Archivos Mensuales: febrero 2014

Semana 21: Día 143: Cuánto toma mejorar

Últimamente me preguntan mucho cuánto tardé en conseguir algún resultado. Por ejemplo, el tiempo que me tomó bajar de peso cuando me hice vegano, o cuánto pasó desde que hice mi primera carrera de 10 km hasta una maratón (o 42 km). Y ante preguntas tan generales solo tengo respuestas vagas e imprecisas. Porque mis tiempos no respondieron a un plan determinado, sino que la cosa se puso en marcha cuando yo me puse un objetivo.

“Las metas son sueños con fecha de vencimiento”, leí por ahí. Si me pongo a recordar y hacer cuentas, corrí por primera vez 10 km hará como diez años atrás. Quedé tan destruido que pensé que ese era el límite humanamente posible. Recién en 2010, hace tres años y medio, pasó lo de correr 42 km por mi cabeza. Estaba perdiendo peso, sumando entrenamientos, y un amigo me desafió. Él me pagaba la inscripción si prometía correrla y no abandonar. No sé si él lo sabía, pero hizo mucho por mí.

¿Y cuánto me tomó llegar a una maratón? No sé, pasaron dos meses desde el desafío a la carrera. Me costó pero llegué. Nunca voy a olvidar la satisfacción de cruzar la meta tras 4 horas de esfuerzo sostenido.

No podría decir que me tomó siete años, pero desde decidirlo hasta hacerlo pasaron dos meses. Por supuesto que tenía una base sólida o no podría haberlo logrado. Me tomó tres años sacarle una hora a mi tiempo y llegar en 3 horas, pero tampoco me lo había propuesto. Si ese hubiese sido un objetivo importante… quién sabe si no lo hubiese logrado antes. El tema es que en 2011 decidí que quería correr la Espartatlón, la carrera a pie más dura del mundo… y acá estoy. Lo decidí sin haber corrido 100 km, y la primera vez que lo intenté fracasé. Recién lo logré el año pasado, en los tiempos en que la International Spartathlon Association decidió que me daba pedigrí para inscribirme.

¿Cuánto pasó entonces desde que decidí pasar de las maratones a las ultramaratones? No podría medirlo en tiempo, pero me tomó desde que soñé con eso hasta que me decidí a buscarlo. Lo del medio fue aprendizaje… y ese lapso es el que asusta, pero es lo más valioso de todo.

Semana 21: Día 142: Mi ultrafondo de 100 km

Antes de ponerme a escribir sobre el fondo de 100 km que corrí ayer, me viene a la mente un cómic llamado “Enigma”, escrito por James Robinson y dibujado por Duncan Fegredo. Era una de esas historietas “raras”, “para adultos”, con escenas que impactan en algún rincón del cerebro y se quedan ahí, escondidas. Allí, el personaje llamado Enigma, con poderes prodigiosos, recordaba el último día que había pasado. Y lo hacía con absolutamente todos sus detalles, tanto que le tomaba exactamente un día hacerlo. Algo así como un Funes, el memorioso.

Ayer volví absolutamente agotado, después de pasar una noche con un dolor de piernas que no me dejaba dormir (aunque estaba liquidado por el sueño), tiritando de frío por una incipiente fiebre. No era el momento de seguir esforzándome y estar frente a la computadora, intentando condensar esas 11 horas en un post que me tomara menos que ese tiempo para elaborarlo. Estoy más cerca de querer ser Enigma que de un personaje que tenga entre sus habilidades el poder de síntesis. Me gusta contarlo todo y no dejar nada afuera. Sin embargo, esto no va a ser así. Esta entrada va a ser una sombra, un vistazo borroso de una epopeya que me llevó gran parte del día y que, quizá por fortuna para ustedes, no podremos vivir en tiempo real.

El fondo más largo que hice este año fue de 50 km. Germán, mi entrenador, me venía marcando los entrenamientos, y si bien estaba latente la promesa de correr 100, me avisó que se venían una semana antes. Como siempre confié en él y vi reflejada esa confianza en logros, no lo cuesitoné. Si era lo que había que hacer, lo hacía. Me preparé lo mejor que pude, experimenté un poco con variantes de alimentación para poder abandonar los geles, y ayer sábado me levanté temprano para desayunar y salir.

El tema con un fondo tan largo es que ya es imposible que uno pueda hacerlo por su cuenta. Sé de algunos que entrenan en una pista donde pueden dejar a un costado comida y bebida para ir nutriéndose constantemente. No cuento con esa capacidad. Los fondos de 50 km los pude resolver llenando mi mochila de agua, Powerade y todo lo que se me iba ocurriendo de comida (pretzels, pasas de uva, y últimamente la maravillosa fainá). A duras penas me alcanzaba para esa distancia, y correr 5 horas con peso en los hombros es muy tedioso. Yo quería hacer los 100 sin mochila… y sin geles.

Unos días antes le había dejado a Germán una fainá entera que había hecho, esta vez con semillas de chía incorporadas. Además le di un paquete entero de pretzels y tres botellas de 750 cc de Powerade. Si lo hubiese planificado mejor, le hubiese dejado más cosas como ropa de recambio o más bebida, porque eso no me iba a alcanzar. Pero igual me resolvió muchísimo.

Salí unos minutos después de las 7 de la mañana, cargando dos botellas de 750 cc de Powerade, pretzels, pasas de uva y dos botellitas de pinole, la bebida tarahumara. Había inventado mi propia receta en base a prueba y error. Cada una, equivalente a un vaso, tenía una mezcla de agua, pasas trituradas y maíz molido. A la vista parecía espantoso, pero el sabor no estaba mal.

Afuera hacía buen tiempo pero estaba un poco ventoso. A los 2 km de salir me encontré con mi amigo George, al que todavía no pude convencer de que entrene con nuestro grupo de Puma Runners. En abril va a correr la Patagonia Run, así que cuando tengo algún fondo en domingo nos solemos juntar y compartir algunos kilómetros. Me acompañó desde Recoleta hasta San Isidro, y fuimos charlando, tirándonos bromas y mechándolo con consejos y experiencias de carrera. Él me enseñó un camino hacia la Zona Norte más entretenido que tomar la Avenida Libertador derecho, que es bordear la cancha de River y seguir por la costanera de Vicente López.

