Semana 14: Día 95: Los 8 km de la Corrida San Silvestre Buenos Aires 2013

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Otro año que se termina, otra San Silvestre adentro. La cuarta que se hace en la Ciudad de Buenos Aires, de hecho.
La tradición comenzó en 2010 aquí, aunque sé que se extendió a otras localidades. Aquel 31 de diciembre se realizó por primera vez en Argentina, aunque el formato de la carrera se viene realizando desde hace muchos años en todo el mundo para celebrar fin de año. Yo he tenido la suerte de participar en todas, y cada una con su particularidad.
En la primera, que largó a las 4 de la tarde, nos morimos de calor. Mal. Ahora nos estamos quejando de la ola sofocante, pero en aquel entonces largar con el sol allá arriba fue demencial. El agua de los puestos de hidratación estaba CALIENTE. Yo estaba recuperándome de una lesión en la costilla, así que corrí con una faja. Creo que fue la primera vez que volvía al atletismo, ya en vías de recuperación (dos semanas antes había sido mi cumpleaños y no me podía reír del dolor). El cupo fue reducido, considerando que era la primera edición: unos 2200 corredores. Mi tiempo fue de 34:55.
La segunda, en 2011, repitió ese absurdo horario de las 4 de la tarde, pero la suerte estuvo de nuestro lado y la temperatura bajó bastante. En la primera edición se había corrido el rumor de que le iban a agregar 1 km cada año, hasta llegar a la distancia de San Pablo (que si mal no recuerdo, actualmente es de 16 km). Pero no pasó, y volvimos a correr 8 km, aunque con un clima más benigno. Seguramente esto hizo una gran diferencia, porque sin lesión ni sol asesino, la terminé en 32:15.
La tercera edición, 31 de diciembre de 2012, fue la última que hicimos con aquel maravilloso recorrido. En aquel entonces no lo sabíamos, pero la llegada del Metrobús seguramente influyó en que ya no correríamos por la 9 de Julio, debajo del obelisco, con un trazado en cruz que unía el Congreso con la Casa Rosada. También sería la despedida del asesino horario de las 4 de la tarde… pero tampoco lo sabíamos en ese entonces. Me estaba recuperando de un dolor de rodilla, y terminé los 8 km en 33:15.
Y venía por fin la nueva edición, la de esta mañana. Estoy en una nueva etapa medio zen (o medio vaga) y no me levanté con muchas ganas de hacer marca. Creo que si me lo hubiese propuesto, lo hubiese logrado. Este año mejoré mis tiempos de casi todas las carreras, pero cuando me apuro no disfruto de correr. Creo que a casi todos nos pasa lo mismo. Y este ha sido un año especial, con muchísimos altibajos (a veces cosas muy malas, a veces muy buenas). Y lo que más me quedó fue la fortaleza de la amistad.
Como en esta entrega corría por primera vez mi amigo Nico, decidí acompañarlo. Al principio, cuando se lo dije en la largada, no me creía. Me decía que me iba a despegar de él y lo iba a dejar atrás. Pero cumplí. Me resultó más valioso acompañarlo y hacerle de sargento, obligándolo a que haga velocidad. O sea, que sufra él en lugar de mí.
Este año tuvieron el tino de que la largada fuese a las 8 de la mañana. No hizo el calor horroroso de días atrás, sino que estaba agradable. Además, a esa hora había bastante sombra entre los edificios. La salida era desde Diagonal Norte y Suipacha, encarando hacia el lado de la Casa Rosada. Nada de cruzar la 9 de Julio, ni correr en sus laterales, ni pasar bajo el Obelisco. Eso ha quedado en el pasado. El recorrido, si bien tiene edificios muy lindos, me resultó mucho menos interesante. Pero correr en tu ciudad, junto a 5 mil personas (los conté uno por uno) es una muy linda experiencia.
