Archivos Mensuales: abril 2014

Semana 30: Día 205: Morir corriendo

Hoy llegó una noticia que nos conmocionó a todos. En la meta de la media maratón que se corrió en la ciudad de Córdoba, un joven se desplomó y murió. Los intentos por reanimarlo fueron infructuosos, y se le fue la vida a la vista de todos los presentes, incluso los de su propia familia.

“Ahora, a soportar a nuestras madres”, dijo un amigo. Lejos de querer hacer un chiste con esta tragedia, es una señal de lo que despiertan estos dramas, el terror por el deporte. Quizá a mi propia mamá le costaría entender que si yo tuviese que elegir un modo de irme de este mundo, sería corriendo. Quizá preferiría hacerlo solo, en el medio de la naturaleza, como le sucedió a Caballo Blanco. Pero esto es lo que me apasiona, y la ironía para mí no sería morir en la meta sino sentado de una silla, o bajo las ruedas de un colectivo.

Dejando el morbo de lado, la historia de Ezequiel Ponce, el joven que perdió la vida tras correr los 21 km, despertó también la ignorancia de mucha gente. Primero y principal de la prensa, que empezó a decir en sus apresurados artículos que había ganado y que su fellecimiento se dio cuando le daban su medalla. Evidentemente desconocen que se premia a todos los finishers que cruzan la meta. Ezequiel terminó en 1:50 hr, lo que lo ubica a mitad de la carrera. Sobre los motivos de su deceso, ahora solo podríamos especular. De eso se encargó la gente que comentaba estas noticias mal escritas, hablando del infame “todos los excesos son malos”, de que hacía 28 grados al rayo del sol y de que la hidratación era deficiente.

Para no especular en un tema tan delicado, esperé a ponerme en contacto con mi amigo Rodrigo Arietti, oriundo de Córdoba, quien estuvo ahí y vio todo con sus propios ojos. El calor no era tan intolerable como algunos pensaban (unos 20 grados), y sí fue cierto que la hidratación dejó mucho que desear. Los corredores recibían vasitos de café con agua, servidos de botellas de litro y medio. Algunos decidieron cargar con una botella para ir compartiendo en el camino. ¿Puede convertirse esto en algo fatal? ¿Correr menos de dos horas deshidratado? No soy un experto, pero no me suena. Lo cierto es que los últimos corrieron sin agua, y eso deja mucho que desear, pero Ezequiel sí fue del pelotón que, al menos, llegó a los vasitos.

Rodrigo me comentó que este chico venía detrás suyo, y que faltando 200 metros para la línea de llegada, se desplomó. Los médicos lo querían sacar de la carrera y él no quiso. Le faltaba poco, después de todo, y la quería terminar. Venía sintiéndose mal de antes, pero… ¿qué corredor aceptaría no terminar corriendo una carrera, en especial faltando tan poco? Me pongo en su lugar y hubiese hecho exactamente lo mismo. Los atletas somos tercos, coqueteamos con nuestros límites y pensamos que con ser determinados alcanza. Yo ya llevo muchísimos aptos médicos como para despejar cualquier duda de un problema cardíaco o alguna enfermedad que me ponga en riesgo si corro. Pero no sé si eso me garantiza que nada me va a pasar corriendo.

Quizás estas cosas nos podrían servir de algo más allá de para ponernos la piel de gallina. Cuidarnos, por nuestra familia, que rara vez entiende nuestra locura. Es raro que una persona fallezca en una carrera, pero cuando pasa despierta las paranoias de todos. No está de más que uno se cerciore de que está en óptimas condiciones. Por ahí con eso alcanza para tranquilizar a los demás. También esta tragedia servirá para presionar a las organizaciones a que tengan más aceitado el tema de la hidratación. Yo dudo muy seriamente que esto haya contribuido con este trágico desenlace, pero al menos desnuda las falencias de una organización deportiva. Y por último, y lo más difícil, esto debería servir para que dejemos de creer en todas las noticias que leemos en internet. Hay mucha gente fatalista que ahora está convencida de que un campeón de media maratón perdió la vida en una carrera sofocante y sin agua. Las cosas no son siempre como las pintan, pero lo único que es innegable es que una fiesta del deporte terminó con mucha tristeza. La tragedia va a ser todavía mucho mayor si nos olvidamos de esto y hacemos como si no hubiese pasado nada…

Semana 30: Día 204: ¿Qué hay más allá del "no puedo más"?

Durante los 100 km de la Patagonia Run me encontré con una situación muy interesante… llegué a un punto de agotamiento físico en el que si venían con una moto y me decían “subí que te llevo al próximo puesto, sin que nadie se dé cuenta”… me lo pensaba. Las piernas me dolían, en forma bastante pareja porque los gemelos estaban agarrotados de las subidas y los cuádriceps de las bajadas. Soñaba con estar con los pies secos, en una cama mullida, calentito, comiendo cualquier cosa caliente que no fuera pasas, fainá o pretzels. Entonces, cuando no podía más… seguí corriendo.

El rival más difícil está en la cabeza, decía una publicidad del Tour de France dibujada por Liniers, y un ciclista tenía que soportar sobre su casco a un cerdo. Supongo que se aplica a casi cualquier deporte de resistencia. Es muy contradictorio que sea nuestra propia mente la que nos dice en voz bajita y repetitivamente “frená que no podés más”, a la vez que nos motiva a seguir esforzándonos. Sé que existe un límite físico, posiblemente bordeando una lesión, en la que es imposible seguir avanzando, pero también entiendo que hay un umbral que pasar, donde el cuerpo se pone en una modalidad “crucero”, y esa velocidad es mucho más cómoda que caminar y hasta que quedarse parado.

Frenar en los puestos es prácticamente inevitable. Hay que reabastecerse, ya sea con comida o con agua, y un tecito caliente para subir la temperatura interna. Arrancar, sobre todo con más de media carrera encima, parecía tan difícil como subir una montaña. Rodillas duras, piernas doloridas, frío… cualquiera podía abandonar a esa altura y no ser considerado otra cosa que un atleta con coraje. Yo me preguntaba hasta cuándo iba a poder seguir corriendo y en qué momento iba a necesitar caminar, pero aún en esos momentos de máximo agotamiento, cuando sentía que no me quedaban fuerzas, seguía un poco más. Las subidas las caminaba, mirando el reloj (antes de que se acabase la batería) para controlar mi ritmo cardíaco. Pero el llano y las bajadas las atacaba con un trote estable, más rápido de lo que me decía mi instinto.

Y esa era una sensación maravillosa. Ir a mayor velocidad de la que yo suponía que tenía que hacer. Tenía un poco de incertidumbre. ¿Lo iba a poder sostener por mucho tiempo? Y la respuesta era sí. Pasando el último puesto de control, cuando la meta era cuestión de minutos (y de kilómetros), apreté sin tener en cuenta que llevaba casi 100 km encima (y era distancia en montaña). Esto me da muchísimas esperanzas para la Espartatlón, donde voy a sentir muchas veces esa alarma corporal que me indica abandonar, y a pesar de eso poder seguir. Seguro que tendrá consecuencias, como ser dolor al día siguiente, pero mientras mantenga mis fuerzas durante la carrera, voy a estar bien.

