Archivos Mensuales: mayo 2014

Semana 36: Día 246: 367,59 km en un mes

Durante todo el mes de mayo corrí 367,59 km. No es la distancia espectacular de la que hubiese querido alardear, sobre todo después de haber hecho más de 480 km en enero, pero tampoco está tan mal, es la segunda mayor distancia que hice en el año… de hecho, en todo este tiempo, desde que empecé en Octubre de 2011 a llevar un registro de todo lo que sumaban las carreras más mis entrenamientos. Así que… ¿de qué me quejo?

Bueno, dicen “los que saben” que para llegar a la Espartatlón hay que correr 200 km semanales, o sea unos 800 por mes. Una salvajada que quizá sea exagerado, pero no estoy pudiendo hacer ni la mitad. Quizá no sea necesario, de hecho si no fuera porque leí esto en un par de sitios de internet ni siquiera tendría un parámetro de cuánto hay que correr para estar besándole los pies a la estatua de Leónidas.

Mi estrategia es mantenerme en el plan de entrenamiento de Germán y aplicar todas las cosas que aprendí y con las que experimenté en estos años. Quizá podría haber sumado unos kilómetros más en la última semana, pero las nuevas plantillas me retuvieron un poco. Me están corrigiendo mi pisada asimétrica (producto de mi pierna derecha que es más corta que la izquierda), y eso lleva tiempo. Hoy pude correr 22 km casi sin dolores, solo una ligera molestia al principio que pude controlar concentrándome en caer con los talones en lugar de con el metatarso.

Y eso nos lleva a la pregunta sin respuesta… ¿con qué parte del pie conviene impactar en el suelo? Creo que podríamos encontrar justificación para el talón y para el metatarso, así como podemos justificar las teorías tanto de que respirar por la boca es bueno como de que es pésimo, que correr con zapatillas es obligatorio como que estar descalzo es el modo original de correr, y así hasta el infinito. Por mi experiencia personal creo que apoyo instintivamente el metatarso cuando hago velocidad y cuestas (en especial en progresión), mientras que para ritmos más lentos apoyo sobre los talones. Todavía estoy a tiempo de ir corrigiendo esto…

Este mes tuve grandes fondos. Volví a pasar la barrera de la maratón, y pude hacer algo que para mí era desconocido, como dos ultras en días consecutivos, 50 km un viernes y 70 un sábado. Nuevamente lo hice en compañía de mis amigos de Puma Runners, lo que hizo a la experiencia mucho más placentera y llevadera. No los voy a tener en la Espartatlón, pero sigo soñando con que alguno pueda hacer el viaje y correr a mi lado los últimos 100 metros…

Pude cumplir esa meta autoimpuesta de subir mi kilometraje respecto al mes pasado (casi 120 km más) y espero que siga aumentando, solo porque eso me daría un poco más de tranquilidad. Sueño con romper la barrera de los 100 kilómetros en un mismo entrenamiento, y me intriga mucho qué se siente pasar la marca de las 24 horas sin parar. ¿Será junio el mes en que logre esto?

Semana 35: Día 245: El DNF

A medida que pasan las semanas, me interiorizo más con la Espartatlón. He leído una decena de reseñas de corredores que la corrieron (algunos los compartí en este blog), y tanto en los que llegaron a la meta como los que tuvieron que abandonar, se puede leer en sus relatos el pavor que provocan tres letras: DNF.

Estas siglas sirven para identificar a los atletas que quedan afuera de una carrera, ya sea por voluntad propia o de la organización. Viene del inglés, “Did not finish” (no terminó), y hay quienes lo conjugan como un verbo (algo bastante complicado de replicar en el castellano, pero lo intentaré por ustedes: “tuve que dnfnear”. Sí, suena espantoso).

En la Espartatlón hay unos micros, llamados “death bus” (el autobús de la muerte) que va juntando a los atletas que quedaron afuera de la competencia. Dicen que la vista adentro del vehículo es dantesca: seres humanos muertos en vida, algunos vomitados, otros sin fuerzas para mantenerse despiertos. Están muy golpeados físicamente, pero peor anímicamente. El micro los lleva hasta Esparta, pero no puede hacerlo hasta que no esté completo, así que hay terroríficas leyendas de corredores DNF que golpean y secuestran a otros corredores para subirlos al autobús de la muerte cubrir el cupo y poder irse al hotel (bueno, lo acabo de inventar, pero podría pasar).

Abandonar es muy duro, en especial cuando uno estuvo meses preparándose y realizó tantos gastos para estar ahí. En un gran porcentaje los vence el miedo, pero hay otros que se deshidratan y se desvanecen. Es una carrera muy dura en la que la experiencia a veces juega a favor, y otras en contra. He leído casos de espartatletas que, después de terminar tres ediciones seguidas, se encuentran obligados a abandonar en su cuarto año consecutivo y les cuesta mucho poder explicar por qué.