Cuando llegamos a la zona de Acassuso nos separamos, y él siguió su camino y yo el mío. Llegué a la base donde me esperaban algunos Puma Runners unos minutos después de las 9 de la mañana, con 23 kilómetros encima. Me saqué la maldita mochila, junté mi alimento con el que ya tenía Germán, y salí con Marcelo, mi eterno compañero de entrenamiento. Él tiene una velocidad muy similar a la mía, y es una persona muy serena llena de buenos consejos. Empezamos a darle la primera vuelta al Hipódromo, y él, como buen amigo, se ajustaba a mi ritmo. Siempre tenemos una muy sana competitividad, acelerando para forzar al otro. No buscamos ser mejor que el otro, simplemente nos apoyamos mutuamente para superarnos a nosotros mismos.

En la segunda vuelta me llevé unas porciones de mi fainá para comer en el camino. Cometí la tontería de hablar, correr y comer a la vez, que podría traducirse en “receta para el desastre”. No me di cuenta cómo, pero en un momento una porción de comida se fue por el camino equivocado y empecé a toser como un condenado. Para peor las abdominales inferiores me dolían muchísimo con cada espasmo, y me irritó la garganta. No podía hablar. El bebedero lo teníamos a 2 kilómetros de distancia, así que no quedó otra que apechugar y seguir. Pude controlar la tos y la lengua (o sea, quedar en silencio). Ya antes de poder tomar agua estaba recuperado, pero comprobé que si uno se serena, nada impide seguir corriendo.

Germán nos recomendó alternar el sentido de las vueltas, primero para un lado, luego para el otro. Así rompíamos un poco con la monotonía y no forzábamos siempre los mismos músculos y articulaciones. Quizás uno no se dé cuenta, pero girando en cada esquina hacia el mismo lado termina resintiendo un costado del cuerpo, sobre todo en distancias tan largas.

Muchos compañeros de grupo se fueron sumando. Sé que hacer un listado de nombres no le va a significar nada a los lectores de este blog, sobre todo si no los pueden asociar con una cara, pero cada uno que estuvo ahí fue crucial para que yo siga esforzándome y avanzando. Si bien cada uno tenía su propio objetivo (entre 15 y 40 km, dependiendo del nivel personal), todos prácticamente lo ajustaron para estar en algún momento a mi lado. Marcelo tenía compromisos familiares y tuvo que irse antes de la 1 de la tarde, pero me acompañó 30 km… los más “fáciles” porque estaban dentro de la distancia a la que me acostumbré este año. Pero se sumaron Nico, Javier, Juan Carlos, Gustavo, Gloria, Leandro, Paco, Fernanda, Sergio, Ceci, Paz, Vane, Ale, Sol… temo estar olvidándome de alguien. Alguno necesitó seguir con su largo camino a casa, o compromisos con la familia. Otros eligieron quedarse, esperar a que yo cerrara cada una de las vueltas de 5 km alrededor del Hipódromo. No sé si es el mejor plan quedarse todo un día sentado esperando, pero es tan valioso que no alcanzan las palabras para describirlo.

También corrió Germán, para mi grata sorpresa. No son muchas las oportunidades que tenemos de entrenar juntos, y él se puso encima el peso de coordinar los fondos de todos y de acompañar a los novatos. Cuando se me empezó a hacer más pesado correr, estuvo a mi lado charlando, aconsejándonos y distrayéndome.

Pasé la barrera de la maratón, 42 km con 195 metros, a las 4 horas con 12 minutos. En algún momento soñé con hacer un mejor tiempo que mis 10 horas 14 minutos de la Ultra Buenos Aires 100K, pero después me di cuenta que era una tontería. ¿Para qué? ¿A quién quería impresionar? ¿Para qué matarme, si el ritmo de la Espartatlón va a ser mucho más lento? Me costó muchísimo, pero decidí relajarme y no angustiarme si mi ritmo estaba por encima de los 6 minutos por kilómetro (un tiempazo para lo que es esa monstruosa ultramaratón griega). El objetivo era no agotar mis reservas de energía y llegar.

Fue muy placentero pasar los 50 km y decirle a los chicos “Acabo de pasar la mitad”.  No tuve prácticamente ningún inconveniente muscular ni nada durante el trayecto. Sí sentí las señales del cuerpo de que tenía que ir al baño (difícil en todo ese tiempo, y comiendo, no sufrir las “ganas”). Estuve en duda de si era solo la sensación, porque correr tanto tiempo afloja todo y uno se puede confundir… pero no, eran ganas verdaderas. Lo bueno de entrenar alrededor del Hipódromo es que cuento con un par de opciones de baños para… bueno, ustedes se lo imaginan. Si no hubiese contado con la escolta (y la discreción) de Nico… no sé qué hubiese hecho. Por suerte, estuve en buenas manos.

El cansancio se hacía sentir. Tenía molestias en los cuádriceps, pero nada fuera de lo común. Me mojaba en los bebederos cada vez que podía la cabeza. Estaba un poco nublado, de a ratos salía el sol… la temperatura nunca superó los 27 grados, así que era bastante agradable. Subestimé los rayos solares que tapaban las nubes y no me puse protector ni nada. Terminé con los labios paspados y ardiendo, además de la cara colorada. Hay cosas que van siendo hora que las aprenda…

La hidratación era casi exclusivamente bebidas isotónicas. De vez en cuando un poquito de agua, pero intenté que fuese lo mínimo, por la mala experiencia que tuve el año pasado, en la Ultra Buenos Aires, cuando sufrí de hiponatremia. Creo que todas las experiencias que tuve, en especial las que estuvieron llenas de errores, me ayudaron muchísimo ayer. Si bien no me puse protector solar, ese fue el más caro de los errores que no terminé de corregir (y en verdad fue muy barato). Me intrigaba cómo me iba a caer la fainá, y más allá de inevitables gases (que entre compañeros hombres no se disimulaban) me funcionaron muy bien. Quizá los geles duren más tiempo y en el caso de mi experimento culinario ya necesitaba una porción por vuelta de 5 km, pero me resultaba más agradable comer eso que beber químicos.

La hora de la verdad llegó al kilómetro 60, cuando tomé la primera botellita de pinole. A pesar de que se veía desagradable, todo el mundo quería probarlo. Tuve que recurrir a algunos gritos y tomas de karate para que no se la tomaran. Las pasas le daban un dejo dulce y el maíz no se disolvía, así que bajaba en forma arenosa por la garganta. El sabor era el de las tutucas, con énfasis en lo tostado. Es la mejor forma en que podría describirlo. En esa parada técnica no comí fainá. No sé si fue un efecto placebo, pero la siguiente vuelta me sentí fantástico. Renovado. Estaba en duda de si era algo mental o la pura casualidad… me quedaba otra dosis para confirmarlo.

