Semana 16: Día 111: Sumando kilómetros

Desde hace unos dos años y medio decidí que un sueño que era imposible merecía la pena intentarlo. Comenzando un segundo año del blog, que tiraba por tierra el concepto de “52 semanas”, decidí entrenarme para correr la Espartatlón. En aquel entonces sabía que iba a ser muy pero muy difícil, solo que no imaginaba cuánto. Habiendo terminado dos maratones (una en forma furtiva), tomé la decisión de convertirme en un ultracorredor. No dimensionaba lo que eso iba a requerir, desde entrenar más duro, distancias que no imaginaba, hasta la compleja logística de inscribirme en este desafío.
Ayer fue un día bastante difícil. Abrían las inscripciones y yo estaba muy ansioso. Lo había estado toda la semana desde que me enteré que la apertura de aplicaciones era en siete días. Caí en que me podía anotar casi de casualidad (bueno, en realidad porque entraba al sitio de la Espartatlón cada media hora), y cuando finalmente lo hice, sentí un cierto alivio representado en constantes bostezos. Hacia las últimas horas de la tarde, me preparé para ir a entrenar con los Puma Runners. Entonces me dio uno de esos dolores de cabeza que hacía mucho no me daban. Seguramente toda la tensión del día (o de la semana). Realmente me sentía poco motivado para correr, y el cuerpo acompañaba esa sensación.
Redoblé la apuesta y fui a entrenar, con la intención de volver a mi casa a pie. Debería hacer la aclaración de que vivo en Retiro y entreno en Acassuso, lo que significa que me separan unos 22 km del grupo y mi departamento. Sentía, realmente, muy pocas ganas de hacerlo. Seguía bostezando, y bien podría haberlo tomado como un indicio de quedarme durmiendo. La cabeza se me partía, y no me imaginé una situación similar al agotamiento mental que podría llegar a sufrir en la carrera. ¡Incluso esto no debería ser nada comparado a estar un día entero corriendo!
Retiro, para no perder la costumbre, estaba repleto de gente, y los trenes no estaban saliendo. Esperé 20 minutos para que saliese el primer servicio. Me acomodé en un rincón del vagón, sin nada para leer porque en la mochila decidí llevar lo indispensable para ese fondito. Llegué sobre la hora. Mientras la mayoría bajaba por Perú para irse corriendo hasta Paraná y el río (un lugar muy lindo para entrenar), a los más veloces nos mandaron a ir al mismo destino pero por un camino más largo, rodeando primero el Hipódromo de San Isidro. Correr me reconectó con esta actividad que me relaja, y de a poco el dolor de cabeza se convirtió en un borroso recuerdo. No me sentía al 100% pero el trote era bastante relajado.
Llegamos al río e hicimos las rutinas, que combinaba progresiones con cuestas, flexiones, abdominales y espinales. Volvimos al trote, estable, y el reloj me marcó que todo el entrenamiento equivalía a 15,5 km. No está mal para lo que solemos hacer, pero con los consejos fatalistas para terminar la Espartatlón que dicen que si no hacés 200 km por semana no llegás, me pareció poco. Así que le pregunté a Germán, mi entrenador, si estaba de acuerdo en que volviese a casa corriendo. La idea le sorprendió al principio, pero después lo dejó en mis manos. Algunos compañeros también se mostraron anonadados por la idea. Claro, hacer el camino que se suele hacer en auto o en tren, pero a pie, y después de un duro entrenamiento en una noche pesada… no suena muy lógico.
Hubo un cumpleaños, y casualmente trajeron torta vegana, así que comí dos porciones. Estaba exquisito. Ya me había comido mi sándwich de pan con semillas y tofu, y tenía en la mochila dos botellitas de Gatorade. Era hora de partir.
Fui a un paso tranquilo, o eso intenté. Se me metió en la cabeza la idea de que el ritmo ideal de la Espartatlón es 6 minutos el kilómetro, pero aunque yo creía que estaba yendo a un ritmo muy bajo, estaba unos pocos segundos arriba de 5 minutos. Traté de contenerme, pero me costaba mucho. Decidí dejar de mirar el reloj y solo concentrarme en correr.
