Semana 13: Día 91: Balance de fin de año: LAS CARRERAS

F2-2191
Si tengo que ponerme contento por algo, es que este año he corrido las carreras más fantásticas y en las que mejor me ha ido.
En primer lugar, obviamente, estuvieron los 100 km de la Ultra Buenos Aires. Esa carrera que nació para poder pre-clasificar en la Espartatlón (con su objetivo de terminarla en menos de 10 horas y media) hoy la recuerdo como un sueño, con todas esas características de lo onírico. ¿Cómo llegué hasta ahí? ¿Cómo hice para correr esa distancia? Tengo flashes, de la compañía de amigos, de mi papá bajándose del auto para correr unos metros a mi lado, estar asqueado de Powerade y seguir tomando… los charcos, el barro, los alambrados que había que sortear… una experiencia surreal, increíble. Lo que me queda más vívido es la llegada, mis lágrimas, los abrazos. Nunca me imaginé que terminar una carrera me iba a hacer sentir todo eso.
El otro extremo, la peor carrera, también la viví este año. Quizá no el recorrido o la competencia en sí, sino esa cabaña en Tandil donde el dueño me quiso pegar y nos terminó echando. Todavía me cuesta creer lo que pasó. Tengo pocos recuerdos de la Adventure Race en sí, la angustia no me dejó disfrutarla y hoy la reprimo… todavía recuerdo todo lo que pasó y me angustio. Pienso en qué podría haber hecho para evitar que todo eso pasara y me cuesta dejarlo atrás. A veces me funciona pensar en la Ultra Buenos Aires, en la bondad de la gente, de los que no me prejuzgaron ni me quisieron dañar. Es muy extraño tener cosas tan opuestas en un mismo año, pero bueno, así es la vida.
Todavía en pareja hice la Patagonia Run, esta vez la distancia de 63 km porque los 100 prometí no volver a hacerlos nunca más (promesa que romperé en abril de 2014). Fue una ultramaratón difícil, como cualquier cosa que involucre montaña, pero logramos llegar a la meta a tiempo, después de cruzar paisajes asombrosos. Esta carrera es un ejemplo de buena organización, y por más que he sufrido las dos veces que la corrí, pasan los meses y estoy esperándola para volverla a hacer.
Mi separación fue un cambio muy profundo en mi vida, y eso lo vengo diciendo en casi todos mis balances (prometo que el de mañana es el último). No me quería separar, sinceramente. Es probable que fuera inevitable y que solo estuviésemos estirando algo que iba a pasar tarde o temprano. Soy consciente de que no manejé bien los últimos meses de la relación, pero creo que compensé (al menos conmigo mismo) después de la separación. Podría haberme deprimido, o haberme hundido en la autocompasión. Podría haberme instalado frente a la computadora en salas de chat, buscando un reemplazo (si lo habré hecho…), pero en lugar de eso, me fui a correr la Maratón de Río. Desde que lo decidí hasta que lo hice pasó exactamente un mes. Tiempo más que suficiente para sacar pasajes, pagar hospedaje y reconectarme con mis amigos y lo que me gusta. No me fue tan bien como hubiese querido (no seguí al pie de la letra mis propios consejos previos a los 42 km), pero la disfruté mucho y la completé en 3 horas 27 minutos, por debajo de las 3 horas y media. No estaba listo para hacer marca, pero me llevé hermosos recuerdos. Las carreras improvisadas son las que más me gustan.
Otra decisión que tuve que tomar fue si participaba de Yaboty o no. El tema es que todos los viajes a cualquier competencia son en grupo, o como mínimo en pareja. No se me da tan fácil socializar, pero ir con alguien lo facilita. Y estos 90 km en la selva misionera iban a ser en equipo con mi ex, y después de la separación ella decidió no correrla y yo tuve que ver qué hacía. Me daba más pánico ir solo que enfrentarme a una calurosa ultramaratón… pero me animé y fui. Sin dudas fue una excelente decisión, porque conocí a mucha gente con la que sigo en contacto, y aunque la parí (¿acaso no sufrimos todas las carreras?) me fue bastante bien, alcanzando la meta en el noveno lugar de la general (éramos diez). Como dije, fue extremadamente dura, pero la calidez y el aliento de la gente (organización, vecinos y corredores) alimentan el combustible motivacional.
Siguiendo la racha de buenas carreras, en septiembre participé de la media maratón de la Ciudad de Buenos Aires, y descubrí algo que no me imaginaba: que podría sostener una velocidad de 4:15 minutos el kilómetro durante los 21 km. Era algo que nunca había tenido oportunidad de averiguar, y alcanzarlo me sorprendió gratamente. La matemática decía que tenía que terminar los 42 km de la maratón, en octubre, en 3 horas 5 minutos. Eso sí me parecía imposible, una mojada de oreja absurda. Pero llegó el día de la competencia y bajé ese “inalcanzable” tiempo en dos minutos, logrando mejorar mi marca histórica de 3 horas 24 minutos. Mejorar tanto solo significa que entrenaste mucho y que algo bien hiciste. Nada más. No te hace mejor persona, ni mejor corredor, ni alguien superior. Pero la alegría de superarse es válida, y me llenó de alegría.
Hice otras carreras improvisadas, decididas a último momento, como la de Felicidad en Movimiento, o la Demolition Race de Pinamar… excusas para estar en grupo y divertirse corriendo. No importaban los tiempos ni hacer velocidad. Solo compartir. Por eso las disfruté mucho. Correr es una actividad solitaria, muy personal, y hacerlo en equipo es una experiencia muy diferente y enriquecedora.
Todavía me falta la última carrera del año, la San Silvestre, el 31 de diciembre. Algún genio se dio cuenta de que no tenía sentido seguir haciéndola a las 4 de la tarde, y la adelantaron a las 8 de la mañana. El recorrido es diferente también, supongo que porque ya no quieren cortar el tránsito en 9 de julio. Veremos qué tal es. Me gusta participar de una competencia a la que puedo ir desde mi casa a pie…

Publicado el 27 diciembre, 2013 en Carrera, competencias, esfuerzo, Espartatlón III semana 13, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, motivación, running. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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