Archivos Mensuales: mayo 2014

Semana 34: Día 236: El miedo a la lluvia

Hoy es un día de valientes. Porque la lluvia en primavera o verano ahuyenta a muchos deportistas que eligen el deporte al aire libre, pero cuando hace frío… quedan unos pocos.

Cuando estamos con el cuerpo caliente por haber corrido quizá ni nos demos cuenta. Probablemente sea más tolerable correr con calor, uno hasta puede desabrigarse hasta quedar en cuero (los hombres, al menos). El problema está cuando hace frío… solo contamos con el abrigo que tenemos encima. Ese es el motivo por el que conviene dejar poco margen al error y tener ropa de más. De última, ese buzo puede terminar atado a la cintura…

Nunca deja de sorprenderme el miedo que le tiene la gente a la lluvia. Me refiero puntualmente a los corredores, no a Doña Rosa… si disfrutamos del aire libre y la naturaleza… ¿acaso la lluvia no es parte de eso? La pregunta de si se entrena con lluvia debería desterrarse de quienes participan de carreras de aventura, las cuales no se suspenden a menos que venga Godzilla…

Los seres humanos somos impermeables, y se ha desarrollado toda una industria que se apoya en ofrecer ropa de abrigo y que repela el agua. Me juego a que el 90% que se queda en sus casas, jamás entrenó bajo la lluvia…

La ventaja de hacerlo, además de que fortalece el carácter (como todo lo que nos saca de nuestra zona de confort), es que hay unos pocos que se animan a entrenar bajo la lluvia de los meses fríos… eso es más vereda para correr… más barro también, pero eso es opcional…

Semana 34: Día 235: Hacer un fondo en el frío

Mirando mi cuentakilómetros puedo sacar como conclusión que en el verano hago los entrenamientos más largo y acumulo mayores distancias. El calor invita a correr, por supuesto, pero si en las carreras existe la posibilidad de pasar frío (como en la noche griega), no queda otra que salir a enfrentar los climas poco amigables.

Lunes por la noche. Entrenamiento con los Puma Runners. Yo ya había decidido volver corriendo hasta casa para meter un buen fondo. Como después de entrenar elongo y me como un sándwich de tofu (para incorporar hidratos y proteína) generalmente me enfrío. Al principio cuesta enfrentar esos 22 km que me quedan por delante, así que en estas épocas me preparo una remera térmica para protegerme. No me la saqué en ningún momento, además de que me puse un buff en la cabeza, para no enfriarme la azotea.

Lo bueno de las remeras térmicas es que aíslan de los climas fríos incluso si estamos transpirados. Obviamente yo estaba empapado de sudor, pero no me afectaba como sí me pasaría con absolutamente cualquier remera común que tuviese (como las dry-fit). Opté por calzas largas, también, para cubrirme las piernas. Y después de meter 10 km alrededor del Hipódromo, en los que me congelé las manos, me hidraté, comí y rajé.

Hacía un tiempo que no tenía un fondo nocturno. Dudo que haya sido el peor frío del año, obviamente esperan sesiones duras y con mayor abrigo (un gorro windstopper, guantes, etc). Correr transpirado y con ese clima es horrible, pero es lo que hay. Entrenar es una sensación hermosa, una vez que uno logra superar ese eterno estado de incomodidad.

Algo que siempre intento recordar cuando corro con frío es a no descuidar la hidratación. En verano transpiro más y eso me da más ganas de tomar, pero hay que regirse por la sencilla máxima de “Tomar sin sed, comer sin hambre”, o en una ultramaratón estás frito. Probablemente podría hacer 32,5 km sin un sorbo de agua (la pasaría espantosamente mal), pero entre las ventajas de estar bien hidratado se encuentra la de evitar los calambres, motivo más que suficiente para imponerse un sistema cada tantos minutos o kilómetros. Yo me lo dividí en 250 cc cada 5 kilómetros, aproximadamente. Eso me dio un litro en 22 km, lo cual me parece que está más que bien.

Me esperan fondos ásperos estos meses, más incómodos que los del verano en los que todo se resolvía sacándome la remera. Acá voy a tener que encontrar el equilibrio entre correr cómodo y ligero con abrigado. Me entusiasma seguir investigando.

Semana 34: Día 234: Tatuaje espartano

No soy de los que se hacen tatuajes. ¿Por qué? ¿Miedo a las agujas? No, más bien es que en mi vida suelo aburrirme de las cosas. Que me apasione el running durante tantos años es una novedad, pero he sido fanático de bandas o artistas y después me he olvidado. Lo mismo con series o películas. ¿Qué piensa hoy el adolescente que se tatuó a los Guns n’ Roses en el brazo? ¿Qué hay del que se puso “VEGAN” gigante y ahora come panchos en eventos públicos?