Decidí que el camino más sensato era ir por Libertador derecho, y en algún momento empalmar con Figueroa Alcorta. Cada 5 kilómetros iba a tomar un poco de Gatorade. Como era de noche, casi las 22 horas, había poco tráfico y pude correr sin que me paren los autos. Algunos comían en restaurantes con mesas en la vereda y me miraban pasar. Me intrigaba saber qué pensaban. Iba muy relajado, y a medida que sumaba kilómetros, me iba cansando y en consecuencia mi ritmo se hacía más lento. No tenía mucha sed, pero me fui forzando a hidratarme con Gatorade. No hacía mucho calor (al menos no tanto como hoy), pero se sentía la humedad y yo no paraba de transpirar.
Lo bueno de ir por Libertador es que la altura de la calle baja hasta el cero, indicando cuánto falta para llegar a General Paz. Una vez que cruzás hace exactamente lo mismo, lo que permite calcular lo que resta para estar en Retiro. Me fui terminando el Gatorade, que creí que me iba a sobrar, y de pronto encontré que me fastidiaba la transpiración y el calor. Busqué baños de estaciones de servicio, fuentes con agua, regaderas en las plazas, botellas juntando agua de los aires acondicionados… pero nada. Quise ir a Figueroa Alcorta cruzando por donde estaba la cancha de River, pero un error de cálculos me llevó a la de Defensores de Belgrano. Y a una calle sin salida. Volví a Libertador un poco fastidiado, pero no me quise quejar de correr de más. Me esperan muchos, muchos kilómetros para andar.
Crucé los parques de Palermo, todo terreno conocido pero en una situación surreal: sin gente, pocos autos, mucha oscuridad. Finalmente iba por Figueroa Alcorta, y sabía que esa avenida me terminaba dejando en mi departamento. Frente a la Feria Municipal de Exposiciones, ya sin nada de Gatorade encima, encontré una fuente con agua. Serían unos 5 cm, no más. Apenas podía hacer un cuenco con las manos y juntar lo suficiente para mojarme la cabeza y la nuca. Eso me refrescó un montón. Seguí corriendo con renovada energía, y me di cuenta que la Shell que está en donde nace la 9 de julio tenía el baño abierto. Entré y tomé agua de la canilla desaforadamente. Me supo riquísima. Recién ahí me di cuenta lo necesitado que estaba de líquido. Me mojé la cabeza y la nuca nuevamente, y otra vez repuse las pilas.
A partir de ahí, hice todo de un tirón, acercándome mucho a los 5 minutos el kilómetro. Me crucé con algún ciclista con luz, un par de corredores, pero no mucho más. llegué a casa y mi reloj me marcó 37,4 km en total. No era un mal número para un mismo día. Entré al departamento a las 0:45, totalmente empapado. Tomé agua de la heladera, metí todo en el lavarropas, y me puse a cocinar la cena. Me sentía cansado y a la vez invencible. Pero reconocía que ese entrenamiento y aquel fondo posterior de 2 horas no eran nada comparado a correr en Esparta desde que se esconde el sol hasta que vuelve a salir. Sin embargo, comprobé algo que siempre me intrigaba, que era volver a pie después de entrenar en Zona Norte. Alguna vez lo contemplé, y me pareció una locura. Pero mi vida se está convirtiendo en una sucesión de locuras por probar y conquistar.
A veces es muy difícil encontrar los momentos en la semana para entrenar. Creo que esto de volver corriendo se va a convertir en una costumbre. Mientras espero la confirmación de que estoy inscripto en la Espartatlón, va a ser un buen modo de calmar las ansiedades…

Publicado el 16 enero, 2014 en determinación, esfuerzo, Espartatlón III semana 16, fondo, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, motivación, running, Spartathlon. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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