Creo que no encontré mi límite todavía. Por supuesto que es un límite nuevo, distinto al que tenía hace un año, porque mi cuerpo se siguió adaptando, el entrenamiento se fue volviendo más centrado, al igual que mi alimentación. No queda tanto para ir a correr a Grecia, pero el fin de semana anterior, en la Patagonia, pude seguir contra mi propio instinto, y cuando crucé la meta, más rápido de lo que sentía que podía, me di cuenta que mi cuerpo hubiese podido seguir corriendo. ¿Cuánto? ¿5 km? ¿20? No lo sé, ojalá que mucho más. Probablemente tenga más resto, solo que nunca experimenté mayores distancias. Es la cuenta pendiente a resolver en las próximas semanas…

Semana 29: Día 203: Guerra contra el azúcar

Cuando me volví vegano alcancé un extremo en la alimentación, o al menos eso es lo que se ve desde afuera. Cualquier cosa que se diferencie del común denominador parece más cercano al extremismo religioso que al placer. Si no me gustara lo que como, estaría al horno…

Dicho esto, cualquier cambio brusco para mí es más natural de lo que parece. Dejar de comer papas fritas, por ejemplo, no me costó nada porque era un paso más cerca hacia alimentarme sanamente. Cuando nos juntamos con amigos en algún restaurante, pareciera imposible pedirle al mozo otra cosa que papas fritas mientras esperamos la comida… yo mientras me entretengo con pan, agua o simplemente los miro comer y charlo…

Apenas me hice vegano frecuentaba una dietética en Colegiales, a la vuelta del departamento donde vivía, atendido por un simpático señor y empleadas que iban rotando. Ninguna estaba ahí más de un par de meses. Casi todas eran veganas. No investigué mucho el asunto de por qué iban siendo reemplazadas por otra vegana, pero bueno, hace un par de semanas pasé por la puerta y el local había desaparecido. En esos primeros intentos por abandonar la proteína animal, le comentaba al dueño que también quería dejar el azúcar. No recuerdo qué me llevó a esa decisión, supongo que era una cuestión de “siguiente paso lógico”. El vendedor me dijo que iba a ser imposible. Todo tiene azúcar. Incluso las cosas más insospechadas.

No es mi intención dejar el azúcar en su totalidad porque me resultaría imposible. Por ejemplo, la leche de soja con la que desayuno y meriendo la contiene. Pero creo que puedo reducir su consumo drásticamente, a un nivel mínimo. Ya empecé a mirar etiquetas, elegir salsas de tomate, conservas o salsa de soja sin azúcar. ¡Hay que mirar mucho! Pero se puede. El té lo tomo amargo, y el paladar me cambió. Es increíble las cosas que consumimos solo por costumbre.

Como mi campaña para no consumir azúcar es bastante pública, me acercaron este texto, publicado originalmente en EverydayHealth.com y recopilado en este blog. Me pareció interesante compartirlo porque es la experiencia de una mujer convenciendo a su familia de dejar absolutamente el azúcar durante un año. Algo así como una Semana 52 nutricional. He aquí el relato:

Mi familia dejó de comer azúcar por un año y esto fue lo que pasó…



Por Eva O. Schaub, 

Érase una vez una época en la que yo era sana – o al menos pensaba que lo era.
Naturalmente me faltaba la energía suficiente para terminar con el día, pero con todos los anuncios en la televisión promocionando bebidas energéticas para las masas cansadas de los Estados Unidos, siempre asumí que yo no era la única que sufría. Y, por supuesto, todo el mundo en mi familia temía las temporadas de resfriados y gripe, pero también pensé que al llegar enero, todas las personas desarrollan algún grado de enfermedad.
Al menos eso es lo que pensaba hasta que empece a escuchar nueva información inquietante, sobre los efectos del azúcar. Según varios expertos, el azúcar es lo que está causando que muchos estadounidenses tengan sobrepeso y enfermedades. Cuanto más pensaba en ello, esta nueva información empezó a tener sentido para mí – un montón de sentido. Uno de cada siete estadounidenses tiene sindrome metabólico. Uno de cada tres estadounidenses es obeso. La tasa de diabetes se ha disparado y las enfermedades cardiovasculares son la causa de mortalidad número uno de Estados Unidos.
Según esta teoría, todas estas enfermedades y muchas otras se pueden asociar con la presencia de este gran tóxico en nuestra dieta … el azúcar.

 Una idea brillante
Tomé todo este conocimiento recién descubierto y formulé una idea. Quería ver cuan difícil sería para nuestra familia – mi marido, nuestras dos hijas (de 6 y 11) y yo – pasar todo un año sin consumir alimentos con azúcar añadido. Cortamos de nuestra dieta cualquier alimento con ázucar añadido, ya fuera azúcar de mesa, miel, melaza, jarabe de maple, agave o jugo de frutas. También se excluyó cualquier cosa hecha con edulcolorantes o alcoholes de azúcar. A menos que la dulzura fuese original en el alimento (por ejemplo, una pieza de fruta), no lo comeríamos.
Una vez que empezamos a buscar, encontramos el azúcar en los lugares más increíbles: tortillas, salchichas, caldo de pollo, ensaladas preparadas, fiambres, galletas, mayonesa, tocino, pan, e incluso en fórmula para bebés. ¿Por qué añadir toda esta azúcar? Para hacer estos artículos más agradables al paladar, preservar por más tiempo los alimentos, y abaratar la producción de alimentos empacados.
Llámenme loca, pero evitar azúcares añadidos durante todo un año me parecía una gran aventura. Tenía curiosidad de lo que sucedería. Quería saber cuan difícil iba a ser y qué cosas interesantes podrían suceder. ¿Cómo iba a cambiar mi forma de cocinar y hacer compras?
Después de haber realizado mi investigación estaba convencida que eliminar el azúcar nos haría todos más saludables. Lo que no esperaba fue cómo el hecho de no comer azúcar me hizo sentir mucho mejor de una manera muy real y tangible.
 Un año sin azúcar más tarde…
Era sutil, pero perceptible: cuanto más tiempo pasaba sin comer azúcar añadido, me sentía mejor y con más energía. Y por aquello de las dudas, algo que sucedió confirmó la conexión entre dejar el azúcar añadido con sentirme mejor: el cumpleaños de mi marido.
 Durante nuestro año de NO azúcar, una de las reglas era que como familia, podríamos tener al mes, un postre con contenido de azúcar y si era el cumpleaños de alguno de los miembros de la familia, este lo podía elegir.
Por ahí de Septiembre ya notamos nuestros paladares cambiados y poco a poco, empezamos a disfrutar menos de nuestro postre mensual.
Pero cuando nos comimos el decadente pastel de varias capas con crema de banano que mi marido había solicitado para la celebración de su cumpleaños, yo sabía que algo nuevo estaba ocurriendo. No sólo no me gustó mi rebanada de pastel, ni siquiera la pude terminar. Tenía un sabor extremadamente dulzón para mi paladar ahora sensible, hizo que mis dientes dolieran,  mi cabeza comenzó a latir con fuerza y mi corazón empezó a acelerarse… Me sentía muy mal.
 Estuve tumbada en el sofá con la cabeza apunto de estallar, por una hora antes de empezar a recuperarme. “Caray”, pensé “El azúcar siempre me hizo sentir mal, pero debido a que estaba en todas partes, nunca lo realicé”.
Después que nuestro año sin azúcar añadido terminó, conté las ausencias de mis hijos en la escuela y las comparé con años anteriores. La diferencia fue dramática. Mi hija mayor, Greta, pasó de 15 ausencias en el año anterior, a sólo dos.

Hoy en día, habiendo pasado ese año, la forma en que comemos es muy diferente. Apreciamos el azúcar en cantidades drasticamente más pequeñas, lo evitamos en los alimentos diarios (en el que no debería estar en primer lugar), y guardamos el postre para momentos muy particulares. Mi cuerpo parece estar dándome las gracias por ello. No me preocupo por quedarme sin energía. Y cuando aparece la temporada de gripe, ya no siento la necesidad de esconderme con mis hijas debajo de la cama. Si nos enfermamos sabemos que nuestros organismos están mejor equipados para luchar, nos enfermamos menos y nos recuperamos más rápidamente. Para mi sorpresa, después de nuestro año sin azúcar, todos nos sentimos más sanos y fuertes. Y eso no es nada despreciable.