Podría, claro está, hacerme algo atemporal, un tribal o un dibujo abstracto, pero sé que con los años me aburriría y me arrepentiría. Tanto me retocaría los tatuajes que terminaría siendo todo negro.

Pero… no dejo de coquetear con la idea de hacerme uno después de terminar la Espartatlón. Algo conmemorativo, porque aunque algún día deje de correr, será un recordatorio de un punto alto (quizás el máximo) en mi carrera atlética. La gente me preguntaría qué es eso que me hice, y tendría una historia interesante para contar.

Por supuesto que no me decido qué hacerme, y para ponerme a pesar en eso primero tengo que llegar a la meta. Así que por ahora es solo una fantasía, pero es la primera vez que lo considero seriamente. Mientras fantaseo, me crucé con este artículo de Mark Wooley, un atleta británico que compartió su historia en la Espartatlón y la marca permanente que se hizo en su gemelo. Sin más, la traduzco para la posteridad:

Déjame contarte sobre de mi tatuaje.

La mayoría de las personas lo ven y simplemente lo asocian con un corredor. Aquellos que saben lo asocian con Filípides y la Espartatlón. Claramente, llevar el tatuaje es haber terminado la Espartatlón, pero el significado es de hecho mucho más profundo.

Hace unos 20 años me caí mientras hacía escalada y me rompí la pierna justo sobre el tobillo derecho. La pierna literalmente se había partido a la mitad y el pie colgaba de unos pocos tendones. El equipo de rescate me llevó en helicóptero y entonces tuve una cirugía de emergencia en el hospital. Los doctores me dijeron que jamás volvería a correr.

En aquel entonces, en los 80s, la historia de Filípides corriendo de Atenas a Esparta en 36 horas era considerada imposible, nada más que una curiosa anécdota antigua, mezclada con mitología griega de hazañas imposibles, criaturas imposibles y dioses. Eso fue hasta que John Foden y su equipo decidieron probar que en verdad era posible, y que Filípides sí corrió entre Atenas y Esparta. El resto lo sabemos todos, que ahora es historia del ultra-running, con el nacimiento de la Espartatlón, la carrera más grandiosa del mundo. 

Así que el significado del tatuaje es que nada es imposible, ni la herida ni la hazaña. Los únicos límites son los que están en nuestra cabeza y solo están ahí para ser rotos. El tatuaje está en la pierna que me rompí,  aunque hoy tendrías que mirar detenidamente para ver las cicatrices. Yo solo tengo que mirar hacia abajo para recordarme que nada es imposible. Filípides será siempre el mito que debe ser roto.

Semana 34: Día 233: ¿Qué es más difícil, empezar o continuar?

Hoy se armó un interesante debate cuando Germán, nuestro coach, compartió una frase con los Puma Runners: “Ver un nuevo día es saber que tenemos una oportunidad de volver a empezar”. La frase es interesante, sobre todo porque uno crea sus propias oportunidades, o sea que nunca es tarde para buscar un cambio.
Pero… ¿y si el proceso de cambio ya había empezado en nuestra vida? Alguien aportó: “¡Volver a empezar o elegir continuar con lo ya comenzado!”. Yo estaba de acuerdo con esto. Después de todo, continuar con algo recientemente incorporado es también una decisión. Pero después agregaron: “Creo que elegir continuar es un poco menos importante que empezar pero muy importante de todas maneras”. No me considero una eminencia en sostener las elecciones, pero me pareció importante hacer una salvedad: “Tomar la decisión de empezar es difícil, pero es la mitad del camino.Sostenerlo y no desviarte… eso es algo para no subestimar”.
Una elección de cambio es importante porque nos estamos valorando tanto como para hacer borrón y cuenta nueva. En mi caso fue despedirme de la comida chatarra, incorporar frutas y verduras a la dieta, hábitos más saludables… pero esa decisión hubiese tenido poco impacto si a los dos meses hubiese vuelto a mi vida anterior.
¿Es más difícil sostener el compromiso tomado que decidir tomarlo? ¿O es parte del mismo proceso? Porque para terminar una carrera tenés que llegar a la meta, pero también tenés que haber salido desde la largada. Dar el primer paso es muy importante, como también lo es dar el segundo, el tercero, el cuarto, y así… aunque el camino sea largo, hasta los pasos tienen un comienzo y un fin. Todos los días se elige volver a tomar el compromiso de avanzar.

