Archivos Mensuales: enero 2014

Semana 18: Día 126: Esperando el milagro espartano…

Hola. Mi nombre es Martín Casanova. Me gusta correr y soy una persona caprichosa. Yo lo sé, probablemente algunas personas crean que no me doy cuenta de que doy rienda suelta a mis caprichos, pero nadie lo sabe mejor que yo. Se me metió en la cabeza correr la Espartatlón, que en mi mente infantil es la carrera más difícil del mundo. Me resultaba increíblemente lejana cuando lo decidí, y hoy, tres años después, lo sigue siendo… pero me siento mucho más cerca. Me preparé física y mentalmente, y creo que en septiembre podría llegar a correr los 246 km.
Eso es, si me pudiese inscribir. Cada año hay un problema que me deja afuera, y este no ha sido la excepción.
En 2011 corrí en Grecia, por la banquina, desde Atenas a Maratón. Algo muy duro para mi preparación física de aquel entonces. Cuando llegué y caí rendido ante los pies de la estatua de Hermes, me juré (y lo hice público) que lo que seguía era la Espartatlón (o sea, un desafío como el que acababa de hacer pero multiplicado por seis).
En 2012 consulté a la organización si podía inscribirme aún sin cumplir los requisitos de haber corrido 100 kilómetros en menos de 10 horas y media o 200 sin límites de tiempo. La verdad es que no existían ultramaratones en las que poder hacer ese tiempo o esa distancia. Me respondieron “Pero ya estás anotado y tenés el número XXX de dorsal”. Fantástico. ¡Qué fácil! Pero cómo imaginar que un argentino hablando en inglés con un griego iba a ser un teléfono descompuesto. Del otro lado, en Atenas, creían que estaban hablando con un tal Casanovas, de México. Cuando me di cuenta del error, era demasiado tarde. La inscripción cerraba en dos semanas y acababa de correr los 100 km de la Patagonia Run. Improvisamos la Ultra Buenos Aires, y me quedé en los 77 km. Aprendí mucho de esa experiencia.
En 2013 Federico Lausi, de Salvaje, tomó la posta de la Ultra Buenos Aires y la organizó con puestos de bebida y mucha garra. Terminó siendo una experiencia alucinante para mí, que compartí con amigos y familiares. Hice los 100 km en 10 horas con 14 minutos, muy tranqui, y sentía que tenía energía para más. Nada que ver con lo del año anterior. La carrera se hizo con tiempo, casi dos meses antes de que se cerrara la inscripción de la Espartatlón. Cuando llegué a mi casa y me quise inscribir, habían cerrado anticipadamente las inscripciones porque habían superado el cupo y tenían a 190 personas en lista de espera.
Como los resultados sirven por dos años, en 2014 era mi oportunidad y el tercer intento. La tercera es la vencida, ¿no? Cuando a principios de enero dijeron que el 15 abría la inscripción, el corazón se saltó un latido. Fue la semana más larga de mi vida. El formulario para anotarse se iba a habilitar a las 19 horas de Grecia, y yo le calculé bastante mal a lo que equivalía en Buenos Aires (las 16). Pero como soy ansioso (además de caprichoso), todos los días entraba una o dos veces a la página web, buscando novedades. En una de esas visitas obsesivas, a las 14:30, vi que ya estaban aceptando inscripciones. Raudamente reuní todo lo que necesitaba (foto, carta de recomendación original y traducción al inglés, resultados de la carrera, certificado de salud), lo adjunté y lo mandé. Decía que iba a recibir en mi bandeja de entrada un mail de esos en donde uno hace click en un link para validar la cuenta. No llegaba y me ponía muy ansioso. Finalmente apareció en la carpeta de correo no deseado. Listo, en la web decía que dentro de los 15 días confirmaban mi solicitud.
Obviamente uno espera que esa confirmación llegue antes. Todos los días esperaba ese bendito mail. Al principio más relajado, pero conforme pasaban los días, la ansiedad crecía. Nadie (de los corredores de todo el mundo) había recibido nada. De hecho empezó a circular en el foro no oficial de la Espartatlón, en Facebook, que en 2 horas habían cubierto los cupos (recuerden que en 2012 eso no había pasado). Unos días antes de la fecha límite, los alemanes tenían su lista de aceptación. En este país hay una delegación local de la Espartatlón, así que lograron cubrir sus 40 lugares asignados sin esperar tanto tiempo. Ayer fue el turno de los griegos. Hoy le tocó al resto del mundo.
Menos a mí.
Era muy frustrante ver a todos esos corredores festejando que los habían aceptado. Incluso vi a algunos argentinos… ¿por qué a mí no? Intenté ser paciente, pero no pude. Escribí en el grupo de Facebook que estaba preocupado, y un voluntario que trabaja en la organización se contactó conmigo. Aunque no recibí todavía información oficial de un rechazo a mi solicitud, me adelantó que en las estadísticas de Deutsche Ultramarathon Vereinigung no figura el resultado que me habilita a competir. Esta web alemana contiene muchísimas ultramaratones internacionales, y es la que usan para cotejar los datos de los aplicantes. Pero supongo que se alimenta por información que dan las organizaciones de cada carrera. Yo ni sabía de su existencia, y solo figura mi participación en la Patagonia Run de 2012… ¡pero no la de 2013! Tampoco mis dos asistencias a Yaboty ni la Ultra Buenos Aires, o mi intento fallido en La Misión (supongo que esa data también figuraría, a menos que solo reflejen las carreras completas). De hecho la gente de Salvaje tampoco conocía el sitio, y ante mi sugerencia se pusieron en contacto. El tema es que, al no figurar ahí, mi solicitud no fue aceptada.
Pero… siempre hay un pero, incluso de connotaciones positivas… en el grupo no oficial de la Espartatlón hay corredores experimentados y novatos, así como miembros de la organización y voluntarios. El apoyo que se da en ese grupo es inmenso. Creo que es lo más maravilloso de estas carreras en las que uno deja el cuerpo y el alma para llegar… la colaboración entre pares, el aliento. Es sobrecogedor. Un voluntario, Nikolaos, me escribió por privado. Él fue quien me comentó lo de la web internacional que usaban para corroborar los datos de las carreras. Se puso en contacto con gente de la organización y prometió mantenerme al tanto. Luego llegó el mail de Panagiotis, responsable del mantenimiento de la web de la Espartatlón. Primero me confirmó que mi solicitud había entrado en fecha, y después que de los adjuntos que envié, solo llegó el certificado médico. Papadimitriou pareciera ser la persona que tiene la posta, en la organización, que también me dijo que como no figuraba en la web de la Deutsche Ultramarathon Vereiningung y solo habían recibido mi certificado médico, TODAVÍA no estaba adentro. Obviamente que le mandé todos los adjuntos, y me pidió que esperase hasta mañana a la mañana, hora griega. Panagiotis me dijo que ningún corredor había tenido problemas con los adjuntos, pero que iba a hablar con la organización en mi defensa.
Entonces… así estamos. Con tensión, nervios, pero todavía con fe. Esto puede pasar, y ser solo una anécdota más. O que me rechacen la solicitud, y tener que esperar otro año más. Entonces… ¿qué pasaría?
Hoy le di muchas vueltas al tema. Solo lo hablé con un grupo reducido de mis conocidos, el círculo de la confianza. Esto incluye a Germán, mi entrenador, que me dijo algo importantísimo: no importa. Porque esto es un capricho, y acá hay muchas cosas más en juego. Hay un grupo de entrenamiento que quiere ser partícipe de esto, que lo mismo les daría si es la Espartatlón en Grecia o la Maratón Des Sables en el Sahara. Estamos siendo una buena influencia, logrando por contagio que gente se interese en comer más sano y cuidarse, progresar. Eso es lo que vale y lo que no deberíamos perder. Así que esa parte caprichosa mía estaría muy decepcionada si no puedo entrar este año, pero sería algo dentro de mi ego y deseo de satisfacción personal. Va a costar, claro, porque soy humano y por ende vengo fallado, pero esto que se fue construyendo con Semana 52, que me excede, no va a estar en riesgo.
Todavía podría correr este año la Espartatlón, y en mi corazón realmente espero que se dé ese milagro. Si no se da, me quedo con algo maravilloso y es la cantidad  de personas, del otro lado del mundo, que sin conocerme están queriendo ayudarme. Esto es lo que las carreras sacan de la gente, sea la distancia que sea, y lo volveré a ver en Atenas este año o en cualquier parte del mundo.

