Semana 29: Día 198: Los 102,5 km de la Pagonia Run 2014

¿Quién podría ser capaz de participar de una carrera donde la pasó asombrosamente mal, y querer volver a hacerla dos años después? Yo.

En el archivo del blog pueden leer mi experiencia en los 100 km de 2012, Pueden ser testigos de mis penurias y mis decepciones. Básicamente fui a correr y me encontré con una utra de montaña donde los ascensos te lo impiden, tuve un traumático encuentro con el Cerro Colorado, el que ascendimos con 4 grados bajo cero, viento y el suelo que estaba mezclado con hielo y piedras. Me torcí el tobillo y tardé una eternidad en completarla. Caminé muchísimo, hice cambios de ritmo para compensar mi paupérrimo desempeño, y llegué a la meta alas 18 horas. 
El año pasado hice 63 km para acompañar a mi ex. De los 100 km no me había gustado salir a las 2 de la mañana, y tener 6 horas de oscuridad en el que no se podía ver nada del paisaje. Bajar de distancia me permitía disfrutar un poco más y no sufrir por el frío. Pero mientras corríamos nos cruzamos con varias víctimas de los 100 km, y uno nos dijo “Nunca hagan los 100”. Me causó gracia que el año anterior le dije exactamente lo mismo a uno de lo voluntarios en los puestos de asistencia. No sé bien cómo, se gestó un deseo de volver a participar en esa demencial ultra.
Este año convencí a mi amigo Nico para que se anote. A él le tentaban los 42 km, así que lo obligué a anotarse en 63. Tuvimos mil problemas para llegar, desde el paro que nos canceló el vuelo hasta la distención de ligamento de Nico, una semana antes. Mi fantasía era, como estoy mejor entrenado, tengo experiencia y una motivación más fuerte, bajar mis tiempos, al menos en un par de horas, y no sufrir tanto… qué iluso que fui.

Como pueden atestiguar en mis posts de las semanas anteriores, el viaje no fue fácil. Además de la distención de Nico, tuvimos un paro nacional de transporte al que le encontramos la vuelta viajando dos días antes. Las inundaciones en el interior hicieron que parte del camino estuviese cortado, y temimos no llegar. El cambio brusco de clima nos pegó duro, y para el día previo a la largada yo tenía un poco de tos y una congestión de aquellas. Pero mientras algunos ven señales para rendirse y orientar los esfuerzos a otro lado, nosotros sentíamos que teníamos que luchar para conseguir nuestros objetivos.

Yo tenía dos metas para esta ultra. La primera era mejorar mi tiempo de 2012, ya que ahora estaba mejor preparado. Les tiro un spoiler: no lo conseguí. La segunda tenía que ver con armar una estrategia para demostrarle al mundo y a mí mismo que se podía hacer una ultramaratón sin recurrir al azúcar ni al jarabe de maíz de alta fructosa. Estos dos productos se encuentran alternativamente en geles y bebidas isotónicas, que obviamente son muy útiles para una carrera, pero… ¿son imprescindibles? Mi nutricionista quiso desviar mi atención de esa búsqueda. Por el nivel de calorías que se queman en una ultra de estas características (entre 6 mil y 10 mil), bien valía priorizar el desempeño. Pero yo sigo creyendo que no hace falta dejar la salud de lado. El azúcar da energía de asimilación rápida, pero no es lo único que lo hace. Por eso me preparé dos litros de pinole (harina de maíz tostada, agua, pasas de uva trituradas, jugo de limón y una pizca de sal) y lo distribuí en cuatro tomas cada 20 km. También cociné fainá con semillas de chía, me llevé un mix de frutas secas, pretzels y me compré unas sales rehidratantes. Sobre estas últimas, el paquete decía que no se debía mezclar con agua mineral, por la cantidad de sales. Entonces… ¿cómo reponía electrolitos sin caer en las bebidas isotónicas? Al final me terminó asesorando el Dr. Marcelo Parada, director técnico de la Patagonia Run, que en la meta andaba paseando por ahí, y me dio el visto bueno, pero con un cambio: con agua mineral, la cantidad de sales hidratantes es la mitad (o sea, medio sobre por litro).

