Semana 26: Día 177: Abandonando la mochila

El entrenamiento de fondos largos se convirtió en algo que me encanta. Es un momento de relax, en medio de un gran esfuerzo físico, y me ha permitido que mi techo suba. Mientras antes corría una maratón y quedaba cuatro días dolorido, ahora puedo correr 50 km y a la mañana siguiente levantarme como si nada.

Disfruto correr, y esa debe ser la obviedad más grande que escribí en este blog. Pero hay algo que siempre me fastidió y a lo que no le podía encontrar la vuelta: entrenar con mochila hidratadora. La verdad es que para hacer 21 km podía salir de casa con el cinto hidratador y tirar con eso. Además, las vueltas que hacía en la Reserva Ecológica, que podían llegar hasta 30 km, tenían la ventaja de que era en un predio con canillas especialmente preparada para atletas.

Cuando la norma pasó a ser correr 50 km los domingos, ni la Reserva ni el cinto eran suficientes. Por eso cargaba la mochila (a veces con la bolsa hidratadora, a veces con botellas) y salía a patear la calle. Y realmente no me sentía cómodo. Los hombros se tensionan, la espalda queda toda transpirada, y sacar algo de ahí adentro implica todo un ritual.

El domingo pasado fue la Adventure Race de Tandil, y decidí de antemano correrla sin mochila, algo que la organización desaconsejó en la charla técnica. Estamos hablando de decidir abandonar mi zona de comfort. Yo hice mis primeras maratones con mochila, y me costaba mucho desprenderme de ella y depender de los puestos de hidratación. Para esta experiencia en Tandil me la jugué, con una botella en la mano desde la línea de largada, aguantando hasta llegar a los puestos. La experiencia anduvo bien, así que no tuve que lamentarlo.

Hoy me tocó un fondo de 50 km, de cara a la Patagonia Run (y, ya que estamos, para ver cómo quedé después de la dura experiencia en las sierras). El bichito de mandarme sin mochila me andaba revoloteando, y decidí que si quería probarlo, esta iba a ser la mejor oportunidad. Como necesitaba aprovechar el resto del día, me levanté a las 4:30 de la mañana, desayuné y preparé las cosas para salir. Le adjunté bolsillos al cinto hidratador, me guardé pretzels, pasas de uva, el celular y las llaves, y saqué un Powerade de 750 cc de la heladera. Como estaba fresco me puse una remera de manga larga térmica y salí.

Tenía una mezcla de emoción y miedo por estar sin esa mochila que me acompaña a todos lados. Pero quería estar cómodo. El frío mantiene a raya la transpiración, que a su vez hace que tengamos menos sed, así que empecé a tomar por reflejo más que nada. Cada 5 km me tomaba un tercio de la botella. Mi estrategia era depender de las estaciones de servicio del camino. Normalmente tendría montones de opciones, pero como había decidido salir a las 5 de la mañana, se me podía complicar.  Por suerte, en el trayecto me crucé con montones de lugares abiertos, e incluso boliches con la música al palo, en el que todavía quedaba gente bailando.

Hice un trayecto que me llevó al Paseo de la Costa, en Vicente López, y vi el amanecer al costado del río. Me detuve a sacar algunas fotos, ya que estaba. Cuando terminé la botella, paré en una Shell, en donde me atendieron desde atrás de un vidrio blindado. Pedí un Powerade por el que me querían asesinar, pero no me quisieron cambiar 100 pesos (como si ese billete valiese tanto ahora). Un poco fastidiadio, seguí corriendo, hasta que di con una YPF donde hasta pude entrar y sacar la botellita de 500 cc de adentro de la heladera (acá también me asesinaron con el precio). Y esa fue toda la hidratación que necesité. Fui hasta San Isidro, pasando la calle Uruguay, y cuando me dio 25 km, pegué media vuelta y volví sobre mis pasos.

Pasando por el Paseo de la Costa nuevamente, aproveché los bebederos para tomar un poco de agua, aunque todavía tenía algo de Powerade. Aunque ya era de día, Buenos Aires seguía casi desierta. Era todo un placer correr así.

En Belgrano, para mi sorpresa, me crucé con muchísima gente corriendo. No tenía idea de que era la Carrera de Miguel, el atleta desaparecido en la última dictadura militar argentina. El recorrido coincidía con mi propio camino, así que no pude evitar compartir algunos metros con los corredores. Me dio pudor que me confundan con ellos, así que traté de tirarme para la vereda. Les daban agua “Conciencia”, que mal no me hubiese venido.

Faltando pocas cuadras para llegar a mi casa y cerrar los 50 km, me dio muchísima sed. Por suerte llegué enseguida y pude tomar agua fresca de mi heladera. El experimento de salir sin mochila fue un éxito. Mi siguiente objetivo a corto plazo será armarme algún tipo de mezcla de pinole, comprar agua mineral en las estaciones de servicio, y mezclarlo. Ahora que pude dejar de cargar peso en mi espalda, me gustaría abandonar los azúcares y el jarabe de maíz de alta fructosa que tienen las bebidas isotónicas. Y sí, vamos por todo…

Publicado el 23 marzo, 2014 en Espartatlón III semana 26, fondo, hidratación, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, running. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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