Decidí frenar en cada una de las vueltas a tomar y comer. La base representaba un puesto de control cada 5 km, muy similar a la Espartatlón. Intenté no detenerme demasiado, lo suficiente para reponer combustible y, de vez en cuando (y ante los retos de mi entrenador), tuitear mi progreso. Pero a medida que se acumulaban las vueltas, arrancar se hacía más arduo. Las piernas se quejaban, también las abdominales. La planta de los pies me dolían, y todo el cuerpo parecía decir “¿No habíamos terminado? ¿OTRA VUELTA MÁS?”. Pero somos máquinas realmente asombrosas, bastaba con avanzar al timo que fuese posible por 100 metros para encontrar un paso cómodo y dejar a todos los dolores atrás.

Por las dudas, en el kilómetro 70, me cambié de medias y me puse vaselina en los dedos. No me quería ampollar. Fui muy ingenuo, porque si bien tenía los pies muy transpirados, me saqué un par de medias que era muy bueno y me puse uno de inferior calidad. Envaselinarse ayuda… pero tampoco hace magia.

Alguna vez sentí una molestia en una rodilla, y no me preocupó demasiado porque enseguida desaparecía, y se alternaba con la de la otra pierna. Los dolores aparecen y desaparecen constantemente, así que los fui bloqueando hasta que desaparecían. En un momento me empezaron a molestar los brazos, en la parte que se une el bíceps con el hombro. Tenía ganas de arrancármelos a mordiscos, pero como todo era cuestión de no darle importancia. “No todos los dolores son significativos”.

Las horas iban acumulándose, y de algún modo maravilloso se pasaban volando. Por supuesto que tuvo que ver con estar acompañado todo el tiempo. Cuando vi que iban más de 8 horas simplemente no lo podía creer. Pensar que a veces me hago problema porque tengo una fila larga en el supermercado, y ahí estaba haciendo un ejercicio extremo de paciencia, intentando completar 100 km a pie en el tiempo que fuese.

No me quejé, no flaqueé, aunque sobre el final veía a los chicos sentados en una mesa de camping, tan relajados y llenos de comida y bebida, que deseé más que nada sentarme con ellos. Pero cuando todos habían terminado sus respectivos fondos, yo era el que quedaba corriendo. Germán le dijo a Nico “La próxima vuelta quedate descansando”, y tuve ganas de decirle “yo también me quedo”. Pero el que marcaba las vueltas era yo…

Volví a tomar la última dosis de pinole en el kilómetro 81. Esta marca era muy significativa para mí porque es donde va a estar el primer puesto en el que mi equipo me puede asistir durante la Espartatlón. Hasta ese momento es uno solo, con los otros corredores y los eventuales puestos. A partir de esa marca tu equipo te puede dar comida y bebida y ayudarte en lo que necesites.

Nuevamente el pinole me llenó de energía. ¡Realmente funciona! Mientras antes a duras penas podía mantener un ritmo de 6 minutos, terminé una vuelta en 5 el kilómetro, codo a codo con Gloria. Obviamente es algo que cada uno tiene que comprobar, pero para mí tener una alternativa natural, sin aditivos ni conservantes, y que funcione, es maravilloso. Ahora quiero probar de hacer mucho más, ir tomando cada 10 o 15 km.

Me enfrenté al único dilema del día. Me quedaban 8 kilómetros para terminar y si daba dos vueltas eran más de 10. Realmente no tenía ganas de correr un metro de más… ¡estaba cansado y quería terminar! Lo que se le terminó ocurriendo a Germán fue la solución más simple: correr 4 kilómetros, dar medie vuelta y volver. Así que hice eso. ¡Estaba muy motivado! Salí con un grupo de chicos pero estaban todos bastante cansados de sus propios fondos. Quedamos solo Lean y yo, y él subiendo la velocidad conmigo y alentándome. En el kilómetro 94,5… un dolor terrible en un dedo del pie. ¡Ampolla! Es increíble porque aparece de golpe, un fogonazo que recorre el cuerpo hasta la cabeza. Pero más asombroso es el cuerpo, porque si bien grité del dolor, me lo aguanté y no bajé el ritmo. “¿Qué es una ampolla en 100 kilómetros?”, me dijo Lean. Y seguimos apretando. Por suerte esa ida me permitió pasar por el bebedero, y tomamos agua y nos refrescamos por última vez.

Pegamos la vuelta y ya no importaba nada más que terminar. Las piernas se iban solas, no dolía nada, ni siquiera la ampolla del pie izquierdo. Era una progresión de un tipo que hacía 11 horas que estaba corriendo. Era mágico. Exactamente en el kilómetro 99… ¡otra ampolla! Esta vez en el pie derecho. Lean intentaba consolarme: “¡Es un último desafío!”. ¡Le contesté que ya había tenido suficientes desafíos en ese día!

Los últimos metros fueron a toda velocidad. El reloj indicaba 4:38 minutos por kilómetro. Detuve el reloj en los 100. ¡Había terminado! Era un alivio y una felicidad tan grande… No pude evitar gritar “¡ESPARTAAAAAA!” cuando caí en que todo había acabado. Si me pidiesen hacerlo en cualquier momento me moriría de vergüenza… pero después de tamaño esfuerzo, es casi un grito de alivio. Y cada carrera (y entrenamiento monstruoso como este) me acerca un poquito más a esta histórica ciudad.

Quise abrazarme con mis compañeros, llorar un poco quizá, pero Germán nos mandó a caminar unos metros y a elongar. Los saludos y abrazos quedaron para más tarde. Pude finalmente sentarme después de 11 horas y 5 minutos que estaba corriendo. Me senté para cambiarme las medias, pero no sé si cuenta. Estaba agotado, la bebida casi se había acabado (a pesar de que mi equipo, que estaba cuidándome, fue a comprar un refuerzo). Tampoco había comida. Solo una manzana, un fondo de una bolsa de pretzels y una bolsa hidratadora con agua… que me mandé para mis adentros con voracidad.

Si bien había viento, mi temperatura corporal bajó en picada. Empecé a sufrir muchísimo frío. Me cambié y me puse ropa seca, más de la mitad prestada. Me dieron una remera de manga larga, una campera, medias… Estaba hecho una piltrafa. Después de haber hecho ese sprint final, apenas podía caminar. Las ampollas, que había anulado por completo, me estaban matando. Había pasado a modalidad zombie.

Nos despedimos, temiendo que los nubarrones se convirtieran en lluvia. Nico me alcanzó hasta la estación de tren, porque ni siquiera sentía que pudiese caminar esas cinco cuadras. El vagón venía llenísimo, pero alguien velaba por mí y apenas entré me topé con un asiento vacío. En la terminal de Retiro me bajé, disimulando que me costaba caminar. Llegué a casa después de esas eternas seis cuadras y al entrar empecé a tomar líquido (agua, Gatorade) y a comer. Tenía una necesidad imperiosa de hidratos así que comí pan integral, y me calenté una milanesa de soja y la devoré en un sándwich.