Semana 29: Día 202: Volver al gimnasio

Hoy, que ya me siento prácticamente recuperado de los 100 km de la Patagonia Run, volví al gimnasio. Pero es en un plan distinto a cuando dejé en noviembre del año pasado. Ahora retomé pero concentrándome en mis piernas, algo que anteriormente dejaba de lado.

La rutina de ir todas las mañanas al gimnasio era algo que extrañaba. Tener eso fijo, todas las mañanas, me resultaba muy agradable. Desayunar, armar la mochila, caminar esas 15 cuadras hasta la sede, dejar las cosas en el vestuario, hacer una entrada en calor en la cinta y buscar la máquina o la barra, lo que me tocara ese día. Era ponerme al día con los programas matutinos de la radio, mirar los noticieros en los televisores de pared, donde obviamente no escuchaba nada, y ver un progreso muscular de a poquito. También era esa ducha caliente, mucho más cómoda y maniobrable que en mi casa, y volver caminando, dispuesto a enfrentar el día.

El reloj también me mide el ritmo cardíaco, así que el año pasado subía toda la info de musculación y, comparativamente con la de running, era 50 y 50. Pero empecé un nuevo año, decidido a estar preparado para la Espartatlón, así que me concentré en correr, correr y correr. Quedó poco tiempo para otra cosa. Ahí puse mis prioridades.

Unas semanas atrás, me fui a ver con un deportólogo para adelantarme a cualquier lesión que pudiese desarrollar de acá a la carrera, en Septiembre. Me midió, me encontró falencias estructurales, y me dijo que si buscábamos la simetría y trabajar ciertos músculos, podíamos escaparle al deterioro del entrenamiento. Y claro, entre sus recomendaciones estaba ir al gimnasio.

El doctor me armó una rutina, concentrada en el tren inferior. “No buscamos hipertrofia”, me dijo. Todo tranquilo, casi sin peso, muchas repeticiones. Así que volví a mi viejo gimnasio, habiendo pagado tres meses por adelantado, cosa de no tener excusas para no ir. Tan desacostumbrado estoy que me olvidé la toallita para secarme la transpiración y para secar las máquinas después de usarlas (soy muy considerado). También me olvidé las ojotas para la ducha. Errores de novato.

El médico me dijo que tenía que ir 2 o 3 veces por semana. Intentaré ir igual el resto de los días, pero trabajar el tren superior. Quizá no me influya tanto en la Espartatlón, pero bueno, ya que pagué por tres meses, mejor sacarle provecho, ¿no?

Semana 29: Día 201: Sí, se puede

A veces es necesario que te digan que no podés hacer algo. No es una cuestión de rebeldía. Tampoco es cruzar semáforos en rojo solo porque está prohibido. Hablo de cuando no te tienen fe, e indirectamente te están regalando un objetivo.

Cuando terminé la Merrel Adventure Race Tandil 2010 en 3:45 hs, unos conocidos en un foro de Internet le restaron importancia. No les parecía un desafío muy grande. Decían que un vegetariano nunca iba a poder dedicarse al deporte de alto rendimiento. La discusión venía de que el vegetarianismo podía ser sano, pero nunca ibas a ser tan fuerte como si comieras carne.

En aquel entonces yo pensaba que estaba en mi cima, que nunca iba a poder correr más que aquellos 27 km. Estar casi cuatro horas haciendo actividad física sin parar me parecía un esfuerzo muy grande, pero probablemente fuese cierto que se podía terminar independientemente de si comsumías animales o no.

Aquella discusión ya había empezado y me sumé por un excelente motivo: hablaban de los vegetarianos y ninguno lo era. E más, hablaban de deporte de alto rendimiento y ninguno lo practicaba.

No pude convencerlos de que el vegetarianismo no era un impedimento. Pero nunca me olvidé de que al igual que ellos, muchos creían que no iba a llegar lejos. Lo mismo cuando en 2012 me pasé al veganismo, y que varias personas creían que era lo mismo que decir que iba a dejar de comer y punto.

Hoy todavía no sé lo que es el alto rendimiento. Quizá lo practique, quizá me falte, pero pude correr 100 km sin consumir carne, ni derivados de animales, ni azúcar ni JAMF (o sea que ni geles ni Gatorade). Alguno podría considerar que era algo extremo, pero yo lo tenía bajo control. ¿Tenía miedo de fallar? Siempre. Pero eso me ayuda a estar focalizado y tomármelo en serio.

Pasaron cuatro años de esa discusión en Internet. Tengo la fantasía de revivir ese topic y aportar nuevas pruebas, pero seguramente me decepcionaría cuando viese que a nadie le importa. Esto lo hice para mí, y para el que tenga la duda de si se puede hacer deporte sin recurrir a preparados artificiales.

¿Sirven los geles, el Gatorade, Powerade, Red Bull, Coca Cola y las barritas? Sí, sirven. ¿Es lo único que se puede consumir para sostener una actividad física por tanto tiempo? No. También podés hacerte tus propios preparados que van a tener el mismo desempeño, sin esos conservantes, colorantes y endulzantes que tu organismo no necesita.

¿Se puede correr sin consumir lo que dictamina un departamento de marketing? Sí, se puede. Podés hacer lo que quieras, sin importar lo que los demás crean. El mundo sería un lugar mucho más chico si no hubiese existido gente que, a pesar del qué dirán, se dedicaron a explorar.

Semana 29: Día 200: Cuando el éxito es mala palabra

Durante un tiempo va a resonar en mi cabeza (y en este blog), la Patagonia Run. Nunca participé en una competencia tan dura, compleja, y a la vez tan bien organizada. Mi conclusión es que se trata de un carrerón, y como todo lo que me enriquece, intento contagiárselo a mis amigos.

“No me parece un carrerón”, me dijo Yayo. Lo que entendí que no logré gustaba de esta carrera es que la veía muy comercial. Poco importó que no la hubiese corrido nunca. Él prefería competencias hechas por otra gente, aunque fuesen de funcionalidad similar y hasta en el mismo terreno. ¿Por qué el hecho de que algo sea popular es “malo”? ¿Le quitan mérito los caminos marcados? ¿O hay algo más?

Hace poco me enteré de que Dean Karnazes, un ultramaratonista al que admiro muchísimo, podría correr la Espartatlón de este año. Apenas lo supe, me sentí una colegiala esperando el próximo recital de One Direction. Compartí en mi muro de Facebook mi alegría y un amigo, totalmente afuera del mundo del running, me preguntó si era el Messi de los corredores. Me pareció una buena analogía para que entendiese la popularidad de Karnazes y mi fanatismo por él, así que asentí.

Para qué. Abrimos una puerta difícil de cerrar.

Un par de amigos ultramaratonistas se sintieron en la obligación de disentir. Porque había otros atletas más dignos de mi admiración, también participantes de la Espartatlón. Incluso mencionaron a mi otro ídolo, Scott Jurek. El problema con Karnazes, al parecer, es que lo vemos hasta en la sopa. Incluso desee el maravilloso “Nacidos para correr”, McDougal lo critica por su condición de “comercial”. Y me pregunto, ¿es eso un pecado tan grande? ¿Invalida el hecho de que Karnazes tiene un físico increíble, ha logrado hazañas monumentales y que es un motivador nato?

Yo creo que no. Me parece que la condición de popularidad no es importante, ni siquiera es algo negativo. Y si fuere algo para que la Patagonia Run y Dean Karnazes debieran avergonzarse, déjenme admirarlos de todas formas. Yo sé rescatar lo bueno de la gente y de las organizaciones, y no por eso comprometo mis valores ni los de nadie.

