Semana 16: Día 112: Buscando mis límites

¿Cómo es correr hasta el cansancio? Acumular kilómetros y kilómetros hasta que el cuerpo diga basta… Suena a algo que no siempre vamos a tener la oportunidad de experimentar, y a lo que de hecho le vamos a intentar escapar. Estuve en situaciones en las que no podía más (algún tramo de la última Yaboty, casi todos los 100 km de la Patagonia Run 2012) y otras en las que dije “No puedo más” (Ultra Buenos Aires 2012, La Misión 2012). Sin embargo, haber pasado por eso me sirvió para siguientes carreras. Por eso estoy intentando generar esas situaciones de cansancio extremo, y ver qué hay del otro lado.
El lunes entrené con los Puma Runners y fue una noche bastante exigente, con progresiones, cuestas, abdominales, flexiones, y bastante calor. Sumamos 15,5 km, una distancia más habitual para los fines de semana que para un día laboral a las 19:30. Pero yo ya tenía decidido volver a mi casa corriendo, y como describí ayer, terminé haciendo 37,5 km. Llegué hecho un asco, todo transpirado, después de pasar varias horas solo, en una ciudad oscura y poco transitada… pero de algún modo más feliz.
Ayer descansé, aunque tenía intenciones de hacer algo de musculación me pareció que lo mejor era no hacer nada. Lo ideal sería que entrene un jueves, si quiero meter un día extra, para que el descanso sea el viernes, porque el sábado nos espera un entrenamiento más duro con los Puma Runners. Pero con un miércoles fuerte se decantó en descansar al día siguiente. El viernes tenía un par de compromisos: prestarle el libro de Scott Jurek a Nico, en Belgrano, que se iba de vacaciones, e ir a cobrar un trabajo a Barracas. Algo así como los extremos opuestos de la Capital Federal. Pregunté en la editorial si no tenían problema en que vaya corriendo. “Vení volando si querés”, me respondieron. Aclaré que era porque iba a llegar muy transpirado, y me dijeron que no había problema. Acordamos que iba a pasar a las 16:30, así que un poco antes de las 16 salí de Retiro trotando.
Ya había trazado el recorrido en el Mapa Interactivo del Gobierno de la Ciudad. Me tiró unos 8 km hasta Barracas, después poco más de 14 a Belgrano y unos 9 de regreso a Retiro. La suma me daba 31 km, quizá uno más por algún eventual desvío. Me pareció razonable para seguir metiendo entrenamientos largos. Nico me esperaba antes de las 19 en su trabajo, así que el horario me cerraba. La ciudad, por supuesto, era un infierno. Quise hacerme el macho y corrí por el sol, lejos de la sombra. Llevaba una mochila con algunas pasas de uva, una botella de vidrio de agua y otra de 750 cc de Powerade. Además la billetera con plata, por las dudas. Como me fastidia el tráfico y la gente que camina despacio por el medio de las angostas veredas, bajé a Puerto Madero y me fui calcinando por ahí. El calor era tremendo. No paraba de transpirar. Me dije a mí mismo que podía aguantar 8 km y tomar agua en la editorial (mejor dicho, antes de entrar). ¿Por qué no? Lo había hecho incontables veces.
Esa terquedad probablemente no me haya servido de mucho. ¿Qué intentaba probar? ¿Que podía correr deshidratado? Pero me sentía bien, con la boca un poco reseca. Tomar, iba a tomar. Cuando llegué al final de Puerto Madero, subí por la avenida Juan de Garay (literalmente, porque es una importante cuesta) y crucé Constitución, derecho hasta llegar a Entre Ríos (la calle, no la provincia). Esta es la continuación de Callao, así que doblé a la izquierda para llegar a Vélez Sarsfield. Poquísima o ninguna sombra. Llegué a destino, y el reloj me marcó 9 km, un poco más de lo que tenía pensado. No era tan grave. Tomé mucha agua, comí pasas, e intenté secarme la transpiración con un buff.
