Semana 17: Día 118: Saliendo de mi zona de confort

Está claro que aunque falte tiempo, la Espartatlón conlleva un entrenamiento intensivo. Es por eso que encontré la alternativa de ir a entrenar o volver corriendo. Algunos compañeros del grupo no lo pueden creer cuando me ven llegar hecho una sopa, o cuando me despido después de hacer algunas series de progresiones, abdominales y cuestas. Pero con una vida de responsabilidades, la mejor alternativa es hacer que cada viaje o recorrida en la distancia cuente.
Estos días estuve experimentando con sumar kilómetros en el largo recorrido desde el microcentro hasta San Isidro, pero principalmente en la vuelta. Creo que me va a ser imposible simular las condiciones de la Espartatlón, pero al menos puedo empezar a molestarme. Convertirme en el tábano que mantiene despierto al burro picándole en el lomo.
Lo primero fue correr estando cansado. Los entrenamientos en la semana son más leves que los sábados, pero al ser al final del día, termino con ganas de cenar e irme a dormir. Me pasó varias veces de quedarme varado, sin tren, y contemplar la idea de volver corriendo. Me parecía una locura, pero al menos lo consideraba. Ni en esos momentos me imaginé que se volvería realidad. Las veces que me pasó lo resolví tomándome un colectivo, y cuando no tuve la SUBE, me fui caminando hasta el restaurante donde todavía estaban mis amigos de Puma Runners cenando, para que me presten la suya.
Esa idea tan absurda de correr a casa quedó en el fondo de mi cabeza, y cuando coqueteé con la idea de salir de mi zona de confort, de cara a esta bestial ultramaratón, decidí aplicarla. No se compara al desgaste ni al cansancio que voy a sentir en Grecia, pero al menos me estoy enfrentando a aquello que me daba mucha pero mucha fiaca.
Por suerte estuvo haciendo mucho calor con bastante humedad. De nuevo, probablemente en las rutas helénicas sea todavía peor, pero la idea de los entrenamientos es justamente reproducir situaciones para no tener que vivirlas por primera vez en la carrera. Así andaba yo, muerto de sed (bueno, no literalmente), buscando una canilla en algún edificio, o algún baño de estación de servicio abierta. Esto me sirve para calmar mi desesperación, y considerar “¿Realmente tengo sed? ¿O es calor mezclado con miedo?”. Los puestos de hidratación nunca están cuando los necesitamos, y algunas veces decido esperar a llegar hasta cierto punto para sacar el agua o el Powerade de mi mochila. En ciertas ocasiones el calor es tal que busco pasar por debajo de un aire acondicionado goteando, y me pasa que una gotita que cae en mi hombro es un ansiado alivio.
Anoche me sucedió algo maravilloso. Mientras estaba corriendo, acalorado y con sed, ya resignado a que no iba a encontrar una canilla que pudiese aprovechar para refrescarme, tuve un espejismo. Estaba corriendo por la avenida Figueroa Alcorta, justo frente a la Facultad de Derecho, cuando en la plaza veo una ducha abierta. Sí, agua cayendo en forma de lluvia a montones, y una chica duchándose. Vestida, pero con shampoo y todo. Lo juro. Me acerqué y dije que no podía creer lo que estaba viendo (no era un espejismo). La señorita se hizo un paso al costado, dejé caer mi mochila, y me metí abajo de esa refrescante lluvia. Abrí la boca e hice un cuenco con las manos, para poder juntar toda el agua posible. Fue una sensación hermosa. ¿Viviría algo así en la Espartatlón? No sé si voy a tener duchas, pero mojarse y beber estando cansado y acalorado es lo mejor que te puede pasar. Me revitalizó.
Otra cosa con la que experimenté, casi sin querer, fue con correr y comer. Siempre, en las carreras y en los fondos largos, algo consumo, ya sea geles, pasas de uva, pretzels. Mi colación post entrenamiento es un sándwich con semillas y tofu, y mi duda era… ¿lo como cuando termino de entrenar con los Puma Runners o cuando llego a casa? Como los 21 km hasta Retiro son de no menos de 1 hora con 45 minutos, lo lógico me pareció comer antes. Casualmente anoche también hubo torta vegana, que también probé. Salí con la panza llena, y a los pocos kilómetros me sentía pesado, con molestia estomacal. Así que seguí, y pensé en acostumbrarme a eso. El miedo puede hacernos frenar y desistir por completo de continuar con el entrenamiento. Pero… ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Tener gases? ¿Vomitar? No creo poder experimentar más situaciones que me saquen fuera del área de confort que esa. Así que seguí, hasta que se pasó. Y estoy convencido de que el cuerpo se va acostumbrando, y hoy no me molesta tanto comer y correr inmediatamente como antes. ¿Que no es lo ideal y hay que esperar dos horas? En la Espartatlón uno no puede darse ese lujo.
También se me hizo una ampolla anoche, y se reventó mientras corría. Sentí dolor, y seguí. Son pequeñas cositas que quizá no representen todo el sacrificio que es esta ultramaratón, pero de a poco hay que ir acostumbrando al cuerpo a sentir estas cosas que no son tan placenteras. Así, cuando vaya a competir a Grecia, todos los sufrimientos no me van a parecer tan terribles.

Publicado el 23 enero, 2014 en calor, dolor, Espartatón III semana 17, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, running, sed, Spartathlon, zona de confort. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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