Semana 29: Día 199: Lo que viene después de una ultra

Derribemos un mito. Correr no está bueno. O sea, yo la paso mal. Primero paso por un odioso estado de competitividad. Quiero estar bien adelante, ganar posiciones, y me angustio cuando me pasan. Me cuesta salir de ese estado, pero siempre empiezo por ahí.

Después viene el cansancio, los dolores, las dudas, la incertidumbre y la eterna pregunta sin respuesta: “¿Qué estoy haciendo acá?”. Eso si no le sumamos un golpe o lesión que nos llene de terror y arrepentimiento. Entonces… ¿qué tiene de bueno correr?

Llegar. Eso hace que todo valga la pena. Cualquier percance o sentimiento negativo disminuye a medida que nos acercamos a la meta. Alcanzamos la gloria, y todo cobra sentido. “¡Ah! ¡Ahora entiendo por qué sufrí como un desgraciado!”.

Pero después de alcanzar la gloria y saborear las mieles del éxito, llega la triste consecuencia de que hay que volver al mundo real.

Cuando llegué a la meta de la Patagonia Run, después de correr 102,5 km en 19 horas, cruzando dos montañas, ríos helados, barro, bajadas entre peligrosas piedras y trepado troncos, me sentí inmensamente feliz. Me comí un plato de pastas con salsa, acompañado por mi amigo Nico, con quien no podíamos dejar de hablar de la carrera.

Y de a poco, fuimos volviendo a la realidad. Nos empezaba a costar caminar. Bajar escaleras se volvió un desafío enorme. Fuimos al apart hotel a pie, temblando de frío. Me tiré en la cama y las piernas me dolían en cualquier posición. Dormité una hora y con mucho esfuerzo me levanté y me di una ducha caliente. Cenamos y me fui a dormir, esta vez toda la noche.

A la mañana me sentía un poco peor. Tenía tos, más cogestión que antes, y tenía menos agilidad que un playmobil. La combi nos vino a buscar a las 7 de la mañana para llevarnos al aeropuerto. El pie izquierdo me dolía mucho, así que fui descalzo todo el viaje. Repetí la técnica en el avión hasta Buenos Aires.

Después de buscar mi equipaje, me despedí de Nico y realicé mi máximo desafío desde que había escalado el Quilanlahue: caminar 200 metros hasta la parada del 45. Bajar del colectivo, a una cuadra de casa, fue todavía más arriesgado.

Me pasé el resto del domingo tirado en la cama, intentando reponer fuerzas. Hoy, lunes, me siento un poco mejor, aunque tengo los labios estropeados y la nariz lastimada de tanto moquear. Las piernas casi no me duelen, pero los brazos se sienten como si me hubiesen atacado a martillazos. Sin embargo, sé que lo peor ya pasó, y que cada día me voy a sentir mejor. Si comparo mi recuperación actual con la vez que corrí mi primera maratón, diría que ha sido milagrosa. A 48 horas de haber cruzado la meta, parezco un ser humano y no una marioneta.

De nuevo, vuelvo a la pregunta del principio. ¿Para qué todo esto? ¿Vale la pena? Y no puedo mentir, claro que lo vale. Cualquier consecuencia me remite a esa meta tan ansiada, y al instante en que la crucé. Mi dolor es un recuerdo de ese esfuerzo enorme. Hoy lo sigo sintiendo en mis huesos y en mi piel. Mañana estará únicamente en mi cabeza y será solo parte de mis memorias

Semana 29: Día 198: Los 102,5 km de la Pagonia Run 2014

¿Quién podría ser capaz de participar de una carrera donde la pasó asombrosamente mal, y querer volver a hacerla dos años después? Yo.

En el archivo del blog pueden leer mi experiencia en los 100 km de 2012, Pueden ser testigos de mis penurias y mis decepciones. Básicamente fui a correr y me encontré con una utra de montaña donde los ascensos te lo impiden, tuve un traumático encuentro con el Cerro Colorado, el que ascendimos con 4 grados bajo cero, viento y el suelo que estaba mezclado con hielo y piedras. Me torcí el tobillo y tardé una eternidad en completarla. Caminé muchísimo, hice cambios de ritmo para compensar mi paupérrimo desempeño, y llegué a la meta alas 18 horas. 
El año pasado hice 63 km para acompañar a mi ex. De los 100 km no me había gustado salir a las 2 de la mañana, y tener 6 horas de oscuridad en el que no se podía ver nada del paisaje. Bajar de distancia me permitía disfrutar un poco más y no sufrir por el frío. Pero mientras corríamos nos cruzamos con varias víctimas de los 100 km, y uno nos dijo “Nunca hagan los 100”. Me causó gracia que el año anterior le dije exactamente lo mismo a uno de lo voluntarios en los puestos de asistencia. No sé bien cómo, se gestó un deseo de volver a participar en esa demencial ultra.
Este año convencí a mi amigo Nico para que se anote. A él le tentaban los 42 km, así que lo obligué a anotarse en 63. Tuvimos mil problemas para llegar, desde el paro que nos canceló el vuelo hasta la distención de ligamento de Nico, una semana antes. Mi fantasía era, como estoy mejor entrenado, tengo experiencia y una motivación más fuerte, bajar mis tiempos, al menos en un par de horas, y no sufrir tanto… qué iluso que fui.

Como pueden atestiguar en mis posts de las semanas anteriores, el viaje no fue fácil. Además de la distención de Nico, tuvimos un paro nacional de transporte al que le encontramos la vuelta viajando dos días antes. Las inundaciones en el interior hicieron que parte del camino estuviese cortado, y temimos no llegar. El cambio brusco de clima nos pegó duro, y para el día previo a la largada yo tenía un poco de tos y una congestión de aquellas. Pero mientras algunos ven señales para rendirse y orientar los esfuerzos a otro lado, nosotros sentíamos que teníamos que luchar para conseguir nuestros objetivos.

Yo tenía dos metas para esta ultra. La primera era mejorar mi tiempo de 2012, ya que ahora estaba mejor preparado. Les tiro un spoiler: no lo conseguí. La segunda tenía que ver con armar una estrategia para demostrarle al mundo y a mí mismo que se podía hacer una ultramaratón sin recurrir al azúcar ni al jarabe de maíz de alta fructosa. Estos dos productos se encuentran alternativamente en geles y bebidas isotónicas, que obviamente son muy útiles para una carrera, pero… ¿son imprescindibles? Mi nutricionista quiso desviar mi atención de esa búsqueda. Por el nivel de calorías que se queman en una ultra de estas características (entre 6 mil y 10 mil), bien valía priorizar el desempeño. Pero yo sigo creyendo que no hace falta dejar la salud de lado. El azúcar da energía de asimilación rápida, pero no es lo único que lo hace. Por eso me preparé dos litros de pinole (harina de maíz tostada, agua, pasas de uva trituradas, jugo de limón y una pizca de sal) y lo distribuí en cuatro tomas cada 20 km. También cociné fainá con semillas de chía, me llevé un mix de frutas secas, pretzels y me compré unas sales rehidratantes. Sobre estas últimas, el paquete decía que no se debía mezclar con agua mineral, por la cantidad de sales. Entonces… ¿cómo reponía electrolitos sin caer en las bebidas isotónicas? Al final me terminó asesorando el Dr. Marcelo Parada, director técnico de la Patagonia Run, que en la meta andaba paseando por ahí, y me dio el visto bueno, pero con un cambio: con agua mineral, la cantidad de sales hidratantes es la mitad (o sea, medio sobre por litro).