Con eso resuelto, tenía todo mi alimento y bebida resuelto, a lo que le sumaría lo que pudiera comer en los puestos, y el agua que iría reponiendo en mi bolsa de hidratación. Los 102,5 km del recorrido tenía once puestos de asistencia, algunos solo con hidratación, otros con comida. La largada era a las 00 hs del sábado, así que el viernes 22:30 comenzaron a salir las combis que llevaban a los 400 corredores de 100 km al Regimiento de Caballería de Montaña 4 “Coraceros Gral. Lavalle”, donde los militares más atentos y respetuosos que conocí en mi vida atienden a los participantes. La organización permitía dejar, previamente, dos bolsas que iban hacia dos puestos de asistencia. Uno era para el Colorado, que como se pasaba dos veces, significaba doble oportunidad de dejar ropa de recambio o comida. El segundo, Quechuquina, solo estaba una vez en el recorrido, pero hacía que tuviésemos tres puntos en el recorrido para que nos esperase lo que quisiéramos, o para que dejásemos lo que no necesitáramos más. Esto quería decir que esas bolsas nos esperaban en el kilómetro 33, 56 y 87,5. Bastante bien.

Largamos en una medianoche bastante fría, pero con mucho entusiasmo. Tenía mi abrigo, muy similar al del 2012, mis bastones, y mi linterna frontal. A diferencia de mi experiencia anterior, como sufrí mucho frío en mis manos, me puse dos pares de guantes.

El principio de la Patagonia Run es en subida, para adelantarte lo que te espera. Antes me parecía más terrible y agotadora, esta vez la sentí más noble. Estaba muy embarrado, y era fácil patinarse. Los bastones me vinieron de maravilla. Empecé a pasar gente, y esa es otra constante en la carrera (y en las ultramaratones). Siempre vas a rebasar a otro competidor, pero a menos que seas de la elite, también te van a estar pasando todo el tiempo. Confieso que al principio eso me preocupaba, quería pasar y que no me pasen. Es un pensamiento muy negativo y costoso, porque desmoraliza y te desvía del verdadero foco, que es la autosuperación. Me costó convencerme de que lo que importaba era llegar y superarme a mí mismo. Igual, me fastidiaba estar en senderos angostos y correr a la velocidad del que tenía adelante, en lugar de la que sentía que podía hacer.

Ese primer tramo, de 5,5 km hasta el primer puesto de hidratación (Rosales), fue terrible. Seguramente por la falta de costumbre, el haber dormido una hora y media, el resfrío… no lo sé, pero se me hicieron eternos. Correr de noche tampoco me enloquece. O sea, si hablamos de 21 km o por ahí, lo entiendo y me engancho. Pero estar siete horas corriendo en la oscuridad… es duro, muy duro. Todo eso sumó a que arrancara fastidiado, sin poder ver más allá de lo que iluminaba mi linterna. No soy bueno para la montaña tampoco, las bajadas me cuestan porque piso inseguro. Además no tengo orientación… o sea, ¡soy el peor candidato para esta clase de carreras! Pero ahí estaba, intentándolo igual. Me salí del camino varias veces porque perdía las marcas, no las podía ver. Por suerte los corredores que tenía atrás me avisaban y volvía a la verdadera senda, pero es increíble la cantidad de veces que me dije “¿Dónde estoy?”. Para colmo hay un mal muy grande en las ultras que es seguir al que está adelante. Si ese se pierde, los que vienen detrás también. Así que hay que estar corriendo de noche, mirando el piso para no tropezarse, sin perder de vista las marcas por delante… muy difícil.

En el puesto Rosales intenté salir rápido. Me pedí un té caliente para subir la temperatura de las entraña, comí una banana que estuvo deliciosa, y retomé la marcha. Me di cuenta que estaba tomando poco, así que me fui forzando a beber. Corría todos los llanos y, como podía, las bajadas. Las subidas las caminaba, recordándome que no tenía sentido quemarme las piernas a esa altura.

El siguiente puesto de asistencia, Corfone, estaba a 9 km. Toda la primera parte se suponía que era “rápida”, así que intenté aprovechar y correr, correr y correr. En un momento perdí las marcas, solo veía la cinta atada a un poste y nada más. Era una especie de cerco, y del otro lado se veían los cuadraditos refractantes. Un corredor sugirió pasar por encima, algo habitual en este tipo de carrera. Empezamos a treparnos y cuando yo me apoyo en un tronco, siento que la madera cede… me estaba apoyando en la puerta de una tranquera. Toda esa destreza para el parkour era innecesaria, solo era cuestión de abrir y pasar.

