Semana 11: Día 75: La muela

Soy un tipo incompleto. Las cosas ocupan un cierto espacio de mi cerebro y cuando algo nuevo entra es porque algo viejo se fue para hacer lugar. Digo esto porque me preocupo por muchos aspectos de mi salud, excepto la bucal.
Esto quizá sea una de las pocas constantes en mi vida. No soy de cepillarme, casi que lo hago solo cuando voy a salir. A veces me decido hacerlo un hábito y lavarme varias veces, todos los días, pero a la tercera ya me olvidé.
Esta mala costumbre, sumada a una pésima alimentación, hizo que me saliera una caries. Cuándo exactamente, no lo sé. Tendría unos 20 años y aunque me aseguraron que tenía que usar aparatos, maté a la idea con la indiferencia. En uno de estos chequeos, un odontólogo encontró un hueco tapado por comida. Como no me lavaba, nunca me enteré. No era demasiado grande, pero estaba y acumulaba cosas.
Me negué a hacer algo al respecto por varios meses hasta quién sabe cuándo que me hice un tratamiento de conducto. Después venía el tema de la corona y lo dejé asentar como un año hasta que la muela se partió durante un almuerzo.
El odontólogo que me atendió me llamaba Eduardo (por respeto no lo corregí) y me hizo una corona y una muela de porcelana. “No tenés los dientes muy amarillos”, observó, mientras buscaba colores en un catálogo.
Las obras sociales no cubren las prótesis dentales, y mi papá pagó 270 pesos que en esa época me sonaban a una fortuna. Me durmieron la mandíbula con anestesia y me dejaron el diente biónico en su lugar.
No aprendí a cepillarme más seguido con esta experiencia, pero nunca volví a tener caries. Fui nuevamente a otras consultas odontológicas (dos o tres) y nunca volvieron a encontrar nada.
Quince años después (ponele) estaba desayunando mi avena con pasas de uva, espirulina y leche de soja, y de pronto mordí algo duro. Tenía punta, como una tachuela. La quité de mi boca con dos dedos, intrigado. Primero vi la punta, que parecía un clavo oxidado. En ese instante imaginé la demanda a la cerealera, pero en la otra punta del clavo había algo blanco. O mejor dicho, color hueso. Mi muela. Que se quiso escapar.
Tanteé la fila de dientes con la lengua, algo irresistible. Sentí el hueco, algo que desde que se cayó mi último diente de leche que no sentía. Fui al espejo del baño a ver la boca. Estaba ese agujero negro en el que quise poder de nuevo la muela, pero no encontré cómo calzar la punta de ese clavo.
Le temo a la degradación. Mis pesadillas recurrentes son, obviamente, que se me caen los dientes. También que pierdo el pelo por mechones. Ambas cosas realmente me pasan, pero a ritmos más lentos.
Como no soy de ver muchos odontólogos, no sabía qué hacer. Mi fantasía era que pedía turno y me lo daban para febrero. Y que me iban a matar con los honorarios. Pero no me dejé estar y averigüé. Resulta que existen guardias odontológicas, que hay una a 8 cuadras de mi departamento y que como está de camino al gimnasio pasé por la puerta no menos de doscientas veces.
Por un bono de 7 pesos y después de esperar cinco minutos, me volvieron a pegar la muela. El pronóstico no fue alentador. Es poco probable que me vuelva a durar quince años. No voy a zafar de hacerme un nuevo tratamiento, porque aunque sacaron la caries en aquel entonces, se siguió filtrando, algo que no sé qué significa ni quiero saberlo.
Cuando me pusieron la prótesis a fines de los 90s, me sentí raro. Como que ya no era un humano, sino que tenía algo artificial. Aunque representase un 0.02% de mi cuerpo. Ahora, bien de antiayuda, estoy con la incertidumbre de cuándo ese diente de mentira se volverá a caer. Porque ya no es una cuestión de si pasa o no… ¡sino de cuándo!
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Publicado el 11 diciembre, 2013 en Espartatlón III semana 11, muela, salud. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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