Nico empezó a correr este año, y mejoró a pasos agigantados. Recuerdo haberlo acompañado hace unos meses, en los 10 km de las Fiestas Mayas, y yo vi cómo creció desde entonces. Hoy no fue la excepción, arrancamos con él y un amigo suyo (que como nos dejó atrás, de castigo no mencionaremos) a una muy buena velocidad, por debajo de los 4 minutos el kilómetro. Era difícil que mantuviésemos ese ritmo (de haberlo hecho hubiese roto mi propia marca), pero lo importante era separarnos del malón. Las calles por las que nos íbamos a meter eran angostas, y lo que más quería era correr con comodidad, sin andar a los codazos.
Otra táctica que les obligué a aplicar es la de irnos lo más adelante posible. No es muy popular entre los que ya están ahí parados, desde hace media hora, pero bueno, es la ley de la jungla. Avanzamos con respeto, hasta que es físicamente imposible. Igual tuvimos que caminar hasta pasar por debajo del arco de largada.
La hidratación estuvo bien, aunque algunos cayeron en la trampa del vaso de Gatorade, cosa imposible de tomar mientras uno corre. A menos que te quieras volcar la mitad encima, o atragantarte y que te quede ese gustito picante en el paladar. Para 8 km el agua alcanzaba bastante bien, y con ese clima benévolo (que debía estar debajo de los 30 grados) más que nunca.
El nuevo recorrido es un poco más intrincado, de idas y vueltas. Yo creo que no colabora con que se rompa el récord histórico de esta carrera. El ganador estuvo a 2 minutos de romperlo, se comentaba en el after race. En el trayecto, Fede Motta (lector de este blog), vino a saludarme, y como corresponde, no me pasó. Otro lector, al que no le pregunté el nombre, sí me pasó. Tengo que poner reglas claras, todos los lectores de Semana 52 atrás mío…
Nos acomodamos con Nico a una velocidad de 4:40. Lo sentí exigido, sobre todo en la respiración. Me pidió un par de veces que vaya a mi ritmo, pero me había comprometido a acompañarlo. Mi presión, evidentemente, le hacía mal. Le dije la obviedad del año: “Ahora me vas a odiar, pero en la meta me vas a agradecer”. Lo fui arengando y tenía momentos en donde disparaba y otros (pocos) donde bajaba la velocidad. Sobre el km 7, en la Plaza de Mayo, me dijo “Andá, dale”. ¡A un kilómetro de la meta! Le dije que ni loco, esto lo terminamos con un sprint.
Y así fue. A pesar de mi presión, de estar siempre bordeando el límite, de ahogarlo con el aire, de jurarme que no podía, hicimos el bendito pique al final. Le pedí que gritásemos ESPARTAAAAAA al cruzar la meta, pero me dejó solo. Es más, creo que se fue a un costado, buscando que nadie pensara que íbamos juntos.
El tiempo fue de 36:39 según mi reloj, con una distancia de 8,30 km. Para mí estuvo más que bien. No fue la gran diferencia de años anteriores, pero no fue un tiempo personal, sino que fue compartido. Eso lo hizo más valioso para mí. En mi imaginario me hubiese encantado tener a otro corredor con un poquito más de experiencia que yo que me arengue. Creo que la única situación que viví similar fue cuando corría con mi papá, en mi adolescencia, y él me daba aliento y me iba aconsejando. Fue hace más de 20 años, y sus consejos sobre respiración se los iba repitiendo a Nico hoy…
Creo que lo más maravilloso que vi en esta carrera fue a un atleta descalzo. Tenía la planta de los pies negras (no es que las calles de Buenos Aires estén particularmente limpias) y un andar muy cómodo. Le pregunté hace cuánto que corría así y me dijo que dos años. La historia de siempre, una lesión lo llevó a abandonar las zapatillas. “Es más barato”, le dije. Le saqué algunas fotos, tenía unos gemelos tallados con cincel. Lo envidié, tengo pendiente, en algún futuro incierto, probar de abandonar el calzado para trotar…
Este ha sido un buen año, puesto todo en la balanza. Igual no me conformo, y espero que 2014 sea mucho mejor.

Publicado el 31 diciembre, 2013 en Carrera, Corrida San Silvestre, Espartatlón III semana 14, fotos, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, running. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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