Hoy faltan 118 días para la Espartaltón. Mis últimas ultramaratones y fondos me sirven de parámetro como para decir “Ok, yo puedo correr 20 horas como mínimo”. Más allá es todavía un misterio para mí, pero lo que me permite enfrentarme a lo desconocido, al agotamiento extremo, es una buena cabeza. Y para tenerla hace falta estar seguro de uno mismo y de haber planificado una buena estrategia. Porque alimentarse como corresponde y no quemarse impactan físicamente, pero no cometer errores también mantiene la moral lo más intacta posible. Repasar los errores y contrastarlo con lo que todavía falta para la meta puede ser un cóctel explosivo, que grabe en nuestra frente las letras DNF.

Yo intento tomármelo con calma. Me cuesta imaginarme la agonía de estar ahí, y ayer mi mamá me dijo, convencidísima de que era una buena idea, que ella tenía mucho miedo de lo que estaba haciendo. “Me dijeron que te lo tenía que decir”, se justificó. Le pedí que le dijera a esa persona que estaba muy equivocada. Esas son cosas que las quiero saber el día después de que cruce la meta, no cuatro meses antes. Pero no importa, intento mantener una actitud positiva, pongo toda mi confianza en Germán, mi entrenador, y hago lo que siempre hice: pensar en los peores escenarios. ¿Qué pasaría si termino siendo un DNF? No va a ser el fin del mundo, pero va a ser duro. Convertiré esa mala experiencia en la motivación para volver a intetnarlo al año siguiente.

Creo que lo que más me costaría es pensar en justificarme ante la gente que me va a acompañar, tanto personalmente en Grecia como desde este blog y las redes sociales. Quiero ser una inspiración de que todo es posible si uno tiene determinación y un buen plan. No sería la primera vez que no termino. Me pasó en mi único intento de La Misión, y también en 2012, cuando quise preclasificar para la Espartatlón y terminé vomitando al costado del camino. No me morí aquellas veces y hoy son recuerdos que quedaron opacados por todo lo bueno que vino después.

Hay algo en lo que sí puedo confiar, y es en que siempre será mejor un “no terminó” que un “no empezó”. Estar en la línea de largada es siempre un mérito inmenso, y espero que esa enseñanza quede, termine o no esta carrera.

Semana 35: Día 244: Ese maldito metatarso

Tengo que sumar el metatarso izquierdo a la lista de cosas que me duelen o me han dolido gracias al running. ¿El motivo? El uso de las plantillas nuevas, obviamente.

Ayer decidí ir a entrenar corriendo la distancia que hay desde mi casa hasta el Hipódromo de San Isidro. Lo hice muchas veces, ya perdí la cuenta, y me pareció que esos 21 km eran un buen testeo de las plantillas que ahora tienen un realce de 3 mm en el talón derecho. Giroldi, el especialista que me las preparó, me dijo que si llegaba a sentir dolor podía quitarle esa talonera y volver a lo que estaba usando antes. Siempre recomiendan no estrenar zapatillas en una carrera y nunca lo había entendido… hasta anoche.

No sé qué tenía adentro mío que salí disparado de mi casa. Venía corriendo a 4 minutos el kilómetro. En la angosta vereda que hay en Figueroa Alcorta, un gracioso me vio venir y abrió sus piernas y sus brazos para tapar todo el camino. Nunca me había pasado de cruzarme con un tarado así. Lo empujé y seguí con mi tranco furioso.

Venía bien hasta que empecé a sentir dolor en el metatarso izquierdo. Intenté ignorarlo y seguí. A los 10 km paré a tomar un poco de pinole. La molestia era intensa, aguda. Me empecé a preocupar. ¿Eran las plantillas? ¿Era fatiga por los fondos del fin de semana anterior? Retomé el fondo, intentando apoyar siempre con el talón. El dolor bajó bastante en intensidad, así que decidí seguir. En la resolución de los problemas está la evaluación de la situación, y la instancia en que uno verifica si hay algo que se pueda hacer. Esto parecía algo para aplicar y que me podía permitir terminar de correr.

Pero en el km 13 vino de nuevo el dolor, y no me quise sobreexigir. Justo estaba frente a la estación de tren de Vicente López. Como entrenamiento me parecía más que razonable, así que me tomé el siguiente servicio.

En el entreno me cuidé y evité ejercicios de impacto como saltar. El dolor casi que desapareció. Hoy decidí ir caminando hasta el supermercado con las plantillas puestas, y después de caminar un buen rato, volví a sentir molestias. Hablé con el kinesiólogo que me había atendido hace un mes, y claro, me retó por haber salido quemando llantas sin acostumbrar a los pies ni al material. Lo ideal era no hacer más de media hora de fondo durante la primer semana.