Actualicé como pude el blog, con las pocas fuerzas que me quedaban, y a las 11 de la noche estaba en la cama. El dolor de piernas me incomodaba muchísimo para conciliar el sueño, y tiritaba de frío. Me tapé con la frazada, sentía que me llegaba la fiebre. Estaba completamente abatido.

A la mañana siguiente me sentía infinitamente mejor. Un poco de dolor de garganta, pero si me bajaron las defensas y eso fue lo que me pesqué, la saqué barata. De hecho las piernas no me duelen en este momento. Si no fuese por las ampollas, que pinché y sequé, estaría fenómeno. Pero pude salir de casa y caminar hasta el supermercado. Me sentí bien, aunque la planta de los pies quedó un poco sensibilizada. Hice carreras que me tomaron un tercio del tiempo y quedé en condiciones mucho peores. Todavía estoy lejos de la Espartatlón (debo haber hecho 2/5 partes, en un terreno netamente plano), pero me siento muy bien encaminado. Las cosas que funcionaron ayer y las que no me sirven muchísimo para seguir puliendo la estrategia de carrera.

Ayer fue un día espectacular para mí, rodeado de amigos que me están ayudando a intentar cumplir un sueño. El pie de la estatua del Rey Leonidas todavía está lejos, pero estoy convencido de que estamos en el camino correcto.

Y me sigue impresionando que me haya tomado una hora escribir un post sobre algo que me tomó más de once horas completar. Espero que a vos te haya tomado mucho menos tiempo leerlo…

Semana 21: Día 141: 100 km

Es muy extraño pensar que estuve todo el día corriendo, desde las 7 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Nada menos que 11 horas, donde me pasaron miles de cosas que no puedo contar hoy…

Básicamente volví a casa, en tren, después de correr 100 km, y quedé destruido. Feliz, inmensamente… pero necesito un descanso. Si me tienen paciencia, mañana hago un post estando más descansado. Probablemente me lleve una hora, y necesito irme ya a la cama (aunque sean las 9 de la noche).

Voy a decir dos cosas importantes, para que este post no quede vacío de contenido. Primero, el pinole funcionó DE MARAVILLA. Me di cuenta que había hecho poco, y a pesar de que visualmente era espantoso, tuve que sacárselo de las manos varias veces a mis compañeros Puma Runners porque todos querían probarlo…

Segundo, y esto es muy importante, ayer me contactó mi amiga María de los Ángeles Musumeci Miseredino, o “Musu”. Ella coordina Espera por la vida, una fundación cuyo objetivo es generar conciencia sobre la donación en vida (sangre, médula ósea). Ella es corredora, así que optó por un modo sencillo de difusión: distintos atletas corren por pacientes que luchan contra enfermedades terribles (como el cáncer). Generalmente se trata de niños, y aunque originalmente actuaba en Tucumán, esto se extendió a todo el país.

En mi caso me pidió correr por Isac, un muchacho de 31 años que le da pelea a la leucemia, y que actualmente está en Cuba para recibir tratamiento. “Tu poco es mucho”, dice mi amigo Juanca, embajador de Espera por la vida en Venado Tuerto y un sabio atleta. El único compromiso es correr pensando en estos verdaderos luchadores, y después ellos se encargan de comentarles del triunfo y cómo pensaron en ellos. Las veces en que lo hice intenté contactarme con estos chicos, generalmente por carta, y mandarles algún obsequio o recuerdo de la carrera.

Los 100 km no fueron fáciles. Creo que no existe una frase que contenga la palabra “100 km” y “no me costaron nada”, al menos en mi vocabulario. Nunca pensé en abandonar por la sencilla razón de que ya había corrido esta distancia (una vez fallé, el segundo intento lo logré, y en 2012 fue el kilometraje de la Patagonia Run, en montaña). Eso de conocer todas las cosas que le pasa al cuerpo en tanto tiempo de exigencia permite encararlo desde un lugar de mayor serenidad. Pero tuve al menos dos momentos en donde el dolor en mis piernas era muy fuerte, o estaba cansado y la meta me parecía muy lejana. Ahí pensé en Isac, en que su pelea hacía parecer a mi esfuerzo como una nimiedad, y en que tenía ganas de que le digan “hubo un pibe en Buenos Aires a quien ayudaste a terminar 100 km”. Eso me permitió encontrar fuerzas que ninguna comida ni bebida te pueden otorgar.

Les pido que si tienen ganas de ayudar, se contacten con Espera por la Vida. Recuerden, “tu poco es mucho”.
https://www.facebook.com/groups/esperaporlavida/
https://www.facebook.com/EsperaPorLaVidaTucuman/

Me voy a dormir, que me lo merezco.

Semana 20: Día 140: Nueva receta de pinole, la superbebida

No me pregunten por qué, no podría respondérselos, pero soñé con perros que me lamían la cara. Cachorritos, tiernos. Me gustan los animales (no tanto como para comérmelos), así que yo estaba extasiado con estos perritos que se me tiraban encima, me olfateaban… era un sueño pacífico.

Entonces abrí los ojos. Afuera era de día. ¿QUÉ HORA ES? ¡LAS SIETE! ¡¡¡¡YA ES DE DÍA Y NO ESTOY PREPARADO PARA CORRER MI FONDO DE 100 KM!!!!

Salí de la cama pegando un salto. Todavía no veía bien, las cosas eran brillantes y borrosas. Repacé mentalmente TODO lo que me faltaba… ¿y la ropa? Me iba a poner lo primero que encontrara. ¿Qué iba a llevar para el camino? Me separaban 21 kilómetros con mi grupo, punto en el que (si eran puntuales) me iban a estar esperando para darme una mano con el agua y la bebida. Si llegaba antes que ellos, tenía que darle una vuelta al Hipódromo (o sea que tendría una nueva oportunidad de asistencia a los 26 km).

Empecé a agarrar las cosas del desayuno, a velocidades supersónicas. Quería comprar bebidas isotónicas, algunas pasas… Podía buscar alguna estación de servicio, de pasada, para comprar algo… ¿cómo había dejado todo para último momento? Porque era sábado… ¿no? O sea, ayer había sido viernes.

No me podía dar cuenta de qué día era. Quería que fuera viernes para relajarme y hacer todo lo que me faltaba. Tuve que acercarme al celular y ver la fecha para caer en que era 14 de febrero, San Valentín, y que el fondo era recién al día siguiente.

Me quedé un poco aturdido, con algunas lagañas todavía en mis ojos. Ese momento en que el cerebro se reinicia después de dormir casi me mata de un infarto.