Semana 18: Día 125: Otro fondo de 50 km

La historia empieza el sábado, que mi entrenador, Germán, me dice “Mañana corré 40 kilómetros. No, 50”. Yo no me achiqué, y aunque mi distancia máxima desde octubre del año pasado había sido 37,5 km, le dije que sí. Me desperté temprano, desayuné, preparé la mochila con hidratación y comida, y a las 7 ya estaba corriendo, con la ciudad vacía y un clima fresquito. Había dormido bien, y el fondo lo hice de un tirón, en 4 horas 46 minutos. Se me hizo una ampolla en un dedo, pero dejando eso de lado estaba bastante bien.
El lunes siguiente fui corriendo al entrenamiento. Estaba cansado y las rodillas me dolían, pero a los primeros kilómetros todo se acomodó. Me di el lujo de tomar un camino más largo y 22 kilómetros después, había llegado. Paré, me hidraté, charlé, y unos veinte minutos después empezamos el entreno oficial. Pero algo había cambiado. De pronto el gemelo izquierdo era una piedra. Corrí tranquilo y cuando llegó el turno de empezar con progresiones, Germán me mandó a elongar y no correr más.
El martes descansé. El dolor del gemelo estaba ahí, presente.
El miércoles fui a entrenar con la idea de volver corriendo. Me sentía mucho mejor, descansado. Hicimos progresiones, cuestas… de todo. Casi 15 km. Pero… Germán no me dejó hacer esos 21 km a casa. Me dijo “¿Por qué no te guardás hoy y volvés a hacer 50 km mañana?”. Ni siquiera se me había cruzado por la cabeza. En mi mente, los fondos largos eran para los fines de semana. Acepté el desafío.
Pero a partir de ahí las cosas no salieron como yo quería. Siendo que era día de semana y tenía que trabajar, el plan que había improvisado era volver temprano a casa, cenar, dormir y madrugar. Si salía a las 5 de la mañana iba a terminar a las 10, bastante bien. Por eso se me ocurrió volver en tren, que hace más rápido. Por 2 cuadras me perdí el servicio de las 22:05. Pero no importaba, porque en la aplicación del tren que tengo en el celular, decía que el siguiente pasaba en 12 minutos. Me senté a comer algo y esperar. El horario se cumplió, y ni noticias. El cartel de la estación decía 12 minutos, en el celu estaba en blanco. Esperé. Y esperé. Y esperé. Ni noticias, yo estaba solo en el andén. Me harté y me fui a tomar el colectivo. Se me ocurrió mirar el teléfono y nuevamente anunciaban un servicio en 12 minutos. Revisé estación por estación en el recorrido, y ese tren fantasma iba avanzando… hasta que en Victoria desapareció. Nunca llegó a Acassuso. De pronto me di cuenta que había perdido una hora, y después de las 23 era difícil o imposible que pasara.
Tenía mucha bronca, porque el colectivo iba a tardar más del doble, además de que tenía que bajarme en Puente Saavedra y tomar otro. El único provecho que le saqué fue que bajé cerca de casa, justo en frente de un Farmacity que estaba abierto, así que me compré geles. Terminé entrando en casa a las 0:25. ¡Corriendo hubiese llegado antes! ¿Me fui a dormir enseguida? ¡NO! Me senté a preparar un trabajo que esperaban muy temprano en la mañana (era para Italia). Decidí resolver eso así podía levantarme más tarde. Me acosté a las 2:45 de la madrugada. Puse el despertador a las 7. ¿Descansé? ¡NO! Tuve una pesadilla horrible, en la que toda mi familia moría aplastada en un edificio que se derrumbaba. Yo lograba escapar por poco, y lloraba todo el sueño. Me desperté con mucha angustia, cinco minutos antes de que sonara el despertador.
Desayuné, preparé la mochila y terminé empezando a las 8. Bastante tarde para un día laboral. Al principio el gemelo izquierdo dolía bastante, y se fue pasando de a poco. Iba racionando la bebida cada 5 km, alternando agua y Powerade. El plan era tomar un gel a los 15 km, otro a los 25 y el tercero a los 35. De a poco el sol calentaba más, y el contenido de la mochila era limitado. En una estación de servicio en Núñez tuve que hacer una parada técnica. De esas laaaargas.
En la estación que une al Tren de la Costa con el Bartolomé Mitre, un pero se me tiró encima e intentó morderme la pierna. ¿Puedo tener tanta mala suerte? La dueña se apuró y me dijo “No corras”. ¿Cómo que no corra, si estaba entrenando? Paré en una fuente para refrescarme y mascullar mi bronca. Hice la costa de Vicente López, Olivos, La Lucila, Acassuso, San Isidro, siempre apegándome a mi plan. En el km 25 pegué la vuelta y volví sobre mis pasos.
