Semana 35: Día 240: Recuperándome

El cuerpo humano nunca deja de asombrarme.

Ayer, sábado, corrí 70 km. Fueron prácticamente 7 horas, que por increíble que parezca, se me pasaron volando. Es difícil ser ajeno a los dolores que eso conlleva, en especial cuando paraba para comer o tomar algo, y arrancaba de nuevo la marcha. Era como que la máquina intentaba activarse y entrar de nuevo en ritmo era algo tortuoso, casi agónico. Pero a los pocos segundos, todo se acomodaba.

Era imposible correr con el cansancio de los 50 km del día anterior, y no pensar en “aquella otra carrera”. No sé si a otros atletas les pasará lo mismo, pero yo siempre vuelvo a mi primera maratón. Ese parámetro de esfuerzo descomunal, que hice por primera vez. Fue el 10/10/10, una fecha difícil de olvidar. Mis primeros 42 km, en 4 horas 6 minutos, que los hice con una mezcla de fascinación y espanto (igual que ahora). Recuerdo las piernas prendidas fuego en el kilómetro 30, la primera vez que sentí dolor y me convencí de seguir corriendo, lo mal que me sentí a los pocos minutos de cruzar la meta… en medio de esa euforia, las piernas me temblaban y sentía unos retortijones espantosos en el estómago, que poco podían disminuir mi alegría.

Los días siguientes sí que fueron bravos. Subir escaleras no parecía algo demasiado preocupante, el tema era bajar. Los cuádriceps se sentían atravesados por hierros incandescentes. Todo dolía, como un constante recordatorio de aquel esfuerzo titánico que había hecho. Fueron cuatro días de caminar como un zombie, de intentar disimular el estado de debilidad general que tenía.

Lo bueno nunca es gratis, dice Bucay, y agrega que uno siempre paga por adelantado. Llegué a esa instancia después de entrenar mucho, de dedicarle horas y horas a perfeccionarme y a preparar mi estrategia. Parte del costo de cruzar la meta por primera vez y de haberme convertido oficialmente en “maratonista” también fue soportar esos cuatro días de estado deplorable. Pero a mí me parecía un precio justo.

Casi cuatro años después me encuentro haciendo distancias que, en ciertos casos, duplican a la maratón. Ayer, cuando crucé la barrera de los 30 km, me hicieron notar que había superado el “muro”, al que tanto le temen los que no hicieron nunca una maratón. Esta vez no sentí piernas en llamas, ni el viernes ni el sábado. Tampoco sentí que las tripas se me revolvían al finalizar, y más allá del desgaste lógico que sentí en las rodillas, después de casi 12 horas de correr en asfalto (sumando ambos días), no me sentí particularmente una piltrafa humana. Por supuesto que cualquiera que me desafiase en una carrera durante el domingo me hubiese puesto en ridículo, pero las escaleras no me atormentan y después de caminar un poco casi que ya no siento secuelas.

Con el paso de los años, y quizás ayudado por la alimentación, el entrenamiento demostró acelerar el proceso de recuperación. Mientras antes una carrera me podía dejar en cama, con fiebre, ahora necesito un día de descanso para volver al ruedo. Seguramente mañana no esté al 100%, pero ya sé que puedo regresar de a poco. Esto me da muchas esperanzas para la Espartatlón… no solo para soportar el rigor de la carrera, sino para festejar después, en alguna playita griega, a la que acceda por mis propios medios y no en camilla…

Publicado el 25 mayo, 2014 en dolor, Entrenamiento, esfuerzo, Espartatlón III semana 35, fondo, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, Spartathlon. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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