Desayuné más relajado, y fui temprano al supermercado, donde compré unas botellas de Gatorade. Tenía un poco de efectivo en el bolsillo, así que fui a Retiro a una despensa donde compré pasas de uva jumbo, sin semillas, muy baratas ($40 el kilo, en el super me hubiesen asesinado).

Aprovechando que tenía todo un día para prepararme para el ultra fondo de mañana, decidí seguir experimentando con el pinole. Me pareció que me estaba quedando un poco pesado porque le ponía muchísimo maíz triturado. Decidí probar con un poco menos, un cuarto de vaso. La minipimmer que me compré se hizo pelota, porque la ensamblaron en algún país asiático con materiales muy baratos. Pero todavía tritura, aunque no sé cuántos pinoles más me va a durar.

Esta vez mezclé el maíz con semillas de chía, agua fresca, stevia y limón. Quedó aceptable, sobre todo cuando uno se acostumbra a que queda arenoso y, a menos que se agite bien antes de beber, le queda mucho sedimento abajo.

Como todavía no me convence (quiero hidratos de asimilación lenta pero también algo que me levante si me caigo), decidí improvisar una nueva receta, a la que le tengo mucha más fe (y que mañana probaré en los 100 km).

Trituré más maíz y no le puse stevia, porque no tiene calorías y no me aporta nada más que sabor dulce. En su lugar recordé cuando me hacía leche de almendras y la endulzaba con pasas de uva. Como tenía bastantes, metí algunas en una jarra, le puse agua y las trituré. Quedó una mezcla son mucho sedimento, con gusto a pasas (obvio) y un dejo dulce. Está lejos de empalagar, pero para bebida está bien. No concibo tomar algo durante una carrera o un entrenamiento porque sea rico, generalmente es porque es funcional.

Como atestigua la foto, mezclé esta agua con pasas y el maíz en una botellita de 200 cc. Equivale a un vaso, medida con la que venía experimentando, con esa dosis de harina ajustada. Compré estas botellas en el Barrio Chino, venía un jugo bastante feo, pero me interesaba porque quiero dejar el plástico, y no vi nunca caramañolas de vidrio. Tienen tapita giratoria, así que quedan cerradas herméticamente. Al tenerlas ahí puedo agitarlas para que el sedimento se mezcle con el agua antes de tomar. Visualmente no parece ser una bebida demasiado atractiva, pero voy a dejar que mercadotecnia se preocupe por eso.

No creo que este experimento vaya a ser mágico, pero confío en que combinado con las otras cosas que voy a comer (pretzels, fainá con semillas de chía) y beber (Powerade, Gatorade y agua) me va a alcanzar perfecto para las 10 horas (mínimo) que estaré corriendo. Va a ser una prueba muy interesante la de mañana… para la que ahora sí sé que estoy preparado.

Semana 20: Día 139: Pinole, la bebida de los superatletas

Los tarahumara son una tribu que vive en México, apartada de la sociedad (aunque la modernidad los está empezando a contaminar), que tienen la particularidad de ser asombrosos corredores. Pueden hacer distancias de 160 km con mucha comodidad, y lo hacen llevando unas sandalias que hacen con cubierta de autos y unas sogas.

Entre sus secretos, que seguramente habrá combinaciones de genética y costumbres milenarias, está el pinole, una bebida que algunos encuentran súper energizante y otros un pastiche espantoso. Como leí testimonios de que le había devuelvo la fuerza a alguien agotado, decidí probar de hacerla. Sigo experimentando con cosas que me nutran en las ultramaratones, y como el sábado tengo un entrenamiento de 100 km, decidí hacer el intento a ver qué pasaba (realmente NO QUIERO experimentar en medio de un fondo tan largo y que me genere algún problema).

Entonces, ¿cuál es la receta del pinole? Aparentemente hay muchas variantes, pero el ingrediente principal es el mismo: maíz tostado molido. La cantidad y con qué acompañarlo varía. De hecho, la mayoría de las recetas que encontré en la web no eran para hacer una bebida, sino un postre. En la que me basé yo mezclaba media taza de maíz con una cucharada sopera de semillas de chía (que dejé hidratándose mientras estuve media hora con la minipimmer) y un poco de stevia para endulzar. Algunos recomiendan agregarle canela, y dependiendo de la cantidad de agua se forma una pasta que se puede cocinar o una bebida.

La consistencia es extraña, porque el maíz, por más triturado que esté, no se disuelve. No es lo mismo que la harina. Entonces hay que estar constantemente revolviendo para que la preparación quede homogénea. Las semillas de chía le dan una onda especial, porque al hidratarse generan una pequeña película, tipo gel, que hace que bajen fácilmente por la garganta. Como me han dicho que la chía absorbe agua y que puede deshidratar en una carrera, más tarde repetí el experimento pero reemplazándolas con un poco de jugo de limón. El gusto en ambos casos es aceptable, parecido al maíz inflado, sin los kilos de azúcar, colorantes y químicos. O sea, es como beber Tutucas.

Sin embargo, como reemplazo de los geles o las bebidas isotónicas va a necesitar de muchísimo marketing. Pero si algo tengo reconocer fue lo que me llenó. Después de un vaso entero sentía que no podía más. Cometí quizás el error de probarlo un día donde no salí de mi casa. ¿Esa sensación de saciedad es en verdad energía? ¿Cómo saberlo? Quizás experimente el sábado, dejando la chía de lado. Calculo que hay que beber pequeños tragos, pero agitando previamente con mucho ímpetu la botella. En la garganta raspa un poco el polvo cuando baja, sin llegar a ser desagradable. A menos que esto me dé una energía inusitada, difícilmente lo tome por su sabor… pero he tomado cada gel espantoso que me destapaba la garganta, que al lado de eso el pinole es el néctar de los dioses.

Debo estar lejos del pinole tarahumara. Ellos se lo pasan de generación en generación, yo me apoyo en confusas recetas en Internet, pero en la variedad está el gusto, y creo que estoy encontrando un nuevo elemento en mi menú de ultramaratones.