Ahora me voy a cuidar hasta el sábado, para ver qué pasa. Es obvio que esa corrección en el talón derecho me impacta en el metatarso izquierdo, porque la mecánica de mi pisada se vio afectada. Que un poco era la idea. Así que a armarme de paciencia y darle un par de semanas a este experimento, para ver si sigo o si mantengo lo que venía haciendo hasta ahora…

Semana 35: Día 243: El hombre que corrió todos los días… durante 45 años

El martes estuve todo el día sentado, trabajando. Prácticamente no salí, pensando en adelantar todo lo posible. Fue una de mis jornadas más sedentarias de la semana, que por suerte compensé hoy con gimnasio, y en unos minutos un fondo de 21 kilómetros.

Pero mientras yo me la pasaba haciendo nada (a nivel físico), en Los Ángeles un ignoto corredor, Jon Sutherland, rompió el récord norteamericano de días consecutivos corriendo. Ese fondito de 5 kilómetros marcó los 45 años y dos días seguidos en que entrenó, en los que sumó 307 mil kilómetros (unas ocho vueltas alrededor del mundo).

Hoy con 63 años, este aficionado al running realizó un promedio de 18 km diarios, algo realmente destacable. Y lo hizo a pesar de tener una vida muy pintoresca y varias lesiones serias. Sutherland es un periodista que durante 20 años se especializó en música, además de ser productor discográfico. Pero entendió, como todos los que corremos, que entrenar requiere sacrificios. Iba a los conciertos de heavy metal y hacía de todo menos irse a las fiestas, porque le gustaba levantarse y salir a correr. Tiene una colección de más de 3 mil CDs, pero a pesar de su vocación, no lleva música en sus fondos. Prefiere pensar.

Sufrió 10 fracturas en esos 45 años, así como dos cirugías de tobillo. En sus intervenciones corría por la mañana, y lo hacía el día después de la operación. Su peor lesión fue en febrero de 1988, en la cadera, cuando en una media maratón patinó en el hielo, cayó, y un tendón cortó parte del hueso. No hizo falta una intervención quirúrgica, y no quiso cortar la racha por lo que siguió entrenando todos los días. Esto, lejos de ser recomendable, hizo que se lesionara dos veces en un lapso de los nueve meses que le tomó recuperarse. Hacía distancias cortas, que eran tan dolorosas psicológicamente como lo que sentía en su cadera. Rengueaba y después se odiaba a sí mismo.

Comenzó con su tradición el 26 de mayo de 1969, unos meses antes de que el hombre llegara a la luna. Mark Covert, un compañero de atletismo de Los Ángeles Valley College, le dijo que había corrido cada día durante el año anterior. Sutherland decidió imitarlo, a pesar de que no consideraba que tuviera el físico para ser un corredor. Se sentía pesado, pero trabajó duro, y esa promesa de un año se multiplicó por 45 (y sigue en curso). De las 615 carreras en las que participó, la mayoría competiciones locales, ganó 325. Documentó cada una de sus carreras, sea competencia o entrenamiento, en lo que a la fecha suma 46 carpetas.

En sus cuadernos puede repasar qué hacía en cada día de los últimos 45 años. El 9 de febrero de 1971 estaba en la habitación del campus universitario cuando lo sorprendió un movimiento tectónico de escala 6.6. “Me despertó un terremoto a las 5:55 AM. Situación caótica. El cuarto es un desastre… corrí 6,5 km en el pasto del campus”. El 11 de septiembre de 2001 registró: “Me desperté y las Torres Gemelas estaban en llamas. Resultó ser el peor día en la historia norteamericana. Es una tragedia impensada… Corrí 8 km”. Sin dudas, su entrada más difícil es la que escribió el 19 de octubre de 2010, cuando Conor Lynch, uno de los corredores de Crosscountry que Sutherland entrebana en la Universidad de Notre Dame, fue atropellado por un conductor que se dio a la fuga, cerca de la institución educativa. “Teníamos que contarle a los chicos, cosa que hice, y perdí la compostura. Fue el día más triste de mi vida”, escribió.

A pesar de todo, el running fue la constante a la que se pudo aferrar. Con su perro Puck hace la mayoría de sus fondos, generalmente en contacto con la naturaleza. “Mientras esté saludable, seguiré haciéndolo”, reconoció. “Soy adicto a correr. Es todo lo que hago”.

El récord anterior lo tenía Covert, aquel compañero que lo inspiró en su juventud. Él se retiró hace exactamente un año y un día por un problema en el pie que lo obligó a subirse a una bicicleta para seguir activo. Sutherland sigue siendo un amigo muy cercano, y considera que Mark fue alguien esencial para que siga motivado y sin abandonar su rutina diaria. En la entrevista del Washington Post que inspiró esta entrada del blog, el periodista le hace la pregunta que todos tenemos en mente. “¿Cuándo va a cortar con la recha?”. Sutherland citó al vocalista de Metallica, James Hetfield, a quien le preguntaron algo similar. “No veo ningún maldito cartel de alto”.

