Archivos Mensuales: junio 2014

Semana 40: Día 276: Los 25 km de la Terma Adventure Race El Palmar

Finalmente encuentro un hueco en mi día para reseñar esta carrera que forma parte del circuito Adventure Race que organiza el Club de Corredores. Ahí vamos.

La Carrera: Históricamente, para nuestro grupo estas carreras eran llamadas “las Merrel”, porque esta marca de ropa las auspiciaba. De hecho, como me inicié en el mundo del atletismo con toda esta movida ya bastante empezada, primero pensé que ese era su nombre y después me enteré de que se trataba de un auspiciante, como es el caso de la Copa Libertadores, que depende de quién ponga el dinero es la marca que lleva adelante. Esto no es algo dicho en tono despectivo, me parece absolutamente inteligente asociarse con una marca que abarate costos o le sume valor al evento. Terma es una bebida que en lo personal no me gusta (difícil sacarme del agua mineral en esta etapa de mi vida), pero lo prefiero mil veces que la cerveza o la Coca-Cola… y sobre eso hablaré en el desarrollo de la reseña.

Esta Adventure Race, parte del circuito que empieza con Tandil en Marzo y ahora sigue en Agosto con Pinamar, tuvo una diferencia respecto a las versiones en otras ciudades y es que la distancia promocionada era de 25 km. Esto vino acompañado con una reducción de los equipos de postas: en lugar de cuatro participantes se redujo a tres. El recorrido era un misterio para mí, lo imaginaba metiendo las patas en el agua, en un terreno muy técnico y dificultoso. Pero esto fue porque no me dediqué a investigarlo y me quedé con la idea en la cabeza de los circuitos de Salomon. La Adventure Race de El Palmar, comparada con Tandil o Pinamar, es mucho más sencilla en cuanto al nivel de dificultad, más noble con las articulaciones y una buena opción para hacerla la primera carrera de aventura de tu vida.

El kit del corredor no fue la gran cosa: dos botella de Terma de un litro (obviamente), una barrita de cereal, unos cereales Mix Tropical (con demasiada azúcar para mi gusto, pero veganas) y una edición de la revista Ochentamundos del año pasado. Regalé todo, pero entiendo que hay gente que apreció mucho su contenido.

No quiero ponerlo como algo malo porque no sé bien por qué pasó, pero la distancia de mi reloj fue de 23 km en lugar de 25. Al principio coincidía bastante bien y en un momento nos empezamos a distanciar, para terminar en una diferencia de 2 km. Me llamó mucho la atención. Cruzamos la meta a las 2 horas con 22 minutos, y se cumplió mi intención de correrla relajado, acompañado de amigos, y no enloquecido por el tiempo y poniendo en riesgo mis tobillos. 

Lo bueno: La organización de la carrera fue muy buena, algo que muchas veces es criticado. El horario de salida, pautado para las 10 de la mañana, se retrasó a las 10:30. Esto, que podría ser parte de “Lo malo”, para nosotros fue excelente, porque en el camino nos perdimos y llegamos tardísimo. Supongo que hicieron esto no por problemas organizativos, sino porque al correrse dentro de La Aurora del Palmar, que es un predio alejado de ciudades como Colón, cualquier citadino como nosotros se podía retrasar y perderse la salida.

Los puestos estaban bien ubicados, por lo que tranquilamente se podía correr sin hidratación propia (aunque nunca está de más). También había mucha fruta, algo que uno espera en una zona conocida por sus naranjas. Y este posiblemente haya sido el punto principal de esta carrera, ya que sobre el final corríamos por una plantación de naranjos que además de pintoresco era irresistible. Corrí en un equipo improvisado de cuatro corredores: Germán, mi entrenador, Nico, Lean y yo. Mientras yo hacía una parada técnica, ellos sacaban una naranja cada uno, la pelaban con sus manos y la saboreaban mientras caminaban. Corrí hasta ellos y me ofrecieron tomar una fruta de uno de los naranjos. Desconfiado, me negué, pensando que iba a ser muy ácida y me iba a caer mal. Ante la insistencia y las acusaciones de que me cortaba solo ante el equipo, tomé una naranja, la pelé y la comí. Creo que fue la fruta más sabrosa y jugosa que probé en mi vida. Y eso solo lo viví en esta carrera.

Otro tramo del recorrido destacable fue un sendero angosto dentro de un bosque, donde uno tenía que agacharse de vez en cuando o estar atento a las raíces y troncos en el suelo. Si bien el sol y la entrada en calor nos hizo olvidar de que estábamos en invierno (y de que la mañana estuvo muy áspera), al estar en un entorno a la sombra, muy cerrado, obligado a bajar la velocidad por la fila india que se había armado, me volví a enfriar. Salir a la luz del sol, en medio del palmar, fue una bendición. 

