Semana 24: Día 162: La mujer corredora

Esto lo escribí hace un tiempo en el blog… me pareció que estaba bien rescatarlo, como homenaje a las mujeres en su día:

Una mujer que corre. Qué loco, ¿no? Hoy en día las mujeres votan, conducen automóviles, van al ejército y tocan la batería. Hasta dónde van a llegar, nadie lo sabe.

Hubo un tiempo en que ser un misógino (o sea, sentir aversión hacia las mujeres) estaba muy de moda. La historia nos indica que siempre fue así: en la antigua Roma, el género femenino era un objeto más en la cocina. Yéndonos más hacia atrás todavía, el macho era el cazador, mientras que la hembra recolectaba frutos.
Esa diferencia de sexos aún existe hoy en día, pero aquellas mujeres de la historia antigua se sorprenderían de los derechos que han conseguido. Resulta muy extraño pensar que, no hace tanto tiempo, se creía que la maratón era algo exclusivo de los hombres. Claro, si el primer maratonista, Filípides, murió al llegar a Atenas, ¿cómo podía una mujer repetir semejante hazaña?

Ya en las olimpíadas de la antigua Grecia el deporte estaba vedado para los varones, a tal punto que, luego de que una madre se infiltrase para ver competir a su hijo, se estableció que los concursantes debían participar desnudos, y así determinar fehacientemente su género.

Algo así como 2400 años después,  los 42 km seguían siendo para hombres (excluyente). La única competencia oficial femenina eran carreras de… ¡2,5 km! El pensamiento generalizado era que ellas eran físicamente incapaces de sostener un desafío mayor. Hubo una mujer que vino a romper todos los preconceptos, llamada Bobbi Gibb. Esta atleta estudiaba en el Museo de Bellas Artes de Boston, y entrenaba por los bosques, corriendo con los perros del vecino. En 1962, uno de estos paseos la llevó a cruzarse con el fondista William Bingay, quien se convirtió en su primer esposo. Cada día iba al trabajo corriendo 13 km con sus mocasines de enfermera de la Cruz Roja, ya que en esa época no existían las zapatillas femeninas para correr.

Gibb comenzó a entrenar en 1964 para correr la famosa Maratón de Boston. Había jornadas en que llegaba a cubrir 64 km en un solo día. Cuando llenó la solicitud para correr los 42 km en 1966, recibió una carta rechazando su pedido. Estaba firmada por el director de la carrera, Will Cloney, que tenía la gentileza de informarle que las mujeres no estaban psicológicamente capacitadas para correr la distancia de una maratón, y que según las leyes de deportes amateurs establecidas por la AAU (Unión Atlética Amateur), no se le permitía a las mujeres correr más que 2,5 km en forma competitiva. Lejos de deprimirla, esto la incentivó a correr, no solo por el desafío personal, sino para lograr algo más significativo.

El 19 de abril de 1966, con 23 años, se acercó sigilosamente a la largada. Vestía bermudas y un buzo con capucha, y se quedó escondida detrás de unos arbustos. Cuando la mitad de los corredores pasó a su lado, se mezcló entre ellos. Para su sorpresa, los atletas y el público reconocieron que era una mujer y comenzaron a alentarla con mucho entusiasmo. Esto la motivó a sacarse el abrigo que ocultaba su género.

Cuando llegó a la meta, con el impresionante tiempo de 3:21:17, el gobernador de Massachusetts estaba ahí para estrechar su mano. La prensa especializada estaba encantada con esta corredora furtiva. Siguió compitiendo los años siguientes, pero siempre en forma clandestina. Recién en 1996, en el aniversario de su debut, la Asociación de Atletismo de Boston le reconoció sus participaciones en las maratones, registró sus tiempos en forma oficial, y le dio una medalla.

 Roberta “Bobbi” Gibb repitió su hazaña en años posteriores, pero siempre corriendo en forma no oficial. Recién en 1972 se agregó la categoría femenina, o sea que hace tan solo 40 años que a las mujeres se les permite competir en maratones de forma profesional.