Semana 35: Día 242: Plantillas nuevas (y experimentales)

Hoy fui a retirar mis plantillas nuevas, casi justo justo que tenía que jubilas las viejas, las cuales me acompañaron durante 1072 km. La gran novedad es el realce en el pie derecho para compensar la deformidad que me convierte en el Quasimodo de los corredores. Veremos en los próximos días si esto me ayuda a prevenir lesiones o no.

La sugerencia de levantar 3 mm mi talón derecho vino de un kinesiólogo que me revisó y encontró ligeras desviaciones en mi columna (probablemente dentro de lo normal) y que tengo una pierna más corta que la otra (la derecha, para ser más preciso). Eso obviamente afecta a mi mecánica cuando corro, y hay toda una compensación imperceptible para mí que me afecta a largo plazo. Así es que tengo más elongación en una pierna, saco un brazo más afuera que el otro, y así.

La idea de Giroldi, quien hizo la plantilla, fue que la elevación estuviese separada, cosa de que pudiera sacarla si este cambio me produce dolor. Él no estaba del todo convencido de que fuera a funcionar, y como tenemos tiempo hasta la carrera (casi 120 días), podemos jugar con la prueba y error. Como yo meto muchos kilómetros semanales, me puedo dar cuenta muy pronto si esto funciona y cómo me afecta físicamente. En el peor de los casos, seguiré como hasta ahora, rogando no lesionarme. El mejor escenario sería que esto me dé un paso más simétrico, y con eso pueda especular con zapatillas más livianas, una zancada más óptima, menor tensión por el movimiento asimétrico, y una elongación similar en ambas piernas. Calculo que no existe la simetría perfecta en el running ni en la vida, pero pienso eso porque no me quiero sentir el único deforme en el mundo.

Me sorprendió comparar mis plantillas viejas con las nuevas. En las anteriores, a pesar de que tienen otro color, se puede ver cómo mis pies fueron marcando el material, incluso los dedos, que yo me imaginaba tenían poco impacto. Si el realce funciona, ese calado en la plantilla debería ser similar en ambas, porque ahora el ojo entrenado puede percibir en esa huella la compensación que hace mi cuerpo por tener una pierna más corta.

Mañana, miércoles, será el primer día en que corra con estas plantillas, la prueba de fuego para ver si puedo correr o no. De por sí esos 3 mm son un montón (la diferencia entre ambas piernas sería mucho más), casi que no comprendo cómo va a entrar mi pie. Vamos a tenerle fe, a creer que el material va a ceder con mi peso, y a mantener la esperanza de que estos cambios me van a ayudar a futuro. En 246 km no hay margen para el error, y aunque falta bastante para la carrera, el momento de armar la estrategia es ahora mismo…

1072 km vs 0 km

Semana 35: Día 241: La euforia de correr

Últimamente me pasa algo que quizá me haya ocurrido siempre y recién ahora lo noto.

El sábado hice un esfuerzo considerable para completar el fondo de 70 km (con un fondo de 50 hecho el día anterior). No fue ni por asomo lo más duro de mi vida, pero estaba ansioso por terminar. Metí un ligero sprint en los últimos metros y cuando llegué a la marca grité” ¡ESPARTAAAAAA!” a viva voz.

Esto se convirtió en mi marca registrada cuando termino un desafío muy importante; la antesala de ese objetivo máximo que es la Espartatlón en septiembre. Pero me puse a pensar que en ningún otro contexto me animaría a gritar así. No podría salir de la meta con mi interpretación del rey Leónidas en 300, porque me moriría de vergüenza. ¿Y cuál sería la diferencia? Haría el ridículo de todos modos, pero algo cambia en mi interior.

Supongo que las carreras (o los fondos bestiales como los de este fin de semana) me dejan en un estado de euforia. Paso a sentirme en la gloria, un espartano invencible que acaba de recibir el favor de los dioses. Es difícil ponerlo en palabras, supongo que en todo el recorrido hay una tensión que necesita estallar en ese momento climático donde todo culmina.

El running es una conjunción de un esfuerzo físico con uno mental. Seguro hago esto por mi cabeza, que está nadando en endorfinas.

Todo esto casi que lo sabía, pero me puse a pensar en el contexto en el que me permitiría lanzar un alarido así y es el único. Debe tener que ver con lo otro que me pasa después de entrenar.

A veces llego a casa, con mi cuerpo todavía en estado de alerta y los gemelos latiendo (literalmente), con la convicción de ponerme a trabajar. Llego a sentarme en la silla, muchas veces con algo de esfuerzo porque los cuádriceps arden en llamas. Y no tengo fuerzas para retomar un proyecto y laburar. Me cuesta mucho más que correr una ultra. Supongo que no puedo hacer el pasaje del mega esfuerzo atlético para quedarme sentado, quietito, usando solo la cabeza y el mouse.

También podría ser que como la cabeza también hace un trabajo desgastante en el ejercicio (hasta el bushido de poner la mente en blanco requiere un esfuerzo), probablemente al momento de sentarme a trabajar ya no me quedé energías mentales.