Con eso resuelto, tenía todo mi alimento y bebida resuelto, a lo que le sumaría lo que pudiera comer en los puestos, y el agua que iría reponiendo en mi bolsa de hidratación. Los 102,5 km del recorrido tenía once puestos de asistencia, algunos solo con hidratación, otros con comida. La largada era a las 00 hs del sábado, así que el viernes 22:30 comenzaron a salir las combis que llevaban a los 400 corredores de 100 km al Regimiento de Caballería de Montaña 4 “Coraceros Gral. Lavalle”, donde los militares más atentos y respetuosos que conocí en mi vida atienden a los participantes. La organización permitía dejar, previamente, dos bolsas que iban hacia dos puestos de asistencia. Uno era para el Colorado, que como se pasaba dos veces, significaba doble oportunidad de dejar ropa de recambio o comida. El segundo, Quechuquina, solo estaba una vez en el recorrido, pero hacía que tuviésemos tres puntos en el recorrido para que nos esperase lo que quisiéramos, o para que dejásemos lo que no necesitáramos más. Esto quería decir que esas bolsas nos esperaban en el kilómetro 33, 56 y 87,5. Bastante bien.

Largamos en una medianoche bastante fría, pero con mucho entusiasmo. Tenía mi abrigo, muy similar al del 2012, mis bastones, y mi linterna frontal. A diferencia de mi experiencia anterior, como sufrí mucho frío en mis manos, me puse dos pares de guantes.

El principio de la Patagonia Run es en subida, para adelantarte lo que te espera. Antes me parecía más terrible y agotadora, esta vez la sentí más noble. Estaba muy embarrado, y era fácil patinarse. Los bastones me vinieron de maravilla. Empecé a pasar gente, y esa es otra constante en la carrera (y en las ultramaratones). Siempre vas a rebasar a otro competidor, pero a menos que seas de la elite, también te van a estar pasando todo el tiempo. Confieso que al principio eso me preocupaba, quería pasar y que no me pasen. Es un pensamiento muy negativo y costoso, porque desmoraliza y te desvía del verdadero foco, que es la autosuperación. Me costó convencerme de que lo que importaba era llegar y superarme a mí mismo. Igual, me fastidiaba estar en senderos angostos y correr a la velocidad del que tenía adelante, en lugar de la que sentía que podía hacer.

Ese primer tramo, de 5,5 km hasta el primer puesto de hidratación (Rosales), fue terrible. Seguramente por la falta de costumbre, el haber dormido una hora y media, el resfrío… no lo sé, pero se me hicieron eternos. Correr de noche tampoco me enloquece. O sea, si hablamos de 21 km o por ahí, lo entiendo y me engancho. Pero estar siete horas corriendo en la oscuridad… es duro, muy duro. Todo eso sumó a que arrancara fastidiado, sin poder ver más allá de lo que iluminaba mi linterna. No soy bueno para la montaña tampoco, las bajadas me cuestan porque piso inseguro. Además no tengo orientación… o sea, ¡soy el peor candidato para esta clase de carreras! Pero ahí estaba, intentándolo igual. Me salí del camino varias veces porque perdía las marcas, no las podía ver. Por suerte los corredores que tenía atrás me avisaban y volvía a la verdadera senda, pero es increíble la cantidad de veces que me dije “¿Dónde estoy?”. Para colmo hay un mal muy grande en las ultras que es seguir al que está adelante. Si ese se pierde, los que vienen detrás también. Así que hay que estar corriendo de noche, mirando el piso para no tropezarse, sin perder de vista las marcas por delante… muy difícil.

En el puesto Rosales intenté salir rápido. Me pedí un té caliente para subir la temperatura de las entraña, comí una banana que estuvo deliciosa, y retomé la marcha. Me di cuenta que estaba tomando poco, así que me fui forzando a beber. Corría todos los llanos y, como podía, las bajadas. Las subidas las caminaba, recordándome que no tenía sentido quemarme las piernas a esa altura.

El siguiente puesto de asistencia, Corfone, estaba a 9 km. Toda la primera parte se suponía que era “rápida”, así que intenté aprovechar y correr, correr y correr. En un momento perdí las marcas, solo veía la cinta atada a un poste y nada más. Era una especie de cerco, y del otro lado se veían los cuadraditos refractantes. Un corredor sugirió pasar por encima, algo habitual en este tipo de carrera. Empezamos a treparnos y cuando yo me apoyo en un tronco, siento que la madera cede… me estaba apoyando en la puerta de una tranquera. Toda esa destreza para el parkour era innecesaria, solo era cuestión de abrir y pasar.

Aunque este tramo fue más largo que el primero, se me hizo más ameno. Estaba ya acostumbrándome, quizás entrado en calor, o resignado a que esa noche iba a ser larga. Me pedí un té sin azúcar, que en ese momento se estaba convirtiendo en mi cábala, y seguí. A los 7,5 km estaba el puesto de hidratación Corfone, un gazebo en el medio de la nada. Estaba en 22 km de carrera, me había bajado mis primeros 500 cc de pinole y rezaba para que el amanecer llegara pronto. Estaba por empezar la parte más dura de toda la carrera para mí, que era el temido Cerro Colorado.

La cima está a 1785 metros sobre el nivel del mar. Hacía frío, mucho, pero en la cima, sin el reparo de la naturaleza, hay viento, y eso hace que baje la sensación térmica. Me animo a afirmar que hacían 10 grados bajo cero. El agua del camel se me congeló. A medida que subía, la nieve acumulada en el suelo crecía, hasta tapar mis zapatillas por completo. Hubiese sido un paseo maravilloso si no la hubiese estado pasando pésimo. Estaba convencido de que tenía mejor abrigo que en 2012 y quizá fuera cierto, pero igual sentía que se me congelaban los huesos. Los dos pares de guantes no servían, y los dedos los tenía entumecidos. Me puse una capa de lluvia que compré hace poco para que actuase como rompeviento, además de que iba a ayudarme a contener el calor corporal. Puse mis manos enguantadas, sosteniendo como podían los bastones, por adentro de la capa, para ver si así me protegía mejor del frío. Temblaba y sentía que esos 4 km de subida iban a ser eternos…

Ahí fue que empecé a hablar conmigo mismo.

Cuando corro en equipo, no puedo quedarme callado. Siempre estoy intentando motivar al otro, diciéndole palabras de aliento, arengando para que dé su mejor esfuerzo… y en ese momento estaba solo, bastante desamparado, sin nadie que me alentase a mí… Así que empecé a hablarme en voz alta. “Vamos, Casanova”, me dije. “Vos podés. La gloria te espera”, y ponía un pie adelante del otro, hundiéndolos en la nieve. “Te espera la gloria, vos podés hacerlo. Es solo una montaña, las montañas empiezan y terminan, vos vas a continuar”. Y aunque ahora suene trillado y cursi, quiero decir que funcionó. Me mantuve autoalentándome paso a paso, bajando la voz cuando alguien me pasaba (estaba sufriendo y congelándome, pero conservaba mi pudor). A más ascendía, peor era: más frío, más viento, más nieve. Pero la única forma de lograr que eso se terminara era cruzando al otro lado.

La bajada es terrible, hay una pérdida de 800 metros en 2 kilómetros. Encima entre el frío y la reciente lluvia, muchas rocas tenían una película de hielo que hacía que las zapatillas parecieran patines. Temí por mi vida, reafirmando mi pánico a las bajadas. Por supuesto que me patiné montones de veces, y los bastones me salvaron. No necesité de mi autoaliento porque, aunque tenía un cierto pánico a caerme, el frío no era tan terrible y al llegar al bosque todo se volvía mucho más tolerable.

En el kilómetro 33 estábamos en el puesto Colorado 1, donde me esperaba mi primera bolsa. Tenía un tercio de carrera adentro, algo para ponerme contento. Fui a buscar mis cosas y me empecé a cambiar por ropa seca. En ese interín, de 10 minutos, vi a 3 corredores anunciar que se bajaban de la carrera. En el puesto tenían una turbina de fuego que calentaba la carpa. Si te ponías adelante, te secaba un poco. Pero si te ponías a una distancia segura. Me saqué mis dos pares de guantes y puse los primera piel adelante de la turbina. En 3 minutos eran una mezcla de Freddie Krueger con La Persistencia de la Memoria, de Salvador Dalí. En un instante los había derretido. Menos mal que tenía dos pares, o la hubiese pasado realmente mal. Los tuve que tirar, era inevitable. Pero no me desanimé, me reabastecí y salí. Tiritaba, me había enfriado y aunque tenía algo de ropa seca, otras prendas seguían mojadas.

