Semana 34: Día 234: Tatuaje espartano

No soy de los que se hacen tatuajes. ¿Por qué? ¿Miedo a las agujas? No, más bien es que en mi vida suelo aburrirme de las cosas. Que me apasione el running durante tantos años es una novedad, pero he sido fanático de bandas o artistas y después me he olvidado. Lo mismo con series o películas. ¿Qué piensa hoy el adolescente que se tatuó a los Guns n’ Roses en el brazo? ¿Qué hay del que se puso “VEGAN” gigante y ahora come panchos en eventos públicos?

Podría, claro está, hacerme algo atemporal, un tribal o un dibujo abstracto, pero sé que con los años me aburriría y me arrepentiría. Tanto me retocaría los tatuajes que terminaría siendo todo negro.

Pero… no dejo de coquetear con la idea de hacerme uno después de terminar la Espartatlón. Algo conmemorativo, porque aunque algún día deje de correr, será un recordatorio de un punto alto (quizás el máximo) en mi carrera atlética. La gente me preguntaría qué es eso que me hice, y tendría una historia interesante para contar.

Por supuesto que no me decido qué hacerme, y para ponerme a pesar en eso primero tengo que llegar a la meta. Así que por ahora es solo una fantasía, pero es la primera vez que lo considero seriamente. Mientras fantaseo, me crucé con este artículo de Mark Wooley, un atleta británico que compartió su historia en la Espartatlón y la marca permanente que se hizo en su gemelo. Sin más, la traduzco para la posteridad:

Déjame contarte sobre de mi tatuaje.

La mayoría de las personas lo ven y simplemente lo asocian con un corredor. Aquellos que saben lo asocian con Filípides y la Espartatlón. Claramente, llevar el tatuaje es haber terminado la Espartatlón, pero el significado es de hecho mucho más profundo.

Hace unos 20 años me caí mientras hacía escalada y me rompí la pierna justo sobre el tobillo derecho. La pierna literalmente se había partido a la mitad y el pie colgaba de unos pocos tendones. El equipo de rescate me llevó en helicóptero y entonces tuve una cirugía de emergencia en el hospital. Los doctores me dijeron que jamás volvería a correr.

En aquel entonces, en los 80s, la historia de Filípides corriendo de Atenas a Esparta en 36 horas era considerada imposible, nada más que una curiosa anécdota antigua, mezclada con mitología griega de hazañas imposibles, criaturas imposibles y dioses. Eso fue hasta que John Foden y su equipo decidieron probar que en verdad era posible, y que Filípides sí corrió entre Atenas y Esparta. El resto lo sabemos todos, que ahora es historia del ultra-running, con el nacimiento de la Espartatlón, la carrera más grandiosa del mundo. 

Así que el significado del tatuaje es que nada es imposible, ni la herida ni la hazaña. Los únicos límites son los que están en nuestra cabeza y solo están ahí para ser rotos. El tatuaje está en la pierna que me rompí,  aunque hoy tendrías que mirar detenidamente para ver las cicatrices. Yo solo tengo que mirar hacia abajo para recordarme que nada es imposible. Filípides será siempre el mito que debe ser roto.

Publicado el 19 mayo, 2014 en determinación, Espartatlón III semana 34, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, lesión, running, Spartathlon, tatuaje. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Conmovedor.

  2. Me pasa exactamente lo mismo con un tatuaje. Lo quiero, pero sé a donde va: al cajón de las cosas que a uno ya no le interesan.

    En tu ejemplo me parece un icono genial. No dudaría en hacérmelo. Espero encontrar en algún momento algo que me parezca tan eterno como el ejemplo que ponés.

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