Lo malo: Sin dudas, otro desacierto del Club de Corredores, que es asociarse con productos que no son buenos para el deporte. En lo menos malo está dar como hidratación agua con bajo contenido de sodio, lo que propaga la idea errónea de que esto es más saludable. Esto sí puede ser ideal para personas con hipertensión, ¡pero los corredores necesitamos sodio! Me sorprende el riesgo al que nos someten en tantas carreras, y lo que más bronca me da es que estoy seguro de que es algo que ni siquiera se lo plantean. Luego, en los puestos también había ese jarabe con agua carbonatada que se usa para aflojar tuercas oxidadas, llamado Coca-Cola. Sé de ultramaratonistas que recurren a este líquido negro y espantoso por su alto nivel de azúcar, como para darse un shock de glucosa y tirar unos kilómetros más. Para mí es un horror que incentiven a los deportistas a tomar esto, en lugar de adoptar un criterio de salud y nutrición. La cereza del postre es la lata de cerveza Quilmes que regalaban en la llegada, en el mismo instante en que uno retiraba su medalla de finisher. ¿En serio? ¿Recibo mi reconocimiento de haber terminado una carrera, algo difícil de alcanzar, y en el mismo acto me dan alcohol para terminar de saturar a mi vapuleado hígado? Creo que una organización deportiva debería velar por la salud de los competidores y no descuidar estos detalles. Porque se supone que ellos saben más que quienes se inscriben en sus carreras. Y tranquilamente podrían imponer un estilo de vida más sano, que acompañe al esfuerzo físico que hacen los deportistas. Por suerte descubrí que no soy el único extremista con este tema, a nivel general a todos en el grupo les sorprendió que regalaran cerveza como si fuese una recompensa por terminar.

Otro punto criticable, que lo vi al día siguiente de esta edición, fue el tema de las fotografías de la carrera. Uno debe buscarlas de acuerdo a su número de corredor, y un sistema automatizado publica la galería en Facebook. El tema es que hay muchas fotos que las suben giradas a 90 grados. Yo me considero lo suficientemente apto para acomodarlas al derecho, pero la marca de agua de la Terma Adventure Race queda girada. Siendo algo automático, es frustrante ver cómo elige las fotos, y muchísimas otras no aparecen (las terminé tomando de galerías que le generó a amigos míos). Además tengo una sola foto de la carrera (espantosa, porque soy cero fotogénico) y me hubiese gustado tener más del recorrido. Me parece mejor cuando arman álbumes de fotos y uno se busca una por una, que esto donde está totalmente cerrado y uno apela al buen criterio de un algoritmo matemático.

El veredicto: Una muy buena carrera sin mucha dificultad, ideal para quienes quieren debutar en una carrera de aventura y tienen miedo de destrozarse en el proceso. El terreno no es muy técnico, pero algún que otro cambio de paisaje la hacen interesante, y si bien los puestos de asistencia tienen alimentos que para mí son una pésima decisión, también tienen opciones sanas como las frutas. Difícilmente se replanteen este aspecto, así que le recomiendo a quien pueda darse ese lujo, que corra con su propia hidratación.

Puntaje:
Organización: 7/10
Kit de corredor: 7/10
Terreno: 8/10
Hidratación: 5/10
Nivel de dificultad: Para corredores novatos

Puntaje final: 6,75

Semana 40: Día 275: El regreso

Pasé los últimos tres días en Entre Ríos, específicamente en la ciudad de Colón. Pareciera que en cada viaje que hago con los Puma Runners solo puede haber picadas, pero como vegano que además intenta comer alimentos bajos en grasa y nutritivos, me pude rebuscar.

El viaje fue increíble, casi diría que necesario. La carrera era la excusa pero poder descansar, estar con amigos y despejar la cabeza fue la fórmula perfecta para sentirme nuevamente centrado. Eso no quiso decir que no haya disfrutado de la Adventure Race de El Palmar, pero me estoy reservando esa reseña para el día de mañana, porque hoy estoy bastante destruido. Hacer 380 km después de correr, bajarse en Belgrano y tener que tomar el 152 hasta el Centro deja molido a cualquiera. Cometer el error de cenar antes de escribir esto suma al mix un sueño terrible.

Lamento no haber podido actualizar el blog estos días, solo pude subir cosas a mi Instagram. Todavía escucho en mi cabeza los griteríos, las risas y las canciones del mundial (“Brasil… decime qué se siente…”). Me tomó muchos años darme cuenta de la importancia de compartir la previa, la carrera y la sobremesa con tu grupo. Antes prefería llegar sobre la hora e irme lo antes posible, casi como para sacarme de encima el trámite. Pero en estos viajes es cuando se afianzan las relaciones, más allá de que a veces el entretenimiento pase por gastar a uno (y este año me dieron de lo lindo, duro y parejo).

El saldo es increíblemente positivo, y por supuesto que espero a la próxima carrera que comparta con ellos.

Ah, faltan 89 días para la Espartatlón…

Semana 39: Día 272: Coaching mental

Hoy decidí volver a terapia. Hice muchísimos años de análisis con la misma psicóloga, y siempre me criticaron no cambiar de profesional. Sinceramente he trabajado tanto con esta persona, que empezar de nuevo sería un retroceso para mí.