Como sea, correr me pone en un estado de euforia del que me cuesta salir. No termino de recuperarme que ya estoy pensando en el próximo desafío, en crecer y seguir desarrollando mi cabeza y mi cuerpo. La conclusión que me llevo es que me conviene correr de noche, para que esa euforia sea lo último de mi día… y si le dedico el fin de semana, aceptar que después solo voy a querer relajarme y descansar.

Semana 35: Día 240: Recuperándome

El cuerpo humano nunca deja de asombrarme.

Ayer, sábado, corrí 70 km. Fueron prácticamente 7 horas, que por increíble que parezca, se me pasaron volando. Es difícil ser ajeno a los dolores que eso conlleva, en especial cuando paraba para comer o tomar algo, y arrancaba de nuevo la marcha. Era como que la máquina intentaba activarse y entrar de nuevo en ritmo era algo tortuoso, casi agónico. Pero a los pocos segundos, todo se acomodaba.

Era imposible correr con el cansancio de los 50 km del día anterior, y no pensar en “aquella otra carrera”. No sé si a otros atletas les pasará lo mismo, pero yo siempre vuelvo a mi primera maratón. Ese parámetro de esfuerzo descomunal, que hice por primera vez. Fue el 10/10/10, una fecha difícil de olvidar. Mis primeros 42 km, en 4 horas 6 minutos, que los hice con una mezcla de fascinación y espanto (igual que ahora). Recuerdo las piernas prendidas fuego en el kilómetro 30, la primera vez que sentí dolor y me convencí de seguir corriendo, lo mal que me sentí a los pocos minutos de cruzar la meta… en medio de esa euforia, las piernas me temblaban y sentía unos retortijones espantosos en el estómago, que poco podían disminuir mi alegría.

Los días siguientes sí que fueron bravos. Subir escaleras no parecía algo demasiado preocupante, el tema era bajar. Los cuádriceps se sentían atravesados por hierros incandescentes. Todo dolía, como un constante recordatorio de aquel esfuerzo titánico que había hecho. Fueron cuatro días de caminar como un zombie, de intentar disimular el estado de debilidad general que tenía.

Lo bueno nunca es gratis, dice Bucay, y agrega que uno siempre paga por adelantado. Llegué a esa instancia después de entrenar mucho, de dedicarle horas y horas a perfeccionarme y a preparar mi estrategia. Parte del costo de cruzar la meta por primera vez y de haberme convertido oficialmente en “maratonista” también fue soportar esos cuatro días de estado deplorable. Pero a mí me parecía un precio justo.

Casi cuatro años después me encuentro haciendo distancias que, en ciertos casos, duplican a la maratón. Ayer, cuando crucé la barrera de los 30 km, me hicieron notar que había superado el “muro”, al que tanto le temen los que no hicieron nunca una maratón. Esta vez no sentí piernas en llamas, ni el viernes ni el sábado. Tampoco sentí que las tripas se me revolvían al finalizar, y más allá del desgaste lógico que sentí en las rodillas, después de casi 12 horas de correr en asfalto (sumando ambos días), no me sentí particularmente una piltrafa humana. Por supuesto que cualquiera que me desafiase en una carrera durante el domingo me hubiese puesto en ridículo, pero las escaleras no me atormentan y después de caminar un poco casi que ya no siento secuelas.

Con el paso de los años, y quizás ayudado por la alimentación, el entrenamiento demostró acelerar el proceso de recuperación. Mientras antes una carrera me podía dejar en cama, con fiebre, ahora necesito un día de descanso para volver al ruedo. Seguramente mañana no esté al 100%, pero ya sé que puedo regresar de a poco. Esto me da muchas esperanzas para la Espartatlón… no solo para soportar el rigor de la carrera, sino para festejar después, en alguna playita griega, a la que acceda por mis propios medios y no en camilla…

Semana 35: Día 239: Fondo de 70 km

Ayer corrí 50 km, algo que mi cuerpo me pasó un poco de factura. Apenas terminé me fui a hacer unos trámites a Belgrano (o sea, llegué, elongué, me sequé un poco, me cambié y salí; ni me bañé porque no llegaba). Intenté cruzar una calle al trote y no pude. Las abdominales me dolían y las piernas no me respondían. En medio de la Ciudad me sentí en riesgo. ¿Cómo escaparle a los mortíferos automóviles? Me tenía que mover con cuidado.

Por suerte, caminar mucho me ayudó a aflojarme, y cuando estuve de regreso, con tiempo para una ducha, me sentía mucho mejor.

El día transcurrió sin muchos sobresaltos. Tuve que trabajar, sentado en la compu, algo que resulta especialmente difícil después de correr cuatro horas y media. Hoy lo hablaba con Mariano, compañero corredor, y me decía que era lógico. Pasar de tanto tiempo haciendo una actividad física a algo que es estático y netamente mental no es fácil. Yo sentía todavía la adrenalina, y sabía que al día siguiente me tocaba un fondo de 70 km.