Aunque este tramo fue más largo que el primero, se me hizo más ameno. Estaba ya acostumbrándome, quizás entrado en calor, o resignado a que esa noche iba a ser larga. Me pedí un té sin azúcar, que en ese momento se estaba convirtiendo en mi cábala, y seguí. A los 7,5 km estaba el puesto de hidratación Corfone, un gazebo en el medio de la nada. Estaba en 22 km de carrera, me había bajado mis primeros 500 cc de pinole y rezaba para que el amanecer llegara pronto. Estaba por empezar la parte más dura de toda la carrera para mí, que era el temido Cerro Colorado.

La cima está a 1785 metros sobre el nivel del mar. Hacía frío, mucho, pero en la cima, sin el reparo de la naturaleza, hay viento, y eso hace que baje la sensación térmica. Me animo a afirmar que hacían 10 grados bajo cero. El agua del camel se me congeló. A medida que subía, la nieve acumulada en el suelo crecía, hasta tapar mis zapatillas por completo. Hubiese sido un paseo maravilloso si no la hubiese estado pasando pésimo. Estaba convencido de que tenía mejor abrigo que en 2012 y quizá fuera cierto, pero igual sentía que se me congelaban los huesos. Los dos pares de guantes no servían, y los dedos los tenía entumecidos. Me puse una capa de lluvia que compré hace poco para que actuase como rompeviento, además de que iba a ayudarme a contener el calor corporal. Puse mis manos enguantadas, sosteniendo como podían los bastones, por adentro de la capa, para ver si así me protegía mejor del frío. Temblaba y sentía que esos 4 km de subida iban a ser eternos…

Ahí fue que empecé a hablar conmigo mismo.

Cuando corro en equipo, no puedo quedarme callado. Siempre estoy intentando motivar al otro, diciéndole palabras de aliento, arengando para que dé su mejor esfuerzo… y en ese momento estaba solo, bastante desamparado, sin nadie que me alentase a mí… Así que empecé a hablarme en voz alta. “Vamos, Casanova”, me dije. “Vos podés. La gloria te espera”, y ponía un pie adelante del otro, hundiéndolos en la nieve. “Te espera la gloria, vos podés hacerlo. Es solo una montaña, las montañas empiezan y terminan, vos vas a continuar”. Y aunque ahora suene trillado y cursi, quiero decir que funcionó. Me mantuve autoalentándome paso a paso, bajando la voz cuando alguien me pasaba (estaba sufriendo y congelándome, pero conservaba mi pudor). A más ascendía, peor era: más frío, más viento, más nieve. Pero la única forma de lograr que eso se terminara era cruzando al otro lado.

La bajada es terrible, hay una pérdida de 800 metros en 2 kilómetros. Encima entre el frío y la reciente lluvia, muchas rocas tenían una película de hielo que hacía que las zapatillas parecieran patines. Temí por mi vida, reafirmando mi pánico a las bajadas. Por supuesto que me patiné montones de veces, y los bastones me salvaron. No necesité de mi autoaliento porque, aunque tenía un cierto pánico a caerme, el frío no era tan terrible y al llegar al bosque todo se volvía mucho más tolerable.

En el kilómetro 33 estábamos en el puesto Colorado 1, donde me esperaba mi primera bolsa. Tenía un tercio de carrera adentro, algo para ponerme contento. Fui a buscar mis cosas y me empecé a cambiar por ropa seca. En ese interín, de 10 minutos, vi a 3 corredores anunciar que se bajaban de la carrera. En el puesto tenían una turbina de fuego que calentaba la carpa. Si te ponías adelante, te secaba un poco. Pero si te ponías a una distancia segura. Me saqué mis dos pares de guantes y puse los primera piel adelante de la turbina. En 3 minutos eran una mezcla de Freddie Krueger con La Persistencia de la Memoria, de Salvador Dalí. En un instante los había derretido. Menos mal que tenía dos pares, o la hubiese pasado realmente mal. Los tuve que tirar, era inevitable. Pero no me desanimé, me reabastecí y salí. Tiritaba, me había enfriado y aunque tenía algo de ropa seca, otras prendas seguían mojadas.