¿El gemelo izquierdo? Dolía bastante, en especial cuando paraba y volvía a empezar. A medida que el sol se ponía en lo  más alto, las cosas se volvían más tediosas: calor y sed, todo el tiempo. Volviendo a entrar en la Capital, me tomé lo último de Powerade. Empezaron a doler músculos que ni sabía que existían. EL calor me molestaba demasiado, así que paré en todos los lugares que pude y hasta me duché en sus agradables aguas. Pero llegué a casa bastante destruido, con 50 km encima y un tiempo total de 5 horas con 6 minutos.
¿Por qué me había ido diferente que el fin de semana? Bueno, por un lado tenía el cansancio del fondo anterior todavía guardado. Después haber salido más tarde me influyó. Además hizo más calor que el domingo pasado. Además no había dormido todo lo que debía, y me había despertado una pesadilla. Muchas cosas que hicieron la diferencia.

Semana 18: Día 124: Hora de plantillas nuevas

El contador para cambiar las plantillas está muy cerca de cero. Realmente debería haber pedido turno antes, pero de ayer a hoy conseguí una cita con el especialista de pisada.
La secretaria se suele sorprender cuando la llamo. “¿No viniste hace poco?”. “Hace mil kilómetros”, le respondí, aumentando su confusión.
El especialista, Giroldi, es el único que conozco. Pero me cae de diez, en especial cuando aumenté mi frecuencia de visitas y empezó a recordarme. Al principio lo veía una vez cada dos o tres años. Cuando me lesioné y aprendí que tenía que cambiar de plantillas y de calzado con frecuencia, empecé con el contador que va de 1000 a 0 kilómetros. Así me guío cuándo es hora de una nueva cita.
Pero claro, no deben estar acostumbrados a que uno vuelva a los pocos meses. Yo fui hace… ¡cuatro meses! Pero tenía cosas para consultarle.
Primero, le llevé mis Faas 600 absolutamente arruinadas. Destrucción total. Quería su opinión. Me duraron 44 días. Su conclusión fue que no funcionaron porque yo no necesito corrección de pronación. Tengo una tendencia muy leve que no hace falta corregir.  Pero lo más importante es que las líneas Faas no están diseñadas para hacer fondo. Quizá 21 km y no más. Con ese modelo me estaba torciendo todo el tiempo el tobillo derecho. Cuando las dejé de usar (con gran desilusión), volví a las Nightfox, porque era el par más entero y con menos uso que tenía. Casi que fue porque no había opción. Cuando fui el fin de semana al outlet de Puma a buscar zapatillas nuevas, solo conseguí… unas Nightfox de otro color. Pero pensando en carreras de aventura o de montaña, me pareció que valían la pena.
Giroldi confirmó que, para los fondos que estoy haciendo, eran la mejor opción. Son más estables y diseñadas para resistir, algo que las Faas no tienen. Cuando le consulté la frecuencia para cambiar de zapatillas, me dijo que era igual que con las plantillas. Su recomendación original fue cada 800 km, pero yo decidí estirarlo a 1000. Me pidió ver la plantilla y se sorprendió de verla tan entera. “Es un orgullo”, dijo, mientras las observaba detenidamente. Se habían aplastado (en especial la oliva del metatarso) y la huella de mi pisada se había grabado. Pero le sorprendió cómo resistieron mil kilómetros.
Ahora quiere experimentar. Hicimos un nuevo estudio y arrojó una leve pronación extra respecto a abril del año pasado. Su teoría fue que corrí casi exclusivamente con las Faas haciendo distancias de ultra. Mi biomecánica es la misma, pero la pisada se corrigió (al parecer también tengo una leve inclinación hacia la izquierda con un pie que nada tiene que ver con mis ideologías políticas). El experimento en cuestión será probar un material nuevo y reforzar un poco el talón (supongo que para protegerme de estas ultra distancias que estoy empezando a hacer). Y mantenerlo al tanto.
La recomendación es olvidarme de las Faas (snif) y seguir sumando kilómetros. A mi favor tengo que esa leve pronación no significó una subsiguiente lesión. Creo que tuve suerte en verme obligado a correr con las zapatillas de trail que tengo ahora. El cuerpo ante un cambio se adapta. En mi caso lo hizo sin dolor (a excepción de las torceduras por la falta de estabilidad).
Dicen que las Nightfox no las van a hacer más. ¿Tendré el último par de mi vida? Podría asumir una cosa. Si en septiembre corro la Espartatlón voy a entrenar mucho… y a quemar dos o tres plantillas y zapatillas, antes de estrenar las que use el día de la carrera…