Semana 34: Día 232: Excusas para no correr

Frío. Lluvia. Cansancio. Algo bueno en la tele. Muchas veces enumeré excusas para no entrenar, en tono de burla. Pero motivos para no hacer nada sobran, lo que parece escasear es el empuje para ponerse en movimiento.

Yo fui un experto en excusas. La principal, difícil de retrucar, fue siempre la falta de dinero. Pasé muchos meses sin ir al grupo de running porque no podía pagarlo. Y realmente era una excusa porque podría haber salido solo, por mi casa, con el único fin de mantenerme activo.

Hoy veo tantos motivos para no correr… y me siento muy extraterrestre cuando los leo, una sensación difícil de explicar (la experimento también cuando paso por un kiosco o un supermercado y veo que venden 99% basura). A poca gente parece gustarle la lluvia, pero a menos que tengamos neumonía (o seamos un Gremlin) no nos va a pasar nada si salimos. ¡Cuando el cuerpo entra en calor hasta es agradable! En mis tiempos de excusas, unas gotitas era todo lo que necesitaba para quedarme en casa. A veces era una lluvia pasajera, y me quedaba mirando por la ventana, rogando que se largue más fuerte para sentirme justificado.

Otra excusa es tirarse abajo. “Yo no corro ni al colectivo”, o “No corro ni tres cuadras”. Podría decir que todos pasamos por eso. Yo odiaba correr. Educación Física era una tortura para mí. He dejado pasar incontables colectivos. También me he considerado incapaz, aferrándome a un límite cuando lo alcanzaba, convencido de que nunca iba a poder superarlo.

Encuentro un poco más justificado estar enfermo o lesionado. Pero con los años encontré que incluso en estas situaciones podía correr. “No todo dolor es significativo”, dice Scott Jurek, y se convirtió en mi lema ahora que me volví un ultramaratonista. Los fondos largos vienen acompañados de mucho esfuerzo, y hay que convivir con cierto sufrimiento físico. Obviamente que hay un límite para todo, pero he encontrado que entrenar en muchos casos me ayudó a recuperarme. Ahora entiendo que no todos los dolores requieren que me quede quieto.

Los límites están en la cabeza, y somos nosotros los que decidimos entrenar o no, y acompañamos esa decisión con la excusa que mejor nos calce. He corrido con los pies llenos de dolorosas ampollas, y me acostumbré. También bajo una lluvia torrencial, y no pasé frío. Corrí con sueño, cansancio, habiendo donado sangre esa mañana, con zapatillas rotas, a toda hora del día (mi favorita es antes de que amanezca). Y creo que todo eso, lejos de arruinarme, me fortaleció mental y físicamente. Y esa es la excusa para entrenar que contrarresta a cualquiera para quedarse en casa.

Semana 33: Día 231: Extraño correr

He pasado muchos días sin correr, o directamente sin hacer actividad física. Pero era porque no podía, seguramente por compromisos laborales, o por estar de viaje. Ahora podría hacerme el tiempo, pero tengo que dejar que cicatrice la muela. Así que solo me queda extrañar calzarme las zapatillas y atacar la calle.

Quiero hacer las cosas bien, porque un problema con la muela y adiós correr por más tiempo todavía. Escuché de jugadores de fútbol que se acalambraban todo el tiempo y descubrieron que la causa de su problema era una caries. Así que me porto bien, hago caso a lo que dice el médico y no hago actividad física. Hasta me estoy tomando la Amoxicilina. El analgésico voy a dejarlo porque de lo contrario no tengo idea de si tengo dolor o no.

Pero ahí estoy yo, caminando tranquilamente por la ciudad, fracasando en no pasar la lengua por el agujero, cuando veo un semáforo peatonal que empieza a titilar. Entonces salgo corriendo para llegar a salvo al otro lado, y en ese ínfimo instante, siento alivio. Porque pude correr, aunque sea ocho metros. Lo hago y pienso que no me duele, que no estoy empeorando nada. Por eso hoy tomé el último calmante, para corroborar si ya puedo volver a la actividad física.

Creo que en el running nos malacostumbramos a enmascarar el dolor con ibuprofeno, y así nos perdemos de información vital para poder recuperarnos. “No todo dolor es significativo”, dice Scott Jurek, y bajo ese lema quiero vivir.