El cuerpo es una máquina increíble, y apenas entré en calor, ya no sufrí tanto el frío. Rogaba, imploraba por el sol, pero no tenía suerte. Las horas pasaban, al igual que los corredores que se me adelantaban o los que yo adelantaba. Más allá del frío, estaba bien. En el kilómetro 42 llegué al puesto Quilanlahue 1 (el número indica, al igual que en el Colorado, que lo íbamos a pasar dos veces). Este punto está preparado adentro de un establo. Ahí me encontré nuevamente con mi amigo Jorge, debutante en los 100 km y con quien entrené fondos varios domingos. Estaba ofuscado porque le había recomendado hacer toda la carrera con los bastones y había decidido dejarlos para la segunda mitad de la carrera. Iba con un palo que encontró en el bosque, al que apodamos “Gandalf”.

Salimos juntos, esperándonos cuando uno se detenía. Me imaginé cómo venía la mano, y le dije que no me esperase. “Hacé tu propia carrera”. Fue el mejor consejo que le pude dar (mejor que lo de los palos), porque terminó sacándome 1:40 hr de ventaja. Pero en ese momento íbamos pegados. Era apenas pasadas las 7 de la mañana, y el sol empezaba a asomar. Se podía ver la silueta de las montañas. Yo sabía que apenas amaneciera, la temperatura iba a desplomarse. Nunca entendí ese fenómeno meteorológico, pero es así, las primeras horas del día, en una ultra de montaña, son duras. No me equivoqué, lamentablemente. Me tenté, cuando ya había luz y pude guardar mi linterna, a filmar un poco el paso por los senderos en el bosque. Fueron siete horas de oscuridad, donde no se distinguía absolutamente nada, así que empezar a ver colores y formas era un espectáculo. Pero mientras preparaba mi cámara torpemente con mis manos enguantadas, vi cómo me pasaban los corredores que venían con su ritmo lento pero constante. Me di cuenta de que no iba a avanzar mucho si me detenía, así que abandoné la idea del registro visual (sepan disculpar).

En el kilómetro 56 estaba el puesto de asistencia Quechuquina, el segundo puesto donde poder levantar cosas personales y dejar las propias. Ya eran pasadas la 8 de la mañana, y todavía el frío se hacía sentir. El puesto estaba montado por fuera de una cabaña, que tenía un baño sin luz (quizá lo único criticable de toda la carrera). Me pedí mi té, comí bananas y me reaprovisioné de pinole. También cargué de agua la mochila hidratadora y le puse mis sales rehidratantes. Ya teníamos media carrera adentro, y ahí vi a Jorge por última vez. Dejó a Gandalf apoyado en una silla, se llevó sus bastones, y empezó una carrera diferente para él. Yo salí tranquilo, había pasado toda la noche y una montaña brutal, pero todavía me esperaba un desafío enorme.

Salí caminando mientras juntaba fuerzas para correr. En el kilómetro 63 estaba el puesto de hidratación Quechuquina (no confundir con el puesto de asistencia anterior), por el que pasé brevemente. Hay detalles que no voy a poder ubicar exactamente en el instante en el que ocurrió, pero vayan mechando en sus mentes toda esta crónica con subidas empinadas con mucho barro y cruces de arroyos con agua helada que cubría por encima de los tobillos. Esto era constante, más algunos troncos gigantes intermitentes que había que saltar o trepar. Así fue toda la carrera: trotar, tropezarse, patinarse, embarrarse, mojarse, trepar, tomar, comer y repetir el ciclo.

En el kilómetro 72 mi GPS empezó a dar alarma de que se quedaba sin batería. Estaba en el puesto Cohiue, parte del nuevo recorrido de este año. Era un gazebo chiquito, con bebida. Yo venía deseando comer banana, y cuando llegué se les había acabado. Me lamenté por mi mala suerte, pero cuando me estaba yendo, llegó un vehículo con provisiones, así que me pude llevar mi ansiada fruta. Acá empezaba la otra carrera. La organización decidió que el asenso al Quilanlahue, un cerro de 1672 metros sobre el nivel del mar, pasara al último cuarto de la carrera. ¿Para qué? Bueno, probablemente porque en ese punto íbamos a estar molidos físicamente, desmoralizados, y no hay nada que te levante más que una montaña empinada que te aniquila tus fuerzas. Eran casi 4 km en subida constante para después bajar abruptamente en poco más de 2 km. Como había salido el sol, eran las 2 de la tarde y habíamos alcanzado la máxima pronosticada para ese día de uno 13 grados, me saqué algo de abrigo. Con mis bastones y con más maña que técnica, empecé a trepar esa maldita montaña. Mi GPS decidió abandonarme después de 14 horas de uso continuado. Podría haberlo seteado en una modalidad que le da 50 horas de batería, pero nunca aprendí cómo hacerlo. En fin…

Como era de esperarse, a medida que ascendíamos, las temperaturas descendían. Otra vez me encontré trotando entre troncos cubiertos de nieve. Fue duro, pero casi nada comparado con la bajada. Esta vez el recorrido era distinto que en años anteriores, y salimos en la cima del Quilanlahue, pero en otro extremo. Sin embargo, el peligro era el mismo: bajadas entre arbustos bajitos que te enganchan los palos, por senderos muy angostos y una caída abrupta a la izquierda. O sea, mejor que te tropezaras y cayeras hacia tu lado derecho, o no la ibas a contar. Creo que nada me fastidia más que esta bajada, en especial cuando veo a otros corredores que se lanzan montaña abajo dando enormes zancadas, como si fuese lo más sencillo del mundo. Cada vez que me relajé, pisé mal y puse mi integridad física en riesgo.

Bajar el Quilanlahue es terrible para el ánimo. Uno empieza a ver pinos para darse cuenta que está viendo su copa, y que todavía faltan 150 metros para llegar al suelo. Uno baja, baja, baja, pero nunca termina de llegar. Como todo en la vida, con determinación y paciencia, se llega. Como no tenía mi GPS, los carteles de “2 km para el siguiente puesto” no tenían ningún sentido para mí, porque no tenía forma de mensurarlo. Llegué al nivel del suelo, frente al puesto de asistencia Quilanlahue 2, en el kilómetro 79. Recordé mi experiencia en 2012, en ese mismo punto, cuando me caí y rodé en el suelo.

Era el momento del último pinole del día, en medio de caminos rurales, esquivando charcos de barro. En ese establo todos empezábamos a hacer cuentas, calcular a qué hora estábamos en la meta. Sentado sobre unos fardos de paja tapados por una colcha, le dije una verdad a otros corredores exhaustos: podías seguir caminando y llegabas antes de la hora límite de 22:30 horas.

Ahora comenzaba un camino inverso hasta el puesto Colorado 2, en el kilómetro 87,5. Eran caminos de tierra que subían y bajaban. Se suponía que ya tenías la carrera en el bolsillo, era solo un trámite. Pero el cansancio se hacía sentir. Era 8,5 km entre esos dos puestos, y para mí lo mejor era hacerlo lo más rápido posible. El cuerpo se quejaba, no quería saber más nada. Las subidas eran muy exigentes en los cuádriceps, pero las bajadas pulverizaban las rodillas. Intenté tomarme toda la carrera con calma, pensar en que esto era solo un entrenamiento para la Espartaltón y nada más.

