Semana 37: Día 253: Segundo fondo de 50 km

Hacer dos distancias de ultra dos días seguidos es un tema. Es la segunda vez que me mando en algo parecido, y la primera vez pude disfrutar de la compañía de mis amigos de Puma Running Team. Eso hizo la experiencia más amena y pude relajarme. También tenía otra clase de plantillas que me permitieron disfrutar más de toda la experiencia…

Hoy tenía el cumpleaños de Lauti, mi ahijado, y la cita era a las 11 de la mañana en el Abasto. Eso me obligaba a hacer mi fondo a partir de las 5 de la mañana, cosa de estar en casa a las 10, elongar, reponer hidratos, bañarme y salir. Era muy justo, pero no tenía mucha opción. Me levanté a las 4:30, con el pinole ya preparado del día anterior más algunas porciones de fainá (para emergencias). Afuera lloviznaba, así que me agarré mi capa de lluvia que había comprado para la Patagonia Run (en realidad, lo que quedaba de ella). Para variar me puse mucho abrigo, y cuando salí a la calle, tipo 5:10, me di cuenta que era demasiado. Empecé a guardar guantes, buffs y la capa, mientras un muchacho que volvía de rotation me pedía 2 pesos para el bondi amigo. Salí apenas agarré señal con el GPS, y la Torre de los Ingleses en Retiro me indicó que había arrancado a las 5:18 de la mañana.

Hacía frío, estaba todo el piso mojado y por suerte la lluvia había parado apenas puse un pie en la calle. Visto y considerando que ayer había corrido 50 km más o menos a la misma hora, estaba dolorido pero bastante entero. Lo que más me viene complicando es el metatarso izquierdo, y apenas arranqué hoy me empezó a molestar. El instinto me dijo que tenía que caer apoyando el talón para no cargar el peso de mi cuerpo en la parte delantera del pie, pero eso a veces ayuda y a veces no. En la negrura total de la noche, desde los autos que volvían de bailar, me gritaban cosas que yo no entendía. Creo que me dijeron “Lavezzi” y no tengo idea por qué (tampoco sé quién es Lavezzi).

El dolor del metatarso no se iba, y no había posición del pie que ayudase. Me la bancaba, porque creo que en la Espartatlón voy a pasar cosas peores. Pero no dejaba de pensar que era imposible aguantar 50 km así. La molestia se mantenía conforme avanzaba. Retiro quedó atrás, vino Recoleta, Palermo, Belgrano, y estaba por el octavo kilómetro cuando hice la parada en el bebedero, y mi pie sintió alivio por primera vez. Si tenía alguna rigidez por estar corriendo un día después de un fondo de ultramaratón, todo quedaba opacado. Los cuádriceps duros, un ligero dolor en el tobillo derecho… eso quedaba en segundo plano. ¿Iba a poder terminar? Realmente estaba en duda. Pensé en sacarme el realce de la plantilla, pero no sabía si eso iba a ser una solución inmediata. ¿Y si tenía que abandonar? ¿Cómo me volvía, a la madrugada?

Entonces tuve una revelación. Una de esas cosas que se descubren casi por accidente (o, en verdad, producto de la desesperación). Estaba con mi metatarso en llamas, intentando sin éxito pisar con el tobillo, cuando noté que de mis dos zapatillas, la que tiene el refuerzo en la plantilla es el derecho. ¿Por qué, al sentir dolor en el izquierdo, me concentraba en ese pie? Pasé mi atención al otro lado, buscando impulsar mejor, tomando consciencia de que esa era mi pierna más corta y la que estábamos intentando compensar. Y casi instantáneamente, el dolor cesó. Fue paulatino, pero rápido. Hasta ese momento venía con un paso de 6 minutos el kilómetro, algo inusual cuando estoy empezando. Este cambio me permitió subir la velocidad, correr más relajado… y entendí que esto es lo que yo hacía, inconscientemente, en cada fondo donde empezaba con dolor y al rato se pasaba. Seguramente esta compensación la hacía involuntariamente, y ahora me daba cuenta de qué tenía que hacer.

El camino que hice fue el mismo de ayer. Pasando los 10 kilómetros, cuando tomé mi primera dosis de pinole, empezó a llover, así que busqué un techo que me reparara, me puse la capa de lluvia, los guantes, un pañuelo en la cabeza, y seguí. Las nubes oscuras no me dejaban ver si estaba amaneciendo o no. En la costanera de Vicente López, al costado del río, todo era lluvia y una oscuridad que rompían las luces de la calle y los semáforos.

No tuve mayores contratiempos. La lluvia iba y venía. Mi capa de lluvia, llena de tajos, empezó a abrirse en dos a la altura del agujero para la cabeza, hasta que se me empezó a deslizar por los hombros. Decidí sacármelo y tirarlo a un tacho de basura. Me había protegido bastante.  En el km 20 tomé mi segunda ración de pinole, en el 25 pegué la media vuelta y en el 30 de nuevo otro pinole. Me sentía confiado de que iba a terminar. Entonces, otra señal de alarma: km 33 y al pisar mal una vereda rota me tuerzo el tobillo derecho. Ya ese tobillo (cara externa) me dolía. Puteé, pero no frené. Aunque lo tenía controlado, de vez en cuando el metatarzo izquierdo me daba un fogonazo de dolor. Un segundo, llegaba, me hacía ver las estrellas, y desaparecía.

Así, cansado y con dolor, abandoné la Provincia e ingresé a Capital, donde tomé mi última ración de pinole. En ese instante me di cuenta de que iba a terminar. Antes lo dudaba, después no quería pensar en esas cosas. Era cuestión de sostener, tener perseverancia y que todo fluyera. Así fueron pasando los kilómetros, mientras intentaba adivinar cuánto iba a tardar en completar los 50 km. Excepto por algunos segundos, terminó siendo casi exactamente en 5 horas.

La alegría de terminar algo para lo que invertiste mucho esfuerzo es increíble. Me propuse algo que sabía que era difícil, dudé, sufrí, y lo logré. Una vez en mi departamento elongué, me comí un sándwich de tofu y me duché, para rajar al cumpleaños, al que llegué media hora tarde. Pero lo hice con la buena (e inusual) excusa de que me había levantado 4:30 de la mañana para correr 50 km. A nadie le molestó mi tardanza…

Publicado el 7 junio, 2014 en determinación, dolor, Espartatlón III semana 37, fondo, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, running. Añade a favoritos el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. Bien Tincho!!
    Mak

  2. Experimentaste algun cambio en lo fisiológico al pasarte 100% al asfalto?
    Saludos.

  3. Sinceramente no, salvo que ahora lo resisto mucho mejor que antes. Cuando corría en asfalto solía tener mucho dolor en los costados de las rodillas, que ahora no siento. Coincide con que le empecé a prestar más atención a cambiar regularmente el calzado y las plantillas. Lo que sí me pasa es que cuando corro por terrenos blandos siento la diferencia en la velocidad: el asfalto es definitivamente más rápido. ¡Saludos!

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