La historia de Bobbi causó un gran impacto en la gente. Pero en una chica logró encender una lamparita y germinó una idea que, en ese entonces, parecía muy osada. Kathrine Switzer, de 20 años, pensó que si a Gibb no le habían permitido anotarse, ella podía ser “ambigua” en su ficha de inscripción, y correr la Maratón de Boston en forma “oficial”. Se anotó como “K.V. Switzer”, y los organizadores asumieron que era un hombre. Durante la carrera, se las ingenió para evadir una prueba física, hecha por los organismos oficiales, que la podía dejar fuera antes de la largada.

Otro antecedente ocurrió varios años antes. Alentada por su padre para no ser una porrista y “alentar en lugar de participar”, Kathrine empezó a correr por su cuenta, preparándose para jugar al hockey, y descubrió que esto aumentaba considerablemente su resistencia. Corría 5 km diarios, algo impensado para una chica en aquella época. Y luego de las prácticas de hockey, corría otro kilómetro y medio. Un día, el entrenador del Lynchburg College, en Virginia, la vio entrenando y le pidió una mano. El equipo masculino necesitaba un miembro más para calificar en una inminente competencia, y tan desesperado estaba que le pidió que se una a ellos. Causó un gran revuelo en una institución de base religiosa. Increíblemente, comenzó a recibir cartas anónimas en las que decía que Dios la iba a castigar por atreverse a competir entre hombres.

Pero no se desanimó, y continuó entrenando entre corredores masculinos, aunque le estuviese vedado competir. Cansada de escuchar las historias gloriosas de la Maratón de Boston, le preguntó al entrenador cuándo iban a correrla. Él le recordó que era imposible para una mujer. Pero Kathrine había leído sobre la gesta de Bobbi Gibb el año anterior. Lamentablemente, el entrenador no estaba enterado, y creía que era un invento. Luego de un momento de tensión, recapacitó. “Si alguna mujer alguna vez puede correr una maratón, estoy seguro que serías vos”, le contestó.

Luego de un duro entrenamiento, llegó el momento de la inscripción. Kathrine tenía prohido por su entrenador correr colada. “Boston es una carrera seria, y vos sos una corredora seria”. Además, obtener un dorsal era todo un símbolo. Cuando llegó el momento del examen de aptitud física, ella se lo hizo por su cuenta. Pagó los 3 dólares de isncripción, se anotó como “K.V.”, y obtuvo el número 261.

A diferencia de la primera maratón de Gibb, Kathrine no quiso ir de incógnito. Se peinó y se maquilló. El objetivo era que se notase que era una mujer. Su novio Tom creía que si ella podía hacerla, él también, y sin tener entrenamiento, se anotó. Armaron entonces un pequeño grupo y partieron todos juntos.

A mitad del sexto kilómetro, la prensa estaba encima de ellos. Jock Semple, que iba en el camión de los medios, era el co-director de la carrera. Estaba furioso. Saltó del vehículo e intentó sacar a Kathrine del circuito. Pero los hombres la rodearon y la protegieron. La escena, obviamente, fue documentada, y se convirtió en un hito en la historia del deporte y de la lucha por la igualdad de derechos. Semple, que tenía pésimo temperamento, le gritó “Salí ya mismo de mi carrera y dame ese número”, mientras tironeaba de su remera. No fue hasta que Tom lo cuerpeó, que Semple salió disparado, y la carrera continuó como Kathrine la había planeado.

A pesar de haber terminado, la organización decidió no registrar su tiempo en forma oficial, que estuvo en las 4 horas y 20 minutos. Este hecho era un eslabón más en una cadena de sucesos que terminaría, en 1972, con la primera maratón en la que pudieron participar mujeres.

Y, aunque saltaron a la fama como antagonistas, Jock Semple y Kathrine se convirtieron en grandes amigos, y se reencontraron con mucha alegría en aquella maratón donde ya no había hombres y mujeres, ni inscriptos y colados, sino atletas.

Publicado el 8 marzo, 2014 en atletismo, día de la mujer, Espartatlón III semana 24, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, igualdad, mujer, running. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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