Semana 34: Día 238: Fondo de 50 km… y contando

El plan era correr 100 kilómetros mañana, sábado. Eso implicaba que el fin de semana anterior tenía que hacer 50… pero no los hice. Me acosté tarde (o temprano, depende de cómo consideres a las 5 de la mañana), tuve mucho trabajo atrasado que resolver… y se pasó el domingo.

Eso nos obligó a replantear el entrenamiento de la semana, con un regreso desde San Isidro que me dio unos 32 km. Buscando una alternativa para seguir sumando distancia, Germán me propuso… correr 50 km el viernes y 50 el sábado. Ok, no parecía algo imposible, hasta sonaba a más fácil que hacer 100 de una. Pero probablemente el hecho de que lo encontrara más sencillo hizo que subiera un poco la apuesta: El fin de semana tenía que correr hasta lo que pudiera. Como detesto no tener un objetivo claro, negociamos en 70 km. Eso me daba hacer 120 kilómetros en dos días, un desafío muy tentador…

Entrenar en día de semana un fondo de ultramaratón es difícil, porque requiere muchas horas. La opción más viable ha sido siempre (para mí), la de madrugar. “La suerte empieza a las 5 de la mañana”, decía un espartatleta sobre su rutina para llegar a esta mítica carrera. Esto quiere decir que, justamente, la suerte no tiene nada que ver. Llega el que está mejor preparado, el que realiza sacrificios como rodear los compromisos laborales y sacarle provecho a las madrugadas.

Así que a las 5 de la mañana me levanté, teniendo preparado de la noche anterior una fainá con semillas de chía y mi receta personal de pinole. Afuera hacía un frío importante: 7 grados y 6,3 de térmica. Me puse una remera térmica y encima un buzo. Además un buff para el cuello, gorro, guantes, y medias largas, porque solo tenía calzas cortas y quería abrigo en las piernas. Cargué un litro de pinole en dos botellas de Gatorade vacías, 500 cc de agua, la comida, el celular, y salí.

Por suerte el cuerpo entró en calor rápidamente, y pude reemplazar el gorro en la cabeza (muy caluroso) por el buff. Como vivo en el microcentro, estoy en la ruta de los bares, y pude ver a varias personas volviendo de un prolongado after office. Las calles todavía estaban vacías, y solo las luces iluminaban la ciudad. Mi camino fue el de siempre: Figueroa Alcorta, cancha de River, Carrefour de Vicente López, costanera, Quinta de Olivos, calle lindera al Tren de la Costa, en el bajo, y en San Fernando, cuando el gps dio 25 km, pegar media vuelta y volver sobre mis pasos.

Empecé con dolor en los isquios, seguramente por el entrenamiento de crossfit intensivo del miércoles. Me costó arrancar, pero mantuve el ritmo. Iba racionando la botella de agua, y tomaba 250 cc de pinole cada 10 km. La fainá era solo por si había hambre. Recién corriendo por la costanera de Vicente López empezó a salir el sol. Hasta ese momento, Buenos Aires todavía dormía. Lentamente las calles empezaron a colmarse de autos, las escuelas recibían a los nenes, y algunos negocios empezaban a abrir sus puertas. Ir viendo esos estadíos de una urbe que empieza a activarse es una experiencia que solo pude conocer a través del running y de los fondos largos.

En un momento me olvidé de mi dolor de isquiotibiales. No sé si fue costumbre, entrar en calor, o llegar a un nivel en el que el dolor pasa a ser algo secundario. La primera mitad la cerré en 2 horas 8 minutos, y se ve que a la vuelta empecé a sentirme cansado porque terminé los 50 km en 4 horas 22 minutos. Nunca deja de sorprenderme pasar por los Lagos de Palermo. Ahí, cuando es de noche, las chicas “trabajan” vendiéndose, y las calles internas se llenan de autos. Hacen fila, es una cosa increíble. Cuando es de día (que lo veo volviendo) y el sol ilumina, no hay chicas, ni conductores. Son reemplazados por colectivos y gente entrenando.

Parte del corolario de la madrugada son los porteros baldeando o “regando” la vereda, los taxistas tomándose un café en patota antes de salir a trabajar, y los controles policiales de la frontera entre Capital y Gran Buenos Aires… totalmente desiertos. Al parecer no están las 24 horas, o le escapan al frío espantoso de la madrugada.

Si bien llegar hasta la puerta de mi casa me hubiese dado unos metros extra, decidí cerrar en 50 km y caminar lo que me faltaba. Después de todo, mañana me esperan nada menos que 70 km, con la suma del cansancio de hoy. Mi plan va a ser correr hasta el Hipódromo de San Isidro, llegando aproximadamente a las 9 de la mañana, donde me van a estar esperando los Puma Runners. Y ahí, 10 vueltas al hipódromo, con más pinole, fainá y agua (por suerte hay dos bebederos para hidratarse).

Algo curioso de haber terminado el fondo de hoy es que terminé dolorido en las piernas. Apenas llegué y me quise sentar para sacarme las zapatillas, sentí que no tenía control de mi cuerpo del cuello para abajo. Elongué detenidamente, puse la ropa empapada de transpiración a lavar, y me fui a hacer trámites al banco. Caminar era complicado, correr imposible. Cruzar la calle al trote era un desafío mayúsculo. Pero ya volviendo a casa, después de caminar largo rato y de usar las piernas, esos dolores fueron menguando. No podría decir que estoy totalmente nuevo, pero sin dudas haber estado activo el resto del día me ayudó a recuperarme.

Así que mañana la suerte empieza a las 6:30 de la mañana, cuando me levante, desayune y me vaya a encarar nuevamente la calle; abrigado, con víveres, y pensando en Grecia…

Publicado el 23 mayo, 2014 en cansancio, determinación, dolor, fondo, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, Spartathlon. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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