Semana 10: Día 70: Hacerse hombre

…o mujer, dependiendo del caso. Pero entenderán la analogía.
Cuando empecé a correr por mi cuenta, sin saber absolutamente nada más allá de que perseverando iba a mejorar, alcancé la mítica distancia de 10 km. Se me ampollaron los pies y me quedó un dolor muy incómodo en los talones, que me llevó a abandonar el running por unos años (por suerte una fractura me obligó a volver a intentarlo). Lo que en ese momento me aterró era pensar en tener que soportar ese dolor para mejorar. ¿No había otro modo de hacerlo?
Aparentemente no. Porque lo que más tarde aprendí al entrenar más ordenadamente, es que el dolor es pasajero, y es parte del proceso para fortalecer al cuerpo. Vayamos sin ir más lejos a los tibiales. ¿A alguno que entrene fondos largos nunca le dolió? Si es así, te envidio, hermano. Los dolores que sentía yo al comienzo de este blog (mediados de 2010) eran importantes. Hasta caminar me molestaba. Pero no me quejé (quizá hasta lo mencioné poco y nada en mis posts). Y eventualmente desaparecieron.
Lo mismo pasa con el gimnasio. No importa si dejaba dos semanas o tres años, volver a hacer pesas era lidiar con dolores en todo el cuerpo por cinco o seis días como mínimo. Y me sigue pasando, ahora que volví de vacaciones y estoy colgándome en la barra. Esto me lleva al verdadero motivo de escribir esta entrada, y son unos callos que se me están haciendo en la palma de la mano. Ahora son ampollas, y duelen bastante. Hace tiempo que entreno en el gimnasio. Salteado, pero no me es ajeno. Estuve tres meses yendo entre tres y cinco veces por semana, me adapté y gané masa muscular. Felicidad total. Pero ahora empecé con esta cuestión de colgarme. Orientado por Germán, mi coach, entendí a lo que él se refería con que era el mejor ejercicio que podía hacer. Colgarse significa trabajar con el propio peso corporal, y no importa si querés hacer dominadas y solo te sale una; el intentarlo también sirve.
Estos son ejercicios diferentes a los de la máquina con el mango de goma. Además de trabajar muchos músculos a la vez, colgarse implica (para mí, actualmente) un fuerte dolor en esa parte carnosa de la palma de la mano. Hoy me di cuenta que ejercitaría mucho más tiempo si no tuviese que frenar por el dolor. Me gusta, aprendí técnicas donde trabajo espalda, dorsales y abdominales al mismo tiempo, y me doy cuenta que es mucho más intensivo que lo que hacía en el gimnasio… pero tengo que frenar cuando colgarme pasa a ser un ejercicio para soportar el dolor.
Mi duda es… ¿hay recompensa por aguantar? ¿Voy a desarrollar unos callos en donde ahora hay ampollas y ni me voy a acordar de esto? ¿O voy a reemplazar el dolor por la satisfacción de un físico trabajado? ¿Hacerse hombre es endurecerse y no sentir nada, o sentir y aguantarse?
No quiero dejar de entrenar (probablemente no lo haga), pero encuentro una gran contradicción entre haber encontrado algo que me gusta y sufrir al hacerlo. Correr ya dejó de ser una actividad en la que sentía que me destrozaba las piernas y los pies. Ahora estoy combinando con el desarrollo del tren superior. Me encantaría viajar al futuro y ver mis manos, para aprender si me harté del dolor y decidí dedicarme a otra cosa, o si se impusieron los callos en mis delicadas manos de diseñador gráfico…

Publicado el 6 diciembre, 2013 en determinación, dolor, ejercicio, Espartatlón III semana 10, http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post, musculación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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