En los últimos tiempos estuve escribiendo sobre cuestiones mentales o de motivación. Siento que encontré un hilo conductor en varias repeticiones o compulsiones de mi vida. El running y el gimnasio se mantienen como las actividades que me hacen realmente bien, pero evidentemente me estoy desequilibrando con todo lo demás. No por nada estoy metiendo fondos de 50 km o más, y yendo cada vez más tiempo al gimnasio. Hoy conté 1 hora con 40 minutos desde que empecé la entrada en calor hasta que terminé de elongar después de todos los trabajos de musculación. ¿Es casualidad que paso cada vez más tiempo haciendo actividad física? Yo sospecho que no.

Me di el alta de análisis cuando empecé con Semana 52. Fue dar un salto al vacío, a ver qué pasaba. Sospechaba que este proyecto me iba a hacer bien, y así fue. Recuperé mi autoestima (o la desarrollé), cambié mi alimentación, y aprendí mucho sobre deporte y entrenamiento (cosas que pude aplicar en otros ámbitos de la vida). Cuando empezó mi crisis con mi ex, empezamos terapia de pareja. La terapeuta nos recomendó complementar con un análisis individual, así que llamé a mi antigua psicóloga, y retomamos hasta el día de mi separación. Como abandonaba mi departamento, eso de no tener lugar fijo donde vivir y no seguir compartiendo gastos me obligaba a hacer ajustes, así que dejé terapia.

Pero no siento que en primer lugar hubiese ido porque quería. Lo sentí como una obligación. Creo que podría haber vuelto antes porque me mudé a un departamento y recuperé mi estabilidad económica, pero no sentía la necesidad. Hasta recientemente, que me di cuenta que no estaba acompañando ciertos progresos físicos con lo mental. Me disperso mucho, busco patear las cosas para adelante, y en lo único que me puedo concentrar es en entrenar. Las facetas que tiene eso son infinitas, pero me gustaría explorarlas con un coach mental.

No sé si el psicoanálisis es la solución. Es un intento por hacer algo. He hablado muchas veces de motivación, probablemente sea hora de comprar lo que vendo y ser proactivo. Correr es terapéutico para mí, me sirve para reflexionar mucho, pero siento que necesito poder resolver ciertas cosas en las que me enrosco. Quizá sea una fase, o una forma de reaccionar ante la cercanía de la Espartatlón. No lo sé, pretendo averiguarlo…

Semana 39: Día 271: Otro paso más cerca de Grecia

Hoy con mis padres, main sponsors de la Espartatlón, elegimos la estadía en Atenas, actividad estresante si las hay. Pero lo resolvimos, y gracias a que en Grecia son más austeros, pagamos un precio que ni siquiera podríamos encontrar en Argentina.

Tener un lugar propio, con baño privado, es más importante para las mujeres que para los hombres, ya que nosotros nos arreglamos con cualquier cosa. Pero bueno, también quiero que mi mamá esté cómoda, así que pusimos como parámetro no tener que compartir las instalaciones. Contratamos un servicio por una página que permite contactar dueños directos, y con eso uno baja los costos a la mitad si se comparan con un hotel. A poquitas cuadras de la Acrópolis, que es donde se larga la Espartatlón el viernes 26 de septiembre. Es más, ¡voy a ir caminando! Todavía no sé si voy a ir a la premiación o si me voy a escapar unos días a alguna isla, para reflexionar sobre lo que pasó y descansar el cuerpo.

Como nos cancelaron el vuelo de regreso y lo movieron un día más tarde, ahora nos surgió un día extra en Roma, así que sacamos hospedaje ahí también, a la vuelta del Vaticano. ¿Tendré mi oportunidad de conocer al Papa Francisco y contarle que soñé con él? Todavía me acuerdo. En el primer sueño, él estaba en mi casa, vestido “de civil”. Se había escapado de sus obligaciones eclesiásticas e intentaba mantener un perfil bajo. Estaba un poco decaído anímicamente, pero en el fondo seguía siendo una persona carismática. En el segundo sueño, me encontraba con él y le contaba eso que había soñado. No lo sorprendía demasiado.

Solo queda resolver un gran interrogante… ¿quiénes van a poder venir para ser mi equipo de asistencia? Porque tiene que ser alguien que maneje (no es el caso de mis padres), y dependiendo de cuántos sean habrá que conseguir alojamiento para ellos… Por ahora la búsqueda de sponsors viene mal, y todos los costos los estamos afrontando mis padres y yo (que les voy devolviendo lo que gastamos con la tarjeta). No tengo problema en pagarme lo mío y si pudiese le pagaría el viaje a todos.

Pero soy pobre. Quizá un día me convierta en un millonario y me dedique participar en carreras por todo el mundo, pero por ahora me tengo que conformar con mi trabajo de diseñador gráfico y combinar mis ratos libres con entrenamiento… No es fácil, pero es la vida que elegí, y no me quejo…

Grecia espera…

Semana 39: Día 270: ¡Zapatillas nuevas!