El cuerpo es una máquina increíble, y apenas entré en calor, ya no sufrí tanto el frío. Rogaba, imploraba por el sol, pero no tenía suerte. Las horas pasaban, al igual que los corredores que se me adelantaban o los que yo adelantaba. Más allá del frío, estaba bien. En el kilómetro 42 llegué al puesto Quilanlahue 1 (el número indica, al igual que en el Colorado, que lo íbamos a pasar dos veces). Este punto está preparado adentro de un establo. Ahí me encontré nuevamente con mi amigo Jorge, debutante en los 100 km y con quien entrené fondos varios domingos. Estaba ofuscado porque le había recomendado hacer toda la carrera con los bastones y había decidido dejarlos para la segunda mitad de la carrera. Iba con un palo que encontró en el bosque, al que apodamos “Gandalf”.

Salimos juntos, esperándonos cuando uno se detenía. Me imaginé cómo venía la mano, y le dije que no me esperase. “Hacé tu propia carrera”. Fue el mejor consejo que le pude dar (mejor que lo de los palos), porque terminó sacándome 1:40 hr de ventaja. Pero en ese momento íbamos pegados. Era apenas pasadas las 7 de la mañana, y el sol empezaba a asomar. Se podía ver la silueta de las montañas. Yo sabía que apenas amaneciera, la temperatura iba a desplomarse. Nunca entendí ese fenómeno meteorológico, pero es así, las primeras horas del día, en una ultra de montaña, son duras. No me equivoqué, lamentablemente. Me tenté, cuando ya había luz y pude guardar mi linterna, a filmar un poco el paso por los senderos en el bosque. Fueron siete horas de oscuridad, donde no se distinguía absolutamente nada, así que empezar a ver colores y formas era un espectáculo. Pero mientras preparaba mi cámara torpemente con mis manos enguantadas, vi cómo me pasaban los corredores que venían con su ritmo lento pero constante. Me di cuenta de que no iba a avanzar mucho si me detenía, así que abandoné la idea del registro visual (sepan disculpar).

En el kilómetro 56 estaba el puesto de asistencia Quechuquina, el segundo puesto donde poder levantar cosas personales y dejar las propias. Ya eran pasadas la 8 de la mañana, y todavía el frío se hacía sentir. El puesto estaba montado por fuera de una cabaña, que tenía un baño sin luz (quizá lo único criticable de toda la carrera). Me pedí mi té, comí bananas y me reaprovisioné de pinole. También cargué de agua la mochila hidratadora y le puse mis sales rehidratantes. Ya teníamos media carrera adentro, y ahí vi a Jorge por última vez. Dejó a Gandalf apoyado en una silla, se llevó sus bastones, y empezó una carrera diferente para él. Yo salí tranquilo, había pasado toda la noche y una montaña brutal, pero todavía me esperaba un desafío enorme.

Salí caminando mientras juntaba fuerzas para correr. En el kilómetro 63 estaba el puesto de hidratación Quechuquina (no confundir con el puesto de asistencia anterior), por el que pasé brevemente. Hay detalles que no voy a poder ubicar exactamente en el instante en el que ocurrió, pero vayan mechando en sus mentes toda esta crónica con subidas empinadas con mucho barro y cruces de arroyos con agua helada que cubría por encima de los tobillos. Esto era constante, más algunos troncos gigantes intermitentes que había que saltar o trepar. Así fue toda la carrera: trotar, tropezarse, patinarse, embarrarse, mojarse, trepar, tomar, comer y repetir el ciclo.