Semana 18: Día 123: El juego de la espera

Podría estar tapado de trabajo. O escuchando música. O comprando en el supermercado. O viajando en colectivo, leyendo un libro, cocinando o simplemente descansando. Pero siempre, SIEMPRE estoy pensando en si quedé o no inscripto en la Espartatlón.
Esta semana la organización avisó, desde su sitio web, que estaban empezando a enviar los mails de confirmación a los corredores inscriptos. Hay que estar atento a la bandeja de entrada (y la carpeta de correo no deseado) porque entra ese único e-mail y con eso hacés la inscripción oficial. Y si no te enteraste… sonaste. Los únicos que sé que ya están inscriptos son los de la delegación alemana, porque cuentan con una filial de la Espartatlón local. Como cada año se anotaban una cantidad importante de atletas, los limitaron a 40 al año, tal y como hicieron con los japoneses y los griegos (pero estos últimos no dieron señales de haber entrado).
Lo único que más o menos me tranquiliza es que en el grupo de Facebook y la página no oficial de la carrera, nadie más que los alemanes confirmó estar adentro. Hay un post que dice “Comparte aquí si ya estás inscripto”, con 18 me gusta y nada más. Después somos unos cuantos tipos chequeando todo el tiempo la web, con los nervios a la miseria, revisando todo el tiempo la carpeta de spam.
Supuestamente el jueves vence el plazo que ellos prometieron de 15 días para confirmar la inscripción. La importancia, además de la ansiedad por sacarme este objetivo tan importante de encima, es que esto define cómo sigue mi año. Es probable que durante enero meta unos 450 kilómetros, y que ese sea el piso de acá a septiembre. ¿Qué pasa si no quedo? Me voy a amargar, SEGURO. Voy a perder un poco de interés en el entrenamiento y el blog. Volveré a comer galletitas sin culpa (o con culpa, pero lo haré con la excusa de darme un gusto y combatir la depresión). Me gustaría ponerle menos expectativa a esto, pero no puedo.
Hay varias personas alrededor del mundo que está en mi misma situación. No sé si eso me conforma, pero al menos no me siento tan solo en esta angustia…

Semana 18: Día 122: Recuperándome

“No todo dolor es significativo”, dice el ultramaratonista Scott Jurek. Así entiende él que a veces simplemente hay que hacer las cosas y punto, aunque el cuerpo duela (Jurek ganó la Espartatlón con un dedo del pie fracturado, luego de un accidente que tuvo una semana antes de la carrera).
Ayer corrí 50 km, una distancia que hacía varios meses que no enfrentaba toda junta. Me sentí muy bien, casi sin molestias. El tema era cómo me iba a sentir hoy.
Como hoy me daba mi tercera dosis de vitamina B12, no iba a poder volver corriendo (me queda la nalga como si me hubiesen pegado un tiro en el paintball), así que volví a optar por hacer la ida a pie, desde Retiro hasta Acassuso. Me cargué muchas cosas en la mochila (ropa para cambiarme, bebida, Powerade, etc) y salí… intrigado por cómo iba a reaccionar mi cuerpo un día y medio después de haber hecho semejante distancia.
Al principio las rodillas dolían. No mucho, pero lo suficiente para encender todas las alarmas en cabeza. Como no todo dolor es significativo, seguí. Empecé con un ritmo de 5:30 el km, pero cuando había hecho dos kilómetros el dolor había desaparecido de verdad. Alcancé hacer 4:40, y de las molestias, ni noticias.
Terminé haciendo 22 km, con la distinción de que no pasé calor, por lo que no sentí tanta sed. Me sentí entero y con resto.
El tema fue frenar, cuando llegué hasta el entrenamiento, y volver a arrancar. Los cuádriceps estaban bastante bien, pero los gemelos estaban en llamas.
Creo que la diferencia entre darme las inyecciones de B12 y no dármelas lo estoy sintiendo ahora. Solo me resta esperar y ver si entré entre los corredores de la Espartatlón.