Ayer me compré un par de zapatillas Puma, modelo Faas 500 TR. Como ya comenté en varias oportunidades, tengo un descuento con esta marca, pero no me casaría con ella si no fueran buenas. Tuve malas experiencias por haber elegido el calzado incorrecto, pero en los últimos tiempos encontré la versión que se ajusta mejor a mi trabajo.

Y ahí radica el problema con el que me encontré: los modelos de zapatillas pasan de moda y dejan de hacerse. Sabía de marcas como Nike que lanzan calzados exclusivos, que después no van a volver a fabricar. Entonces algunos “fanáticos” se compran varios pares, porque después, como todo lo que se vuelve inconseguible, aumentan de precio. En mi caso tuve muy buenos resultados con las Puma Nightfox. Mi último calzado, el que estoy abandonando ahora, lo conseguí en un Outlet, porque ya habían sido reemplazadas por las Trailfox. Ahora tengo menos chances de encontrarlo que nunca.

Mi intención era encontrar unas zapatillas que me sirvan para correr largas distancias, además de carreras de aventura (tengo una el próximo domingo, en El Palmar). También estaba con ganas de probar algo más liviano, a ver si siento alguna diferencia. En el local me recomendaron las TR, y habiéndolas usado solo dos veces… no puedo decir mucho. Sí que son cómodas, me gustaron más que las Faas 1000 y que otros modelos. Realmente a mí me interesa la comodidad y si son funcionales. La cuestión estética me importa muy poco. Cada vez vienen más coloridas, con más azules y naranjas, con líneas verdes y amarillas… o sea, incombinables con cualquier prenda. Pero bueno.

En este nuevo calzado empecé mi experimento de no usar más el realce en el talón, que (intuyo) me trajo tantos problemas en el metatarso. Todavía me duele, y creo que la zona estará sensible un tiempo más. Ahora me quiero concentrar en hacer mucha distancia y llegar lo mejor posible a la Espartatlón. Corregir mi postura y mi zancada seguro hubiese ayudado, pero no siento que esté a tiempo. Si no meto fondos y lo hago cómodamente, temo no llegar tan bien preparado. Me siento capaz de terminarla, cada entrenamiento me da más seguridad. Me gustaría corregir mi asimetría, pero empecé a verlo como un objetivo para después de septiembre. Tengo tiempo, y creo que han habido corredores que han llegado a Esparta con un físico menos trabajado que el mío. Si ellos pudieron, ¿por qué una diferencia de milímetros entre una pierna y la otra me lo va a impedir?

Estas zapatillas fueron un regalo de mi main sponsor, el matrimonio Casanova, que además me va a acompañar en el viaje a Europa. A ellos les debo mucho, y espero que no me pidan que se los devuelva de inmediato. Me ofrecieron cubrir mi calzado desde acá hasta la llegada a la meta en Grecia. Si estas TR andan bien, quizá me compre otro par para tener de backup. Si en algo no podemos escatimar los corredores, es en zapatillas. Y en el caso de los ultramaratonistas que las quemamos tan rápido, menos todavía.

Semana 39: Día 269: "Si estás vacío, llenate"

Diego Armando Maradona debe ser la persona más conocida de la Argentina en todo el mundo. Entre las tantas frases que alguna vez dijo, está la de “Si estás vacío, llenate”. Suena arrogante y simplista. De hecho, nunca le di demasiada importancia. Pero diversas cosas me hicieron reflexionar, y terminé llegando hasta esa misma frase. Yo no soy el Diego, pero quizá lo subestimé y ahora me doy cuenta que dio en la tecla.

Hace poco veía una entrevista que Conan O’Brien le hacía al humorista Louis CK, un verdadero genio si los hay. Él criticaba a los celulares, y cómo los usábamos de excusa para no mirar a los ojos a otras personas y no sentir empatía. Hay que desarrollar la habilidad de ser uno mismo sin estar haciendo nada. En la anécdota que contaba, él estaba conduciendo y en la radio sonó “Jungleland”, un melancólico tema de Bruce Springteen. Empezó a sentir tristeza, y generalmente la combatía mandando mensajes por celular (intentando, seguramente, ser gracioso). Pero decidió resistir esa tentación y dejar que lo inundara esa melancolía. Estacionó a un costado y se largó a llorar. Y después se sintió bien, porque no hay nada mejor que enfrentarse a la tristeza para empezar a valorar las cosas buenas de la vida.

“La gente prefiere arriesgar a tomar una vida y arruinar la suya propia porque no quieren estar solos por un segundo”, decía él, buscándole a una explicación de por qué el 100% de las personas envía mensajes de texto mientras maneja. Como las personas no quieren enfrentarse a esa tristeza, la hacen a un lado con algo.