1/2 cup cornmeal, ground as fine as possible 1/2 tsp ground cinnamon 1 Tbsp brown sugar, honey, or agave nectar chia seeds (optional) – See more at: http://www.nomeatathlete.com/tarahumara-pinole-chia-recipes/#sthash.MJSZVvyI.dpuf

1/2 cup cornmeal, ground as fine as possible 1/2 tsp ground cinnamon 1 Tbsp brown sugar, honey, or agave nectar chia seeds (optional) – See more at: http://www.nomeatathlete.com/tarahumara-pinole-chia-recipes/#sthash.MJSZVvyI.dpu

Semana 20: Día 138: La virtud de la paciencia

Yo siempre digo que cualquier cosa que yo haya logrado en estos años fue gracias a la constancia y la paciencia. Me puse metas lejanas, con bastante tiempo para lograrlas, y no me desesperé. Creo que una de las peores cosas que nos hacen estos tiempos “modernos” es prometernos todo al instante, incluso los cambios corporales: rutinas de ejercicio de 5 minutos diarios, comida rápida, internet veloz, todo ya, ya, ya, ya, ya.

Pero para mí todo esto fue un ejercicio de determinación. Porque no soy paciente. Odio estar en la cola lenta del supermercado. Detesto cuando subo algo en Internet y la tasa de transferencia es de 1.5 kb (cuando estoy pagando un servicio de 12 megas). Me enferma que el tren se retrase, y siendo usuario del ramal Tigre, es moneda corriente.

Sabía que las abdominales no se tallaban de la noche a la mañana (todavía estoy en eso) y que iba a lograr hacer más distancias. No tenía ni idea de cuándo ni cómo, pero lo que sí sabía era que tenía que tener paciencia. Esperar resultados al instante es la mejor fórmula para decepcionarse.

Lidio constantemente con estas cuestiones. Ahora estoy atravesado por dos situaciones. La primera, que me tiene un poco preocupado, es el tema del ritmo en la Espartatlón. Soy de arrancar las carreras rápido, para separarme del pelotón, porque como todo impaciente no me gusta que el de adelante me marque el ritmo (me desespera). Pero todos los corredores expertos coinciden en que arrancar la Espartatlón rápido tiene sentido si la vas a ganar o si te querés quemar. Mantener un ritmo de 6 minutos el kilómetro es muy lento para mí, porque mi velocidad promedio es entre 4:40 y 5:00 (en progresiones termino en 3:00). En los entrenamientos largos lo intento, miro el reloj deseando estar por encima de 5:20 y cuando me distraigo acelero.

La otra situación que me atraviesa es la del descanso entre entrenamientos largos o previo a una carrera. Mi entrenador, Germán, quería que esta semana corra solo 30 km el martes y que el resto de los días descansara. Le negocié 50 km el domingo y descanso después. Hoy, miércoles, ansío hacer un fondo largo, y los 100 km del próximo sábado me parecen muy lejanos. Por ahí por eso de vivir el día a día y no querer apresurarme a lo que está por venir… pero tranquilamente saldría en este instante a hacer 40, 50 km bajo el sol, por la ciudad, refrescándome en las fuentes o furtivamente en los baños de las estaciones de servicio. Me aguanto, por supuesto, porque seguramente no podría correr los 100 este sábado si me mando una de esas…

Es duro sentirse óptimo y guardarse. Probablemente si fueran decisiones mías terminaría equivocándome, pero por suerte tengo a un entrenador que piensa por mí… aunque acepte negociarme las distancias de los fondos, sé que la última palabra la tiene él. Así me ha funcionado, y gracias a apoyarme en la paciencia que tiene él, hoy estoy haciendo ultra distancias sin estar todo roto ni quemado.

Semana 20: Día 137: ¿Estoy loco?

¿Qué sentirías si quisieras hacer algo y todo el mundo te dijera que estás loco? Probablemente algunos abandonarían la idea y otros encontrarían en esa observación una motivación para hacerlo. Correr es cosa de dementes, aparentemente.

“¡Locooooo!”, le gritaban a mi papá cuando entrenaba por su cuenta, solo, en las calles del barrio, entre los años ochenta y noventa (me refiero a las décadas, no a su edad). Y él corría porque le gustaba, en una época donde acá no estaba el boom del running que disfrutamos en la década del… um… ¿diez? ¿Cómo le decimos a la época post 2000? Ustedes me dirán.

Algo de él tengo en mi sangre. Además de que me llevaba a correr con él los fines de semana (cosa que me gustaba más por compartir un rato entre padre e hijo que por el deporte en sí), seguramente heredé en mis genes alguna cosa atlética. Aunque estaba fuera de estado, cuando empecé a entrenar mi cuerpo se fue amoldando y pareciéndose al de él en sus años de juventud. Y a mí ahora es al que llaman loco, aunque correr esté más de moda que nunca.

Pero mi salud mental no solo la cuestionan los que no hacen deporte, sino los que suelen correr a mi lado. Algunos me dijeron, con cierta razón, que yo solo busco ser “exclusivo”. Por eso soy el ultramaratonista vegano, porque hay pocos y yo quiero resaltar. Es muy probable que sea verdad. Eso explicaría el por qué de este blog… Pero bueno, me pongo a contar el objetivo de la Espartatlón, los 246 km en un máximo de 36 horas, y se les ponen los ojos como platos y me dicen, con un dejo de preocupación en la voz, “Podés parar para descansar, ¿no?”.

Ayer vino un amigo a casa, de esos adictos a la Coca Cola, cuya máxima aspiración deportiva es cuántos cómics se pueden leer en un mismo día. Y le comentaba de mis carreras, mis entrenamientos, y le dije “Ayer corrí 50 kilómetros”. Se incorporó hacia adelante y me miró fijo. “¿CINCUENTA KILÓMETROS?”. Le aclaré que el sábado corro el doble. “¿CIEN KILÓMETROS? ¡Vos estás loco!”. Ahí le hice otras dos aclaraciones, que era un entrenamiento y no una carrera, y que en verdad me estaba preparando para una de 246 km. A eso sumémosle la preocupación de mis amigos que dicen que me ven muy flaco y me sugieren comer (como si no lo hiciera).

Entendería que me lo diga gente que no corre, que se imagine que esto es tortuoso y nocivo para la salud. Pero me pasa también con colegas deportistas, a los que alguien convenció de que hay ciertas distancias que no se pueden hacer. Dentro de mi subjetividad pienso que esto no es nada, que yo empecé de cero, que odiaba correr de chico, que 15 kilómetros me parecía una distancia inhumana… y que con el tiempo y la constancia, todo cambió. Lo del próximo sábado me asusta un poco porque hace rato que no corro 100 kilómetros, pero lo que me da miedo también me representa un desafío. ¿Estoy loco por buscar mis límites, por querer ponerle el cuerpo a los desafíos? Quizá…

La experiencia es algo difícil de compartir. Yo puedo contarles a todos cómo empecé, qué cosas hice, qué me funcionó, qué no… el camino está ahí, yo ya lo recorrí y no es imposible ni tampoco creo que esté del tomate. Esto no fue de un día para el otro, todo lo contrario. Pero supongo que quien no lo vive o no lo ha experimentado, no le encuentra un razonamiento lógico a lo que hoy estoy haciendo. ¿Querés correr ultramaratones? ¿Quién dice que no podés hacerlo? (más allá de vos mismo…) ¿Estoy loco por pensar que cualquiera con paciencia podría hacerlo? Parece muy fácil estando ya de este lado. Me da la impresión de que no hay que estar loco para lograrlo, sin embargo cuando te embarques en este viaje, muchos van a cuestionar tu sanidad mental…

Semana 20: Día 136: Experimentando con comida de marcha

Una vez leí: “Las ultramaratones son competencias de comer y beber, donde uno además hace ejercicio y disfruta del paisaje”. Esto expresa la importancia que tiene consumir alimentos y bebida durante una ultra. El cuerpo y nuestros niveles de energía tienen un límite, nosotros debemos hacer todo lo posible para ir corriéndolos.