Semana 18: Día 121: Un fondo de 50 km

Ayer estábamos entrenando con los Puma Runners por la mañana, al rayo de un hermoso sol, finalmente sin sufrir esos calores horrorosos. Hicimos cuestas, algunas pasadas, y sumamos unos moderados kilómetros. Cuando rogué hacer un poco más, mi entrenador Germán me dijo que me guarde para mañana (por hoy). Era hora de hacer un fondo de verdad: 50 km.
Este año no corrí más de 37,5 km. El número me asustaba un poco, desde octubre que no corría una maratón, y Yaboty, en septiembre, fue la última vez que había hecho una distancia de ultra. ¿Estaba preparado para hacerlo? Suponía que sí. Me volví a casa pensando en los potenciales recorridos a hacer. Años anteriores le escapaba al asfalto, preocupado por lesiones, pero de cara a la Espartatlón, ahora lo estoy buscando. Antes me hubiese ido a dar vueltas a la Reserva Ecológica (que suma puntos porque además tiene agua), pero ahora estaba yendo a buscar suelo duro.
Anoche me escribió mi amigo George para proponerme salir a correr “entre 32 y 37 kilómetros”, domingo a la mañana. Además, me tiraba la idea de hacer cuestas. Normalmente le hubiese dicho que sí, pero tenía este ultra fondo para hacer. Se lo comenté y se ofreció a acompañarme al principio, para bajarse cuando llegar a su límite. Pactamos un encuentro a las 7 de la mañana, y me fui a dormir temprano para reponer energías.
Obviamente que cualquier fondo, a no ser que sea en un circuito cerrado, requiere que uno lleve una mochila donde guardar agua, bebidas isotónicas, algo de comida, las llaves, el celular y cualquier otro adicional. Aunque en la Patagonia Run la voy a necesitar, en la Espartatlón no, y realmente estoy harto del peso extra sobre mi espalda. Tan fastidiado estoy que soñé que salía y me arreglaba con un cinto hidratador y algo de dinero en efectivo. Me desperté quince minutos antes de que sonara el despertador, como si hubiese tenido una revelación. Di un salto de la cama, busqué mi baticinturón y empecé a adicionarle compartimientos para los pretzels, el celular, pasas y unas botellitas de vidrio que estoy usando como caramañolas (para seguir abandonando el uso de plástico). Era obvio que iba a necesitar hacer varias paradas para comprar bebida. Podía llevar una botella de Powerade en cada mano. Pero una la iba a necesitar libre… Ok, una sola botella. E intentar hacer un recorrido con bebederos (conozco relativamente pocos). ¿Y si las botellitas se caían y se rompían? Estuve dando vueltas, viendo cómo el minutero del reloj avanzaba… y terminé agarrando la mochila.
Lo sentí como rendirme a la comodidad de llevar mucho de tomar, pero también a la incomodidad de cargar peso sobre los hombros. Al menos me sirvió para guardar cosas que no hubiese llevado, como Voltaren, vaselina y un pañuelo para secarme. Por las dudas. En una botellita de vidrio mezclé tres geles con agua. Monitor cardíaco, reloj, y a la calle.
Arranqué a las 7:08, y de ahí me fui a encontrar con George. Estaba puntual, esperándome, sobre Libertador. Lo levanté y fuimos juntos hacia zona norte. Eran los primeros minutos de sol y estaba un poco fresco, pero muy agradable. Fuimos charlando de Patagonia Run, la Espartatlón, y todas las cosas que convenía o no convenía hacer. Correr acompañado hace que todo sea más llevadero. Empalmamos con Figueroa Alcorta, llegamos a la cancha de River, de nuevo Libertador, el Parque de los Niños, fuimos paralelos al tren de la costa y llegamos a San Isidro. Mi idea era llegar a 25 km y dar la vuelta. A partir del kilómetro 20 iba a tomar un gel cada 10 (o sea, tres tomas de un tercio de botellita). Los pretzels fueron una gran adición cuando tenía hambre (¿o sería una gran adicción?).
George estaba preocupado por el kilometraje, y aunque yo lo veía entero, sin dolores ni signos de cansancio, prefirió bajarse en el kilómetro 27 y volverse en tren, por miedo a sobreexigirse. El resto lo hice solo, con el sol calentando de a poco y cada vez más gente saliendo a la calle. Correr temprano, además de que ayuda por el nivel hormonal elevado, es muy agradable porque hay pocas personas en la calle y no tanto tráfico. Mi intención era estar en casa antes del mediodía, pero también ver cómo me sentía corriendo esa distancia. Las veces que hice fondos en este año me sentí cansado, llegando con lo justo. El haber salido en una mañana fresca y estar descansado evidentemente me ayudó, porque no lo sufrí tanto. Solo una ampolla en un dedo del pie, y una tensión sobre las piernas que lanzaban puntadas de alerta. No me dolió en ningún momento, pero en algunos puntos sentí que estaba un poco tensionado, y que las rodillas no iban a soportar demasiado. Volviendo por el Parque de los Niños y en toda Figueroa Alcorta le escapaba a levantar el pie para saltar el cordón, creo que por miedo a que me dé un tirón.
Ya consciente del gran secreto que descubrí este año, cuando llegué a la Facultad de Derecho me fui a la ducha a mojarme y tomar agua. En general me sentí estupendamente bien. La bebida me alcanzó muy justo, si hubiese hecho más calor seguramente hubiera necesitado más. Pero entre los bebederos de Vicente López y la maravillosa ducha, estuve más que bien.
Llegué a casa a las 4 horas y 47 minutos, habiendo hecho 50 kilómetros y medio. Elongué, tomé agua, Powerade, agua y Powerade, y me hice un sándiwch de soja, para reponer proteínas y cortar con tanta bebida dulce. Me quedé pensando en que había hecho un quinto de la Espartatlón. Me sentía para seguir… pero muy lejos todavía de llegar aunque sea a 100 km. Así que habrá que seguir entrenando y sumando más fondos como este.