Creo que ese miedo al sentimiento de vacío es, para muchas personas, un motor para hacer cosas. Probablemente no sea el mejor motivador y terminemos tomando pésimas decisiones. Miro hacia atrás en mi vida (no tan lejos, me basta con mirar la semana pasada) y veo muchas situaciones en las que intento llenar un vacío con cualquier cosa: comidas, películas, juegos, relaciones. Y en realidad no lo estaba llenando, sino que me distraía por un instante.

Esos pequeños placeres efímeros nos sirven solo de distracción. Antes de empezar a correr en serio me la pasaba comiendo pan con Mayoliva. También snacks como las Rueditas, alfajores Águila, helado, Pringles… cualquier cosa por un momento de placer en el paladar. Probablemente una de cada tres veces terminara con dolor de panza y un espantoso sentimiento de culpa. Lo mismo hice, en otra escala, con las mujeres. ¿Cuántas veces me enamoré en mi vida? ¿Cuántas veces creí encontrar a la mujer de mi vida? Necesitaría usar los dedos de los pies para poder contar todas esas veces en que sentí que finalmente había encontrado a la persona que había hecho que todas las relaciones previas hubiesen tenido sentido. “Claro”, pensaba, “me estaba preparando para esto“. Mi psicóloga (a la que le debo un llamado), decía que yo estaba enamorado del amor, y no de alguna mujer en particular. En el fondo todas ellas eran intercambiables, el problema era siempre el mismo: yo.

¿Cómo se escapa uno de sus propias trampas? ¿Cómo se llena ese vacío, que Maradona pone como si fuese algo tan fácil? Probablemente utilizando el recurso de Louis CK: enfrentándose al dolor, al miedo, a la soledad. Corriendo aprendí que es cierto que lo que no te mata te hace más fuerte. Enfrentar a los miedos es quitarles poder, así que de tanto en tanto me recuerdo que comerme un paquete de galletitas Cachafaz va a llenarme la panza, pero nada más. Que no estar en pareja puede ser el momento ideal de alcanzar metas personales, y que cubrir un vacío con un ser humano, a la larga, termina lastimándome a mí y a la otra persona.

Hace unos días planteaba una sensación que me inunda últimamente de insatisfacción. Lo relacionaba con el trabajo y con mi departamento, entre otras cosas. Sobre los compromisos laborales, mucho no pude hacer, más que armarme itinerarios e intentar respetarlos. Funcionó bastante bien. Respecto a mi monoambiente, hice la cama, ordené la ropa, barrí, pasé un trapo en los pegotes del piso, lavé la cocina y hasta le pasé un trapo húmedo a las ventanas. Cosas que normalmente haría si recibiera visitas. Por primera vez lo hice para sentirme a gusto con mi espacio, y también funcionó bastante bien (al día de hoy sigue impecable, y no lo ha pisado otro ser humano más que quien escribe).

Podría decir que tengo una parte física bastante resuelta. En una época a todo este mejunje le tenía que sumar una decepción con mi propio cuerpo. Hoy estoy corriendo distancias que hace cuatro años ni siquiera me podía imaginar, descubriendo nuevos ejercicios y aprendiendo, todo el tiempo. En estos últimos tiempos el entrenamiento es lo que me mantuvo a flote anímicamente y me hizo descubrir que era capaz de hacer muchísimas cosas que me planteaba. Correr, y hacerlo en soledad, también se convirtió en un momento de reflexión, de pensar cómo me encuentra la vida y en dónde estoy parado (por más que esté corriendo).

Si estás vacío, llenate. Nadie explica cómo hacerlo, pero al menos creo haber descubierto que es enfrentándose a tu propio vacío en lugar de buscar distracciones.

Semana 39: Día 268: Lo que aprendí corriendo con dolor

No me puedo olvidar de la anécdota de Scott Jurek, quien unos días antes de correr su segunda Spartathlon, le dio una patada a un mueble estando descalzo y se rompió el dedo chiquito del pie. Como no está de acuerdo con enmascarar el dolor ni con los corredores que toman ibuprofeno de a puñados, no le quedó otra que aguantarse. Se entablilló, se untó remedios caseros, pero a la larga tuvo que correr los 256 km con un dedito quebrado. Y, por supuesto, ganó.

Siempre pienso en eso cuando yo siento un dolor. Probablemente el correr ultramaratones signifique, inevitablemente, que partes de tu cuerpo te duelan y que tengas que seguir. No queda otra. Habiéndome fracturado tres veces (las clavículas y la tibia, por suerte en ocasiones distintas) siento que he conocido un amplio espectro de dolores. También he sufrido cálculos en el riñón (mi paso previo a abandonar las gaseosas y, más tarde, volverme vegetariano), me he golpeado con picaportes, marcos, patas de camas y recientemente le di con todo al borde de la puerta de un auto. Pero empezar a correr fondos largos me abrió la puerta a un universo de dolor que desconocía.