Después de interminables senderos, descampados y caminos serpenteantes (que había recorrido medio día atrás en el sentido contrario, en la noche más oscura), llegué trotando al Colorado 2. Me recibieron con aplausos, felicitándome por entrar corriendo. A esta altura el agotamiento era generalizado. Los punteros seguramente ya estaban en la meta, festejando su triunfo. Los más rezagados usábamos lo que nos quedaba de energía para llegar, como fuera. En mi caso me sentía bien, estaba cansado pero entero mentalmente. A pesar de que mi GPS estaba obsoleto, yo era consciente de que el tiempo no estaba de mi lado, y que con suerte iba a poder igualar mi marca de 18 horas. No quise pensar demasiado en eso. El objetivo principal, siempre, es llegar. Después uno puede analizar los cómo y los por qué de los resultados. Igual me golpeó saber que eran casi las 5 de la tarde, y que por norma teníamos que ponernos la linterna frontal. Si no podía mejorar mi tiempo anterior, al menos quería cruzar la meta de día. Era mi premio consuelo. Cada vez lo veía más difícil.

Troté lo más rápido que pude, sin llegar a quemarme, y alcancé el último puesto, el Bayos, ubicado en el kilómetro 95,5. Otra vez me recibieron con aplausos, como a todos los corredores. En esa instancia es una caricia muy necesaria. Por el esfuerzo y ese resfrío acechante, había perdido la voz. Me comunicaba por señas para pedir té y sin azúcar. Prendí mi linterna, pero me dijeron que hasta las 18:45 no hacía falta. Intenté comunicarme con mi amigo Nico, quien según mis cálculos ya debería haber llegado a la meta, pero no pude. Prender el celular fue una lluvia de mensajes de whastapp. “yyyyyyy?”. “estás vivo?”. Me faltaban 7 km para la meta.

Era el tramo final. Trotaba y cuando caía un mensaje frenaba a leerlo, para ver si era de Nico. Finalmente me comuniqué con él, y me esperaba para registrar mi llegada con su cámara. Yo no sabía cuánto faltaba para llegar por mi falta de reloj, pero algo recordaba de mis experiencias anteriores. Me alegró mucho meterme en el bosque de día, aquel que no quería cruzar de noche porque es una bajada furiosa llena de árboles. Las piernas se iban soltando. Llegué a una tranquera, que un militar me ayudó a cruzar por arriba. ¿Hacía falta que hicieran eso con casi 100 km encima? Otra constante de la carrera: no hay contemplaciones para los corredores. Elegiste ir a sufrir, así que sufrí.

Llegué a la calle de tierra, señal de que estábamos acercándonos a la ciudad. Guardé mi linterna, sabía que no la iba a necesitar. En un nuevo y cruel cambio del recorrido, en lugar de bajar por una calle serpenteante, la organización colocó un angosto paso por el bosque que subía y bajaba. Posiblemente estaba en 99 km de carrera, con casi 19 horas encima. Había sufrido un frío extremo, golpes, e incluso había derretido mis propios guantes. Ese nuevo trayecto era realmente cruel. Pero puse todo, hice las subidas corriendo como si nada. Todo lo que quería era llegar. En ese instante se me fijó una idea en la cabeza: quería un jugo exprimido de naranja (sin azúcar, obvio).

Las bajadas a toda velocidad dieron lugar al asfalto. Ya estaba, no faltaba nada. Como todos los años, un grupo de niños se acercó a que les regalara algo. Muy tiernos, pero no pensaba frenar mi marcha. La policía y los militares controlaban el tránsito para que los corredores tuviésemos prioridad. Cuando tomé la avenida San Martín, que estaba cortada y convertida en una pseudo-peatonal, los vecinos de la ciudad empezaban a ir apareciendo, con sus aplausos y sus gritos de aliento. Yo no tenía voz, quería agradecerles a todos, así que les sonreía, hacía la mueca de “gracias” con mi boca y seguía corriendo. Yo sentía que iba a 2 mil kilómetros por hora. Quizá desde afuera solo se viese a un corredor arrastrándose penosamente.

Vi el arco al fondo, era increíble que eso se terminase finalmente. Cuando estaba a 100 metros vi que había una cinta, preparada para cuando yo pasara. Era perfecto. Dijeron mi nombre en los altoparlantes, en medio de los aplausos de la gente. A casi 8 horas del primero, me hicieron sentir como un ganador. Con lo que me quedaba de voz hice mi grito de guerra, “¡ESPARTAAAA!” y crucé la cinta. No lo sabía, pero Nico estaba registrando todo con su celular. Le pasé a 20 centímetros y ni lo vi.

Estaba tan eufórico, tan contento. El reloj indicaba 19 horas 11 minutos 39 segundos, muchísimo más que mi pronóstico menos optimista. Pero ese objetivo era un capricho, la carrera había cambiado, se había vuelto más técnica y difícil. De hecho Trecaman, el ganador de este año, llegó más de media hora después de su marca de 2012. Si para él resultó más difícil, obviamente que para el resto de los mortales también. Nico me hizo notar que estaba ahí, al lado mío. Había completado sus 63 km con su distención de ligamento y no se había roto. Entero pero con frío, aceptó mi insistencia de ir a pedir nuestro plato de pastas de cortesía en lugar de rajar para el apart hotel para cambiarnos y darnos una ducha caliente. En ese momento necesitaba comida caliente. En otra cruel jugada del destino, el pasta party era en el primer piso. Subir no era tanto esfuerzo, el tema era bajar… por supuesto que aproveché y me pedí ese jugo de naranja exprimido… necesitaba sentir ese dulzor de la fruta. Quizá mi cuerpo tenía el recuerdo del azúcar, ese elemento del que pude prescindir para correr casi un día entero. Para mí era otra clase de triunfo. Correr con alimentos y bebidas hechas por mí y no por una fábrica, sin conservantes ni aditivos… ¡realmente se puede!

Nos retiramos al departamento, temblando de frío. Realmente, tenía una botella de agua en la mano y parecía que la estaba agitando para hacer un cocktail. Mi mandíbula parecía una castañuela, y después de llenar la panza con algo caliente, solo podía pensar en una estufa, ducha y dormir. En el apart hotel me desvestí, subí la calefacción y me metí en la cama. Estaba congelándome, a pesar de que ahí adentro no hacía frío. Era algo de mi temperatura interna, lo mismo que me había dejado sin voz. Me quedaba poca energía, estaba en modo ahorro. Me hice una bolita y me quedé dormido. Me despertó el dolor de piernas, era lo suficientemente fuerte como para que ninguna posición lo calmase. Cuando estás cansado y no podés dormir… ¿qué hacés? Me di esa ducha que me debía y me senté a escribir esta crónica. Pero me dormía, y Nico registró en una foto esa instancia patética (la subí en el post de ayer porque me causó mucha gracia).

¿Por qué hacemos las cosas? ¿Qué me llevó a pasarla mal en una carrera y volver a intentarlo este año? No lo sé. Quizá para demostrarme algo. Quería hacerla estando mejor entrenado. Y así fue. Sin dudas que en esta edición llegué con otro físico, otra cabeza y una estrategia más afilada. En ese sentido comprobé que hice una diferencia. El clima, los cambios en el recorrido y mi reciente pavor a las bajadas me impidieron bajar el tiempo, pero me anoté un poroto para la alimentación natural, sin azúcar ni conservantes, en una ultramaratón agotadora. Esta fue la carrera más difícil que hice en mi vida. Tan dura que tuve que hablarme a mí mismo para darme ánimo y seguir avanzando. Entonces, ¿por qué hacemos las cosas? ¿Por qué estas ultramaratones? Porque son muy difíciles. Y si fueran fáciles… ¿para qué hacerlas?