En el kilómetro 72 mi GPS empezó a dar alarma de que se quedaba sin batería. Estaba en el puesto Cohiue, parte del nuevo recorrido de este año. Era un gazebo chiquito, con bebida. Yo venía deseando comer banana, y cuando llegué se les había acabado. Me lamenté por mi mala suerte, pero cuando me estaba yendo, llegó un vehículo con provisiones, así que me pude llevar mi ansiada fruta. Acá empezaba la otra carrera. La organización decidió que el asenso al Quilanlahue, un cerro de 1672 metros sobre el nivel del mar, pasara al último cuarto de la carrera. ¿Para qué? Bueno, probablemente porque en ese punto íbamos a estar molidos físicamente, desmoralizados, y no hay nada que te levante más que una montaña empinada que te aniquila tus fuerzas. Eran casi 4 km en subida constante para después bajar abruptamente en poco más de 2 km. Como había salido el sol, eran las 2 de la tarde y habíamos alcanzado la máxima pronosticada para ese día de uno 13 grados, me saqué algo de abrigo. Con mis bastones y con más maña que técnica, empecé a trepar esa maldita montaña. Mi GPS decidió abandonarme después de 14 horas de uso continuado. Podría haberlo seteado en una modalidad que le da 50 horas de batería, pero nunca aprendí cómo hacerlo. En fin…

Como era de esperarse, a medida que ascendíamos, las temperaturas descendían. Otra vez me encontré trotando entre troncos cubiertos de nieve. Fue duro, pero casi nada comparado con la bajada. Esta vez el recorrido era distinto que en años anteriores, y salimos en la cima del Quilanlahue, pero en otro extremo. Sin embargo, el peligro era el mismo: bajadas entre arbustos bajitos que te enganchan los palos, por senderos muy angostos y una caída abrupta a la izquierda. O sea, mejor que te tropezaras y cayeras hacia tu lado derecho, o no la ibas a contar. Creo que nada me fastidia más que esta bajada, en especial cuando veo a otros corredores que se lanzan montaña abajo dando enormes zancadas, como si fuese lo más sencillo del mundo. Cada vez que me relajé, pisé mal y puse mi integridad física en riesgo.

Bajar el Quilanlahue es terrible para el ánimo. Uno empieza a ver pinos para darse cuenta que está viendo su copa, y que todavía faltan 150 metros para llegar al suelo. Uno baja, baja, baja, pero nunca termina de llegar. Como todo en la vida, con determinación y paciencia, se llega. Como no tenía mi GPS, los carteles de “2 km para el siguiente puesto” no tenían ningún sentido para mí, porque no tenía forma de mensurarlo. Llegué al nivel del suelo, frente al puesto de asistencia Quilanlahue 2, en el kilómetro 79. Recordé mi experiencia en 2012, en ese mismo punto, cuando me caí y rodé en el suelo.

Era el momento del último pinole del día, en medio de caminos rurales, esquivando charcos de barro. En ese establo todos empezábamos a hacer cuentas, calcular a qué hora estábamos en la meta. Sentado sobre unos fardos de paja tapados por una colcha, le dije una verdad a otros corredores exhaustos: podías seguir caminando y llegabas antes de la hora límite de 22:30 horas.

Ahora comenzaba un camino inverso hasta el puesto Colorado 2, en el kilómetro 87,5. Eran caminos de tierra que subían y bajaban. Se suponía que ya tenías la carrera en el bolsillo, era solo un trámite. Pero el cansancio se hacía sentir. Era 8,5 km entre esos dos puestos, y para mí lo mejor era hacerlo lo más rápido posible. El cuerpo se quejaba, no quería saber más nada. Las subidas eran muy exigentes en los cuádriceps, pero las bajadas pulverizaban las rodillas. Intenté tomarme toda la carrera con calma, pensar en que esto era solo un entrenamiento para la Espartaltón y nada más.

Después de interminables senderos, descampados y caminos serpenteantes (que había recorrido medio día atrás en el sentido contrario, en la noche más oscura), llegué trotando al Colorado 2. Me recibieron con aplausos, felicitándome por entrar corriendo. A esta altura el agotamiento era generalizado. Los punteros seguramente ya estaban en la meta, festejando su triunfo. Los más rezagados usábamos lo que nos quedaba de energía para llegar, como fuera. En mi caso me sentía bien, estaba cansado pero entero mentalmente. A pesar de que mi GPS estaba obsoleto, yo era consciente de que el tiempo no estaba de mi lado, y que con suerte iba a poder igualar mi marca de 18 horas. No quise pensar demasiado en eso. El objetivo principal, siempre, es llegar. Después uno puede analizar los cómo y los por qué de los resultados. Igual me golpeó saber que eran casi las 5 de la tarde, y que por norma teníamos que ponernos la linterna frontal. Si no podía mejorar mi tiempo anterior, al menos quería cruzar la meta de día. Era mi premio consuelo. Cada vez lo veía más difícil.