Cuando entré en la editorial, no podían creer lo que veían. Hacía rato que no pasaba por allá, casi un año, y aunque me tenían como un loquito que corre, jamás me habían visto disfrazado con musculosa, mochila hidratadora y pantalones con calzas debajo. Ah, y sudando a baldazos. Me ofrecieron agua, y me sentí en la obligación de contarles sobre la Espartatlón y mi sueño de correrla (y llegar). Mientras contaba, gotas furtivas caían al suelo, y cuando me moví a otra oficina, fui dejando un rastro de transpiración, como las miguitas de Hansel y Gretel. Solo me tranquilizaba que les había avisado. La verdad es que correr me generaba una brisa que me iba secando un poco la transpiración. Las veces que frené en el semáforo, estando detenido, sentía el sol quemándome. En movimiento, no me pasaba nada.
Me fui a los pocos minutos, después de que me dijeron esa gran verdad: correr 246 km en 36 horas es una locura. Me hizo bien al ego que mencionaran que me veían más musculoso que el año pasado. En la puerta tomé agua, comí más pasas, y salí. Me esperaba Belgrano, por un camino más conocido porque era el que hacía cuando vivía en Colegiales y volvía trotando con disimulo. Esta vez no quise hacer la heroica, así que me fui por el lado de la sombra. Pasé junto a un muchacho que me dijo “Estás loco”. Parece que hay un consenso sobre mi persona.
Avancé improvisadamente, yendo por calles con bicisenda (pero corriendo en la vereda), terminando mi agua y empezando el Powerade. Me di cuenta que no me iba a alcanzar para todo el día. Me empecé a cansar, que era la idea, y me costaba imaginar el final del día. Entre lo que corrí y los minutos en la editorial, ya habían pasado dos horas. Empecé a buscar un lugar donde poder reaprovisionarme, y lo encontré en un supermercado, donde compré otras dos botellas grandes de Powerade. Lo hice por previsión, y porque al tener la mochila casi vacía (no me quedaba nada de líquido) me bailaba en la espalda y ya se había vuelto molesta. Llegué a Belgrano, y a la oficina de Nico, pasadas las 18:30.
Cuando bajó y me vio todo transpirado, subió nuevamente con mi botella vacía y me la trajo llena de agua fresquita. Decidí empezar a tomarla ahí mismo. Charlamos unos minutos. Me preguntó cuánto llevaba corriendo, así que miré el reloj… 25,5 km. Todavía me quedaba volver a casa. Le pregunté el mejor camino, y debatiendo coincidimos en que era llegar hasta Figueroa Alcorta, lejos de las señoras haciendo compras y los colectivos de Avenida Cabildo. Encendí nuevamente el reloj, y encaré hacia Monroe. Quizá fue el haberme detenido, pero sentía las piernas cansadas y doloridas. Tengo todavía una molestia en el tobillo izquierdo que no se va. No me impide correr, a veces desaparece completamente, pero si me tuerzo o piso alguna superficie muy irregular, recibo una puntada de dolor. Cuando me toco no me duele, así que no sabría explicar dónde está el problema. Pero como no me limita en absoluto hacer actividad física, solo tengo cuidado de cómo piso y sigo.
Figueroa Alcorta es una avenida transitada, pero bastante cómoda para correr porque tiene una amplia senda para bici y otra para peatones. Me tomé este tramo con un poco más de calma, así que paraba para hidratarme y luego continuaba. Era el mismo camino que había hecho el lunes a la noche, solo que de día. Ya el sol estaba retirándose, así que se hacía muy tolerable. A medida que me iba acercando a zonas más conocidas por mí, empecé a sentirme más y más cansado. Los cuádriceps empezaron a molestar, y después los gemelos. Siempre tengo cuidado de correr sobre terrenos blandos, y como ahora estoy preparándome para la Espartatlón, que es 95% sobre ruta de asfalto, prefiero ir sobre suelo duro. Me doy cuenta ahora de lo exigente que es para las piernas, incluso yendo a un ritmo tranquilo. En mi cabeza repasaba mentalmente los puestos importantes de la Espartatlón, y me preguntaba, dentro de 8 meses, en qué punto iba a sentir lo que estaba sintiendo en ese momento.