Se supone que la veda de actividad física termina mañana, así que ya estoy en condiciones de volver a las andadas. Mañana les cuento cómo es sacarse esa gana de hacer algo prohibido…

Semana 33: Día 230: Sin muela

Hace un par de meses, estaba desayunando y sentí algo con punta adentro de mi boca. Inmediatamente imaginé el juicio a Kellog’s por meter un objeto extraño adentro de su avena, pero no, era mi muela de porcelana y su sistema anticuado de pegarlo adentro de la cavidad de mi diente cariado.

En la guardia lo pegaron y me advirtieron que no iba a durar mucho. Era muy cierto, creo que aguantó dos meses (como mucho) y almorzando con amigos después de correr los 21 km de San Pedro, masticando mis ñoquis de papa, se volvió a salir. Ahí quedó, suelto, a la espera de turno con el dentista.

La tecnología odontológica ha avanzado, y ahora ponen unos tornillos que, sinceramente, me dan bastante pánico. Ver el video con animación 3D no me tranquilizó. Después de pagar una FORTUNA por algo tan chiquitito, el dentista se decidió a deshacerse de todo lo que quedara de mi vieja muela. Me sacó las raíces, pero primero las partió en dos (si alguien se empieza a sentir mal con este relato, me avisa). Por suerte estaba anestesiado, pero podía oler el hueso hecho polvo que volaba por los aires. Luego siguieron tironeos, raspados, un tubito que aspira la saliva y quién sabe cuántas cosas más. Yo estaba aislado mentalmente, en mi mundo feliz, uno en el que los dentistas y los pacientes son amigos.

Y eso fue todo, me vaciaron el diente y quedó un agujero (cosa que me angustia de una manera que no sé si podría explicar). Al principio me dieron una gasa enrollada que tuve que morder por una hora. La anestesia se quedó conmigo toda la tarde, durmiéndome hasta la nariz. El dentista me dio una lista de las cosas que tengo y que no tengo que hacer, ahora que estoy agujereado. En 45 días me revisan, si el hueso se soldó, pasan a la fase 2, que es la de poner la corona y el diente, con ese sistema de tornillos que preferiría no haber conocido.

Lo que más me perturba, además de concentrarme en masticar con el otro lado, es que no puedo hacer actividad física. Ni gimnasio ni running. Por eso aproveché y ese mismo día corrí 30 km, pero por la mañana… como para estar a punto y volver el sábado. Cuando el efecto de la anestesia se iba yendo, sentía como si me hubiesen pegado una trompada con una manopla, así que entiendo lo de quedarse quietito y dejar que todo cicatrice.

Mañana por la mañana podría probar ir al gimnasio a ver qué pasa… pero tengo que esperar a Fibertel a que me arreglen internet. Reconozco que mis desgracias son bastante poco importantes. Al menos tengo 3G en el celular y otros 33 dientes en su lugar…

…ah, los humanos tienen 32 dientes, yo tengo dos más, lo que me convierte en un mutante.

Semana 33: Día 229: Sin internet

Un día, internet dejó de funcionar. Esto me imposibilita trabajar, además del ocio, como puede ser ver videos para pasar el rato, escuchar la radio online, subir mis entrenamientos desde el reloj, contactarme con mis amigos, ver si mañana llueve o no, y un infinito etcétera.

Esta no es la primera vez que Fibertel me deja de garpe. Para colmo, lo primero que responden es que hay una falla general, aunque no sea cierto… porque cuando no recuperé por un día entero el servicio, me programaron un técnico para que venga al domicilio. Encima me decían que iban a pasar entre las 13 y las 19… ¿realmente esperan que me quede seis horas prisionero en mi casa, sin saber la hora exacta en la que van a venir? Pude renegociarles de 8 a 13, que sigue siendo un rango horario exagerado, pero al menos no me parte el día por la mitad.

Hasta que no se resuelva, las actualizaciones de este blog pueden verse afectadas… pero bueno, háganme el aguante. Podría actualizar desde el celular, pero hasta último minuto tenía la esperanza de que el servicio volviese tan súbitamente como desapareció…

Semana 33: Día 228: La mala suerte no existe (tampoco la buena)

Hoy es martes 13. Se supone que es un día de mala suerte, y quizás el origen venga del dicho de “en día martes no te cases ni te embarques” (viene de la época en la que la gente embarcaba en barcos, no es aeropuertos). Casualmente hoy tuve lo que podríamos considerar mala suerte: me cambié de obra social y me enteré de que todavía tengo en débito automático las cuotas de ambas. También me enteré de que falleció una queridísima amiga que me crió y alimentó por años, viviendo la infame época en que decidí dejar de comer carne. O sea, tuve un día bastante de mierda, porque sigo siendo pobre y ahora estoy lleno de remordimientos por una persona a la que no veía desde hacía una década y por quien nunca cumplí mi auto promesa de ir a visitarla.