Recuerdo la primera carrera en la que una lesión en la rodilla me impedía seguir. Ahí aprendí a sobreponerme a la frustración y avanzar. Al principio caminando y después trotando cuando descubrí EL paso que aliviaba el esfuerzo sobre la lesión. Esta jugada es la más peligrosa del running, porque generalmente la compensación hace que duela en la pierna contraria. Y esto es un poco lo que me está pasando ahora. El realce en la plantilla del pie derecho, para compensar mi asimetría, me genera un dolor muy agudo en el metatarso izquierdo. A casi un mes, sigue firme como el primer día. Hasta ahora lo resolví como Scott Jurek: sin enmascararlo, aguantándolo y recordándome: “No todo dolor es significativo”.

En mi fondo anterior, de 27,5 km, un poco harto de esa molestia, le saqué el realce a la plantilla. No hubo ningún cambio. En los 70 km de ayer, me unté Voltaren y tomé Keterolac sublingual, mandando a Scott Jurek a la puta madre que lo parió. Hubo un período de calma, pero el dolor volvió, más fuerte que nunca. También sufrí una importante ampolla, de esas que tienen sangre adentro. No era la primera vez que corría con dolor, pero me doy cuenta ahora que aprendí mucho de estas experiencias.

Nada te educa en humildad como enfrentarte a tus propias limitaciones. Nada te fortalece tanto como vencer a la adversidad. Es imposible que estas cosas no te cambien. Ser consciente del dolor y seguir adelante hace que, a la larga, uno pase un umbral. No sé por qué, pero eso que duele en un momento cede, y todo lo que queda es la zancada. ¿Por qué pasa? ¿Hay algo en la irrigación sanguínea, como aventuraba ayer mi amigo Nico? ¿Entumecimiento de las terminales nerviosas? ¿Un cambio a nivel psíquico? Hoy no lo sé, pero lo que sí sé es que no hubiese soportado 7 horas continuas de dolor. Ni siquiera cinco o tres. Cuando los dolores aparecían eran fuertes, intensos, pero cada tanto se iban. Esto me obligaba a disfrutar y ser consciente de esos períodos de “bienestar”, en los que el acto de correr una ultradistancia se convertía en algo absolutamente placentero.

Otra cosa que me enseñó el soportar el dolor es que la mente se detiene en tonterías. ¿Estás cansado? ¿Bajaste el ritmo? ¿Te duelen los cuádriceps? ¿La mochila te pesa? ¿El buzo te da calor? Correr con el metatarso en llamas hace que todo eso pase a un segundo plano. Ya ni me daba cuenta de las secuelas de estar corriendo distancias de ultramaratón. En todo lo que pensaba era en mi zancada y qué podía hacer para mitigar el dolor. Decidí no recurrir más a analgésicos. Si el bienestar que me daban duraba un par de horas, de poco me van a servir. No pienso destrozarme los riñones o el hígado por tomar medicamentos. Lo que ayer descubrí que me servía era frenar. Ni caminar ni bajar el ritmo: detenerme. Aproveché cada instante en que tenía que tomar agua o pinole para ese descanso de unos segundos. Contrario a detenerse por miedo o falta de confianza, para mí eran pequeños objetivos y pequeñas recompensas. ¿No aguantaba más y necesitaba frenar? Okey, cuando llegara al kilómetro 55. Así fui tirando hasta el final.

Estoy convencido de que correr sin dolor es preferible a estar sufriendo. Lo que no te mata te fortalece, de acuerdo, pero a mí también me gusta disfrutar del running. Ayer tuve que ponerle mucha garra y sobreponerme a una frustración inmensa. Haberlo logrado le dio al entrenamiento un sabor a triunfo inexplicable, pero ahora mi objetivo es volver a correr sin molestias. Por eso voy a abandonar la talonera y darme un par de semanas más, a ver si el metatarso deja de molestar. Quizá esto eche por tierra mi plan de pasar a un calzado más liviano (pero con menos estabilidad). Es algo que tengo que sopesar.

Con la Espartatlón a tres meses, no tengo tanto tiempo para adaptarme a una nueva forma de correr. Es un riesgo que tengo que asumir: zapatillas pesadas para no perder estabilidad, o calzado liviano para gastar menos energía (a riesgo de torcerme más fácilmente los tobillos). Siendo que mi objetivo está en una carrera que es casi exclusivamente asfalto, no me tendría que preocupar tanto por las torceduras. Es hora de tomar esa decisión, y ver qué pasa en los próximos días.

Semana 39: Día 267: Un difícil fondo de 70 km

El reloj despertador sonó a las 3:30 de la mañana. No me demoré en levantarme, quería enfrentarme a este fondo de 70 km y ver qué pasaba con mis dolores en el pie. Me esperaba una jornada muy dura.

Me abrigué, desayuné y preparé la mochila. Afuera estaba más fresco de lo que me imaginaba, así que volví y me puse un discreto buzo color amarillo fluo. Los boliches y bares todavía estaban rebosantes de personas divirtiéndose. Yo también me divertía, a mi modo.