Semana 18: Día 120: ¡Zapatillas (más o menos) nuevas!

zapatillas_puma_nightfox
Hace poco me convencí de que había destruido mis zapatillas nuevas para siempre. Las seguía usando, pero los agujeros iban creciendo. Además, creo que aunque eran pronadoras y las sentía cómodas (o sea, no pisaba hacia adentro), no daban estabilidad y me torcía el tobillo con frecuencia (el derecho, para ser más exactos). Así que por más que me gusta mucho Puma, no puedo recomendar las Faas 600. De hecho, me sugirieron llevar a que les hagan un control de calidad, porque las usé 45 días hasta que las hice a un lado.
Elijo las zapatillas Puma por dos motivos, uno tan válido como el otro. Por un lado, al ser de Puma Runners obtengo un descuento sobre el precio de lista. Por el otro, es calzado de muy buena calidad, al nivel de las Asics. En el mercado hay de todo, y seguramente el tener un importante descuento en una marca que no es barata, me permitió probar varios modelos. Excepto las Faas 600, siempre resultaron ser una excelente inversión. Creo que lo que me falló ahora es que la corrección de la pisada pronadora hizo que los pies se me deslizaran hacia afuera, perdiendo estabilidad y forzando el material hasta que cedió. Quizá sea pronador y necesite que se me levante el arco, pero estuve yendo contra años de costumbre y eso pudo haberme influido negativamente. En poco tiempo me voy a hacer plantillas nuevas (el contador está por llegar a cero), y ahí voy a realizarme un estudio actualizado de pisada y ver qué me sugieren.
Para zafar, de momento, me calcé unas viejas Puma Nightfox (digo “viejas” y deben tener ocho meses). Me las compré el año pasado para correr Yaboty. Las llené de tierra colorada… y las guardé. Nunca más las volví a usar. Me decanté por modelos de calle y relegué al olvido este par que realmente estaban impecables. Ya he hablado bien de estas zapatillas, son ideales para montaña y para terrenos muy irregulares. Hoy fue el segundo entrenamiento que las usé y sentí una enorme diferencia. Por un lado, no me he vuelto a torcer el tobillo, cosa que puede parecer una tontería pero me tiene muy aliviado. Otro es que las sentí comodísimas, acolchadas… no deben tener ni dos semanas de uso. Las ablandé un poco para la carrera, las estrené en Misiones, las lavé y las guardé. Así que están casi nuevas.
Sin embargo quería comprarme calzado para entrenar, que resistan fondos largos en asfalto. Con los chicos del grupo nos fuimos al Soleil Factory, donde descubrimos un Outlet de Puma donde vamos a hacer estragos. Nuestro descuento tiene validez ahí, así que con las rebajas que hay en cualquier outlet terminamos consiguiendo cosas regaladas (mientras más viejo sea el modelo, mejor). Pero claro, este tipo de locales tiene sobrantes de otras tiendas, así que no hay variedad de números ni de colores. Lo que hay es lo que hay. Y yo llegué tarde, así que lo mejor ya tenía dueño. Me puse a buscar entre las pilas y pilas de cajas a ver si encontraba unas Faas 900 o unas Trailfox, pero el único par en exhibición estaba apartado. Vi unas Faas 500 interesantes, pero como eran un modelo reciente estaban bastante caras (casi casi llegaba a 4 dígitos). Aunque quería calzado nuevo, no me parecía inteligente comprar por comprar. Cuando finalmente me decidí, Germán, nuestro entrenador, me recordó que el calzado que estaba llevando no se bancaba más de 21 km. Era para entrenamientos cortos y no más de una media maratón. Caso contrario, las iba a destrozar.
Me decepcionó bastante no encontrar nada. Ya resignado, me puse a charlar con uno de los vendedores, que nos explicaba la trastienda de un outlet (por ejemplo, tenían en el depósito un solo par de Faas 900, la zapatilla izquierda talle 9 y la derecha 9 y 1/2, seguramente por el descuido de un local que las devolvió así). Entre todos compramos camperas iguales, para darnos más identidad de grupo, y varios eligieron calzado, remeras, medias, y un sinfín de etcéteras. Pero yo no tenía zapas. Y se me ocurrió preguntarle al muchacho qué me recomendaba para hacer fondos largos en mi talle. Se puso a revisar el sector de saldos y me dio unas… Puma Nightfox (que era el modelo que estaba calzando en ese mismo instante). La diferencia era que venían en otro color… y costaban la mitad de lo que las había pagado 8 meses antes. Así que… las compré. Por eso son zapatillas más o menos nuevas. Al menos estos colores combinan perfecto con las camperas que llevamos.
Mañana me toca un fondo de 50 km… y creo que sería demasiado para este par nuevo. Voy a seguir con las Nightfox que ya tengo, sobre todo porque me las recomendaron para entrenamientos largos. Y si sigo con el kilometraje actual, quizá les meta 1000 kilómetros hasta llegar a abril, cuando se corran los 100 km de la Patagonia Run. Supongo que mi calzado actual no va a llegar en buenas condiciones a la carrera, pero al menos ya tengo un par de repuesto.