Troté lo más rápido que pude, sin llegar a quemarme, y alcancé el último puesto, el Bayos, ubicado en el kilómetro 95,5. Otra vez me recibieron con aplausos, como a todos los corredores. En esa instancia es una caricia muy necesaria. Por el esfuerzo y ese resfrío acechante, había perdido la voz. Me comunicaba por señas para pedir té y sin azúcar. Prendí mi linterna, pero me dijeron que hasta las 18:45 no hacía falta. Intenté comunicarme con mi amigo Nico, quien según mis cálculos ya debería haber llegado a la meta, pero no pude. Prender el celular fue una lluvia de mensajes de whastapp. “yyyyyyy?”. “estás vivo?”. Me faltaban 7 km para la meta.

Era el tramo final. Trotaba y cuando caía un mensaje frenaba a leerlo, para ver si era de Nico. Finalmente me comuniqué con él, y me esperaba para registrar mi llegada con su cámara. Yo no sabía cuánto faltaba para llegar por mi falta de reloj, pero algo recordaba de mis experiencias anteriores. Me alegró mucho meterme en el bosque de día, aquel que no quería cruzar de noche porque es una bajada furiosa llena de árboles. Las piernas se iban soltando. Llegué a una tranquera, que un militar me ayudó a cruzar por arriba. ¿Hacía falta que hicieran eso con casi 100 km encima? Otra constante de la carrera: no hay contemplaciones para los corredores. Elegiste ir a sufrir, así que sufrí.

Llegué a la calle de tierra, señal de que estábamos acercándonos a la ciudad. Guardé mi linterna, sabía que no la iba a necesitar. En un nuevo y cruel cambio del recorrido, en lugar de bajar por una calle serpenteante, la organización colocó un angosto paso por el bosque que subía y bajaba. Posiblemente estaba en 99 km de carrera, con casi 19 horas encima. Había sufrido un frío extremo, golpes, e incluso había derretido mis propios guantes. Ese nuevo trayecto era realmente cruel. Pero puse todo, hice las subidas corriendo como si nada. Todo lo que quería era llegar. En ese instante se me fijó una idea en la cabeza: quería un jugo exprimido de naranja (sin azúcar, obvio).

Las bajadas a toda velocidad dieron lugar al asfalto. Ya estaba, no faltaba nada. Como todos los años, un grupo de niños se acercó a que les regalara algo. Muy tiernos, pero no pensaba frenar mi marcha. La policía y los militares controlaban el tránsito para que los corredores tuviésemos prioridad. Cuando tomé la avenida San Martín, que estaba cortada y convertida en una pseudo-peatonal, los vecinos de la ciudad empezaban a ir apareciendo, con sus aplausos y sus gritos de aliento. Yo no tenía voz, quería agradecerles a todos, así que les sonreía, hacía la mueca de “gracias” con mi boca y seguía corriendo. Yo sentía que iba a 2 mil kilómetros por hora. Quizá desde afuera solo se viese a un corredor arrastrándose penosamente.

Vi el arco al fondo, era increíble que eso se terminase finalmente. Cuando estaba a 100 metros vi que había una cinta, preparada para cuando yo pasara. Era perfecto. Dijeron mi nombre en los altoparlantes, en medio de los aplausos de la gente. A casi 8 horas del primero, me hicieron sentir como un ganador. Con lo que me quedaba de voz hice mi grito de guerra, “¡ESPARTAAAA!” y crucé la cinta. No lo sabía, pero Nico estaba registrando todo con su celular. Le pasé a 20 centímetros y ni lo vi.