Mi mayor preocupación hoy es el dolor que siento en el metatarso. Estoy empezando a preguntarme en qué momento debería decir “hasta acá llego” y consultar a un especialista. Siempre está la esperanza de que me voy a acostumbrar, de que el cuerpo se va a acomodar al realce en la plantilla, pero hasta ahora todo ha sido correr contra el dolor. Vengo aguantando, pero mi incógnita era hasta cuándo.

Después de desayunar me tomé un Keterolac sublingual (analgésico no esteroide) y me unté el pie con Voltaren. Corriendo los primeros kilómetros no sentía nada, solo la presencia en el metatarso de algo que no andaba bien. Pero el dolor estaba bloqueado. Ojalá hubiese durado toda la mañana, pero no tuve tanta suerte. Llegué a mi primera mini-meta en el kilómetro 8, el bebedero en Belgrano, y la molestia se hacía sentir. Leve, un 4 sobre 10.

Por supuesto era de noche, y siendo la madrugada del viernes al sábado, tenía cierto temor de que un conductor alcoholizado me pasara por encima. Correr distancias tan largas, sobre todo sin música, activa mi imaginación, y entre las cosas en las que pienso está mi propia muerte, que suele ser espectacular, con un dejo de “qué pena, era un chico tan deportista, tenía la vida por delante”. No suelo pensar que muero de viejo, supongo que no es tan interesante eso.

A medida que avanzaba, el dolor iba en aumento. Quizá siempre había estado ahí, solo que iba dejando de estar enmascarado por analgésicos. Como fue siempre mi estrategia, cada 5 kilómetros tomaba un pinole alternado con agua. Ya tengo ubicados bebederos y canillas donde abastecerme, y así obtener autonomía mientras corro.

En provincia iba dudando si corría hasta el Hipódromo y le daba 10 vueltas, para así completar los 70 km, o si me iba hasta Tigre y volvía a Acassuso, como para dar solo 4 o 5 vueltas. Lo dudé, iba pensando en eso (en lugar de terribles accidentes en los que quedo en coma o muero) como para no pensar en mis molestias. Con el paso de los metros, el dolor fue desapareciendo. ¿Costumbre, o el Keterolac haciendo efecto? Cómo saberlo… pero correr sin dolor es un alivio muy grande, y no hablo a nivel de sensibilidad ni físico, sino mental. Es por fin relajarme y dejarme ser.

Me animé a ir hasta Tigre, corriendo en la calle lindera a las vías del Tren de la Costa. Mi ritmo era tranquilo, no quería apurarme. Los minutos (y los kilómetros) pasaban, de a poco el cielo se iba aclarando. Llegué a la estación fluvial de Tigre y alguien muy original me gritó “Run, Forest”. Fui derecho al monumento al remero. Como la vivo remando, siento esa estatua como un homenaje a mí mismo. Era el kilómetro 33, todavía me faltaba un poco más de la mitad.

Mi bienestar no fue eterno, para el kilómetro 40 estaba con dolores bastante fuertes en el metatarso. Descubrí que frenar, aunque sea 30 segundos, me relajaba, y después podía arrancar sin molestias. Por eso aproveché cada ocasión en que tenía que tomar agua o pinole para parar, quedarme quieto un instante, y seguir. Esa fue mi estrategia para el resto del fondo.

Decidí hacer lo que llamamos la “vuelta larga” al Hipódromo. En lugar de subir por Perú, cruzar la vía y llegar al punto donde nos juntamos siempre los Puma Runners, opté por trepar la cuesta de Roque Sáenz Peña y rodear tooooodo el Hipódromo. Así, en lugar de ir bien directo, sumé varios kilómetros y llegué a donde se juntaban mis compañeros a las 9:15 de la mañana, con 49 kilómetros encima.

Dejé la mochila, lo que siempre es un alivio (sobre todo cuando cargás 4 botellas de 470 cc de Gatorade (llenas de pinole y agua) y me puse en marcha para esas últimas vueltas. Pensé mucho en si me tomaba otro Keterolac o no. Si bien el dolor era fuerte, iba y venía, y estaba dentro de lo tolerable. Fue mucho peor cuando sentí que aparecía una ampolla en un dedito del pie izquierdo. Eso era mucho más incómodo. Cuando ya no lo soporté más, aproveché que tenía asistencia y me la reventé. Me puse una curita y seguí.

Esos últimos 20 km los pude hacer acompañado. Fueron cuatro vueltas, las cuales estuve solo únicamente en la tercera. Es duro estar ahí, sin nadie con quien charlar, que te distraiga. Tener a una persona con la que conversar me ayudaba a que todo se pasara rápido. En la última vuelta, esa ampolla que me había reventado reapareció, con más dolor. Fue todo bastante agónico, con dolor de metatarso sumado, pero pude terminar. Por suerte, Marcelo me acompañó y me hizo más amenos esos últimos 5 km. Cuando terminé pegué un grito que contenía mucho alivio, como cuando Messi hizo su gol contra Bosnia. Supongo que él no tenía dolor en sus pies, pero sí estaba fastidiado y por fin pudo exteriorizar toda su frustración. Sí, es mi blog y yo me comparo con Messi. Usted también puede hacerlo en su propio blog.