Semana 17: Día 119: Crisis

No se asusten, no voy a caer en lo de que “Crisis significa Oportunidad”. En realidad hablo de lo que está pasando el país, que alguno puede tomar como una Crisis, de las que pasan cíclicamente cada 10 años en Argentina (y que este gobierno viene haciendo malabares para retrasar). Nunca me gustó hablar de política, de hecho es un tema que me deprime porque siempre termina en discusión, pero a la vez me pareció una tontería no mencionar cómo algo así nos impacta.
Probablemente hayan visto en los noticieros cómo en las grandes empresas de electrodomésticos le sacaban los precios a todos los productos, a la espera de ver qué pasaba la semana que viene. Para nuestros lectores extranjeros que no están al tanto, les comentamos que el peso se devaluó en nuestro país algo así como el 30% en dos días. Mientras el gobierno dice que está todo bajo control y que de hecho van a habilitar a que la gente vuelva a poder comprar moneda extranjera para ahorrar (algo que está vedado desde hace dos años), a muchos como a mí nos da un poquito de pánico.
Yo vengo de la industria gráfica. Soy diseñador y además editor, así que dependo del papel, que es un insumo importado que cotiza en dólares. De hecho, si disponés de un depósito grande, podrías comprar resmas y bovinas y esperar unos años a que toda esa celulosa aumente su precio (para eso se necesita mucho espacio disponible y el suficiente cuidado para que ese papel no se moje ni se estropee). Cuando la moneda se devalúa un 30%, el dólar sube al igual que los costos. O sea que Si estabas armando una revista que suponías ibas a vender a $20, tenés que empezar a considerar cobrarla $26.
Si eso quedara ahí, en la gráfica, sería un problema netamente laboral. Pero además me gusta correr, y no solo tengo puesto el ojo en la Espartatlón, en Grecia (ya volveré a este punto después), sino que constantemente tengo que renovar mi equipamiento. Y por supuesto, las mejores zapatillas, mochilas, etc, vienen de afuera. Mis amigos oficialistas creen que esto es una Oportunidad (se van al dicho trillado al que le escapaba al principio), para que la gente se vuelque a lo nacional. Pero, ¿ya hay calzado para correr en nuestro país al nivel de unas Asics, Sauconi o Puma? ¿Tenemos accesorios al nivel de los del Decathlon? Supongamos que un dólar caro y las trabas a las importaciones favorezcan la aparición de emprendimientos que cubran ese hueco, con precios competitivos y una calidad similar o superior… ¿cuánto le tomaría llegar a lo que estábamos acostumbrado? ¿Años, décadas?
Mi preocupación inmediata, más allá de lo laboral, es el viaje a Grecia. Una amiga que trabaja en un banco me decía que apenas me confirmen que entré en la Espartatlón, que compre los pasajes en 12 cuotas, para conservar un precio que, me asegura, va a aumentar. ¿Es hora de entregarse al pánico? Yo creo que no, pero estas cosas de la vida cotidiana tienen un impacto enorme en todo lo que hacemos.
Y entre toda esa paranoia, sobrevuela el fantasma del 2001, donde tuvimos una enorme crisis que derivó en que muchos hicieran largas colas en las embajadas para iniciar trámites de ciudadanía extranjera y salir del país. Yo lo viví, haciendo cola con una frazada y una almohada a las 3 de la mañana. Entonces, como yo tengo una mente muy fantasiosa, me empecé a imaginar la posibilidad de que el trabajo escasee o que no alcance. ¿Dónde me iría? Pensé en la casa de mis padres, que todavía está en Banfield. También me imaginé irme a vivir a otra provincia, como hicieron amigos míos, o a otro país, como hicieron algunos pocos conocidos. El desarraigo es algo que me aterra. Puedo no ver seguido a mi familia, pero siempre siento que los tengo al alcance. Lo mismo mis amigos, con los que entreno constantemente. Sin embargo me imaginé instalándome en una provincia con cerros, trabajando de algo que no me gusta, pero compensándolo con salir a correr todos los días por la naturaleza y no por el asfalto. También fantaseé con la posibilidad de aceptar un trabajo en el exterior. Y en todas esas fantasías donde, básicamente uno tiene que empezar de cero, enfrentar la crisis corriendo, entrando en contacto con el aire libre, el pasto, la montaña.
Yo en tengo el recuerdo, un poco vago, de la hiperinflación del 89 (fui a jugar a los videojuegos en un arcade, compré fichas, se me acabaron, volví a comprar una nueva tanda, y en ese interín de minutos, los precios habían aumentado… lo juro). Tengo más fresca la de 2001, con protestas, cacerolazos y trenes incendiados. Cosas que parecen muy lejanas y que no querría que se repitan nunca más. En aquel entonces yo no corría. Me pregunto cómo lidiaría con eso, si correr sería el escape necesario. No sé si tengo ganas de averiguarlo, pero en estas últimas 48 horas mi cabeza estuvo ocupada en estas cosas… y, por supuesto, hace dos días que no corro. Quizá todos esos fantasmas se disipen mañana, cuando vuelva a conectarme con eso que me da paz y tranquilidad, y vuelva a entrenar.