Pero no creo en la mala suerte. Tampoco en la buena. O sea, no siento que haya cosas predestinadas. Tampoco creo en el karma, aunque me encantaría que existiese. Creo que en el universo pasan millones de cosas e inevitablemente algunas se superponen. A esas coincidencias algunos le llaman suerte.

Yo podría elegir ponerme mal por este maldito martes 13, y la verdad es que es difícil no encararlo de otro modo (una importante pérdida emocional y una reemplazable pérdida material). No creo que la suerte exista, es casualidad que Ceferina haya fallecido justo hoy. Tenía problemas de salud, y le llegó su hora. No es mala suerte que no la haya visto en los últimos años, es puro egoísmo mío. Tampoco puedo acusar a la mala fortuna de estar pagando dos obras sociales, cuando me cambié porque la anterior no la podía seguir afrontando. Puse la responsabilidad en un tercero para hacer la baja, en lugar de encargarme yo (veo una constantes en mí, la de no hacerme cargo).

En el pasado escribí sobre esto, y decía que en una carrera o entrenamiento no se le pueden achacar los resultados a la buena o mala suerte. Uno es lo que hizo y lo que hace, es imposible que en un evento deportivo haya cosas libradas al azar. ¿Hace frío? Hay que abrigarse. ¿Llueve? Depende de si tengamos calor o no, habrá que ajustar la vestimenta. ¿Nos lesionamos en medio de la competencia? Algo malo habremos hecho, como forzarnos de más o estar distraídos.

En lo que sí creo es en las oportunidades. En saber verlas y no dejarlas escapar. Si dos amigos van caminando por la calle y encuentran 100 pesos, no los va a levantar el que tenga más suerte, sino el que haya estado más atento. Los contratiempos tampoco son mala suerte, simplemente son cosas que pasan y que uno debe resolver. Es parte de hacerse cargo. Si uno enfrenta un problema y lo resuelve, cualquier victoria va a resultar más sabrosa.

Ni Dios, ni el destino, ni el karma decide si nos van a pasar cosas buenas o malas. Sería mucho más fácil que la responsabilidad estuviese afuera de nosotros, pero no es así. Hay oportunidades, y nos tenemos que hacer cargo de si las dejamos pasar o no.

Semana 33: Día 227: Ser feliz durante 100 días

Cuando escribís un blog que directamente cuenta los días, pueden surgir cosas interesantes. Por ejemplo, objetivos en X cantidad de tiempo, los cuales uno puede seguir de cerca, o metas al alcance del calendario.

Hoy tuve la suerte de cruzarme con uno que parecía hecho para este proyecto que he dado en llamar Semana 52. Con el hashtag #100HappyDays, esta movida que se inició en 2013 consta de tomar fotografías de las cosas que te hacen feliz, y sostenerlo durante cien días. Es poco más de tres meses, y no lo veo como un concurso de fotografía, sino como un modo de encontrar diariamente esas cosas que nos hacen bien y que quizá damos por sentado.

Enumerar durante todo este tiempo y guardar un registro no pareciera tan difícil. Los que abandonaron (más del 70% en la primera vez que se hizo), alegaron falta de tiempo. ¿Será que el reloj dicta si somos o no felices? ¿O no tenemos tiempo de verlo porque vivimos con los minutos contados?

Ya que me hice una cuenta de Instagram casi exclusivamente para sacarle fotos a mis jugos y comidas, decidí darle un nuevo uso y empecé hoy con mi primer registro de cosas que me hacen feliz. Estoy muy atrasado con trabajo, realmente mal, y me tomé unos minutos para amasar pan integral. Es algo que me hace feliz, no solo por la pausa en la vorágine laboral, sino porque me reconforta demostrarme que puedo cocinar, ensuciándome las manos y sin estar leyendo las instrucciones de un paquete.

Si les interesa, estoy empezando en mi cuenta de Instagram y lo replico en Twitter con el hashtag 100HappyDays. No sé hasta dónde llegaré, pero me va a ayudar a que pasen los días hasta mi viaje a Atenas, y me va a ayudar no solo a reconocer lo que me hace feliz, sino a no olvidarme de hacer algo que me gusta una vez al día.

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