Es curioso cómo puede estar corriendo con dolores de distinta índole, y al frenar después no podía ni caminar. El metatarso me molestó por varias horas, pero lo peor era esa ampolla. Me puse doble media para prevenirlo… ¿qué falló? Pareciera difícil pensar en correr otros 174 km así y terminar la Espartatlón, pero mientras estuve en movimiento, todo estaba dentro de lo tolerable. Estoy un poco frustrado, porque a nivel físico me siento excelente. No tengo problemas con el aire, ni a nivel muscular. Podría correr todo el día. Pero estos dolores me la complican más de lo que me esperaba.

Terminar estos 70 km en 7 horas con 9 minutos, venciendo al dolor, se sintieron como un triunfo. Me hizo falta mucha concentración y determinación. Por suerte tengo de eso, pero… ¿me aguantará 29 horas más?

Semana 38: Día 266: El sueño (literal) de un fondista

Quienes me conocen saben que no tolero el sueño. Si estoy cansado, mi cuerpo empieza a apagarse lentamente. A los bostezos y ojos achinados se me suma una picazón en todo el cuerpo. En realidad no creo que me pique realmente, sino que me rasco y no sé si eso me da más o menos sueño. Creo que más. Acto seguido, las funciones cognitivas se apagan, los ojos se cierran, la boca se abre y la cabeza queda colgando (hacia atrás o hacia adelante, depende). Mientras duermo todos me sacan fotos, se ríen y la pasan bomba.

He comprobado que no sufro narcolepsia ni nada parecido. Todos los Casanova nos rendimos ante el sueño, cabeceamos y nos desmayamos. Más allá de la genética, esto me inquietaba, hasta que leí en Nacidos para Correr que los tarahumara van caminando y de pronto se desploman en el suelo. Esta tribu de ultra corredores optimizan su energía al máximo y cuando tienen sueño, se dejan caer como si fueran marionetas a las que le cortan los hilos. ¿Tendré algo de tarahumara, aunque solo sea en desmayarme ante el sueño?

Esto de estar entrenando distancias de ultramaratón hace que tenga que madrugar. Y es algo que, por suerte, me cuesta muy poco. Todo el esfuerzo que hago para quedarme despierto a la noche es me lo ahorro en la mañana, levantándome de un salto. Mañana, por ejemplo, tengo que correr 70 km, y quiero que los últimos 20 coincidan con el entrenamiento de los chicos de Puma Runners. Además necesito terminar antes de que empiece el partido de Argentina, así que mis cálculos me dieron que tendría que estar empezando mi fondo a las 4 de la mañana. Si les parece que va a hacer frío, es porque no saben cómo baja la temperatura en los primeros minutos de luz solar. ¿Algún meteorólogo que me explique por qué, cuando sale el sol, hace más frío que la noche anterior?

Aunque tenga las cosas preparadas, necesito desayunar, así que con suerte me tengo que levantar a las 3:30 de la madrugada, vestirme, comer mis cereales y salir.

Lo curioso de todo esto del sueño, mi resistencia (o falta de ella) ante el cansancio y las ultramaratones es que voy a enfrentarme a la Espartatlón, en la que no voy a poder dormir. La única experiencia que tuve haciendo algo similar fue en La Misión (que a simple vista no estaría siendo tan parecida), en la que no debo haber dormido más de dos horas en tres días. Supongo que la emoción de la carrera no me va a permitir rendirme ante el sueño, así que no me estoy preocupando por controlar mi agotamiento (digo esto mientras bostezo, me lloran los ojos, y me empiezo a rascar la cabeza… sí, definitivamente eso me da más sueño).

Madrugar, por supuesto, obliga a acostarse más temprano, algo que le encantaba a Murakami. Él un día decidió que junto a su esposa no iban a acostarse tarde. Quienes los rodeaban iban a tener que entenderlo, así que se excusaba de las reuniones (a veces ni siquiera iba) y aprovechaba las primeras horas del día, como hacemos todos los amargos.

El descanso es uno de los pilares del deporte de alto rendimiento, junto al entrenamiento y la alimentación. Probablemente sea el aspecto más descuidado, pero últimamente estoy intentando meter la mayor cantidad de horas de sueño, aunque sean pocas como suele pasar cuando arranco una ultra a la medianoche.

Mañana toca un fondo de siete horas, así que ya me estoy metiendo en la cama…

Semana 38: Día 265: Sangre vegana

¿Quién será el afortunado que reciba 500 cc de sangre vegana, sin colesterol, ni alcohol, ni medicamentos, ni drogas? Fortalecida con ultramaratones y gimnasio. Esta donación premium quizá salve alguna vida. Para pensarlo.

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