El reloj seguía acumulando kilómetros, y cuando llegué al Jardín Japonés, ya había pasado los 32 km. Todavía me quedaba un largo trecho a casa. No tenía ni idea de cuánto. Las piernas me dolían, estaba sediento, y no tenía frutas en casa. Entendí que no tenía sentido el capricho de llegar a casa porque sí, y me daba la oportunidad de buscar una verdulería. Incluso podía ir hasta alguna estación y volver a Retiro en tren. Ya había sido suficiente para mí, no quería saber más nada de seguir corriendo, ni transpirar más, y mucho menos estar aguantándome las ganas de tomar algo.
Entonces entendí… ¿no era esto lo que estaba buscando? ¿Saber cómo era eso de querer frenar con todas tus ganas y sin embargo seguir? Hoy había escuchado varias veces eso de que estaba loco… ¿ahora yo también lo pensaba? Fueron escasos minutos, mientras me debatía en una rotonda donde te podían pisar los que venían o los que doblaban. Cuando encontré ese instante en el que todos se detienen, crucé corriendo fuerte. De algún modo no me sentía tan agotado como antes. Tampoco estaba del todo motivado, pero me entusiasmaba explorar ese fastidio de correr cansado y con poco ánimo. Me pareció increíble que mis fuerzas se renovaran.
A las pocas cuadras llegué a Recoleta, donde viví con mi prima mientras buscaba departamento. Recordé una panadería con una onda parisina en una esquina, y me dirigí ahí. Hice la fila para que me atendieran (sí, todo transpirado) y me compré medio pan con semillas y pasas de uva, que me lo cortaron en rebanadas con una máquina, y accedí al capricho de una limonada con menta y jengibre. Me la tomé de un saque y me tragué una rebanada, para después retomar el trote. Seguí comiendo mientras corría, y ahí sí se renovaron todas mis fuerzas. Ya no tuve más sed, ni hambre, ni cansancio. Evidentemente me faltaba comida, más considerando que por ese fondo me había salteado la colación de la tarde y la merienda.
Con las energías renovadas, no necesité más nada. Ni la estación de servicio con el baño abierto que me permitía mojarme la cabeza, ni terminarme esa media botella de Powerade que todavía llevaba en la mochila. No hice tiempos extraordinarios, ni tampoco terminé en progresión. Mucho menos grité “¡ESPARTAAAA!” cuando llegué a la puerta de mi departamento. Me decepcionó un poco ver que la distancia total eran 36,5 km. Por lo que mariconeé, pensé que iba a terminar igualando a una maratón. Por otro lado, estaba feliz de haber logrado llegar a destino por mis medios, y comprobar dos cosas: a veces hace falta parar unos segundos para descansar, y no tengo que subestimar la importancia de la comida y la bebida durante la actividad física. Me lo tomo muy en serio en las carreras, pero en los fondos largos intento funcionar a base de energía solar.
Por supuesto que llegué cansado, sobre todo en las piernas. Fueron 3 horas y media (sin contar los momentos en que frené y pausé el reloj). A veces intenté llevar un ritmo de 6, que es el que quiero sostener en la Espartatlón, pero las piernas se me iban a 5. En mi departamento comí, tomé y me puse a pensar en todo lo que había hecho. Esas cuatro horas fuera de casa resultaron demasiado, porque enseguida se hizo la hora de cenar. Me gusta aprovechar otras cosas para meter un entrenamiento, pero no puedo descuidar el trabajo. Creo que voy a hacer costumbre lo de volver corriendo desde donde entrenamos, al menos lunes y miércoles. Sumándole lo que corremos con los Puma Runners, más algún fondo improvisado, creo que voy a estar alcanzando mi primer objetivo, que es lograr un piso de 100 km semanales. La idea es sostenerlo y duplicarlo antes de ir a Atenas…

Publicado el 17 enero, 2014 en Entrenamiento, Espartatlón III semana 16, fondo, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, motivación, running, Spartathlon. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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