No puedo prometer que voy a volver a hacer la Patagonia Run, pero sí sé que me estoy preparando para estar agotado, al límite que todo mi cuerpo me pide parar, y que pude seguir. Esta fue la carrera más dura de mi vida, pero sin dudas la Espartatlón va a ser peor. Así que en el día de ayer siento que di un paso más hacia el gran objetivo de mi vida, que me espera a fin de Septiembre en Esparta…

Semana 29: Día 197: Cosas que quizás no sabías que pasan en una utramaratón

Hace unas horas que crucé la meta de los 100 km de la Patagonia Run. Me duele absolutamente todo, pero eso no es novedad para nadie. Mientras intento escribir la reseña de la carrera, siento un cansancio demoledor, que me hace cabecear y apoyar gentilmente la cabeza en la mesa para quedarme dormido.

Para no dejar al blog sin post el día de hoy, prometo dejar la reseña para mañana y hoy zafar con una estupidez. Sepan comprender.

Hay algunas cosas que quizás no sabías de las ultramaratones. Agarrate fuerte, porque son todas verídicas:

  • Te duelen músculos que no sabías que tenías y partes del cuerpo que no podés entender cómo estuvieron involucrados en la carrera.
  • Mientras corrés ves visiones y escuchás audiciones. Vi tantas cosas que podría hacer una semana de posts. Intentaré recordar todo lo que vislumbré en la Patagonia Run: un gendarme, una anciana de pelo blanco y pollera con flores blancas. Un gatito. Un perro. Un empleado de vialidad, con su chaleco amarillo y naranja. Un scooter. Un camioncito de juguete. Un adolescente llevando de costado una bici. Un tipo de pelo largo y gris, camisa caqui medio abierta, tirado en el medio del camino e incorporado sobre su brazo izquierdo. Una pareja sentada en el banco de una plaza. Un búho. Todos ellos eran troncos. Un fotógrafo, con su lente reflejando el sol, tenía una campera amarilla que visto más de cerca era un chaleco salvavidas, y me sacaba fotos. Era una espiga de no sé que con una tira de plástico amarillo.
  • Las uñas de los pies que ya estaban negras, se vuelven blancas.
  • Te arden ciertas partes aunque te hayas puesto vaselina. Como tus partes privadas. O sea, eso que rima con espectáculos y que empieza igual que testigo. Sí, los testículos. También arde esa palabra que rima con espectáculo.
  • Al terminar te dan antojos de cosas específicas, generalmente hidratos de carbono. Yo quería pan y un exprimido de naranja.

Semana 28: Día 196: El miedo mismo

Estoy a horas de salir para la meta de la Patagonia Run. Y, como toda carrera importante en la que participo, no me siento preparado. El miedo se apodera de mí y pienso en todas las cosas que me faltan y en todas las que me podrían salir mal.

Algunos dirán que es tonto tener miedo y que esos sentimientos negativos me van a jugar en contra. Yo creo que son parte de un mecanismo de autopreservación, que es pensar en los peores escenarios posibles para mantenerlos alejados.

Siempre está el miedo de lesionarme, en el año en que finalmente voy a correr la Espartatlón. Todavía llueve, aunque Windguru promete que para mañana va a estar despejado. Eso hace que el camino esté lleno de barro y en algunas bajadas esté peligrosamente patinoso. Iré con extremo cuidado, no me interesa romperme en esta carrera (sino en la de Grecia). Bastones, paso firme, paciencia, pero sigo proyectando películas de mi cabeza de caídas espectaculares en las rocas, donde caigo rodando y golpeo contra filos y piedras que me parten una pierna (pero, ya que estoy, fantaseo que con eso me pueden operar y dejarme las dos piernas del mismo largo).

En mi cruzada anti proteínas animales y anti azúcares y jarabe de maíz de alta fructosa, decidí correr esta ultra sin geles ni bebidas isotónicas comerciales. Muchos dirán que es una locura, yo entre ellos. Pero es hora de demostrar que se puede. No sé si me copa ser el conejillo de indias, pero mucho menos me entusiasma consumir alimentos procesados o preparados por una fábrica con químicos, si puedo lograr el mismo efecto con cosas más naturales o simplificando los ingredientes y dejando de lado lo que no me sirve. Estos “experimentos” ya los probé en entrenamientos, pero claro, ahora es el momento de una carrera, donde un error me podría dejar afuera, solo, llorando en medio de la montaña, arrastrándome entre sollozos y arrepentimiento. Esperemos que eso no pase. Me hice dos litros de pinole, que gracias a que puedo dejar cosas en tres puntos de la carrera, fui acomodando. También compré sales hidratantes para convertir el agua común en una bebida isotónica, aunque me dicen que no use agua mineral, y el no saber qué marca van a usar en los puestos me genera mucha incertidumbre. Yo creo que será Eco de los Andes, marca de Coca Cola, ya que en los puestos habrá Powerade. Es la primera vez que ruego porque tengan agua con bajo contenido de sodio…

Otro de mis mayores temores para esta carrera es pasar frío. Estuve a punto de comprarme un cubrepantalón, hasta que me enteré de que costaba 800 pesos (en el Decathlon los había pagado 15 euros, un monto bastante razonable para lo frágiles que son). Por suerte me di cuenta que era solo miedo, así que desistí y decidí confiar en las mismas calzas que me acompañaron en otras dos ediciones de la Patagonia Run. Pero como este año parece que va a hacer mucho frío (aclaración que no recuerdo de otros años), me preocupa bastante el tema. Me puse abrigo en los puestos, tengo repuesto en mi mochila, y mi capa de lluvia, que no parece pero retiene el calor corporal y sirve como rompeviento. Como ven, intento tomar precauciones con cada cosa que me da miedo (si nada me aterrara, seguramente encararía esta carrera en forma mucho más irresponsable).

¿Me va a alcanzar la comida? Espero que sí. Además del pinole y de las sales hidratantes me llevo un mix de frutas secas, pretzels y me hice fainá con semillas de chía. También hay pasas de uva en todos los puestos, y fruta en alguno que otro. Hay un gran abanico de alimentos que ofrece la organización que no consumo, como empanadas de jamón y queso, tartas, papas fritas, galletitas, etc. Creo que tengo suficiente, pero aunque tengo la gran sospecha de que uno puede prepararse sus alimentos u optar por alternativas menos nocivas, sigo con incertidumbre. Hago esto para demostrar que se puede, pero también para demostrármelo a mí mismo.

Tengo pánico de quedarme dormido y perderme la combi a la meta, así que acá estoy, dos horas antes de salir, sin poder pegar un ojo (dormí una hora y me desperté transpirado… podríamos apagar alguna estufa, creo). Entre todas mis fantasías de las cosas que podrían salir mal está la de imaginarme llegando a la meta varias horas más tarde, y ver si me dejan salir igual. No sé cuánto voy a tardar, mi anterior experiencia, la de 2012, me tomó 18 horas con un tobillo bastante dolorido. Creo que podría sacarle 2 horas tranquilamente, si es que todo sale bien. No me gusta pensar en que al salir a las 00 hs voy a perderme media carrera porque la voy a hacer a oscuras. Lejos está de entusiasmarme el pensar en ver hasta donde llega mi linterna frontal, pero es parte del desafío, y la Espartatlón no va a ser muy diferente.

Pero no todas son pálidas. Despegar y Lan nos prometieron el reintegro de nuestros pasajes, los que no pudimos usar por el paro. Eso fue un alivio, porque esa aventura no es barata. También escuché que Dean Karnazes, ultramaratonista y gran motivador, podría correr la Esparatlón. Me encantaría conocerlo en Grecia y sacarme una foto bien cholula con él. Es otro incentivo para no matarme en esta carrera ni romperme todos los huesos. Tengo que llegar entero a Septiembre… creo que puedo.

Nos leemos mañana, con la carrera en el bolsillo…

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