Semana 29: Día 199: Lo que viene después de una ultra

Derribemos un mito. Correr no está bueno. O sea, yo la paso mal. Primero paso por un odioso estado de competitividad. Quiero estar bien adelante, ganar posiciones, y me angustio cuando me pasan. Me cuesta salir de ese estado, pero siempre empiezo por ahí.

Después viene el cansancio, los dolores, las dudas, la incertidumbre y la eterna pregunta sin respuesta: “¿Qué estoy haciendo acá?”. Eso si no le sumamos un golpe o lesión que nos llene de terror y arrepentimiento. Entonces… ¿qué tiene de bueno correr?

Llegar. Eso hace que todo valga la pena. Cualquier percance o sentimiento negativo disminuye a medida que nos acercamos a la meta. Alcanzamos la gloria, y todo cobra sentido. “¡Ah! ¡Ahora entiendo por qué sufrí como un desgraciado!”.

Pero después de alcanzar la gloria y saborear las mieles del éxito, llega la triste consecuencia de que hay que volver al mundo real.

Cuando llegué a la meta de la Patagonia Run, después de correr 102,5 km en 19 horas, cruzando dos montañas, ríos helados, barro, bajadas entre peligrosas piedras y trepado troncos, me sentí inmensamente feliz. Me comí un plato de pastas con salsa, acompañado por mi amigo Nico, con quien no podíamos dejar de hablar de la carrera.

Y de a poco, fuimos volviendo a la realidad. Nos empezaba a costar caminar. Bajar escaleras se volvió un desafío enorme. Fuimos al apart hotel a pie, temblando de frío. Me tiré en la cama y las piernas me dolían en cualquier posición. Dormité una hora y con mucho esfuerzo me levanté y me di una ducha caliente. Cenamos y me fui a dormir, esta vez toda la noche.

A la mañana me sentía un poco peor. Tenía tos, más cogestión que antes, y tenía menos agilidad que un playmobil. La combi nos vino a buscar a las 7 de la mañana para llevarnos al aeropuerto. El pie izquierdo me dolía mucho, así que fui descalzo todo el viaje. Repetí la técnica en el avión hasta Buenos Aires.

Después de buscar mi equipaje, me despedí de Nico y realicé mi máximo desafío desde que había escalado el Quilanlahue: caminar 200 metros hasta la parada del 45. Bajar del colectivo, a una cuadra de casa, fue todavía más arriesgado.

Me pasé el resto del domingo tirado en la cama, intentando reponer fuerzas. Hoy, lunes, me siento un poco mejor, aunque tengo los labios estropeados y la nariz lastimada de tanto moquear. Las piernas casi no me duelen, pero los brazos se sienten como si me hubiesen atacado a martillazos. Sin embargo, sé que lo peor ya pasó, y que cada día me voy a sentir mejor. Si comparo mi recuperación actual con la vez que corrí mi primera maratón, diría que ha sido milagrosa. A 48 horas de haber cruzado la meta, parezco un ser humano y no una marioneta.

De nuevo, vuelvo a la pregunta del principio. ¿Para qué todo esto? ¿Vale la pena? Y no puedo mentir, claro que lo vale. Cualquier consecuencia me remite a esa meta tan ansiada, y al instante en que la crucé. Mi dolor es un recuerdo de ese esfuerzo enorme. Hoy lo sigo sintiendo en mis huesos y en mi piel. Mañana estará únicamente en mi cabeza y será solo parte de mis memorias

Publicado el 14 abril, 2014 en descanso, dolor, Espartaltón III semana 29, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, Patagonia Run, running, ultramaratón. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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