Semana 38: Día 264: Mi rutina de gimnasio

Encontré un placer inmenso en empezar el día entrenando en el gimnasio. Pude ir descubriendo lo que me gusta, lo que no, mis mañas, y me armé una rutina que no solo implica los ejercicios.

Me gusta ir temprano, aunque eso requiere que no me acueste muy tarde. Suelo poner el despertador a las seis, aunque lo ajusto dependiendo de la hora en que me haya acostado. La siguiente hora la paso tomando mi vaso de agua, mi desayuno (cereales con pasas, banana en rodajas y leche de soja), preparando mi colación post gimnasio, la toalla y la ropa de recambio.

Los elementos más importante que descubrí para hacer la rutina de gimnasio más placentera son los guantes, para no destrozarme las manos y una toallita para secar la máquina después de usarla. Casi nadie hace esto, aunque se supone obligatorio. A mí me gusta no dejar rastro de mi paso.

Si cumplo mi itinerario, llegaría al gimnasio, luego de una caminata de quince cuadras, a las siete de la mañana. Pero han sido pocas las veces en que lo logré. El promedio histórico ha sido a las ocho, lo cual sigue estando bien para mí.

Después de dejar las cosas en el vestuario, me voy a ejercitar. Primero una entrada en calor de diez minutos en la cinta, seguido de ejercicios de elongación. Ahí empiezo el circuito con ejercicios de piernas, dorsales, espalda, abdominales, hombros y bíceps, alternando con días de pecho y tríceps. Como estoy medio chueco y busco enderezarme, siempre trabajo dorsales y abdominales (mínimo 240 por día).

La idea del circuito es trabajar una serie y no repetirla hasta terminar el resto de los ejercicios. Eso me da tiempo a recuperarme, y me permite trabajar con más peso que si hiciera las tres series seguidas.

En total estoy terminando en una hora y media. Alguna vez leí que al cuerpo no le hacía diferencia si se pasaba ese umbral. Pero a esa altura estoy pensando en lo mejor de la mañana, que es el sándwich de tofu y mi botellita de agua que me esperan en mi mochila. También me hidrato entre circuitos, con agua del gimnasio.

Como muchas cosas que me gustan, empecé prejuzgándolas. Antes me reía de quienes iban a entrenar en musculosa y se miraban en el espejo, y hoy hago exactamente lo mismo. Me gusta verme haciendo el ejercicio, controlar mi posición y ver cómo trabaja el músculo. Pero sé que es una suerte de ilusión óptica. Hacer bíceps, por ejemplo, llena a los músculos de sangre, y se ven más hinchados de lo que en realidad son. La ilusión dura una media hora.

Después de volver al vestuario y comer mi colación, llega el momento de una ducha caliente, cambiarme y salir a la calle a enfrentar el día. Si cumplí mi itinerario, estaré en casa cerca de las nueve y cuarto. No me gusta volver muy cerca de las once, porque se me junta con mi colación de media mañana.

Estoy haciendo esto tres o cuatro veces por semana, y noto muchos cambios. Todos son lentos y se aprecian con el tiempo. Básicamente tienen que ver con fortalecimiento (levantar más peso), recuperación (ya no queda doliendo al día siguiente) y marcación (el músculo crece y la grasa retrocede).

Hay días en que me cuesta salir, en los que una hora y media de ejercicios parece mucho. Pero nunca me arrepentí de entrenar, así que intento no pensarlo mucho y salir. El tiempo me demostró que esos pequeños esfuerzos diarios están rindiendo sus frutos.

Publicado el 18 junio, 2014 en constancia, Entrenamiento, Espartatlón III semana 38, gimnasio, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, musculación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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