Semana 22: Día 151: ¿Sabemos lo que consumimos?

La pregunta puede ser tonta… quizás hasta naif. ¿Cómo no vamos a saberlo? Si es uno el que elige qué comer y qué tomar. Pero claro, si nos lo ponemos a analizar, vivimos en una falsa sensación de que tenemos poder de elección, cuando en realidad vivimos teniéndole fe a lo que nos prometen etiquetas y envases.

Yo sé que los posts donde hablo de alimentación no son los más populares del blog. No vengo a ponerme en moralista ni tampoco voy a hacer apología del veganismo. Esto va un poco más allá. Podríamos decir sin que suene a una burrada, que definimos a una sociedad civilizada o urbanizada si tienen agua potable. La definición de qué es potable no la conozco, podría ser bastante amplia. Me imagino que involucra que no tenga bacterias y que no haga mal a la salud. Pero, ¿a corto o a largo plazo? ¿El “daño” a la salud se mide en cosas que pongan en riesgo nuestra vida o solo problemas menores como enfermedades no mortales o problemas renales?

Hace unos tres meses me compré un filtro para la canilla de la cocina. Desde hacía varios años venía comprando solo agua mineral. Después pasé a los dispensers, pero siempre tomé bebida embotellada. El olor a cloro del agua corriente nunca me gustó, y cuando me pasé varios meses sin tomarla, cada vez le sentí más gusto y olor. La idea del filtro tenía más que ver con ahorrar costos que otra cosa. La diferencia se siente, aunque en algún nivel la sigo sintiendo muy diferente a la mineral.

Hoy decidí cambiar el filtro, y aunque ya había escuchado eso que terminé viendo, me sorprendí igual. Adentro del aparato hay un filtro descartable que hay que cambiar periódicamente. Fue muy fuerte verlo de ese color marrón, muy distinto al blanco Ala del repuesto sin usar. Tres meses, 90 días. Vuelvo a las suposiciones, y me imagino que mi cuerpo también cuenta con filtros que frenan mucho de este sedimento, pero no sé si todo. Casi que prefiero tomar de un río en la naturaleza que a lo que viene por las cañerías. Pero la verdad es que me di cuenta que no sabía lo que estaba tomando.

Y la verdad es que con la comida pasa algo similar. Todo lo que venga en un paquete es un misterio. Estoy terminando de leer “Mal comidos”, un libro de Soledad Barruti en el que investiga la comida argentina y cómo nuestra industria nos va matando de a poco. No es un libro pro-veganismo, en absoluto, sino que es una investigación en donde se desnuda el negocio alimenticio nacional, y cómo bajar costos y ganar más dinero es más importante que alimentar bien a un país.

Uno de los casos que cuenta el libro es el de los huevos. En los supermercados podemos ver cómo vienen en cajitas, todos de tamaño similar, y a los ojos del consumidor pareciera que es un producto industrializado. Uno confiaría que yendo a una dietética o un almacén más modesto, los huevos catalogados como “de campo” vendrán de gallinas que viven al aire libre, cuidadas por las manos de granjeros que mantienen las costumbres de antaño. Pero en Mal comidos revela que todos los huevos vienen del mismo lugar, y que una máquina los separa por tamaño. El huevo de campo está también industrializado. ¿Hay forma de saberlo, de corroborarlo? ¿Sabe si quiera el vendedor lo que está vendiendo?

Imagínense ese caso multiplicado a todo lo que comemos. ¿Qué conservantes le ponen al pan? ¿Cuál es el nivel nutricional de un pollo tratado con hormonas de crecimiento? ¿De dónde viene el pescado del sushi? Otra de las cosas que revela el libro y que pone los pelos de punta es el tema del Glifosato. Ese veneno que le echan a las plantaciones y que parece matar también a los hombres está prohibido en muchos países. De hecho en Argentina se decidió eliminar su uso, en una fecha determinada, en el futuro próximo. Pero en lugar de reducir su uso paulatinamente, lo están usando todavía más y en forma intensiva, casi como si fuese un “aprovechemos que a partir del año que viene se acaba la joda”.

Si no me hubiese vuelto vegetariano, probablemente nunca hubiese adquirido la costumbre de leer las etiquetas. Solo puedo creerles lo que dicen, y asumir que hay organizaciones gubernamentales que controlan que lo que dice ahí sea cierto. No podemos dejar de comer ni de tomar, tampoco podemos volvernos presa del pánico y creer que todo efectivamente nos está matando. Pero me parece que un comienzo es empezar a preguntarse de dónde vienen las cosas. Después de todo se trata de nuestra alimentación, y en consecuencia de nuestra propia salud.

Publicado el 25 febrero, 2014 en Alimentación, Espartatlón III semana 22, nutrición, salud. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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