Semana 37: Día 254: Tercer fondo de 50 km

Y llegó el final de esta epopeya de tres días. Si alguno me hubiese preguntado hace cuatro días si podía correr 50 kilómetros tres veces, con una diferencia de 24 horas entre cada fondo, hubiese sido absolutamente sincero y hubiese respondido “No sé… pero me interesaría averiguarlo”. Hoy, si me lo vuelven a preguntar, podría responder un rotundo “Sí”.

Dicen que los ganadores no usan drogas, y debe ser por eso que no me considero un ganador. Mi preparación fue exactamente la misma que la de los dos días previos (¿para qué modificarla, si me había funcionado?), con la excepción de que ante mi desconcierto por el dolor en el metatarso del pie izquierdo y el tobillo derecho, decidí untarme con diclofenac en crema. Las alternativas eran bajarme (cosa que no quería hacer), probar si había algún cambio sacándole la talonera a la plantilla (pero creo que el “daño” ya estaba hecho) y la de espartano, que es abrazar al dolor. Opté por enmascarar mi dolencia y ver qué pasaba.

La gran diferencia con los fondos anteriores es que estaba tan cansado de levantarme temprano y correr durante 5 fuckin’ horas, que cuando me dio sueño me fui a dormir, sin poner el despertador. Quería que mi cuerpo decidiera cuándo me iba a levantar. Y decidió que fuera a las 4 de la mañana, para mi sorpresa. Lentamente me fui despertando y desayuné avena con cacao, pasas de uva y leche de soja. Tenía el pinole ya preparado en dos botellas de vidrio de Gatorade (la ironía de armar mi propia bebida energizante casera en un envase industrial) y lo que me había sobrado de fainá. Me vestí y bajé a la calle.

Se suponía que iba a hacer frío, pero no sentí que fuera mayor que los días previos. Me cubrí la cabeza con un pañuelo más que nada por el viento en las zonas más abiertas de Retiro, pero ya cuando estaba pasando por debajo de la autopista me fui desabrigando. Me saqué los guantes para no volver a ponérmelos. Sí llevaba una remera térmica y un buzo por encima, que no me lo saqué en ningún momento.

La gran incógnita era qué iba a pasar con mi metatarso. El dolor del tobillo ya era bastante tolerable, lo único que me preocupaba era habérmelo torcido ayer. Pero por suerte no tenía ninguna molestia. ¿Era el Voltaren en crema, o mi cuerpo ya se estaba acostumbrando a esta paliza? Era el Voltaren en crema, definitivamente, porque en el kilómetro 7,5 se pasó el efecto y me empezó a doler. En ese punto sospechaba que iba a terminar, como sea. Nadie me apuraba, podía caminar todo el trayecto, podía hacer cambios de ritmo, quejarme, llorar… todo estaba permitido, excepto frenar. Obviamente, dentro de los parámetros que no afecten mi salud ni me impidan seguir corriendo.

En Palermo, casi en el momento en que el metatarso se acordó que me tenía que causar dolor, vi las primeras señales de que estaban armando una carrera. Era la media maratón de Nike, que como no estaba anotado no le había prestado la más mínima atención. Durante algunos kilómetros vi cómo desplegaban botellas de agua (CON BAJO CONTENIDO DE SODIO… ¿POR QUÉ, INSENSIBLES?) y acomodaban los carteles que indicaban la distancia. Tomé agua en el bebedero del kilómetro 8 (de mi propio recorrido), pasé por la cancha de River, crucé el puente que me deja del otro lado de la autopista (que no sé cómo se llama) y por tercera vez pasé al lado del control policial, que nuevamente estaba completamente vacío. En el kilómetro 10 tomé media botella de pinole y seguí.

