Semana 35: Día 241: La euforia de correr

Últimamente me pasa algo que quizá me haya ocurrido siempre y recién ahora lo noto.

El sábado hice un esfuerzo considerable para completar el fondo de 70 km (con un fondo de 50 hecho el día anterior). No fue ni por asomo lo más duro de mi vida, pero estaba ansioso por terminar. Metí un ligero sprint en los últimos metros y cuando llegué a la marca grité” ¡ESPARTAAAAAA!” a viva voz.

Esto se convirtió en mi marca registrada cuando termino un desafío muy importante; la antesala de ese objetivo máximo que es la Espartatlón en septiembre. Pero me puse a pensar que en ningún otro contexto me animaría a gritar así. No podría salir de la meta con mi interpretación del rey Leónidas en 300, porque me moriría de vergüenza. ¿Y cuál sería la diferencia? Haría el ridículo de todos modos, pero algo cambia en mi interior.

Supongo que las carreras (o los fondos bestiales como los de este fin de semana) me dejan en un estado de euforia. Paso a sentirme en la gloria, un espartano invencible que acaba de recibir el favor de los dioses. Es difícil ponerlo en palabras, supongo que en todo el recorrido hay una tensión que necesita estallar en ese momento climático donde todo culmina.

El running es una conjunción de un esfuerzo físico con uno mental. Seguro hago esto por mi cabeza, que está nadando en endorfinas.

Todo esto casi que lo sabía, pero me puse a pensar en el contexto en el que me permitiría lanzar un alarido así y es el único. Debe tener que ver con lo otro que me pasa después de entrenar.

A veces llego a casa, con mi cuerpo todavía en estado de alerta y los gemelos latiendo (literalmente), con la convicción de ponerme a trabajar. Llego a sentarme en la silla, muchas veces con algo de esfuerzo porque los cuádriceps arden en llamas. Y no tengo fuerzas para retomar un proyecto y laburar. Me cuesta mucho más que correr una ultra. Supongo que no puedo hacer el pasaje del mega esfuerzo atlético para quedarme sentado, quietito, usando solo la cabeza y el mouse.

También podría ser que como la cabeza también hace un trabajo desgastante en el ejercicio (hasta el bushido de poner la mente en blanco requiere un esfuerzo), probablemente al momento de sentarme a trabajar ya no me quedé energías mentales.

Como sea, correr me pone en un estado de euforia del que me cuesta salir. No termino de recuperarme que ya estoy pensando en el próximo desafío, en crecer y seguir desarrollando mi cabeza y mi cuerpo. La conclusión que me llevo es que me conviene correr de noche, para que esa euforia sea lo último de mi día… y si le dedico el fin de semana, aceptar que después solo voy a querer relajarme y descansar.

Publicado el 26 mayo, 2014 en Espartatlón III semana 35, euforia, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, mente, running. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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