Esto de meter dos distancias tan largas en días consecutivos en una forma de acostumbrar al cuerpo al cansancio y a tener que seguir la marcha casi sin recuperación. Obviamente es más fácil que correr 120 km todo seguidos, quizás hasta más sencillo que 100 km, pero igual era un experimento interesante: ver cómo reacciona el cuerpo y dónde están los límites.

Los entrenamientos de los Puma Runners arrancan a las 9 de la mañana en el Hipódromo de San Isidro, así que el plan era salir de casa a las 7 y correr los 21 km como para continuar allá con los 49 restantes. Por supuesto que arrancar fue bastante duro. No hacía tanto frío como ayer, y eso ayudaba. Tenía en mi mochila 1,5 litros de pinole, pretzels y fainá casera. Tenía poca batería en en celular, así que decidí llevarlo en modo avión y dejar los auriculares en casa.

En esos primeros kilómetros me dolían las piernas, particularmente los isquiotibiales. Pero no todo dolor es significativo, y con el paso del tiempo me iba acostumbrando. Empecé de noche, con pocos autos en la calle, pero enseguida empezó a amanecer. Me dio un poco de calor tanto abrigo, así que me fui sacando cosas: el buzo, los guantes (todo iba a la mochila).

Hice lo que me suele funcionar, que fue racionar el pinole cada 10 km, con una ración de 250 cc. Me los preparé en botellas de vidrio de medio litro de Gatorade, algo que alguno podría considerar irónico porque mi objetivo era abandonar por completo esta clase de bebida. Con una marcha tranquila y constante, siempre por la Avenida del Libertador, llegué a San Isidro. Me sentía cansado, y por primera vez pensé “¿Cómo voy a lograr esto?”. No llevaba ni un tercio del recorrido, 1:45 horas, y suponía que iba a estar bastante tiempo hasta llegar a la marca. Por suerte, no imaginarme cómo alcanzar una meta no quiere decir que sea imposible. Simplemente me dio un poco de inseguridad por el estado general de mi cuerpo, pero el cansancio y esas distancias no me son ajenas, así que seguí avanzando.

Llegué hasta donde se reunían los Puma Runners. Frené pocos minutos, pero alcanzaron para que me enfriara, por lo que me volví a abrigar con el buzo y los guantes. A partir de ahí era darle vueltas al Hipódromo, unas 10 veces. Por suerte tenía compañía y eso me ayudó a tener la cabeza despejada. Mientras mis compañeros de grupo se centraban en hacer abdominales y otros ejercicios de musculación en el suelo, yo corría con Mariano, un ex-Puma Runner que había venido de visita. Hicimos tres vueltas, que daba unos 15 km (35 de los míos) hasta que alguno de los chicos se sumó. Íbamos en patota, charlando. Yo recibía chistes de que andaba mariconeando, pero creo que no se notaba el esfuerzo que le estaba poniendo.

Me sentía mejor que en mi fondo del día anterior de 50 km porque estaba acompañado, pero físicamente estaba peor: al dolor de isquiotibiales se le sumó una molestia en las lumbares, y más tarde en la espalda, a la altura de los hombros. Mientras corría y mis compañeros de entrenamiento se iban rotando, pensaba cómo podía ser que sintiera esos dolores. O sea, ¿tenía que tomarlo como un indicio de que no estaba del todo preparado para distancias tan brutales con poco descanso? Los lectores habituales quizá no se hayan percatado todavía, pero esas molestias que sentía tienen un clarísimo origen: el miércoles fui a una clase de Crossfit, y mis dolores coincidían exactamente con los ejercicios que tuve que hacer. Este descubrimiento vino acompañado de un gran alivio. Si no hubiese sido por eso, quizá no hubiese sentido nada.

Es tramposo reducir lo que fueron 7 horas corriendo en unos pocos párrafos, pero es justo para el lector de este blog. Mantuve mi plan de 250 cc de pinole cada 10 km (por suerte la mochila quedó con el entrenador y no la tuve que llevar encima), me metí fainá en el bolsillo por si atacaba el hambre, tomé agua en el bebedero que hay en Fleming (comer sin hambre, beber sin sed), y frené solo para abastecerme e ir al baño. Lo genial de este circuito es que hay unos prácticos baños en una terminal de micro (aunque de dudosa higiene).

Corrí con amigos de diferentes niveles, algunos que no veía desde hacía rato, otros con los que nunca había dado una vuelta de 5 km, y en medio de la angustia de hacer un fondo tan largo, la pasé muy bien. Cuando terminé, a las 6 horas con 59 minutos, me estaban esperando con manzanas, pan, agua, bananas y colchonetas en las que me ayudaron a estirar. Llegando a San Isidro, 50 km antes, no me imaginaba cómo iba a ser terminar todo eso que tenía por delante. Era cuestión de paciencia. El alivio de llegar, sea a la meta de una carrera o al final de un entrenamiento muy exigente, es indescriptible. Lo logré con mucho huevo, la guía de mi entrenador Germán, y la compañía de mis amigos. Fue un gran sábado…

Semana 34: Día 238: Fondo de 50 km… y contando

El plan era correr 100 kilómetros mañana, sábado. Eso implicaba que el fin de semana anterior tenía que hacer 50… pero no los hice. Me acosté tarde (o temprano, depende de cómo consideres a las 5 de la mañana), tuve mucho trabajo atrasado que resolver… y se pasó el domingo.