Todo este camino estaba acompañado de mesas donde acomodaban miles de botellitas de agua y naranjas. No sé por qué imaginé que el trayecto era en el mismo sentido en el que iba corriendo, o sea desde Capital hacia Provincia, así que empecé a imaginarme si me iba a cruzar a los corredores en sentido contrario, cuando volviese. Ni siquiera sabía a qué hora largaban. Los auriculares de mi celular dejaron de funcionar, así que el resto del camino lo hice en silencio, solo con los ruidos de mis pensamientos.

La magia ocurrió en el km 12. Lo registré, porque no podía creerlo. El metatarso dejó de doler de un instante a otro. Yo creía que si no pensaba en él o no le daba importancia, ayudaba a mitigar la molestia. Pero era consciente del pie, pisaba normal, cómodo, y no sentía nada. ¿Había matado a todos mis nervios? Ojalá.

En el km 15 tomé agua y comí un poco de fainá. Todavía era muy de noche, el amanecer parecía lejos. De mi boca salía vapor con cada exhalación. Corrí por Avenida del Libertador, convencido de que si había llegado hasta ese punto, podía terminar. Era un tercio del trayecto, y me imaginaba poder hacer eso dos veces más. En el km 20, al costado de las vías del Tren de la Costa, terminé la primera botella de pinole. No había más nadie entrenando, solo yo en una noche fría.

Sin dudas me sentía mucho mejor que en el día de ayer, cuando el dolor me hizo bajar mucho el ritmo. De vez en cuando sentía molestias en el metatarso, pero eran bastante tenues. Quizá si frenaba lo sentía más. Descubrí que tenía que usar el pie que me dolía para subir y bajar cordones, otra vez contrario a lo que mi instinto me decía. En la calle Uruguay alcancé la marca del kilómetro 25, la mitad del recorrido. Estaba un poco por debajo de las 2 horas y media, así que supuse que iba a tardar menos de 5 horas… si no surgía algún imprevisto. Emprendí el regreso, reconfortado porque cada paso me llevaba más cerca de terminar. Tomé más agua y comí otra porción de fainá.

A esta altura empezó a hacerse de día, algo que venía viendo a la altura del río (porque salía más tarde), pero igual fue un digno espectáculo, con el cielo veteado de azul y naranja. En el km 30, otra media botella de pinole, mientras el metatarso empezaba a molestar y yo buscaba EL paso que no me hiciera doler (no lo estaría encontrando). Sin embargo, mi velocidad era constante; corría con soltura. Llegué a la costanera de Vicente López, donde tomé agua, llené mi botella en los bebederos, comí la última porción de fainá del día y seguí mi curso, intrigado por si me iba a cruzar a la media maratón o no.

Cuando pasé por el costado del Carrefour y enfilé hacia la calle que pasa por debajo de la General Paz y te lleva de Provincia a Capital, vi miles y miles de remeras amarillas que avanzaban como un enjambre. No eran los punteros, como llegué a pensar, sino que parecían ser la mitad de tabla. Había corredores de todas las formas y tamaños, hombres y mujeres, charlando, trotando, dándose aliento. Me mezclé entre ellos. Era mi kilómetro 38. Estaba cansado, pero las intermitentes molestias en el metatarso me habían servido de distracción. Ahora estaba acompañado por una ruidosa y colorida multitud, y de algún modo eso me incentivó a correr más y mejor.

¿Lo mejor de mezclarte en una carrera? Las calles están totalmente libres para los atletas. ¿Lo malo? Aprovecharse de la hidratación y los puestos de comida. Por eso yo me alejaba de las mesas, intentando no entorpecer a los que habían pagado su inscripción. Yo solo quería el asfalto, por un ratito.

Subimos el puente, al que algunos le tenían un poco de miedo. Bajamos a la cancha de River y me tomé lo que quedaba del pinole en mi kilómetro 40, a un costado, para no molestar. Ahí retomé el mar de corredores, que dobló por Figueroa Alcorta. Me di cuenta que a la media maratón le faltaba casi lo mismo que a mí para llegar a mi casa. ¡Ojalá siguieran todos a Retiro! Pero era mucho pedir.

