Semana 17: Día 113: Comer en el entrenamiento

Siguiendo con esta serie sobre mis nuevos y largos fondos, bastante pegados entre sí, hoy me tocó ir a Acassuso a entrenar con los Puma Runners. El objetivo que me tocó a mí y a un puñado de valientes fue darle cinco vueltas al Hipódromo. Yo sabía que eso daba unos 25 kilómetros (terminó dando 26) y que teníamos dos bebederos en el recorrido, más la hidratación de la base donde estaba Germán, nuestro entrenador. Pan comido, ¿no? Ojalá (lo bien que me hubiese venido el pan).
Salimos cancheros, optimistas. Yo sin remera, aunque con el monitor cardíaco parecía que estaba en corpiño. El sol de la mañana empezaba a pegar fuerte. En la primera vuelta, de 5,15 km, me salteé el agua, total… ¿quién no hace esa distancia de un tirón? Pero después el calor se hizo sentir. Frenar en ambos bebederos, separados entre 2 y 3 km (dependiendo de cuál) se volvió una obligación. En la tercera vuelta nos mojábamos, tomábamos hasta que la panza se nos hinchaba, pero no teníamos fuerzas. Yo no sabía si me chorreaba agua del bebedero o si era transpiración. Me intrigaba este experimento de sobrepasar los límites… en una semana ya tenía acumulados 131 km. Y sin embargo estaba ahí, con mis amigos, corriendo y sin chistar.
Pero en un momento el agua dejó de alcanzar. No me servía más que para refrescarme. De pronto, las dos últimas vueltas parecían una proeza imposible. En un rapto de lucidez, decidimos seguir frenando en los bebederos, pero ir también a la base, donde nos esperaba algo de agua congelada y mi sándwich post-entrenamiento. Había considerado llevar pasas, pero lo descarté. Me hubiesen venido bien. Cuando llegamos a donde estaban nuestras cosas, fui directo a mi mochila. Saqué una Powerade de 750 cc y tomé un tercio. Después se la pasé a Lean y le dije “tomá y dale la mitad a Marce”. Estaba para tomármela toda yo y aprovechar su alto contenido de hidratos de carbono, pero también quería a mis amigos a mi lado. Como dijo el Che, “Partes iguales, y que sea lo que Dios quiera”.
También fui a buscar mi sándwich de pan con semillas y tofu. Corté un tercio y lo fui devorando de a bocados. Si el Powerade, a punto de desmayarnos del calor, se sintió como la bebida más rica del universo, qué decir de esos pedazos de comida, que también compartí… Con eso nos recuperamos los tres, tanto que empecé a coquetear con la idea de hacer una vuelta de más… algo descartado por amigos y entrenador.
La cuarta vuelta, después de esta parada de 5 minutos, fue otra cosa completamente distinta. Seguimos hidratándonos en los bebederos y mojándonos, pero ahora con un pequeñito plus de energía. Comprobé, una vez más, que en ciertas distancias (y más en ese calor), tomar y comer se vuelven cruciales.
No voy a tener muchas alternativas más que aumentar la ingesta de bebidas isotónicas, y empezar a entrenar con alimento sólido. Lo del sándich anduvo genial (además me permitió la oportunidad de probar cómo me caería en la Espartatlón), pero nunca está de más tener un repuesto de pasas de uva. También podría llevar pan o alguna otra clase de frutas, geles y barritas.
Las ultramaratones son carreras donde se espera que comamos. Hay que acostumbrar al cuerpo a hacerlo mientras estamos corriendo. Antes era solo cosa de carreras… ahora pareciera que voy a tener que hacerlo cada vez más seguido…

Publicado el 18 enero, 2014 en Alimentación, correr, Espartatlón III semana 17, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, nutrición, running. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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