A mi deseo de correr los 246 kilómetros non-stop de la Espartatlón se le sumó, en septiembre de 2012, el deseo de volverme vegano. Como un año después se me ocurrió la fantástica idea de, ya que estaba, no consumir alimentos procesados (en verdad, bajarlos al mínimo), como harinas refinadas, azúcar, sal, químicos, colorantes, etc. Pero claro, en mi característica hipocresía seguía tomando geles en las carreras. ¿Es posible abandonarlos? O mejor dicho, ¿se pueden suplantar por cosas más sanas?

Sé que Scott Jurek, el ultramaratonista vegano, quien salió primero en la Espertatlón con un dedo del pie quebrado, no consume geles, y que en su lugar se alimenta con humus en pan de pita que hace él mismo. Uno podría cuestionar si está recibiendo todos los hidratos y proteínas que necesita… pero el tipo este ganaba y parecía que lo hacía sin demasiado esfuerzo. Tampoco creía en consumir analgésicos, porque no todos los dolores son significativos (gran frase que le pertenece) y porque enmascarar un dolor puede ser todavía peor.

Eliminé de mi dieta los alimentos de origen animal, y sobreviví a las ultramaratones. Corrí 100 km en 10 horas 14 minutos, y mi mejor maratón el año pasado, en la que completé los 42 km con 195 metros en 3 horas y 3 minutos. Pero siempre con geles y bebidas isotónicas (las cuales, de momento, no voy a abandonar). ¿Hay alternativas?

De esto me puse a hablar con mi nutricionista. Me intriga qué me va a alimentar en septiembre, en una ultramaratón donde tranquilamente se consumen 15 mil calorías en 36 horas. ¿Puedo escaparle a los geles? Me ha pasado de asquearme de tanto dulce, y uno de los hallazgos de mi asesora en nutrición fue incorporar pretzels: son salados, tienen poca grasa, están llenos de carbohidratos, y la sal fomenta las ganas de beber. Hasta ahora me funcionaron bien, pero como todo, lo ideal es que las fuentes de hidratos vayan rotando para que el cuerpo no se acostumbre y absorba mejor.

Probamos varias cosas, como sándwiches de tofu en pan integral con semillas. Parte de este proceso fue acostumbrarme a la fibra y a las molestias gástricas que podría ocasionar su consumo (básicamente gases). Pero igual sentía que me faltaba eso que me permitiese dejar los geles, algo que comería constantemente en la Espartatlón. Y ayer lo encontré: la fainá.

Dejemos de lado el moscato y la pizza, por favor. Y el aceite. La fainá (o farinata, socca o cecina) es básicamente harina de garbanzos. Es originaria de originario de Génova, y la trajeron al Río de la Plata los inmigrantes italianos. Tiene una buena cantidad de hidratos complejos gracias a que su ingrediente principal es el garbanzo, lo que significa que no es energía inmediata, sino que se va largando de a poco (al igual que los geles).

Ayer lo probé en el fondo de 50 km. Siempre dividía las distancias en partes similares, por ejemplo tomaba un gel en el km 15, después otro en el 30… y así sentía que iba recibiendo lo que mi cuerpo necesitaba. Esto lo pude hacer con la fainá casera, a la que no le puse aceite (solo pinté la fuente para que no se pegue). Compré un preparado al que solo hay que echarle agua y sal, que forma un líquido con mucho sedimento. Lo mandé al horno un montón de tiempo (más del que esperaba) y después de que se enfrió quedó lo suficientemente sólido como para guardar porciones en una bolsa y meterlo en la mochila.

Durante el entrenamiento pasó muy fácil. Como todo, conviene tener bebida a mano, a menos que consigas a un ninja que te ayude a bajar la comida con una patada voladora. Pero se sintió muy agradable, y me provocó mucha sensación de saciedad. Sin dudas, este se va a convertir en mi comida de marcha de cabecera, y mi próximo objetivo será intentar hacer la harina con garbanzos de verdad, para seguir eliminando las comidas procesadas.

De momento, a quien quiera hacer distancias de ultramaratón, le recomiendo la fabulosa fainá como alternativa.

Semana 20: Día 135: Ir más lento para llegar más lejos

Una de las lecciones más duras durante mi trayectoria atlética fue la que aprendí en la Ultra Buenos Aires 2012. Aquel fue mi primer intento para clasificar en la Espartatlón, y me encargué de hacer las cosas muy mal. Mi teoría, que hasta ese momento me había funcionado en las carreras, era la de salir rápido al principio para acumular tiempo y después acomodarme. Algo que me servía en una media maratón, pero no en una ultra…

Empecé por debajo de los 5 minutos el kilómetro. Tenía que completar los 100 km en menos de 10 horas y media, así que supuse que eso me iba a dar tiempo de sobra para hacer la mitad tranquilo. Hice 25 km y llegué fantástico. Me cambié porque estaba transpirado y hacía un poco de frío, me puse Voltaren en las rodillas (ya entonces era adicto a esa cosa) pegué la vuelta y volví a arrancar. En la meta completaba los 50 km y solo me quedaba volver a hacer ese recorrido. Pero claro, apenas arranqué noté algo: no tenía más energía.

Juli, un amigo de los Puma Runners, me interceptó en el kilómetro 30 y corrió a mi lado. No podía seguirle el ritmo. Cada tanto le pedía que parara. Empecé a caminar. No podía levantar la velocidad. Llegué a la meta (que, en esta instancia, era la mitad de los 100 km) con la idea de descansar un poco, pero me mandaron a que siga y no pare. Otros chicos se me sumaron. No me quedaba nada, me había gastado todo. Caminé mientras me iba frustrando y me mentalizaba a que no iba a poder terminar. El tiempo me preocupaba, pero si no podía correr, menos iba a poder competir contra el reloj. Me di cuenta, en ese momento, que la Espartatlón estaba todavía lejísimos para mí. En el km 77 vomité y con eso convencí a mis amigos de que no me sigan insistiendo para que corra. Mi carrera había terminado.