Corrí por el centro de la avenida, que es la parte más horizontal y con menos pendiente de una calle. Escuché a un corredor decirle a otro “No puedo más, me duele todo” y pensé “No te preocupes, todos pasamos por eso”. Mientras avanzaba intentaba pasar a los corredores, a ver si reconocía a alguno, pero de espaldas son todos muy parecidos. De pronto escuché “¡Aguante, Semana!”. Me di vuelta y una corredora me dijo que me leía siempre. Otro incentivo para el último tramo de mi fondo.

Como si fuera poco, escucho que me llaman por mi nombre, y veo a Glo, una compañera del Puma Running Team, que después de una larga ausencia volvió a entrenar con nosotros. Fui a saludarla y corrimos unos 10 metros juntos, solo para que su hermana Do nos sacara una foto (que espero ver con ansias). Me quedé charlando un ratito, mientras Glo le contaba la locura que estaba haciendo de los tres fondos de 50 km en tres días consecutivos. Ahí cayeron en que estaba por el kilómetro 43, así que más o menos me echaron para no entrentenerme.

La media maratón tomaba un desvío hacia los Lagos de Palermo, que a mí me sacaban de mi trayecto, así que seguí corriendo por Figueroa Alcorta. Me dio mucha pena ver a otros corredores inscriptos en la media maratón que hacían lo mismo. ¿Cuál era el sentido de recortar unos kilómetros a su propia carrera? No estaban mal posicionados dentro de la general como para hacer semejante tontería, y no creo que se ahorrasen más de 2 kilómetros, una diferencia que no mata a nadie. Hice mis últimos metros con los mediomaratonistas, que daban una vuelta por Dorrego y volvían por Figueroa Alcorta, en sentido contrario, para correr su último kilómetro hasta la meta. Después de tantas horas corriendo solo, con mis propios pensamientos, en el frío de la noche, ese estallido de color me levantó mucho el espíritu.

Faltando 5 kilómetros tomé un poco de agua, no por sed, sino para no cortar el plan de hidratarme periódicamente (“comer sin hambre, tomar sin sed”) y mantuve un ritmo constante, rápido si se tiene en cuenta que hacía más de cuatro horas que estaba corriendo. Quería terminar y tirarme a descansar. El haberme sumado a la media maratón alteró un poco mi recorrido, así que los 50 km no terminaban en la puerta de mi casa como tenía planeado. Tuve que seguir casi una cuadra más para poder cerrarlo. Pero estaba inmensamente feliz. De mis tres fondos, este fue mi favorito.

Y así terminó esta aventura de hacer estas distancias de ultramaratón sin descansar. Se suponía que esto era lo que me encausaba en la Espartatlón, y realmente me hizo sentir que estoy preparado (o en el camino correcto). Si pude hacer estas distancias con un dolor constante sin la tentación de abandonar, me estoy viendo llegando a Esparta en septiembre, para darle un beso en el pie a la estatua de su majestad, el rey Leónidas…

Publicado el 8 junio, 2014 en dolor, Entrenamiento, Espartatlón III semana 37, fondo, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, running, Spartathlon. Añade a favoritos el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Ayer, mientras corría 26 km con un dolor intenso en la mitad de mi pantorrilla (sigo con los estudio médicos para identificarlo, aclaro), recordaba tus comentarios: enfocarse en la otra pierna, relajarse, etc, etc. Y pensé, como vos: si pude superar esos 26 km duros de cross con ese dolor, puedo con mis 42 en Rosario. Te felicito por tus logros, pero más te felicito POR LO QUE HACÉS POR NOSOTROS.

  2. ¡Claro que podés! Acordate lo que dice Scott Jurek: “No todo dolor es significativo”. ¡Abrazo!

  3. Felicitaciones Martín! Lindo relato, gran paso. Sumas actitud y mejoras resistencia. Abrazo grande. Juanca.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: