Semana 18: Día 125: Otro fondo de 50 km

La historia empieza el sábado, que mi entrenador, Germán, me dice “Mañana corré 40 kilómetros. No, 50”. Yo no me achiqué, y aunque mi distancia máxima desde octubre del año pasado había sido 37,5 km, le dije que sí. Me desperté temprano, desayuné, preparé la mochila con hidratación y comida, y a las 7 ya estaba corriendo, con la ciudad vacía y un clima fresquito. Había dormido bien, y el fondo lo hice de un tirón, en 4 horas 46 minutos. Se me hizo una ampolla en un dedo, pero dejando eso de lado estaba bastante bien.
El lunes siguiente fui corriendo al entrenamiento. Estaba cansado y las rodillas me dolían, pero a los primeros kilómetros todo se acomodó. Me di el lujo de tomar un camino más largo y 22 kilómetros después, había llegado. Paré, me hidraté, charlé, y unos veinte minutos después empezamos el entreno oficial. Pero algo había cambiado. De pronto el gemelo izquierdo era una piedra. Corrí tranquilo y cuando llegó el turno de empezar con progresiones, Germán me mandó a elongar y no correr más.
El martes descansé. El dolor del gemelo estaba ahí, presente.
El miércoles fui a entrenar con la idea de volver corriendo. Me sentía mucho mejor, descansado. Hicimos progresiones, cuestas… de todo. Casi 15 km. Pero… Germán no me dejó hacer esos 21 km a casa. Me dijo “¿Por qué no te guardás hoy y volvés a hacer 50 km mañana?”. Ni siquiera se me había cruzado por la cabeza. En mi mente, los fondos largos eran para los fines de semana. Acepté el desafío.
Pero a partir de ahí las cosas no salieron como yo quería. Siendo que era día de semana y tenía que trabajar, el plan que había improvisado era volver temprano a casa, cenar, dormir y madrugar. Si salía a las 5 de la mañana iba a terminar a las 10, bastante bien. Por eso se me ocurrió volver en tren, que hace más rápido. Por 2 cuadras me perdí el servicio de las 22:05. Pero no importaba, porque en la aplicación del tren que tengo en el celular, decía que el siguiente pasaba en 12 minutos. Me senté a comer algo y esperar. El horario se cumplió, y ni noticias. El cartel de la estación decía 12 minutos, en el celu estaba en blanco. Esperé. Y esperé. Y esperé. Ni noticias, yo estaba solo en el andén. Me harté y me fui a tomar el colectivo. Se me ocurrió mirar el teléfono y nuevamente anunciaban un servicio en 12 minutos. Revisé estación por estación en el recorrido, y ese tren fantasma iba avanzando… hasta que en Victoria desapareció. Nunca llegó a Acassuso. De pronto me di cuenta que había perdido una hora, y después de las 23 era difícil o imposible que pasara.
Tenía mucha bronca, porque el colectivo iba a tardar más del doble, además de que tenía que bajarme en Puente Saavedra y tomar otro. El único provecho que le saqué fue que bajé cerca de casa, justo en frente de un Farmacity que estaba abierto, así que me compré geles. Terminé entrando en casa a las 0:25. ¡Corriendo hubiese llegado antes! ¿Me fui a dormir enseguida? ¡NO! Me senté a preparar un trabajo que esperaban muy temprano en la mañana (era para Italia). Decidí resolver eso así podía levantarme más tarde. Me acosté a las 2:45 de la madrugada. Puse el despertador a las 7. ¿Descansé? ¡NO! Tuve una pesadilla horrible, en la que toda mi familia moría aplastada en un edificio que se derrumbaba. Yo lograba escapar por poco, y lloraba todo el sueño. Me desperté con mucha angustia, cinco minutos antes de que sonara el despertador.
Desayuné, preparé la mochila y terminé empezando a las 8. Bastante tarde para un día laboral. Al principio el gemelo izquierdo dolía bastante, y se fue pasando de a poco. Iba racionando la bebida cada 5 km, alternando agua y Powerade. El plan era tomar un gel a los 15 km, otro a los 25 y el tercero a los 35. De a poco el sol calentaba más, y el contenido de la mochila era limitado. En una estación de servicio en Núñez tuve que hacer una parada técnica. De esas laaaargas.
En la estación que une al Tren de la Costa con el Bartolomé Mitre, un pero se me tiró encima e intentó morderme la pierna. ¿Puedo tener tanta mala suerte? La dueña se apuró y me dijo “No corras”. ¿Cómo que no corra, si estaba entrenando? Paré en una fuente para refrescarme y mascullar mi bronca. Hice la costa de Vicente López, Olivos, La Lucila, Acassuso, San Isidro, siempre apegándome a mi plan. En el km 25 pegué la vuelta y volví sobre mis pasos.
¿El gemelo izquierdo? Dolía bastante, en especial cuando paraba y volvía a empezar. A medida que el sol se ponía en lo  más alto, las cosas se volvían más tediosas: calor y sed, todo el tiempo. Volviendo a entrar en la Capital, me tomé lo último de Powerade. Empezaron a doler músculos que ni sabía que existían. EL calor me molestaba demasiado, así que paré en todos los lugares que pude y hasta me duché en sus agradables aguas. Pero llegué a casa bastante destruido, con 50 km encima y un tiempo total de 5 horas con 6 minutos.
¿Por qué me había ido diferente que el fin de semana? Bueno, por un lado tenía el cansancio del fondo anterior todavía guardado. Después haber salido más tarde me influyó. Además hizo más calor que el domingo pasado. Además no había dormido todo lo que debía, y me había despertado una pesadilla. Muchas cosas que hicieron la diferencia.

Publicado el 30 enero, 2014 en Espartatlón III semana 18, fondo, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, running. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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