Semana 17: Día 118: Saliendo de mi zona de confort

Está claro que aunque falte tiempo, la Espartatlón conlleva un entrenamiento intensivo. Es por eso que encontré la alternativa de ir a entrenar o volver corriendo. Algunos compañeros del grupo no lo pueden creer cuando me ven llegar hecho una sopa, o cuando me despido después de hacer algunas series de progresiones, abdominales y cuestas. Pero con una vida de responsabilidades, la mejor alternativa es hacer que cada viaje o recorrida en la distancia cuente.
Estos días estuve experimentando con sumar kilómetros en el largo recorrido desde el microcentro hasta San Isidro, pero principalmente en la vuelta. Creo que me va a ser imposible simular las condiciones de la Espartatlón, pero al menos puedo empezar a molestarme. Convertirme en el tábano que mantiene despierto al burro picándole en el lomo.
Lo primero fue correr estando cansado. Los entrenamientos en la semana son más leves que los sábados, pero al ser al final del día, termino con ganas de cenar e irme a dormir. Me pasó varias veces de quedarme varado, sin tren, y contemplar la idea de volver corriendo. Me parecía una locura, pero al menos lo consideraba. Ni en esos momentos me imaginé que se volvería realidad. Las veces que me pasó lo resolví tomándome un colectivo, y cuando no tuve la SUBE, me fui caminando hasta el restaurante donde todavía estaban mis amigos de Puma Runners cenando, para que me presten la suya.
Esa idea tan absurda de correr a casa quedó en el fondo de mi cabeza, y cuando coqueteé con la idea de salir de mi zona de confort, de cara a esta bestial ultramaratón, decidí aplicarla. No se compara al desgaste ni al cansancio que voy a sentir en Grecia, pero al menos me estoy enfrentando a aquello que me daba mucha pero mucha fiaca.
Por suerte estuvo haciendo mucho calor con bastante humedad. De nuevo, probablemente en las rutas helénicas sea todavía peor, pero la idea de los entrenamientos es justamente reproducir situaciones para no tener que vivirlas por primera vez en la carrera. Así andaba yo, muerto de sed (bueno, no literalmente), buscando una canilla en algún edificio, o algún baño de estación de servicio abierta. Esto me sirve para calmar mi desesperación, y considerar “¿Realmente tengo sed? ¿O es calor mezclado con miedo?”. Los puestos de hidratación nunca están cuando los necesitamos, y algunas veces decido esperar a llegar hasta cierto punto para sacar el agua o el Powerade de mi mochila. En ciertas ocasiones el calor es tal que busco pasar por debajo de un aire acondicionado goteando, y me pasa que una gotita que cae en mi hombro es un ansiado alivio.
Anoche me sucedió algo maravilloso. Mientras estaba corriendo, acalorado y con sed, ya resignado a que no iba a encontrar una canilla que pudiese aprovechar para refrescarme, tuve un espejismo. Estaba corriendo por la avenida Figueroa Alcorta, justo frente a la Facultad de Derecho, cuando en la plaza veo una ducha abierta. Sí, agua cayendo en forma de lluvia a montones, y una chica duchándose. Vestida, pero con shampoo y todo. Lo juro. Me acerqué y dije que no podía creer lo que estaba viendo (no era un espejismo). La señorita se hizo un paso al costado, dejé caer mi mochila, y me metí abajo de esa refrescante lluvia. Abrí la boca e hice un cuenco con las manos, para poder juntar toda el agua posible. Fue una sensación hermosa. ¿Viviría algo así en la Espartatlón? No sé si voy a tener duchas, pero mojarse y beber estando cansado y acalorado es lo mejor que te puede pasar. Me revitalizó.
Otra cosa con la que experimenté, casi sin querer, fue con correr y comer. Siempre, en las carreras y en los fondos largos, algo consumo, ya sea geles, pasas de uva, pretzels. Mi colación post entrenamiento es un sándwich con semillas y tofu, y mi duda era… ¿lo como cuando termino de entrenar con los Puma Runners o cuando llego a casa? Como los 21 km hasta Retiro son de no menos de 1 hora con 45 minutos, lo lógico me pareció comer antes. Casualmente anoche también hubo torta vegana, que también probé. Salí con la panza llena, y a los pocos kilómetros me sentía pesado, con molestia estomacal. Así que seguí, y pensé en acostumbrarme a eso. El miedo puede hacernos frenar y desistir por completo de continuar con el entrenamiento. Pero… ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Tener gases? ¿Vomitar? No creo poder experimentar más situaciones que me saquen fuera del área de confort que esa. Así que seguí, hasta que se pasó. Y estoy convencido de que el cuerpo se va acostumbrando, y hoy no me molesta tanto comer y correr inmediatamente como antes. ¿Que no es lo ideal y hay que esperar dos horas? En la Espartatlón uno no puede darse ese lujo.
También se me hizo una ampolla anoche, y se reventó mientras corría. Sentí dolor, y seguí. Son pequeñas cositas que quizá no representen todo el sacrificio que es esta ultramaratón, pero de a poco hay que ir acostumbrando al cuerpo a sentir estas cosas que no son tan placenteras. Así, cuando vaya a competir a Grecia, todos los sufrimientos no me van a parecer tan terribles.

Semana 17: Día 117: En busca de la zapatilla indestructible

El 9 de diciembre de 2013 me compré zapatillas nuevas.

Seis semanas y dos días más tarde, así están. Abiertas, y si me pongo medias blancas, se nota todavía más que tiene “aeroventilas”. Tendrán… ¿500 kilómetros? No es poco, pero suponía que durarían más. Quizá la corrección en el arco haga que pise más hacia afuera, y con mis propios dedos de los pies las fui agujereando. Ahora noté que se empezaron a abrir en la punta, donde está el dedo gordo.
No las lavé, ni las pasé ácido encima, ni las metí en el horno. Solo las usé para correr. Tenía el recuerdo de que el calzado me duraba al menos 4 meses, pero evidentemente este modelo no me salió bueno. Me corrigió la pisada, seguro, pero suponía que unas zapatillas iban a tener más vida útil que un mes y medio…

Antes y después (9 de diciembre y hoy, 22 de enero):

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Nótese en la última, esas marcas blancas en la punta y en la parte externa de las zapatillas, no es parte del diseño, sino que se deja ver mi media…

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