Eso nos obligó a replantear el entrenamiento de la semana, con un regreso desde San Isidro que me dio unos 32 km. Buscando una alternativa para seguir sumando distancia, Germán me propuso… correr 50 km el viernes y 50 el sábado. Ok, no parecía algo imposible, hasta sonaba a más fácil que hacer 100 de una. Pero probablemente el hecho de que lo encontrara más sencillo hizo que subiera un poco la apuesta: El fin de semana tenía que correr hasta lo que pudiera. Como detesto no tener un objetivo claro, negociamos en 70 km. Eso me daba hacer 120 kilómetros en dos días, un desafío muy tentador…

Entrenar en día de semana un fondo de ultramaratón es difícil, porque requiere muchas horas. La opción más viable ha sido siempre (para mí), la de madrugar. “La suerte empieza a las 5 de la mañana”, decía un espartatleta sobre su rutina para llegar a esta mítica carrera. Esto quiere decir que, justamente, la suerte no tiene nada que ver. Llega el que está mejor preparado, el que realiza sacrificios como rodear los compromisos laborales y sacarle provecho a las madrugadas.

Así que a las 5 de la mañana me levanté, teniendo preparado de la noche anterior una fainá con semillas de chía y mi receta personal de pinole. Afuera hacía un frío importante: 7 grados y 6,3 de térmica. Me puse una remera térmica y encima un buzo. Además un buff para el cuello, gorro, guantes, y medias largas, porque solo tenía calzas cortas y quería abrigo en las piernas. Cargué un litro de pinole en dos botellas de Gatorade vacías, 500 cc de agua, la comida, el celular, y salí.

Por suerte el cuerpo entró en calor rápidamente, y pude reemplazar el gorro en la cabeza (muy caluroso) por el buff. Como vivo en el microcentro, estoy en la ruta de los bares, y pude ver a varias personas volviendo de un prolongado after office. Las calles todavía estaban vacías, y solo las luces iluminaban la ciudad. Mi camino fue el de siempre: Figueroa Alcorta, cancha de River, Carrefour de Vicente López, costanera, Quinta de Olivos, calle lindera al Tren de la Costa, en el bajo, y en San Fernando, cuando el gps dio 25 km, pegar media vuelta y volver sobre mis pasos.

Empecé con dolor en los isquios, seguramente por el entrenamiento de crossfit intensivo del miércoles. Me costó arrancar, pero mantuve el ritmo. Iba racionando la botella de agua, y tomaba 250 cc de pinole cada 10 km. La fainá era solo por si había hambre. Recién corriendo por la costanera de Vicente López empezó a salir el sol. Hasta ese momento, Buenos Aires todavía dormía. Lentamente las calles empezaron a colmarse de autos, las escuelas recibían a los nenes, y algunos negocios empezaban a abrir sus puertas. Ir viendo esos estadíos de una urbe que empieza a activarse es una experiencia que solo pude conocer a través del running y de los fondos largos.

En un momento me olvidé de mi dolor de isquiotibiales. No sé si fue costumbre, entrar en calor, o llegar a un nivel en el que el dolor pasa a ser algo secundario. La primera mitad la cerré en 2 horas 8 minutos, y se ve que a la vuelta empecé a sentirme cansado porque terminé los 50 km en 4 horas 22 minutos. Nunca deja de sorprenderme pasar por los Lagos de Palermo. Ahí, cuando es de noche, las chicas “trabajan” vendiéndose, y las calles internas se llenan de autos. Hacen fila, es una cosa increíble. Cuando es de día (que lo veo volviendo) y el sol ilumina, no hay chicas, ni conductores. Son reemplazados por colectivos y gente entrenando.

Parte del corolario de la madrugada son los porteros baldeando o “regando” la vereda, los taxistas tomándose un café en patota antes de salir a trabajar, y los controles policiales de la frontera entre Capital y Gran Buenos Aires… totalmente desiertos. Al parecer no están las 24 horas, o le escapan al frío espantoso de la madrugada.

Si bien llegar hasta la puerta de mi casa me hubiese dado unos metros extra, decidí cerrar en 50 km y caminar lo que me faltaba. Después de todo, mañana me esperan nada menos que 70 km, con la suma del cansancio de hoy. Mi plan va a ser correr hasta el Hipódromo de San Isidro, llegando aproximadamente a las 9 de la mañana, donde me van a estar esperando los Puma Runners. Y ahí, 10 vueltas al hipódromo, con más pinole, fainá y agua (por suerte hay dos bebederos para hidratarse).

