una carrera que es casi exclusivamente asfalto, no me tendría que preocupar tanto por las torceduras. Es hora de tomar esa decisión, y ver qué pasa en los próximos días.

Publicado el 22 junio, 2014 en determinación, dolor, Espartatlón III semana 39, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, metatarso, running. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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