Sabía que me había equivocado (corrí solo con cosas dulces hasta que me asqueé, me quemé al principio), pero en un primer momento no entendía bien por qué. Un lector del blog me lo dijo claramente: en las ultramaratones hay que correr lento para retrasar la aparición del ácido láctico.

Hoy tuve la oportunidad de ponerlo a prueba. Ya tengo varios entrenamientos de 50 kilómetros y me estoy acostumbrando a la distancia. Algunas veces competí contra el calor, que me liquidó, y otras corrí bajo la lluvia, que me refrescó. Noté una diferencia enorme entre correr acalorado y con un clima más frío (obviamente la preferencia es la segunda situación). Tengo a un amigo, lector del blog, que se llama Jorge y está preparándose para los 100 km de la Patagonia Run. Cada tanto, si vamos a enfrentar a un fondo largo, nos invitamos mutuamente a hacerlo juntos. Él me habla de Trecaman y otros corredores de ultramaratón que no conozco, y yo lo reto cada vez que dice que mejor se toma el tren de vuelta porque no se quiere exigir.

No voy a subestimarlo, tiene un físico de fondista (estilizado, poca grasa), tiene experiencia, pero le falta una cosa fundamental: disciplina. Por eso en más de una ocasión quiere bajarse “por las dudas”, a pesar de que no siente ningún dolor físico ni tiene signos de fatiga. Si hoy hubiese tenido un rebenque, en más de una oportunidad le hubiese dado para que no camine y siga. Al final completamos los 50 km en poquito más de 5 horas, y hubo tramos en donde sacaba una energía de quién sabe dónde y se me adelantaba más de 100 metros.

Mi último fondo de 50 lo hice en 4 horas y media. El tiempo estaba fresco y eso definitivamente me ayudó. Hoy fuimos más tranquilos, frenando para comprar agua y haciendo paradas técnicas (para ir al baño… ese era siempre yo, debo reconocer). Me di cuenta que estaba haciendo un ritmo un poco más relajado que la vez anterior, y terminé mucho menos cansado. Si lo comparo con la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires, que la hice en 3 horas y monedas, aquella vez hice menos distancia pero terminé muy dolorido. Justamente pasé mi umbral de ácido láctico porque iba quemando llantas a 4:10 el kilómetro, y hoy estaba haciendo entre 5:20 y 6:00. Sin duda esa diferencia me permite llegar más lejos y terminar más entero.

No soy un experto en la materia, pero sé que los músculos tienen fibra de reacción rápida y lenta. Una sirve para correr rápido y otra para correr lejos. Yo necesito de la segunda, que es la que me va a permitir superarme y poder hacer más distancia. Me cuesta, pero tengo que esforzarme por no apurarme. Lento y constante… así se termina una ultramaratón.

Semana 20: Día 134: La calma antes de la tormenta

Escribo estas líneas mientras caen las primeras gotas en la Ciudad de Buenos Aires. Promete ser una tormenta de aquellas. El agua cae, como lo hace siempre (imaginen si subiese), y la temperatura empieza a bajar. Una brisa agradable nos ahorra millones de pesos en electricidad.

Esta mañana salí con mi capa/poncho para lluvia nuevo. El que tenía, que compré en 2012 por $40 (hoy a $105), me sacó de apuro muchísimas veces. Como se plegaba hasta quedar bien angosto, lo tenía en la mochila por las dudas, y me pasó de que me sorprendió una lluvia en un entrenamiento y me protegí con eso. En Europa, más precisamente en Londres, me pasó lo mismo, y gracias a esa capa no me mojé tanto (pero los pies sí, un desastre). Sobrevivió hasta La Misión, donde la usé hasta que se fue haciendo jirones con los arbustos y la terminé tirando.

Pero claro no llovió, y la capa/poncho nunca salió de mi mochila. Aunque se suponía que se largaba en cualquier momento, estaba húmedo, pesado, y cuando salió el sol nos cocinamos en nuestros propios jugos. Siete horas después apareció la lluvia, que me encuentra protegido en mi casa.

La analogía de la calma antes de la tormenta la voy a forzar para trasladarla al entrenamiento. Hoy fui sabiendo que mañana voy a correr 50 km, así que estaba obligado a tomármelo con tranquilidad. Solo 10 km, con algo de técnica y fuerza de piernas. Nada más. Si me dan a elegir entre correr con un clima como el de esta mañana y la lluvia que se está desatando ahora, prefiero esta última. Refresca más y mantiene una temperatura corporal agradable (solo aplicable en verano… creo que en invierno preferiría mantenerme lo más seco posible).

Y esta semana va a ser con mucha calma. De hecho casi tuve que obligar a mi entrenador a que me permita correr los 50 km de mañana, porque le parecía que me tenía que reservar para los 100 km que voy a correr el sábado que viene. Va a ser el entrenamiento más largo de mi vida, aunque no es una distancia desconocida para mí (solo la hice dos veces, sin contar La Misión que fue descansando un par de horas en algunos puestos).

¿Por qué tuve que obligar a mi entrenador a que me deje hacer los 50 km de mañana? Estoy experimentando en alimentación. Quiero dejar los geles, porque estoy intentando dejar el azúcar. Además no encontré nunca un gel que sea rico, y en definitiva son puros químicos. Pensando con mi nutricionista en opciones de alimentos que liberen su energía en forma lenta y progresiva, fuimos descartando y llegamos a una opción que me gustó: la fainá. Es harina de garbanzos, es salado (no me va a empalagar) y no tiene azúcares ni grasas (las de pizzería no, chorrean en aceite, pero la que hice anoche no tiene nada). Mi idea es salir mañana a hacer esta distancia de ultramaratón, por primera vez en mi vida sin geles. Quiero averiguar si funciona y cómo me siento. En el caso de que tenga buenos resultados, me gustaría dar el siguiente paso que sería hacer la harina de garbanzo yo mismo, en lugar de comprarla en supermercado. Como sea, si me sirve, lo voy a aplicar el sábado en los 100 km. Si no, recularé y volveré a los geles mientras sigo buscando alternativas.

Sigo pensando en los alimentos y las estrategias que me lleven más lejos. Pienso, por supuesto, en la Spartathlon 2014, y en poder manejarme independientemente de lo que ofrezcan en los puestos. Ahí quiero a mi equipo, que a partir del km 81 me pueden asistir… sea con fainá, o lo que descubramos durante los próximos meses.

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