Estaba tan eufórico, tan contento. El reloj indicaba 19 horas 11 minutos 39 segundos, muchísimo más que mi pronóstico menos optimista. Pero ese objetivo era un capricho, la carrera había cambiado, se había vuelto más técnica y difícil. De hecho Trecaman, el ganador de este año, llegó más de media hora después de su marca de 2012. Si para él resultó más difícil, obviamente que para el resto de los mortales también. Nico me hizo notar que estaba ahí, al lado mío. Había completado sus 63 km con su distención de ligamento y no se había roto. Entero pero con frío, aceptó mi insistencia de ir a pedir nuestro plato de pastas de cortesía en lugar de rajar para el apart hotel para cambiarnos y darnos una ducha caliente. En ese momento necesitaba comida caliente. En otra cruel jugada del destino, el pasta party era en el primer piso. Subir no era tanto esfuerzo, el tema era bajar… por supuesto que aproveché y me pedí ese jugo de naranja exprimido… necesitaba sentir ese dulzor de la fruta. Quizá mi cuerpo tenía el recuerdo del azúcar, ese elemento del que pude prescindir para correr casi un día entero. Para mí era otra clase de triunfo. Correr con alimentos y bebidas hechas por mí y no por una fábrica, sin conservantes ni aditivos… ¡realmente se puede!

Nos retiramos al departamento, temblando de frío. Realmente, tenía una botella de agua en la mano y parecía que la estaba agitando para hacer un cocktail. Mi mandíbula parecía una castañuela, y después de llenar la panza con algo caliente, solo podía pensar en una estufa, ducha y dormir. En el apart hotel me desvestí, subí la calefacción y me metí en la cama. Estaba congelándome, a pesar de que ahí adentro no hacía frío. Era algo de mi temperatura interna, lo mismo que me había dejado sin voz. Me quedaba poca energía, estaba en modo ahorro. Me hice una bolita y me quedé dormido. Me despertó el dolor de piernas, era lo suficientemente fuerte como para que ninguna posición lo calmase. Cuando estás cansado y no podés dormir… ¿qué hacés? Me di esa ducha que me debía y me senté a escribir esta crónica. Pero me dormía, y Nico registró en una foto esa instancia patética (la subí en el post de ayer porque me causó mucha gracia).

¿Por qué hacemos las cosas? ¿Qué me llevó a pasarla mal en una carrera y volver a intentarlo este año? No lo sé. Quizá para demostrarme algo. Quería hacerla estando mejor entrenado. Y así fue. Sin dudas que en esta edición llegué con otro físico, otra cabeza y una estrategia más afilada. En ese sentido comprobé que hice una diferencia. El clima, los cambios en el recorrido y mi reciente pavor a las bajadas me impidieron bajar el tiempo, pero me anoté un poroto para la alimentación natural, sin azúcar ni conservantes, en una ultramaratón agotadora. Esta fue la carrera más difícil que hice en mi vida. Tan dura que tuve que hablarme a mí mismo para darme ánimo y seguir avanzando. Entonces, ¿por qué hacemos las cosas? ¿Por qué estas ultramaratones? Porque son muy difíciles. Y si fueran fáciles… ¿para qué hacerlas?

No puedo prometer que voy a volver a hacer la Patagonia Run, pero sí sé que me estoy preparando para estar agotado, al límite que todo mi cuerpo me pide parar, y que pude seguir. Esta fue la carrera más dura de mi vida, pero sin dudas la Espartatlón va a ser peor. Así que en el día de ayer siento que di un paso más hacia el gran objetivo de mi vida, que me espera a fin de Septiembre en Esparta…

Publicado el 13 abril, 2014 en Carrera, Espartaltón III semana 29, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, Patagonia Run, running, ultramaratón. Añade a favoritos el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. Mis respetos espartano. Por la odisea y por la cronica. Contagias las ganas de ir sufrir! Felicitaciones.

  2. La diferencia entre lo imposible y lo posible reside en la determinación del hombre.

    (Tommy Lasorda)

    Felicitaciones Martín. Una maravilla tu relato. Me has emocionado campeón. Felicitaciones. Abrazo Juanca.

  3. Felicitaciones Martin, conseguiste algo que solo la mitad pudo conseguir este año en los 100K, LLEGAR! Y con el Espartatlon por venir, que haya sido sin lesiones es un logro mucho mas importante aun, estuve unos 20min en Colorado (comiendo y esperando a que me dejen de pinchar las rodillas) y no vi mas de 2 o 3 de los de 84 / 100 que estuvieran “bien”.

    Vas a volver, es mas fuerte que uno esto… el año que viene vas a estar contando como te fue en los 120K, la nueva distancia 😛

  4. Muchas gracias por el relato! Tan real… tan palpable … contagia ganas de intentar siquiera menos kilometros! Felicitaciones a ambos.

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