Semana 19: Día 132: Entrenando bajo el diluvio

Estoy inscripto en la Espartatlón (o Spartathlon, otro día explico el por qué del nombre). Como esta ultra carrera, la más difícil del mundo, requiere tener un entrenamiento para hacer distancias bestiales, estoy intentando correr 100 km semanales como mínimo, para acomodarme en algún momento en 200 km. Por ahora vengo superando mis expectativas, con un promedio de 130 km por semana. El gemelo me molestó después de hacer dos fondos de 50 en la misma semana, pero ya anoche estaba casi recuperado.

Me junté a entrenar con los Puma Runners, y apenas estábamos por largar, empezó a llovar y bastante fuerte. No le tuvimos miedo a un poco de agua, y aprovechamos la vereda para hacer una vuelta al Hipódromo. Junto con algunas progresiones, cerramos una noche tranquila. Me vino bien que el entrenamiento fuese light, porque ya había acordado con Germán, mi entrenador, que al día siguiente iba a correr 50 km. Me motivaba que el gemelo casi no molestaba, pero mi principal motor sigue siendo acostumbrarme a las grandes distancias para cuando vayamos en septiembre a Grecia.

Mi plan original era levantarme a las 4 de la mañana, desayunar y salir. No me gusta estar 5 horas corriendo con el celular sonando por laburo, así que cuanto más temprano, más relajado puedo correr. Además iba a tener poco tráfico, y salía de mi zona de confort. En Grecia, a las 4 de la mañana, voy a tener 21 horas de carrera, y seguramente esté lejos todavía de la meta. Pero bueno, ese era mi plan original, que se desmoronó. Esa noche cené polenta (por los hidratos y para no demorarme demasiado cocinando) y me fui a acostar como a las 11 de la noche.

El reloj despertador sonó a las 4, como correspondía. Siempre lo pongo lejos, para obligarme a levantarme. Cuando me incorporé, obviamente era una noche cerrada, con algo así como un diluvio. Pensé que si llovía así las potenciales 5 horas de entrenamiento me podía llegar a enfermar. Además a nadie le gusta mojarme. Salir en esas condiciones era una locura. Consulté el pronóstico del tiempo en mi celular y aseguraba que la lluvia iba a parar a las 6, para después estar nublado pero sin un aguacero por el resto del día.

Decidí aprovechar ese tiempo para trabajar, y adelantar esas cosas que había prometido para “antes del mediodía” (si salía a las 4:30 de la mañana, podía estar frente a la compu a las 9:30). Las horas pasaban, el trabajo se iba finalizando, pero la lluvia seguía constante. No amainó ni un segundo. Ya con todo cerrado y enviado por correo, vi los primeros rayos de luz por la ventana, el agua cayendo, y me recordé a mí mismo que la idea era salir de la zona de confort. Okey, la lluvia se estaba quedando más de lo que mi celular (maldito mentiroso) había prometido. Podía salir, mojarme un poco, y después iba a parar.

Preparé mis cosas, como agua, Powerade, pasas, pretzels, dos geles diluidos en una botellita, me embadurné con vaselina sólida y salí. A las 7:10 estaba empezando el entrenamiento, bajo una constante lluvia. Pasé por la puerta de un edificio, y el portero me vio y murmuró “Este está loco”.

Mi mayor preocupación era el gemelo izquierdo, que me había dolido por más de una semana. Ahora percibía una molestia muy mínima, de 0 a 10 era un 1, pero me preocupaba que después se agudizara. Me di cuenta de una cosa: con lluvia y una temperatura fresca, tenía menos sed. Me encanta confirmar ciertas obviedades.

Creo que lo que más me asusta de correr con lluvia no es enfermarme, sino los autos. O, mejor dicho, los conductores, esos autómatas que se aislan del entorno y manejan como si estuviesen solos en el mundo. Ya me chocó una vez un auto un día de diluvio, y aunque no me pasó nada quedé un poco trastornado. Así que aunque los conductores tienen que extremar cuidados cuando llueve, yo también lo hago. Espero a tener paso en el semáforo, freno en todas las esquinas, y presto atención a los que van a doblar. Pero siempre hay uno whatsappeando mientras maneja, o el que está apurado y acelera cuando el semáforo se pone en amarillo. Los únicos dóciles son los taxistas sin pasajero, que andan a 15 km por hora y frenan incluso cuando tienen luz verde (costumbre que es insoportable).

