Semana 37: Día 255: Correr me hace feliz

No sé si alguna vez puse el “running” y la felicidad en la misma frase. Pero no tengo dudas de que correr me hace muy feliz. El que entrene podrá entender un poco este concepto, el que no posiblemente crea que no solo son dos cosas que no se relacionan, sino que además están en veredas opuestas.

De chicos, en el colegio, nos enseñan que correr es un castigo. Si no hacemos caso en la clase de Educación Física nos mandan a dar 10 vueltas. Ya nos programan que hacer deporte es un tedio (excepto para el grupo de cinco atletas innatos con los que el profesor tiene un trato especial, que solo sirve para frustrar a todo el resto). Así lo entendía yo y lo sostuve por años.

Quizá la genética sí haya jugado un papel importante en que esto cambiara para mí. Mi papá y su hermano corrían en su juventud, cuando tener un par de Adidas era símbolo de buena clase social o de tener la suerte de que alguien te las trajera del extranjero. Entrenar más de una vez por semana era para atletas campeones, y las ultramaratones eran absolutamente impensadas. Pero quizá había algo en los genes Casanova que hizo que cuando realmente quise empezar a correr (no todos esos años en los que me obligaban) me diera cuenta de que era algo bastante natural.

Me tomó varios años superar muchas barreras mentales (que yo creía físicas) y encontrar la felicidad que encuentro hoy. Quizá le tendría que sumar esos 12 años de análisis, en los que me reconcilié (un poco) conmigo mismo y aprendí a valorar las cosas que me hacían bien, sin culpas. No recuerdo qué día dije “esto es lo mío”, como tampoco recuerdo cuándo decidí que me gustaba el cine ni la manzana verde. Un día, de pronto, correr me hacía bien. Empecé a darme cuenta de que podía salir a trotar si estaba bajoneado, enojado, frustrado, ansioso, estresado. Nunca, pero nunca, me arrepentí de salir a la calle y hacer un poco de actividad física.

Cuando Germán me dijo que lo que seguía en nuestro entrenamiento era correr 50 km viernes, sábado y domingo, encontré un desafío, algo que me intriga mucho, pero no sabía si lo iba a disfrutar. Me estoy acostumbrando a las plantillas nuevas y al realce en el talón derecho, lo que me hace doler bastante el metatarso izquierdo. Disfruto mucho del running, pero no del dolor. Lamentablemente, en las ultramaratones casi que van de la mano.

Así que hice todos mis rituales previos a hacer una distancia tan larga y lo hice. Como comenté en sus respectivos posts, sufrí, tuve segundos de duda, y logré superar cada obstáculo. A mí me cuesta, en este momento, sentado y en patas, pensar en cómo hice para pasar esas 5 horas que me tomó cada fondo. Si fuerzo un poco la memoria me encuentro en ese instante, en la noche, con una Buenos Aires que se iba despertando de a poco, buscando superar distintas etapas que me ponía en la cabeza. Primero era llegar al bebedero en el kilómetro 8. Después doblar en el Carrefour hasta la costanera de Vicente López, donde había más bebederos y baños químicos. Lo que seguía era llegar hasta las vías del Tren de la Costa, y por último el kilómetro 25, donde pegaba la vuelta y hacía el camino inverso. Esto no tenía que ver con las pausas que me imponía para hidratarme y comer, que yo consideraría algo más “funcional”. Estas pequeñas metas me daban aliento y un poco de paz mental. Cada objetivo superado me ponía un poco más cerca de llegar.

Y mientras avanzaba iba acomodando los patitos en mi cabeza, pensando en Grecia, en mi vida, en las cosas que quiero lograr a corto y a largo plazo. Y era un momento muy personal y profundo, tanto que en un momento terminé sacándome los audífonos porque la música (y las publicidades) me impedían pensar con claridad. Lo mejor fue cuando directamente se me rompieron en el tercer fondo y solo me quedó el ruido del viento, interrumpido por algún auto ocasional.

Releo lo que describo y pareciera que correr un fondo así es una experiencia melancólica, pero si bien no me voy matando de la risa con cada zancada, lo disfruto enormemente. Tomar consciencia de lo que se está haciendo, de lo que se avanzó, es maravilloso. Y no es una experiencia solitaria, como parece a simple vista. El domingo me encontré con una multitud de corredores, algo que me pasó otras veces. Y creo que es una metáfora (un poco forzada) de la vida. Porque uno nunca termina de saber qué va a surgir. Así como a Tom Hanks la marea le trajo una vela en “Náufrago”, a mí me trajo un mar de atletas que me impulsaron a seguir, a olvidar mi cansancio y mis dolores, y encontrar fuerzas que no pensaba que tenía. En ese constante rozar los límites para dar más de lo que uno se imaginaba y salir victorioso… ¿cómo no encontrar la felicidad?

Si correr fuese un sufrimiento para mí, no podría padecer 5 horas. Soy una persona ansiosa, a veces no soporto hacer la cola en el supermercado. En el colegio, cuando me obligaban a correr 20 vueltas a la manzana, nunca me hubiese imaginado que de grande iba a entrenar horas y horas, y que lo iba a disfrutar tanto. Pero es real, y será por eso que después de sumar 150 km en tres días seguidos, todavía quiero más.

Publicado el 9 junio, 2014 en Espartatlón III semana 37, felicidad, fondo, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, motivación, running. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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