Algo curioso de haber terminado el fondo de hoy es que terminé dolorido en las piernas. Apenas llegué y me quise sentar para sacarme las zapatillas, sentí que no tenía control de mi cuerpo del cuello para abajo. Elongué detenidamente, puse la ropa empapada de transpiración a lavar, y me fui a hacer trámites al banco. Caminar era complicado, correr imposible. Cruzar la calle al trote era un desafío mayúsculo. Pero ya volviendo a casa, después de caminar largo rato y de usar las piernas, esos dolores fueron menguando. No podría decir que estoy totalmente nuevo, pero sin dudas haber estado activo el resto del día me ayudó a recuperarme.

Así que mañana la suerte empieza a las 6:30 de la mañana, cuando me levante, desayune y me vaya a encarar nuevamente la calle; abrigado, con víveres, y pensando en Grecia…

Semana 34: Día 237: El Crossfit

Ayer recibí una invitación de Germán, mi entrenador, para hacer una clase de crossfit. En nuestro grupo, Puma Runners, solemos meter algunas técnicas de esta disciplina, tan de moda, pero nunca había estado en una clase hecha y derecha.

Fui sin expectativas, porque realmente no tenía absolutamente idea de nada. Solo sé que el crossfit está de moda y quizá cierto prejuicio en contra de las cosas populares me haya hecho ignorarlo. A esto le tendríamos que sumar un cierto temor, porque me dan pánico los desconocidos, así que ir a un lugar con completos extraños no era mi idea de pasarla bien. Pero mi tendencia ha ido variando hacia animarme a las cosas que no me animaba a hacer, así que ahí estuve, lo más preparado que pude, dispuesto a empezar.

Aprendí mucho. Por ejemplo, que las rutinas de entrenamiento, llamadas WOD (work out of the day) varían diariamente. Cada día, en cada hora, se hace la misma, así quienes entrenan en ese gimnasio pueden elegir cuándo ir. La rutina comenzó con una entrada en calor, corriendo alrededor del gimnasio: rodillas al pecho, a la cola, laterales, tocando el piso alternativamente con cada mano, cambiando de lado. La entrada en calor siguió con abdominales en V, planchas… todo dentro de mi capacidad y absolutamente controlable.

Después, basado en el WOD, tocó agarrar una barra larga y una soga. Primero comenzamos a practicar los ejercicios de levantamiento de pesa con un palo. Eso servía para corregir la postura de la espalda, los movimientos de los brazos y la coordinación. Me costó muchísimo porque es algo que no hago habitualmente. Tenía que comenzar desde las rodillas, levantar el palo pegado al cuerpo, dejar los codos apuntando hacia adelante, y levantar en un impulso, casi agachándome con las piernas y después subiendo. Todo ese movimiento que parece tan sencillo me mareaba mucho… ¡y solo estábamos practicando!

La clase, y creo que es una tendencia, tiene siempre esta parte previa para practicar los ejercicios hasta que empiece el WOD propiamente dicho… que es la parte más brutal de todas. En este caso era en espejo. Había que hacer 30 burpees, 30 deadlifts (levantar la pesa desde el piso hasta dejar la espalda derecha y los hombros hacia atrás), 30 DU (saltos dobles de soga, por ser novato me permitieron hacer 75 saltos simples), 30 abdominales en V (los brazos y las piernas extendidas, se tocan arriba, con la cola como vértice), 30 hang clean & jerk (levantar la barra desde las rodillas hasta arriba) y repetir en espejo.

Dejé aparte el tema de los burpees, el invento del demonio para castigar a los atletas. Consiste en ir al suelo, piernas atrás, pecho contra el piso, levantarse en flexión, que los pies queden apoyados en el piso haciendo un salto hacia arriba y hacia adelante, y saltar verticalmente, con un aplauso sobre la cabeza. Eso, 30 veces, después todas las rutinas, y cerrar con otros 30 de estos. Jamás me cansé tanto en un entrenamiento que no haya sido corriendo. No podía parar de transpirar, chorreaba gotas por el suelo, y a los 20 burpees se me salía el corazón y las piernas no me respondían. Le puse todo para terminar. Fue una experiencia tan agotadora como increíble.

Los WOD pueden ser por repeticiones o por tiempo. Como después venía otro grupo, quienes no terminaron cerraron cuando el profesor indicó. Yo debo confesar que terminé justito, uno o dos minutos antes del cierre. Luego de guardar las cosas, empezó la elongación, como para aflojar el cuerpo castigado.

Con esta sola clase sentí que el crossfit es un entrenamiento muy completo e intensivo. Quizás a mí me sirvan ciertas cosas y no todas, porque tengo un objetivo puntual que es la Espartatlón en 120 días, pero se lo recomendaría a cualquiera que tenga ganas de tonificar. Para mí fue un desafío y me encantó poder superarlo. Confieso que me quedé con ganas de volver… y probablemente algún día lo haga.

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