El camino que hice es bastante conocido. Libertador derecho hasta llegar a 25 km, dar media vuelva y volver. En esta ocasión no tomé Figueroa Alcorta porque recordaba que había muchas zonas sin vereda, que seguramente iban a ser un barrial.

Como decía al principio, no sufrí sed, pero me obligué a tomar cada tanto. La lluvia me refrescaba mucho, y no tenía necesidad de mojarme. De hecho, tampoco tenía opción. Soy de los que transpiran mucho, y al final del entrenamiento parece que se tiraron a una pileta. Ahora estaba empapado, posiblemente por una combinación del clima más mi propia sudoración (que, seguro, estuvo agradablemente disminuida).

El entrenamiento fue muy agradable, pero no paraba de llover. Yo me acordaba de mi celular, y pensaba en que es mejor no creerle al aparatito. La lluvia hacía que las veredas estuviesen desiertas, sin peatones ni otros corredores. Es más, si hoy vieron a alguien corriendo a la mañana, era yo.

A la altura de Beccar las veredas estaban inundadas, y tuve que hundir los pies en el agua. No tuve tiempo de pensar, pero mientras daba pasos con los pies hundidos hasta los tobillos, dije en voz alta “Esto es un peligro”. Y sí que lo era. A la vuelta, opté por ir por la vereda de enfrente.

El gemelo no me molestó en ningún momento. De hecho, hice el mejor tiempo hasta ahora para un fondo de 50 km: 4 horas 36 minutos. Me sentí entero, muy bien, sin sed, ni calor, y muy poco cansado.

Muchas veces me preguntan qué pienso mientras corro. Los que hagan fondos largos ya lo habrán vivido, pero imagínense las cosas que pasan por la cabeza en tantas horas. Scott Jurek recurría al bushido para poner su mente en blanco, y decía que era necesario para superar el cansancio y el dolor. A mí no me sale lo de no pensar, y voy hilando cosas en mi cabeza. Intento ponerme ciertas reglas, como no detenerme en cuánto me falta para terminar sino en lo que ya recorrí. Presto atención a mi cuerpo, a si algo duele o molesta. Y me proyecto a futuro y me imagino llegando a la meta de la Espartatlón, con mi familia y mis amigos alentándome. Lo que todavía no me puedo imaginar es cómo correr esos 246 km, pero bueno, ya va a llegar.

Terminé mi entrenamiento con un optimismo renovado. El haberme recuperado por completo del gemelo es un alivio, porque confirmé que no tengo una lesión y que solo es cuestión de fortalecer los músculos. Los fondos largos también sirven para eso, para medir qué cosas necesito mejorar.

El próximo fondo de 50 km es el domingo. Probablemente lo haga a un ritmo más tranquilo, pero siento que ya me estoy acostumbrando a la distancia, y que en cualquier momento empiezo a sumarle kilómetros. Esto me trae aparejado un nuevo problema: yo corro con mochila, que me incomoda bastante pero es la única opción que tengo de cargar comida y bebida suficiente… cuando haga 70 o 100 km… ¿con qué corro? ¿Dos mochilas? ¿Empujando un carrito? ¿Con un sidecar? Cosas que iré resolviendo en breve…

Publicado el 6 febrero, 2014 en determinación, Entrenamiento, fondo, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, lluvia, Spartathlon. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Cuando hagas 100 no necesitarás llevar nada. Para eso estaremos nosotros, que seguramente nos turnaremos para hacerte de pilares. Solo me preocupa cuantos de nosotros podemos seguir tu ritmo. Sino armaremos “puestos” cada 5kms, o bicicletas, ya inventaremos.

  2. La idea es que vaya corriendo desde casa hasta el Hipódromo y ahí dar vueltas hasta llegar a 100. Va a ser más sencillo, se arma un picnic y dan vueltas los que tengan ganas.

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